Atenágoras

Apologeta cristiano griego del siglo II, conocido como autor de una Embajada en favor de los cristianos (v.) dirigida (hacia el 177) a los emperadores Marco Aurelio y Cómodo, y de un tratado La resurrección de los muertos (v.).

Citado en primer lugar por Metodio de Olimpo (siglos III-IV), bien pronto desaparecen sus huellas de la tradición literaria hasta que es descubierto de nuevo y transcrito (914) por el obispo Areta de Cesárea, de cuya co­pia se derivará la subsiguiente tradición manuscrita.

Era de origen ateniense, quizá el mismo Atenágoras al que el filósofo griego Boeto dedicó su Sobre algunas expresiones difí­ciles en Platón, recordado por Focio (Biblio­teca); desconocemos cualquier otra circuns­tancia de su vida.

Noticias antiguas (Filipo de Cide, siglo V) y deducciones modernas (T. Zahn), que tienden a colocar a Atenágoras en relación con la escuela cristiana de Alejandría, esperan todavía una confirmación o un apoyo más decisivo para sus argumen­tos.

Atenágoras da pruebas de moderación y de sim­pática comprensión hacia la filosofía y cul­tura paganas, de las que muestra suficiente conocimiento; estilo y lenguaje reflejan su educación ática.

En la doctrina trinitaria, se muestra muy próximo a San Justino y a los demás apologetas; el Hijo está en Dios desde la eternidad, como mente y razón, o Verbo, engendrado, pero no creado, por la creación del mundo. Da una demostración de carácter racional de la unidad de Dios y de la resurrección e insiste sobre la ética del cristianismo.

G. C. Martini

Bohaboi Atanackovich

Nacido el 10 de junio de 1826 en Baja, m. el 28 de agosto de 1858 en Novi Sad. Su verdadero nombre es Timotei.

Es uno de los más característi­cos exponentes del movimiento literario-patriótico animado en Voivodina por la intelectualidad serbia a partir de 1848. Para completar sus estudios marchó en primer lugar a Pest y de allí a Viena.

En la capital austríaca entró en el grupo de Vuk Karadzich, cuya obra reformadora suscitó en él — como en otros intelectuales serbios que luego se convertirían en iniciadores del mo­vimiento romántico-nacionalista de la «Omladina» — ardiente entusiasmo.

Los años de estudiante formaron su personalidad de li­terato al servicio de las ideas renovadoras. A los diecinueve años, en 1844, publicó su primer volumen de poesías en Budapest. En 1845 y en 1846 aparecieron dos volúme­nes suyos de novelas cortas.

El año 48 lo encontró formando parte de la revolución y del movimiento nacional. Obligado a abandonar el Imperio, vivió como desterrado en alemania, Holanda, Francia, Suiza e Italia. En 1851 pudo establecerse en la Voivodina serbia, en Novi Sad, adonde se había trasladado entonces el centro de la vida cultural de la nación y donde pasó los últi­mos años de su breve y trabajada existen­cia.

El regreso a su patria coincidió con una fervorosa actividad literaria a la que han quedado vinculadas sus mejores produc­ciones: la narración larga Bunjevka y sobre todo la novela Dos ídolos (v.).

R. Picchio

San Atanasio

Doctor de la Iglesia, llamado «el Grande», n. en Alejandría ha­cia el 295, m. en la misma ciudad el 2 de mayo de 373. Lector en 312, diácono en 318, acompañó al obispo Alejandro al Concilio de Nicea, donde contribuyó en gran mane­ra a que se aceptara la fórmula del Credo que afirmaba al Verbo «consubstancial» con Dios padre.

Sucedió en el episcopado (7 de junio de 328) a Alejandro en una diócesis alterada por el cisma de los seguidores de Melecio (quienes lo acusaron ante Cons­tantino de la muerte de un obispo meleciano, más tarde encontrado vivo) y por los arríanos. Pero fue depuesto en el Concilio de Tiro (335), de donde marchó desterrado a Tréveris.

Muerto Constantino (337), vol­vió a su sede; pero las maniobras de los arríanos que lo condenaron en un Conci­lio de Alejandría (339), denunciándolo ante el papa Julio, le obligaron a marchar de nuevo. Otro Concilio, en Roma, lo justificó plenamente (341); en el Concilio de Serdica (343) le fueron favorables otra vez los occidentales; pero los arríanos no quisieron mantener relaciones con él y se apartaron.

Muerto el intruso Gregorio, y siendo em­perador Constante, que intervino cerca de su hermano Constancio, que gobernaba Oriente, pudo Atanasio, en octubre de 346, regre­sar a Alejandría. Al morir Constante y que­dar como único emperador el filoarriano Constancio, comenzaron de nuevo los ata­ques contra él y las condenas, impuestas por el emperador en el Concilio de Arlés (353 o 354) y de Milán (355); por lo que, amenazado por las tropas que rodeaban su iglesia, hubo de refugiarse entre los monjes, mientras se apoderaba de la sede de Alejan­dría un tercer intruso, Jorge el Capadocio.

Expulsado éste por la población, regresó Atanasio; pero al retorno de Jorge, buscó de nuevo refugio entre los monjes. A la muerte de Constancio (2 de noviembre de 361) y des­pués de unos tumultos en los que Jorge fue asesinado (Navidad de 361), Atanasio se be­nefició de un decreto de Juliano el Apóstata por el que se llamaban de nuevo a su sede a todos los obispos desterrados, y convocó un importante Concilio (362).

Pero el mismo Juliano no podía tolerar a aquel defensor de la ortodoxia, cuya acción conciliadora proporcionaba nuevo vigor y unión a los cristianos y lo proscribió de nuevo. Muerto también Juliano, después de haber visitado al nuevo emperador Jovino, regresó Atanasio a Alejandría (364); pero un año después era expulsado por Valente. Durante cuatro meses permaneció Atanasio escondida en la ciu­dad.

Gobernó tranquilamente la diócesis des­de febrero del 366 hasta su muerte (2 de mayo del 373). Había estado cinco veces en el destierro, en total 17 años y medio de los 45 de su episcopado. Pero todas estas vici­situdes no le impidieron escribir muchísimo. Además de su apología Contra los paganos y de otras como Al emperador Constancio, Contra los arríanos y Acerca de su fuga (v. Apologías), tiene tres Contra los arría­nos (v.) (El cuarto es quizá de Apolinar de Laodicea el Joven), la Vida de San Anto­nio (v.), las numerosas Epístolas (v.) (entre las cuales, las «testales» en ocasión de la Pascua: 13 para los años comprendidos en­tre el 324 y 343, halladas en versión siria en 1848; de otras existen fragmentos; la de 367, en fragmentos griegos, coptos y sirios contiene totalmente el canon del «Nuevo Testamento» en 27 libros).

Escribió también numerosas obras teológicas y polé­micas que indicamos con los títulos latinos usados habitualmente: [Epístola] de decretís Nícaenae synodi; Historia arianorum ad monachos; [Epístola] de synodis Arímini in Italia et Seleuciae in Isauria celebratis; el De íncamatíone et contra aríanos, de cuya autenticidad se dudaba y que probablemente han de serle atribuidos; y asimismo le per­tenecería por lo menos parte de una serie de escritos o fragmentos en sirio, griego, armenio y copto, de los que será posible reconstruir la obra, u obras, De verginitate, que compuso Atanasio, según testimonio de San Jerónimo.

No es de Atanasio el Símbolo atanasia- no (v.), llamado también, por su primera palabra, Quicumque. Brioso y hábil pole­mista, Atanasio se muestra muy firme en la defen­sa de la consubstancialidad del Verbo en­carnado en Dios Padre, uniéndose a una naturaleza humana completa en Jesucristo.

Por ello, se separó tanto de Marcelo como de Apolinar de Laodicea apenas vio el ca­rácter heterodoxo de sus doctrinas, pese a que defendieran también el término «consubstancial»; y alrededor del 362, se acercó a San Basilio, San Gregorio Niceno y San Gregorio Nacianceno, admitiendo que po­dían usarse otros términos además de aquel que se discutía, con tal que quedara cla­ramente establecida la identidad de esen­cia; y admitió también el uso, en el sentido de «persona», de la palabra «hipóstasis» (en latín «substancia»), empleada por él hasta entonces como sinónimo de «usia» («esen­cia»).

Sostuvo, en fin, contra los macedonianos la consubstancialidad del Espíritu Santo con las otras dos Personas divinas. Hombre de carácter impetuoso y tenaz, tuvo amigos entusiastas y enemigos encarnizados; en su fe, alimentada por un misticismo fer­voroso y por una rígida moral, se preocupó ante todo de defender la realidad de la Re­dención por la encarnación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y la independencia de la Iglesia de la autoridad política.

Fue el duro y tenaz luchador que requerían el tiempo y las circunstancias. Con la consagración de San Frumencio, dio origen a la Iglesia de Etiopía.

A. Pincherle

Aśvaghosa

Fue probablemente con­temporáneo del emperador Kaniska (s. II después de C.) y nació de una tal Suvārnāksī, de familia brahmana, en Sāketa, en las cercanías de Ayodhyā (actual Oudh).

Tuvo como maestro a Pārsvā, o a su discí­pulo Punyayaśas, y se adhirió primero a la escuela «Hinayana» («Pequeño Vehículo») de los «Sarvāstivadin», mientras que, más tarde, fue, si no el fundador, por lo menos un activo defensor de las teorías del Mahāyāna entre las clases sociales elevadas.

El peregrino chino I-tsing, que viajó por la India entre el 671 y el 695, al recordarle como consejero espiritual de Kanişka, habla de él como de uno de los más ilustres maestros del pasado, y dice que todavía en su tiempo eran objeto de estudio muchas de sus obras.

Fue ciertamente el patriarca y preconizador de una más amplia extensión del budismo original, transmitido hasta nosotros por los textos «pálicos»; pero su espléndido genio hizo que se distinguiese, al mismo tiempo que por sus obras apolo­géticas, por sus composiciones épicas, dramáticas, líricas.

Para dar mayor dignidad a su obra, escribió en sánscrito, con un es­tilo florido y a veces inútilmente retórico. La fascinación que ejerció su nombre hizo que se le atribuyeran un considerable nú­mero de composiciones que, diversas por su fecha y por su contenido, son en su mayor parte apócrifas.

Por el contrario, son de él seguramente los poemas épicos Buddhacarita (v.) y Saundarananda, el drama Śāriputra, las obras filosóficas Vajrasūcī y Mahāyanaśraddhotpādaśāstra, un tratado de retórica, Sātrālamkāra, y una colección de leyendas budistas (avadāna).

O. Botto

Asurbantpal

Rey de Asiría desde el año 669 al 626 a. de C., conocido también por Sardanápalo, hijo de Asaradón, subió al trono de Asiría mientras su hermano Shamashshumukin obtuvo el reino de Ba­bilonia, sometida en aquella época a los soberanos asirios.

Su reinado se caracteriza por vastas empresas militares, dirigidas de un modo gradual contra su hermano, rey de Babilonia, contra Elam y contra Egipto, sin contar las campañas contra Giges, rey de Lidia, y las acciones en Siria y en Ara­bia. Asiria alcanza así el apogeo de su poderío y de su gloria: el imperio alcanza su máxima extensión.

Nínive se ve colmada de riquezas; en la biblioteca fundada por Sargón II han sido reunidas las tablillas más importantes de la literatura babilónica, co­piadas y transcritas de acuerdo con las variaciones del alfabeto asirio; las salas del palacio se adornaban con bajos relieves, hoy en el Museo Británico, algunos de los cuales son verdaderas obras maestras. El mismo museo posee la importante biblioteca des­cubierta por Layard, que incluye los llama­dos Anales de Asurbanipal (v.), es decir, la crónica de sus empresas y de su reinado, que él mandó redactar a un escriba anónimo.

Los últimos años de su reinado que­dan, sin embargo, algo oscurecidos por las señales precursoras de la próxima ruina asiria, que tendrá como etapas progresivas y salientes la pérdida de Egipto, el des­arrollo de la potencia de los medos — que aprendieron la táctica militar precisamente de sus vecinos asirios —, la amenaza de los escitas en las fronteras septentrionales, y, por último, el derrumbamiento de su pode­río en el año 612 a. de C., como consecuen­cia de la acción de una alianza antiasiria.

A. T. Serventi