Doctor de la Iglesia, llamado «el Grande», n. en Alejandría hacia el 295, m. en la misma ciudad el 2 de mayo de 373. Lector en 312, diácono en 318, acompañó al obispo Alejandro al Concilio de Nicea, donde contribuyó en gran manera a que se aceptara la fórmula del Credo que afirmaba al Verbo «consubstancial» con Dios padre.
Sucedió en el episcopado (7 de junio de 328) a Alejandro en una diócesis alterada por el cisma de los seguidores de Melecio (quienes lo acusaron ante Constantino de la muerte de un obispo meleciano, más tarde encontrado vivo) y por los arríanos. Pero fue depuesto en el Concilio de Tiro (335), de donde marchó desterrado a Tréveris.
Muerto Constantino (337), volvió a su sede; pero las maniobras de los arríanos que lo condenaron en un Concilio de Alejandría (339), denunciándolo ante el papa Julio, le obligaron a marchar de nuevo. Otro Concilio, en Roma, lo justificó plenamente (341); en el Concilio de Serdica (343) le fueron favorables otra vez los occidentales; pero los arríanos no quisieron mantener relaciones con él y se apartaron.
Muerto el intruso Gregorio, y siendo emperador Constante, que intervino cerca de su hermano Constancio, que gobernaba Oriente, pudo Atanasio, en octubre de 346, regresar a Alejandría. Al morir Constante y quedar como único emperador el filoarriano Constancio, comenzaron de nuevo los ataques contra él y las condenas, impuestas por el emperador en el Concilio de Arlés (353 o 354) y de Milán (355); por lo que, amenazado por las tropas que rodeaban su iglesia, hubo de refugiarse entre los monjes, mientras se apoderaba de la sede de Alejandría un tercer intruso, Jorge el Capadocio.
Expulsado éste por la población, regresó Atanasio; pero al retorno de Jorge, buscó de nuevo refugio entre los monjes. A la muerte de Constancio (2 de noviembre de 361) y después de unos tumultos en los que Jorge fue asesinado (Navidad de 361), Atanasio se benefició de un decreto de Juliano el Apóstata por el que se llamaban de nuevo a su sede a todos los obispos desterrados, y convocó un importante Concilio (362).
Pero el mismo Juliano no podía tolerar a aquel defensor de la ortodoxia, cuya acción conciliadora proporcionaba nuevo vigor y unión a los cristianos y lo proscribió de nuevo. Muerto también Juliano, después de haber visitado al nuevo emperador Jovino, regresó Atanasio a Alejandría (364); pero un año después era expulsado por Valente. Durante cuatro meses permaneció Atanasio escondida en la ciudad.
Gobernó tranquilamente la diócesis desde febrero del 366 hasta su muerte (2 de mayo del 373). Había estado cinco veces en el destierro, en total 17 años y medio de los 45 de su episcopado. Pero todas estas vicisitudes no le impidieron escribir muchísimo. Además de su apología Contra los paganos y de otras como Al emperador Constancio, Contra los arríanos y Acerca de su fuga (v. Apologías), tiene tres Contra los arríanos (v.) (El cuarto es quizá de Apolinar de Laodicea el Joven), la Vida de San Antonio (v.), las numerosas Epístolas (v.) (entre las cuales, las «testales» en ocasión de la Pascua: 13 para los años comprendidos entre el 324 y 343, halladas en versión siria en 1848; de otras existen fragmentos; la de 367, en fragmentos griegos, coptos y sirios contiene totalmente el canon del «Nuevo Testamento» en 27 libros).
Escribió también numerosas obras teológicas y polémicas que indicamos con los títulos latinos usados habitualmente: [Epístola] de decretís Nícaenae synodi; Historia arianorum ad monachos; [Epístola] de synodis Arímini in Italia et Seleuciae in Isauria celebratis; el De íncamatíone et contra aríanos, de cuya autenticidad se dudaba y que probablemente han de serle atribuidos; y asimismo le pertenecería por lo menos parte de una serie de escritos o fragmentos en sirio, griego, armenio y copto, de los que será posible reconstruir la obra, u obras, De verginitate, que compuso Atanasio, según testimonio de San Jerónimo.
No es de Atanasio el Símbolo atanasia- no (v.), llamado también, por su primera palabra, Quicumque. Brioso y hábil polemista, Atanasio se muestra muy firme en la defensa de la consubstancialidad del Verbo encarnado en Dios Padre, uniéndose a una naturaleza humana completa en Jesucristo.
Por ello, se separó tanto de Marcelo como de Apolinar de Laodicea apenas vio el carácter heterodoxo de sus doctrinas, pese a que defendieran también el término «consubstancial»; y alrededor del 362, se acercó a San Basilio, San Gregorio Niceno y San Gregorio Nacianceno, admitiendo que podían usarse otros términos además de aquel que se discutía, con tal que quedara claramente establecida la identidad de esencia; y admitió también el uso, en el sentido de «persona», de la palabra «hipóstasis» (en latín «substancia»), empleada por él hasta entonces como sinónimo de «usia» («esencia»).
Sostuvo, en fin, contra los macedonianos la consubstancialidad del Espíritu Santo con las otras dos Personas divinas. Hombre de carácter impetuoso y tenaz, tuvo amigos entusiastas y enemigos encarnizados; en su fe, alimentada por un misticismo fervoroso y por una rígida moral, se preocupó ante todo de defender la realidad de la Redención por la encarnación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y la independencia de la Iglesia de la autoridad política.
Fue el duro y tenaz luchador que requerían el tiempo y las circunstancias. Con la consagración de San Frumencio, dio origen a la Iglesia de Etiopía.
A. Pincherle

