Álvaro Alonso Barba

Escritor español, nacido en Lepe (Huelva) en 1569, m. en 1661. Fue sacerdote. Pasó a América y desempeñó algunos curatos en el Perú.

Se ocupó con gran competencia de todo lo referente a la metalurgia; fruto de sus estudios y obser­vaciones es su obra Arte de los metales (v.), traducida a varios idiomas y que al­canzó intensa resonancia en los siglos XVII, XVIII y XIX.

Gracias al completo y exacto inventario de la riqueza minera de Bolivia establecido por nuestro autor, pudieron los españoles extraer de aquellas minas el cau­dal más ingente de plata del mundo.

El des­cubrimiento del padre Barba, relativo a la descomposición de los sulfuros argentíferos por el mercurio, fue decisivo en la explo­tación de las minas de plata en las colo­nias españolas de América.

Antanas Baranauskas

Nacido el 17 de enero de 1835 en Anyksciai (Lituania orien­tal) y m. el 26 de noviembre de 1902 en Seinai (Lituania meridional). Hijo de un campesino, fue durante su juventud escri­biente rural, y luego frecuentó el semina­rio de Varniai, donde enseñó el idioma li­tuano.

En 1858 pasó a la Academia para sacerdotes católicos de San Petersburgo, de la cual llegó a ser profesor tras dos años de estudios en Innsbruck, Munich y Roma que siguieron a su ordenación sacerdotal (1862).

Sin embargo, como no se encontrara allí a gusto, volvió a Lituania en 1867 y enseñó en el seminario de Kaunas, del que en 1874 pasó a ser inspector. En 1883 el papa nombróle obispo auxiliar, y luego, en 1897, ocupó la sede episcopal de Seinai.

El inte­rés de Baranauskas dirigióse, de manera preferente, hacia la filología; notable importancia para los estudios bálticos poseen sus investiga­ciones Textos de la Lituania oriental [Ostlitauische Texte, 1882]; Aportaciones a la dialectología lituana [Zur litauischen Dialektforschung, en Kuhns Zeitschrijt für vergleichende Sprachforschung, VIII y IX], y Anotaciones acerca del idioma y el voca­bulario lituanos [Zametki o litovskom jazyke y slovare, en ruso, 1898].

La fama de Baranauskas como escritor se halla vinculada prin­cipalmente al poema El bosque de Anykscios (v.), en el que, con un profundo sen­timiento de la naturaleza, lamenta la des­trucción de los bosques por obra de la incesante industrialización y hace de ésta un símbolo de la decadencia del idioma lituano; la obra en cuestión se revela sensi­blemente influida por El señor Tadeo (v.), de Mickiewicz.

Poesías más breves y com­posiciones líricas de tipo religioso apare­cen reunidas en el volumen Los cantos del labrador [Artoju giesmés, 1860]. A sus im­presiones, generalmente negativas, acerca de Rusia dio Baranauskas forma poética en el poema Viaje a San Petersburgo [Kelioné Petaburkan, 1859], en el que recuerda con orgullo la época (siglo XIV) durante la cual el territorio ruso pertenecía al principado li­tuano.

Nikolas Barat’ashvili

Nacido el 15 de diciembre de 1817 en Tiflis y m. en Gangia el 9 de octubre de 1845. Es el representante más ilustre del romanticismo en la litera­tura georgiana.

Se educó en su ciudad natal (1827-35), y en 1832 cayó y rompióse las piernas, una de las cuales no volvió ya a su estado normal y le hizo cojear hasta el fin de sus días. Ello impidióle ingresar en la carrera militar, cual hubiera deseado; por otra parte, sus padres no le permitieron matricularse en la universidad.

Forzado a refugiarse en la administración civil, tra­bajó en Tiflis hasta 1844, año en que fue trasladado a Gangia, lugar lleno de ban­doleros y de clima insano. Enfermó de ma­laria, y pereció a causa de un resfriado con­traído en el curso de una expedición contra los bandidos. Sus dotes poéticas se desarro­llaron pronto y rápidamente: ya en la mis­ma escuela empezó a escribir poesías; no obstante, la mayoría de sus primeras obras se han perdido.

Las composiciones mejores pertenecen a la época de su servicio en Ti­flis; figuran entre ellas Pensamientos a ori­llas del Kur, El pendiente, El niño, Deso­lación del alma, Merani, El espíritu del mal y El destino de Georgia (v.), inspiradas todas en la vida y la naturaleza, que ningún otro poeta georgiano, salvo, posiblemente, Psaveli, sintió con tanta intensidad.

Barat’ashvili in­trodujo en la literatura de su país el gusto romántico de la observación realista y del análisis psicológico. Sin embargo, a pesar de su aversión al sentimentalismo fácil y de su actitud positiva y enérgica respecto de la vida, sus obras respiran pesimismo y mani­fiestan la infelicidad de su existencia, en­tristecida por el dolor y la desilusión; ello resulta singularmente cierto en Merani, que describe el conflicto entre las nobles aspi­raciones del hombre y la realidad.

J. Prado Coelho

Rafael María Baralt

Historiador, poe­ta y filólogo venezolano n. en Maracaibo en 1810 y m. en Madrid en 1860. Llegó a capi­tán en el Ejército de su país de origen, pero marchó a España en 1843 y aquí se quedó hasta su muerte.

Es una de las figu­ras paradójicas del mundo hispanoameri­cano: hombre liberal, reacciona contra el romanticismo y se vuelve hacia los clásicos españoles del Siglo de Oro; venezolano por nacimiento y formación, se establece en Es­paña, ocupa en la Real Academia de la Lengua el sillón que había dejado vacante por fallecimiento Donoso Cortés, habla so­bre «Donoso Cortés y el tradicionalismo» en su discurso de ingreso y dirige La Gaceta de Madrid; filólogo competente y purista del lenguaje, enfoca su labor desde Madrid con una orientación conservadora, diametralmente opuesta a lo que significa la orien­tación renovadora de su compatriota Andrés Bello (Diccionario matriz de la lengua es­pañola y Diccionario de galicismos); neo­clásico apasionado, combate implacablemen­te la influencia francesa en el lenguaje que había llegado a ser característica en la lite­ratura de muchos neoclásicos ilustres.

Con todo, diríase que su labor haya sido reali­zada con la cabeza y no con el corazón: es objetivo, pero frío; la razón frena siempre en él los impulsos del sentimiento. Su obra más importante es el Resumen de la histo­ria antigua y moderna de Venezuela (v.); entre sus poesías, ofrecen detalles de inspi­ración delicada y de cierta altura lírica su Adiós a la patria, el melancólico poema «riojano» A una flor marchita y la oda A Cristóbal Colón, premiada por el Liceo de Madrid. Academicista de ideas liberales, Baralt es el ciudadano de Venezuela libre que se reintegra voluntariamente a la tradición li­teraria de la antigua metrópoli.

J. Sapiña

Baquílides

Nacido en Iulis (Ceos) hacia el 520 a. C. y m. probablemente en tomo al 450. Toda su actividad poética pertenece a la primera mitad del siglo V. Son escasas las noticias que acerca de su vida poseemos.

Hijo de una hermana de Simónides, debió de seguir al tío en su peregrinación por cortes y ciudades, a Tesalia primera­mente, luego a Atenas y Egina, y, por fin, a Siracusa, junto a Hierón. El más antiguo de sus poemas con fecha precisa corresponde al año 485, y es un epinicio dedicado a Piteas de Egina, vencedor en el pancracio; figura en el duodécimo lugar de la lista de los que conservamos. A este mismo triunfo dedicó Pindaro la Nemea V.

Con tan ilus­tre colega hubo de competir aún Baquílides en la celebración de las victorias de Hierocles en los juegos. Cuando en 476 Hierón obtuvo el triunfo en Olimpia con su corcel Ferenico, el poeta envióle desde Ceos el más bello de sus epinicios, el quinto, y Píndaro compuso en Siracusa la Olímpica I.

En 470 obtuvo Hierón el triunfo con la cuadriga en los juegos píticos: en tal ocasión Píndaro es­cribió la Pitica I, y Baquílides el cuarto epinicio, muy corto, una oda que no es sino un «pre­ludio». Finalmente, cuando el soberano, en 468, un año antes de su muerte, logró la mayor de sus victorias al triunfar en Olim­pia con su cuadriga, sólo Baquílides celebró el acontecimiento, cantado en su tercer epi­nicio: posiblemente debía de haber supe­rado a Píndaro en el favor del tirano.

Muchas y variadas cosas han sido escritas sobre la rivalidad de ambos poetas; sin em­bargo, los datos de que disponemos no bas­tan para la reconstitución de este episodio biográfico, respecto del cual sólo pueden tomarse en consideración dos alusiones po­lémicas.

En 476, y en la Olímpica II, com­puesta por Píndaro en honor de Terón, se­ñor de Agrigento, el poeta, hacia el final de la oda, lleva a cabo una soberbia exal­tación de su arte al compararse con el águila, contra la cual inútilmente graznan los cuervos: «Es sabio quien mucho sabe por naturaleza; pero los locuaces jactancio­sos de la sabiduría ajena resultan en ver­dad cuervos que en vano claman contra el ave divina de Zeus».

Innegable parece la alusión de este pasaje a Simónides y Baquílides, por cuanto este mismo la recoge en un frag­mento conservado (cfr. 14): «Lo mismo aho­ra que en los tiempos antiguos, siempre un sabio lo es de la sabiduría ajena. Dar con las puertas de los cantos aún no cantados resulta una empresa no demasiado fácil».

Píndaro negaba a sus rivales el ingenio y la originalidad poéticos; Baquílides respondía con modestia, y no sin una ironía amable, que lo verdadero y absolutamente original no exis­te. Más tarde, en el tercer epinicio, asocia su fama poética a la de Hierón, y se com­para con el ruiseñor: «Con tus glorias indu­dables alguien celebrará la gracia del rui­señor de Ceos, de lengua meliflua».

Desco­nocemos el lugar a donde se dirigió el poe­ta una vez muerto el tirano; probablemente debe situarse en este período su destierro en el Peloponeso, del que nos da una vaga noticia Plutarco, pero cuyas razones y dura­ción ignoramos.

Se sabe, empero, con cer­teza que el poeta volvió a su patria du­rante los últimos años de su vida. En 452 compuso el sexto epinicio, dedicado a la victoria de Lacón, muchacho de Ceos, triun­fador en el estadio de Olimpia. A partir de esta fecha nada sabemos de Baquílides.

Hasta fines del siglo pasado eran escasos los fragmentos del poeta conocidos; sin embargo, en 1896 un papiro egipcio nos devolvió trece epini­cios y seis ditirambos (v. Odas). Algunas de estas composiciones presentan conside­rables lagunas; pero muchas, en cambio, aparecen enteras o casi; de esta suerte, Baquílides resulta ser el poeta coral mejor conocido después de Píndaro. Narrador exquisito, posee el gusto jónico del relato, y se ins­pira en Homero.

Empieza y acaba «ex abrupto» sus narraciones; pero éstas, sin embargo, son siempre extensas y fluidas, por cuanto el autor hace hablar profusamente a sus personajes y trata los detalles con cuidado. El relato de Baquílides se halla siempre orien­tado hacia un punto central, que constituye la cima patética del episodio.

Poeta del «pathos», un «pathos» delicado y, al mismo tiempo, profundo, cual el de Simónides; pero no sobrio como el de éste. Aun cuan­do, en realidad, el arte griego quede lejos de lo que solemos denominar sentimenta­lismo, la poesía de Baquílides, no obstante, aparece envuelta en cierta sombra de carácter me­lancólico y sentimental un tanto muelle.

Allí donde este «pathos» personal domina se revela aquél un gran poeta; en cambio, cuando no se da tal circunstancia, resulta mediocre. Con razón el autor del Sublime (v.) le consideraba muy inferior a Píndaro, poeta muy desigual, pero, también, mucho mayor. Sin embargo, se equivocaba al si­tuarle entre los mediocres impecables.

No puede culparse a Baquílides de mediocridad cuan­do resulta verdadero poeta. Ni tampoco es cierta su impecabilidad; como dice el autor del Sublime, su estilo aparece indudable­mente nítido, pulido y elegante; pero tam­bién, con frecuencia, amanerado y vacío.

Nosotros, modernos, jamás podremos juz­garle impecable; pero la crítica antigua, in­cluso cuando, cual ocurre en el Sublime, alcanzaba su máxima elevación, no se veía libre de prejuicios retóricos. Gran impor­tancia respecto de los orígenes de la trage­dia posee uno de los ditirambos de Baquílides: Teseo.

Enteramente dialogado, nos ofrece una conversación entre el coro y el rey Egeo. El descubrimiento de tal composición ha hecho finalmente comprensible el pasaje de la Poética (v.) de Aristóteles, en que éste afirma haberse originado la tragedia en el ditirambo.

Nada importa la circunstancia de que el texto en cuestión date de los tiem­pos de Esquilo, época en la cual la obra trágica poseía ya plenamente unas carac­terísticas bien determinadas: sin duda alguna debe tratarse de una reconstitución de modelos anteriores, toda vez que Baquílides no resulta, verdaderamente, un innovador en la técnica de las formas líricas.

En el diti­rambo que nos ocupa el coro canta la es­trofa, y Egeo la antistrofa. Tal estructura puede darnos la idea de una forma rudi­mentaria del género trágico más antiguo que debía de consistir precisamente en un diálogo lírico entre el coro y el corifeo.

Cabe afirmar, empero, que la tragedia no derivó del ditirambo; y así, corrigiendo lige­ramente a Aristóteles, diremos que se ori­ginó en una forma especial de esta compo­sición, de la que poseemos un valioso ejem­plo en el Teseo de Baquílides (v. Odas).

G. Perrotta