Nacido en Iulis (Ceos) hacia el 520 a. C. y m. probablemente en tomo al 450. Toda su actividad poética pertenece a la primera mitad del siglo V. Son escasas las noticias que acerca de su vida poseemos.
Hijo de una hermana de Simónides, debió de seguir al tío en su peregrinación por cortes y ciudades, a Tesalia primeramente, luego a Atenas y Egina, y, por fin, a Siracusa, junto a Hierón. El más antiguo de sus poemas con fecha precisa corresponde al año 485, y es un epinicio dedicado a Piteas de Egina, vencedor en el pancracio; figura en el duodécimo lugar de la lista de los que conservamos. A este mismo triunfo dedicó Pindaro la Nemea V.
Con tan ilustre colega hubo de competir aún Baquílides en la celebración de las victorias de Hierocles en los juegos. Cuando en 476 Hierón obtuvo el triunfo en Olimpia con su corcel Ferenico, el poeta envióle desde Ceos el más bello de sus epinicios, el quinto, y Píndaro compuso en Siracusa la Olímpica I.
En 470 obtuvo Hierón el triunfo con la cuadriga en los juegos píticos: en tal ocasión Píndaro escribió la Pitica I, y Baquílides el cuarto epinicio, muy corto, una oda que no es sino un «preludio». Finalmente, cuando el soberano, en 468, un año antes de su muerte, logró la mayor de sus victorias al triunfar en Olimpia con su cuadriga, sólo Baquílides celebró el acontecimiento, cantado en su tercer epinicio: posiblemente debía de haber superado a Píndaro en el favor del tirano.
Muchas y variadas cosas han sido escritas sobre la rivalidad de ambos poetas; sin embargo, los datos de que disponemos no bastan para la reconstitución de este episodio biográfico, respecto del cual sólo pueden tomarse en consideración dos alusiones polémicas.
En 476, y en la Olímpica II, compuesta por Píndaro en honor de Terón, señor de Agrigento, el poeta, hacia el final de la oda, lleva a cabo una soberbia exaltación de su arte al compararse con el águila, contra la cual inútilmente graznan los cuervos: «Es sabio quien mucho sabe por naturaleza; pero los locuaces jactanciosos de la sabiduría ajena resultan en verdad cuervos que en vano claman contra el ave divina de Zeus».
Innegable parece la alusión de este pasaje a Simónides y Baquílides, por cuanto este mismo la recoge en un fragmento conservado (cfr. 14): «Lo mismo ahora que en los tiempos antiguos, siempre un sabio lo es de la sabiduría ajena. Dar con las puertas de los cantos aún no cantados resulta una empresa no demasiado fácil».
Píndaro negaba a sus rivales el ingenio y la originalidad poéticos; Baquílides respondía con modestia, y no sin una ironía amable, que lo verdadero y absolutamente original no existe. Más tarde, en el tercer epinicio, asocia su fama poética a la de Hierón, y se compara con el ruiseñor: «Con tus glorias indudables alguien celebrará la gracia del ruiseñor de Ceos, de lengua meliflua».
Desconocemos el lugar a donde se dirigió el poeta una vez muerto el tirano; probablemente debe situarse en este período su destierro en el Peloponeso, del que nos da una vaga noticia Plutarco, pero cuyas razones y duración ignoramos.
Se sabe, empero, con certeza que el poeta volvió a su patria durante los últimos años de su vida. En 452 compuso el sexto epinicio, dedicado a la victoria de Lacón, muchacho de Ceos, triunfador en el estadio de Olimpia. A partir de esta fecha nada sabemos de Baquílides.
Hasta fines del siglo pasado eran escasos los fragmentos del poeta conocidos; sin embargo, en 1896 un papiro egipcio nos devolvió trece epinicios y seis ditirambos (v. Odas). Algunas de estas composiciones presentan considerables lagunas; pero muchas, en cambio, aparecen enteras o casi; de esta suerte, Baquílides resulta ser el poeta coral mejor conocido después de Píndaro. Narrador exquisito, posee el gusto jónico del relato, y se inspira en Homero.
Empieza y acaba «ex abrupto» sus narraciones; pero éstas, sin embargo, son siempre extensas y fluidas, por cuanto el autor hace hablar profusamente a sus personajes y trata los detalles con cuidado. El relato de Baquílides se halla siempre orientado hacia un punto central, que constituye la cima patética del episodio.
Poeta del «pathos», un «pathos» delicado y, al mismo tiempo, profundo, cual el de Simónides; pero no sobrio como el de éste. Aun cuando, en realidad, el arte griego quede lejos de lo que solemos denominar sentimentalismo, la poesía de Baquílides, no obstante, aparece envuelta en cierta sombra de carácter melancólico y sentimental un tanto muelle.
Allí donde este «pathos» personal domina se revela aquél un gran poeta; en cambio, cuando no se da tal circunstancia, resulta mediocre. Con razón el autor del Sublime (v.) le consideraba muy inferior a Píndaro, poeta muy desigual, pero, también, mucho mayor. Sin embargo, se equivocaba al situarle entre los mediocres impecables.
No puede culparse a Baquílides de mediocridad cuando resulta verdadero poeta. Ni tampoco es cierta su impecabilidad; como dice el autor del Sublime, su estilo aparece indudablemente nítido, pulido y elegante; pero también, con frecuencia, amanerado y vacío.
Nosotros, modernos, jamás podremos juzgarle impecable; pero la crítica antigua, incluso cuando, cual ocurre en el Sublime, alcanzaba su máxima elevación, no se veía libre de prejuicios retóricos. Gran importancia respecto de los orígenes de la tragedia posee uno de los ditirambos de Baquílides: Teseo.
Enteramente dialogado, nos ofrece una conversación entre el coro y el rey Egeo. El descubrimiento de tal composición ha hecho finalmente comprensible el pasaje de la Poética (v.) de Aristóteles, en que éste afirma haberse originado la tragedia en el ditirambo.
Nada importa la circunstancia de que el texto en cuestión date de los tiempos de Esquilo, época en la cual la obra trágica poseía ya plenamente unas características bien determinadas: sin duda alguna debe tratarse de una reconstitución de modelos anteriores, toda vez que Baquílides no resulta, verdaderamente, un innovador en la técnica de las formas líricas.
En el ditirambo que nos ocupa el coro canta la estrofa, y Egeo la antistrofa. Tal estructura puede darnos la idea de una forma rudimentaria del género trágico más antiguo que debía de consistir precisamente en un diálogo lírico entre el coro y el corifeo.
Cabe afirmar, empero, que la tragedia no derivó del ditirambo; y así, corrigiendo ligeramente a Aristóteles, diremos que se originó en una forma especial de esta composición, de la que poseemos un valioso ejemplo en el Teseo de Baquílides (v. Odas).
G. Perrotta

