Luis Barahona de Soto

Nacido en 1548 en Lucena y m. en Antequera en 1595. De familia noble empobrecida, vivió penosa­mente durante sus años de estudiante; pero siempre se enorgulleció de su origen y de las condiciones de su existencia.

En sus textos figuran alusiones autobiográficas, así como referencias a literatos y personajes contemporáneos, como el capitán Alonso de Céspedes, Diego Hurtado de Mendoza, Her­nando de Acuña, el duque de Osuna, P. Téllez Girón y otros.

Mantuvo relaciones con muchos autores de las escuelas sevi­llana y castellana, a veces a través de una interesante correspondencia literaria. En Antequera, considerada entonces una pe­queña Atenas’ de aquellos tiempos, fue dis­cípulo del docto humanista y poeta Juan de Vilches. Entristecido por la muerte de éste, dirigióse en 1567 a Granada, y combatió contra los moriscos de las Alpujarras suble­vados en 1568.

Asistió a la tertulia grana­dina de Alonso de Granada Venegas, y en ella conoció a lo mejor de los ingenios con­temporáneos y entabló íntimas relaciones de amistad con el poeta Gregorio Silvestre, quien, al principio, le reprochó sus tenden­cias poéticas petrarqueseas; interesante re­sulta su intercambio de sonetos.

Tras la muerte del amigo (1569), Barahona se trasladó a Osuna, donde frecuentó la academia de C. de Sandoval; en ella leyó, entre otras cosas, sus epitafios latinos. Entregado al estudio de la medicina, obtuvo en 1571 el título de médico en Sevilla, y ejerció dicha profesión en Archidona, donde fue nombrado regi­dor.

En Barahona se funden íntimamente los carac­teres renacentista y barroco. Algunos de sus versos aparecieron en la antología de Pedro de Espinosa Flores de poetas ilustres de España. Compuso varios sonetos, una canción, elegías y madrigales; en estas com­posiciones hay claras reminiscencias de la poesía latina e italiana.

Poeta descriptivo y dado a las imágenes, manifiesta aspectos gongorinos en la Égloga de las hamadríades y en el poema, elogiado por Cervantes y Lope, Las lágrimas de Angélica (v.), inspirado en Ariosto. La Fábula de Vertumno y la de Acteón son traducciones casi literales de Ovidio, pero ampliadas y no exentas de alusiones a casos reales ni de ecos virgilianos.

Barahona escribió también algunas sátiras, y los Diálogos, de la montería (v.), de singu­lar interés. G. Savelli

Herman Bang

Nacido en Als (Jutlandia) el 20 de abril de 1857 y m. el 29 de enero de 1912 en Ogden (Utah, Estados Unidos), adonde habíase dirigido para dar un ciclo de conferencias.

Arrancado por la guerra prusiano-danesa del sereno ambiente del presbiterio paterno de Als y huérfano muy joven de madre, sintióse toda su vida pri­vado de algo que le era debido, y llegó a hacer de su misma persona el símbolo de aquellas «generaciones sin esperanza» con que tituló su primera novela, Haablose Slaegter (1880).

Luego de una preparación para convertirse en actor, dedicóse al pe­riodismo literario. Muchos de sus artículos fueron publicados en colecciones: así, Rea­lismo y realistas [Realism og Realister, 1879]; Estudios críticos [Kritiske studier, 1880]; En casa y fuera [Herhjemme of derude, 1881].

La lección del naturalismo fran­cés marca los principios de su actividad de narrador; muy pronto, empero, y movido, entre otras causas, por la influencia de J. Lie, se inclinó hacia un estilo impresionista, en realidad más adecuado a sus cualidades innatas.

De una sensibilidad morbosa y de­cadente, aun cuando animada siempre por un humorismo sutil, suele describir en sus novelas y cuentos personajes fracasados o ahogados por la vida, cual ocurre en Junto a la vía [Ved Vejen, v.] y en otras narra­ciones aparecidas en el volumen Existen­cias tranquilas [Stille Existenser, 1886], Estuco, [Stuck, 1887] y Tiñe (1889, v.), y no sin irónicas o dramáticas transposiciones autobiográficas, como, por ejemplo, en Bajo el yugo [Undre Aaget, 1890], Mikael (1904) y Los sin patria [De uden Faedreland, 1906].

Presentan un carácter netamente autobiográfico Diez años [Ti Aar, 1891], La casa blanca [Det hvide Rus, 1898] y La casa gris [Det graa Hus, 1901].

A. Manghi

Théodore de Banville

Nacido en Moulins el 14 de marzo de 1823 y m. en París el 12 del mismo mes de 1891. Hijo de una familia noble y más bien acomodada, trasladóse con sus padres a la capital para realizar allí los estudios universitarios; mas con­quistado por el ambiente literario de la gran ciudad dedicóse muy pronto a la poesía, y publicó, ya antes de cumplir los vein­te años (1842), el librito Les cariatides, que alabaron Vigny y el joven Baudelaire, este último en un célebre soneto.

Un éxito pa­recido alcanzó cuatro años después con Les stalactites, y lo mismo ocurrió en 1857 con su libro más famoso, Odas funambulescas (v.), que le situaba junto a Gautier e in­cluso al propio Baudelaire como adalid del nuevo estilo poético destinado a triunfar dentro de poco bajo el nombre de «poesía parnasiana»; y, efectivamente, al consti­tuirse la verdadera «escuela» de ésta con la célebre colección Parnasse contemporain del editor Lemerre (1866), Banville fue considerado por las generaciones jóvenes, con Gau­tier, Baudelaire y Leconte de Lisie, uno de los «cuatro patriarcas del Parnaso».

Falta de interés anecdótico, su vida resultó la de un aristocrático y reservado cultor del bello estilo poético; y así, Banville aparece cual obs­tinado defensor de aquel tipo de perfección formal que, transformándose en una ver­dadera y apasionada embriaguez de tecni­cismo, dio a sus versos una sincera ins­piración. De acuerdo con esta trayectoria escribió el elegante y a veces irónico Pe­queño tratado de versificación francesa (v.). Numerosos repertorios (Trente-six ballades joyeuses à la manière de François Villon, Rondéis à la manière de Charles d’Orléans) atestiguan también sus investigaciones téc­nicas y sus esfuerzos para rehabilitar los antiguos ritmos de la poesía francesa, que a fines del siglo habrían de ser cultivados nuevamente por la «École romane».

En el teatro, Banville se opuso a la escuela burguesa de Augier y Dumas hijo, y, como Hugo, fue partidario del empleo del verso; en este as­pecto, su ejemplo favoreció la renovación de la escena poética, que durante los últi­mos años del siglo XIX y los primeros del XX conoció en Francia un gran éxito y mu­chos cultivadores, desde Maeterlinck hasta Edmond Rostand. Su «pièce» más afortu­nada, Grigoire (1866), es una prueba de la indudable genialidad de este «petit maître», el cual, aun sin poseer una inspiración muy profunda, supo, empero, aprovechar todo lo posible su gran probidad literaria y su en­trega absoluta al propio «oficio».

M. Bonfantini

John Banks

Nacido en Londres, segura­mente en 1650, y m. en 1706 en la misma ciudad. Fue un dramaturgo de escaso valor. Situadas en el ardiente clima de la Restau­ración inglesa, ninguna de sus ocho obras trágicas alcanzó un elevado nivel literario.

No obstante, Los reyes rivales (1677) y La destrucción de Troya (1679) representaron plenamente el gusto contemporáneo por la tragedia heroica y los horrores de «grand Guignol» en ella contenidos.

Tal género trá­gico fue cultivado posteriormente de nue­vo por Banks en su obra Ciro el Grande (1696); las otras producciones, inspiradas singular­mente en verdaderas tragedias de la histo­ria inglesa, revelan, en cambio, tendencias de carácter sentimental y amoroso, que han inducido con frecuencia a la crítica a hablar de Banks como de un precursor de Nicholas Rowe.

El infeliz favorito o el conde de Essex (1682) y La virtud traicionada o Ana Bolena (1682), considerada en general la mejor de sus obras, alcanzaron entonces un considerable pero ficticio éxito.

En 1694 apareció La usurpadora inocente o la muer­te de lady Jane Gray, cuya representación, empero, prohibió la censura por inmoral; idéntica suerte había correspondido un de­cenio antes a La reina de la isla o María, reina de Escocia (v. María Estuardo), que el autor dio luego a la imprenta para de­mostrar lo absurdo de la prohibición.

La misma tragedia, revisada por Banks en 1704, apareció bajo el título Las reinas de Albión, y pudo ser representada sin contra­tiempo alguno.

R. Sanesi

Teresa Bandettini

Nacido en 1763 en Lucca y m. en 1837. Desde muy joven fue bai­larina y hacia los treinta años casó con su conciudadano Landucci.

Abandonó la danza y se dedicó a la improvisación poé­tica; recorrió los escenarios y las academias de las principales ciudades italianas, entu­siasmando al público y a los literatos. En la Arcadia se la conoció como «Amarilis Etrusca».

Sus Poesías extemporáneas (v.) fueron publicadas inicialmente en Verona en 1801, gracias al interés del general napoleónico Miollis; más tarde, en 1835, aparecieron en Lucca en una edición aumentada.

Intere­sada por la literatura al par que por la danza, ya en 1786 había publicado Poesie varié, y en 1788 Poesie diverse; a ello si­guieron luego otras obritas de varios géne­ros, y la traducción en versos blancos de las Posthoméricas (v.) de Quinto de Esmirna.

E. Vaccari