Francesco da Barberino

Nacido en Bar­berino in Val d’Elsa en 1264 y m. en Flo­rencia en 1348. Hijo de Francesco di Neri di Ranuccio, prefirió, según la costumbre contemporánea, utilizar el nombre del lu­gar de su nacimiento en vez del patroními­co, y con él es recordado.

Estudió en Flo­rencia las «siete artes», y luego obtuvo en Bolonia el doctorado en jurisprudencia. Vuelto a la patria de Dante, entabló amis­tad con éste y Cavalcanti, y, en tanto, de acuerdo con su ejemplo, componía versos amorosos en honor de una no identificada Constanza. Dedicóse también a la pintura, arte del que dejó muestras nada vulgares en los manuscritos de sus Documentos de amor (v.).

De 1309 a 1313 terminó esta obra y amplió sus experiencias movido por un in­terés del que hay claros indicios en Régi­men y costumbres de la mujer (v.). De otros textos suyos se conocen únicamente los títu­los. Con posterioridad abandonó casi la lite­ratura por el notariado, que ejerció con gran habilidad.

De su cultura y agilidad mental excepcionales se hacen eco las crónicas con­temporáneas. Barberino fue, en definitiva, un espí­ritu vinculado a la realidad, y tan dado a la fantasía como a la reflexión: suma, pues, de los caracteres del hombre y del artista. Murió durante la famosa peste descrita por Boccaccio en el Decamerón.

F. Giannessi

Auguste Barbier

Nacido en París el 29 de abril de 1805 y m. en Niza el 13 de febrero de 1882. Hijo de un abogado, estudió en el liceo Henri IV y frecuentó luego la Facul­tad de Derecho.

Apenas había publicado, con Alphonse Royer, la novela histórica Les mauvais garçons (1830, en 2 vols.), es­talló la revolución de julio. Entonces dio a la luz, en «Revue de Paris», La curée, vio­lenta sátira dirigida contra los explotadores de la convulsión; favorecida por un gran éxito, fue seguida muy pronto por otras (Le lion, Quatre-vingts treize, L’émeute, La popularité), hasta L’idole, dedicadas a los fautores de Napoleón.

Estas obras que­daron reunidas bajo el título Yambos (1831, v.), y dieron a su autor una rápida pero breve popularidad. En 1833, y luego de un viaje a Italia, compuso, con título italiano, Il       planto, donde presenta con afecto y res­peto las desventuras y glorias del pueblo italiano.

En 1837 estuvo en Londres, que le inspiró Lazare, descripción de los sufrimien­tos de las víctimas de la civilización fabril. Ambas composiciones y las sucesivas Var­sovie, Paris y Dante fueron luego reunidas con las primeras sátiras en un solo tomo: Satires et poèmes (1837).

Volvió a Italia en 1860, y este segundo viaje dio lugar a dos volúmenes de cuentos: Trois passions (1867) y Contes du soir (1869). Durante este último año fue elegido, en oposición a Théophile Gautier, miembro de la Academia Francesa; pero entonces Barbier era ya un autor olvidado. Sainte-Beuve definióle «grand poète d’un jour et d’une heure».

Con León de Wally escribió para el teatro la ópera en dos actos Benvenuto Cellini, con música de Berlioz, que fue representada en 1838. Diez años des­pués apareció una traducción suya del Julio César de Shakespeare, aportación a la lucha contra todas las tiranías. Barbier tradujo también el Decamerón (1845).

P. Raimondi

Bar Bahlul

Nacido a principios del siglo X en Awâna, localidad de la diócesis de Tirhân. Es muy poco lo que sabemos sobre la vida del autor del famoso Léxico siríaco (v.).

Fue médico, y su nombre completo era Abū ’l-Hasan bar Bahlûl. Perteneció a la iglesia nestoriana, y en 963 propuso la elección de Abdîshô para el cargo de «Katholikos» de aquélla.

La amplitud de su erudición y de sus conocimientos en el ámbito del saber queda atestiguada claramente por su Lé­xico, el cual, por la seguridad de sus infor­maciones, rivaliza con el de Îshô bar Ali, otro insigne lexicógrafo nestoriano, contem­poráneo casi y hasta cierto punto competi­dor de Bahlul.

G. Furlani

Ermolao Barbaro

Nacido en Venecia en 1454 y m. en Roma en 1493. Fue un impor­tante filólogo y filósofo del período huma­nístico, profesor en Padua y patriarca de Aquileia.

Tradujo en latín a Dioscórides, y corrigió desde un punto de vista crítico la obra de Plinio (v. Correcciones a la «His­toria natural» de Plinio); más notables re­sultan, empero, sus epístolas y oraciones, así como algunos poemas latinos.

Compuso varios tratados de escasa extensión, entre ellos De coelibatu, en el que defendía la te­sis, aducida ya por Boccaccio, de la incom­patibilidad de los deberes familiares con el ejercicio de las letras. Aun cuando no fi­gura en primera línea en el humanismo de la segunda mitad del siglo XV, fue, sin em­bargo, un claro representante de la diver­gencia entre «humanitas» y retórica.

Man­tuvo un famoso debate con Pico y relacio­nes epistolares con Ficino, Vernia y Elia del Medigo (v. Escritos varios).

E.Allodoli

W. N. P. Barbellion

Seudónimo de Bruce Frederick Cummings, que n. en Bamstaple (Devonshire) el 7 de septiembre de 1889 y m. en Gerard’s Cross el 22 de octu­bre de 1919.

Hijo de un modesto periodista, fue inclinado por su padre hacia esta pro­fesión. Al iniciarse en la misma creyó fir­mar su propia condena de muerte; contaba apenas dieciocho años, y sentía unas ansias locas de convertirse en hombre de ciencia.

Por ello, y aun cuando trabajara duramente y actuara como cronista, no abandonó sus estudios predilectos; y así, tan pronto como disponía de una hora libre encerrábase en la buhardilla y empezaba a descuartizar lombrices y murciélagos, y en ciertas oca­siones renunciaba incluso a la cena para poder asistir a unas lecciones nocturnas de química.

A los veintitrés años obtuvo un puesto de auxiliar en el Museo Británico, y creyó haber realizado ya su sueño; las cosas, empero, no marcharon como imagi­nara: el sueldo era escaso, y sus funciones secundarias le condenaban a desarrollar una labor oscura y poco interesante.

Siempre débil de salud y sujeto a tremendos res­friados, añadiéronse entonces a todo ello vértigos y dolencias intestinales, y, final­mente, se manifestaron los siniestros hor­migueos y trastornos que hicieron pensar en una lesión de la medula espinal.

Enamoróse de una muchacha bella y agradable, que, sin embargo, le parecía algo vulgar e inferior a él; con todo, la tristeza de su vida, la necesidad física del amor y de una compañía cálida y afectuosa, y el no con­fesado temor de una enfermedad inminente e incurable, le llevaron al matrimonio.

Lue­go del nacimiento, no deseado, de una niña, la dolencia se concreta: parálisis progre­siva. Barbellion debe renunciar a su empleo, y des­pués, poco a poco, a cualesquiera ambición, esperanza o proyecto.

De la casa de campo adonde se había trasladado para huir de las incursiones aéreas (era la época de la primera guerra mundial) hubo de pasar a una morada más pequeña, casi una choza, y situada en un paraje despoblado.

Allí, y entre ráfagas de recuerdos y la amarga nos­talgia de las alegrías no disfrutadas, de los países no vistos y de las experiencias no realizadas, aguardó la muerte, que habría de tardar aún dos años.

Ya a los trece había empezado la redacción de un diario que fue publicado en 1919, vivo todavía su au­tor, con el título Diario de un hombre des­ilusionado (v.); se trata de una autobio­grafía escrupulosamente detallada e impú­dica hasta el sadismo que manifiesta la capacidad de Barbellion para dar emoción a las si­tuaciones más vulgares: un triste documento humano con páginas elevadísimas y, hasta cierto punto, edificantes. Además del Dia­rio y de una serie de ensayos científicos, dejó un libro de garbosas y animadas narra­ciones: La alegría de vivir [Enjoying Life].

M. L. Astaldi