Richard Harris Barham

Seudónimo de Thomas Ingoldsby, que n. en Canterbury el 6 de diciembre de 1788, y m. en Londres el 17 de junio de 1845.

Fue hijo de un con­sejero, y, posiblemente, heredó de su madre un temperamento propenso a las chanzas y a la divagación fantástica. Estudió primera­mente en Canterbury, y luego en la escuela de San Pablo de Londres, donde conoció a su futuro editor Richard Bentley.

En la capital inició los contactos con el mundo literario, y escribió y frecuentó las tertu­lias de algunos intelectuales. Más tarde pasó al Brasenose College de Oxford, donde ob­tuvo el título de bachiller. Vuelto a Can­terbury, entregóse a una alegre vida de festines, pronto interrumpida por la muerte de su madre y una grave dolencia.

Reco­brada la salud, abandonó la idea de estudiar leyes, abrazó la carrera eclesiástica y tuvo a su cargo las parroquias de Westwell y de Warehorne, áspero núcleo de contraban­distas que le convirtieron el campanario en depósito de tabaco.

Durante una convale­cencia escribió su primera novela, Baldwin. Nombrado canónigo de San Pablo en 1821, trasladóse a Londres con su mujer y sus hijos. Una vez en la capital comenzaron sus éxitos, tanto en la carrera literaria como en la eclesiástica.

En su Diario habla Barham de los numerosos amigos que le estimulaban a escribir y a publicar. Tras el éxito de su novela Mi primo Nicolás [My Cousin Nicholas], reunió en un volumen las Leyendas de Ingoldsby (v.), que había presentado en Bentley’s Miscellany, de Dickens.

E scribía con facilidad cuando le ayudaba la inspira­ción, estimulada a veces por el alcohol. Los últimos años de su existencia se vieron amargados por la muerte de su hijo Ned (a quien dedicó la poesía As I Laye a-Thynkynge) y de su amigo Th. Hook. El nom­bre de Barham se halla vinculado sobre todo a las Leyendas, algún tiempo muy populares.

E. Vaccari

Barhebreo

Nacido en Melitene en 1226 y m. en 1286. El nombre completo de este famoso autor jacobita, el más ilustre de cuantos han escrito en siríaco, era Gregorio Abū ’l-Farag Barhebreo; esta última pala­bra, Bar Ebrāyā (hijo del hebreo) en su lengua, se debe a la naturaleza de su padre, médico judío llamado Aronne y convertido al cristianismo jacobita.

Poco después de la ocupación de Melitene por los mongoles, su familia trasladóse a Antioquía, y allí el joven se hizo monje. Luego marchó a Trí­poli de Siria, donde, según se desprende de numerosos textos suyos dedicados prin­cipalmente a temas filosóficos, entregóse con gran provecho al estudio de la filosofía y la medicina.

En 1246, a la edad de veinte años, fue nombrado obispo. En 1252 se produjo un cisma en la iglesia jacobita: hubo dos candidatos a la sede patriarcal, cada uno de ellos apoyado por un grupo de partida­rios. Del aspirante Dionisio recibió Barhebreo la diócesis de Alepo; pero los habitantes de la ciudad, seguidores del otro candidato, le obligaron a alejarse, por lo cual hubo de retirarse al convento de Barsaumā; no obs­tante, en 1258 pudo volver a Alepo.

En 1264 fue elevado al cargo más alto de la Iglesia jacobita: el de mafriano o primado de Oriente, que desempeñó hasta su muerte. Barhebreo mantuvo relaciones de amistad con la corte de los mongoles, donde vivía una prin­cesa cristiana.

Verdadero polígrafo y autor de un extraordinario número de obras per­tenecientes a muchos aspectos de la lite­ratura, no conocía el griego, pero escribía bien en árabe; y así, tuvo pleno acceso al acervo literario de esta lengua, que en sus tiempos había asimilado ya numerosas formás del pensamiento helénico, sobre todo en lo referente a la filosofía y a las ciencias. Cuanto de griego figura en sus textos llególe a través de los escritos árabes, a los que saqueó sin escrúpulos.

Destacó no solamente en el campo de la historiografía, con algunas crónicas, sino también en los comentarios a la Sagrada Escritura, la exposición del dogma (Libro del candelabro del santuario, v., y Libro de los rayos), la ética, la gramá­tica, el derecho (Nomocanon, v.), la astro­nomía (Libro de la ascensión del espíritu), la poesía, la interpretación de sueños, las narraciones ingeniosas, y, sobre todo, en la filosofía; en este último campo su obra más considerable es la titulada La crema de la sabiduría (v.), enciclopedia filosófica inspirada en un texto análogo del filósofo árabe Avicena.

G. Furlani

Bardesano de Edesa

Nacido en Edesa en 154 y m. en 222. La leyenda atribuye a este pensador cristiano un origen persa; según se dice, durante la huida de sus padres vio la luz junto al río Daisān, del que su nombre le hace hijo, «bar».

Formado en el pa­ganismo, parece haberse convertido por obra del obispo Histaspes, después de lo cual debió de ser un ardiente propagandista del cristianismo y evangelizador de Armenia. Se sabe con certeza que fue compañero de juventud y luego consejero del monarca Abgar IX, quien, como su padre Mac’nur mantuvo su pequeño reino bajo la influen­cia romana y convirtióse también a la reli­gión de Jesucristo.

Es asimismo cierto que Bardesano poseyó una ciencia notable y vastos an­helos culturales: reunió ávidamente las in­formaciones sobre la India facilitadas por los embajadores que enviara el emperador Heliogábalo, conoció la filosofía griega, mos­tró afición por las ciencias físicas y estuvo influido por el fatalismo astrológico propio de la época.

De todo ello aparecen claros elementos, junto a los cristianos y de otras procedencias, en el Libro de las leyes de los países (v.). De todas formas, no resultó fá­cil conciliar el carácter moderado de esta obra con cuanto se conocía de otras partes de la doctrina de Bardesano, que cabe resumir poco más o menos como sigue: El mundo, tal cual es, proviene de una mezcla de los cin­co elementos fundamentales — luz, aire, es­píritu, fuego y agua — engendrados por la unión del Altísimo o Gran Padre (o también Padre de la Grandeza) y la materia (Hyle); este equilibrio queda perturbado por las tinieblas, y ello da lugar en el mundo al mal físico y moral.

De éstas procede el cuer­po, en tanto que aquéllos constituyen los mismos espíritus reguladores de los cuerpos celestes, el Sol, la Luna y los planetas. Ta­les elementos han conservado, por lo menos en parte, su libertad, que les permite dis­tinguir entre bien y mal; sin embargo, están sujetos asimismo a la fatalidad, la cual co­rrompe y altera el orden de la naturaleza.

Lo mismo cabe afirmar del hombre. No obs­tante, los elementos puros pidieron ayuda contra las tinieblas al Altísimo, quien les auxilió enviándoles la Palabra de su inten­ción, o sea el Logos o Verbo. Precisamente a causa de la dificultad mencionada, algunos han creído que el Libro de las leyes pu­diera ser obra no de Bardesano, sino, más bien, de un discípulo, quizá perteneciente al grupo menos exaltado de la secta, que persistió, como mínimo, hasta mediados del siglo V.

Cabría aducir también acerca de esta cues­tión la circunstancia de que Bardesano, con su hijo Armonio, prefiriera expresarse en forma poética: se le atribuyen, efectivamente, 150 himnos (número igual, por lo tanto, al de los Salmos), de los cuales sólo conservamos escasos fragmentos. No es posible, sin duda, considerarle un gnóstico a la manera, por ejemplo, de Valentino, aun cuando se ha discutido mucho sobre la posibilidad de que fuera maestro o precursor de Maniqueo.

Sin embargo, parecen demostrar su influen­cia en éste no solamente los paralelismos que se dan en sus dos sistemas, sino tam­bién el hecho de que San Efrén los refutara juntamente; lo mismo hicieron los Santos Padres y los demás adversarios del maniqueísmo.

A. Pincherle

Christoph Gottlieb Bardili

Nacido el 18 de mayo de 1761 en Blaubeuren (Suabia) y m. el 5 de junio de 1808 en Mergelstetten. Pre­ceptor en el célebre «Stift» de Tubinga y luego profesor de segunda enseñanza en Stuttgart, tras haber dedicado una obra al estudio del desarrollo histórico de los con­ceptos, Epochen der vorzüglichsten Begriffe (1788), orientóse hacia la filosofía práctica y la psicología, y publicó, entre otros tex­tos, Filosofía práctica general [Allgemeine praktische Philosophie, 1795], Sobre el origen del concepto de libertad volitiva [über den Ursprung des Begriffs der Willensfrei­heit, 1796] y Sobre las leyes de la asocia­ción de ideas [über die Gesetze der Ideen­association, 1797].

Con las Cartas sobre el origen de la metafísica [Briefe über den Ursprung der Metctphysik, aparecidas anó­nimas en 1798] y, singularmente, con los Elementos de la primera lógica (1800, v.), se introdujo con un pensamiento original en el meollo de los problemas del idealismo, lo cual le concitó los ataques de Fichte y también de Schelling, de quien era primo; Reinhold, en cambio, le tuvo por colaborador.

Bardili admite el fenomenalismo de Kant; pero, no obstante, desea mantener intacta la posibilidad de una metafísica. Ésta es, para él, fruto no de la inteligencia, sino de la fantasía, y por ello no necesita pruebas; únicamente al intelecto corresponde la mi­sión de encauzarla y vigilarla. Siquiera re­presentante de las notas generales del idea­lismo, Bardili no aparece vinculado a ninguna de sus tendencias principales.

En su ideario conviven gérmenes del platonismo con in­fluencias no sólo de Fichte, Schelling y Hengel, sino también de la psicología sensua­lista (el tacto —que Bardili no distingue de la sensación — es considerado como el sen­tido fundamental del hombre). El lenguaje del autor (quien poseía algo de mesianismo filosófico) resulta muy oscuro; aun su pen­samiento adolece de falta de claridad (no presenta, por ejemplo, una neta distinción entre «lógico» y «real»).

A. Hilkmann

Giuseppe Baretti

Nacido en Turín el 24 de abril de 1719 y m. en Londres el 5 de mayo de 1789. Por incompatibilidades fami­liares abandonó su ciudad natal a los die­ciséis años y empezó a ganarse la vida como escribiente en una empresa comercial de Guastalla.

Muy interesado en la literatura y extremadamente curioso, bajo la guía de Cario Cantoni adquirió una amplia cultura literaria e histórica. Luego volvió a Turín, y empezó a frecuentar la escuela de elo­cuencia de Tagliazucchi.

Entabló relaciones de amistad con muchos de los mejores inge­nios del país, y muerto su padre entregóse con mayor libertad a las actividades litera­rias. Tradujo, con no demasiada perfección, a Corneille (Venecia, 1747-48) y escribió poesías según el estilo de Berni (Piacevole poesie, 1750) que expresaban el desprecio del autor por sus adversarios.

En 1751, mo­lesto por el ambiente irrespirable de su país, marchó a Londres; allí dirigió el Teatro Italiano, conoció a Samuel Johnson, Rey­nolds y Garrick, perfeccionó el estudio de las lenguas europeas y aprendió a intere­sarse por los afectos e ideas del prójimo, a través de una penetración que anticipaba la inquieta espiritualidad de los románticos.

Escribió ensayos en inglés y compuso un Diccionario Angloitaliano [Dictionary of the English and Italian Languages, 1760]. Vuelto a Italia en 1760 y después de un largo viaje por Europa, que describió en las Cartas familiares (1762-63, v.), fundó en 1763 y bajo el nombre de Aristarco Scannabue el célebre periódico Frusta letteraria (v.), que, prohibido por el Gobierno vene­ciano al cabo de algún tiempo, continuó con otro título en Ancona.

En 1766, perdidas las esperanzas de poder permanecer en su pa­tria, volvió a Inglaterra, donde mantuvo con Samuel Sharp una polémica en defensa de Italia y viose envuelto en un proceso, del que resultó absuelto, por haber dado muerte a un hombre al tratar de defen­derse de una agresión. Sus amigos consi­guieron para él el cargo de secretario de correspondencia extranjera en la Real Aca­demia de Bellas Artes, en el ejercicio del cual siguió difundiendo la cultura de su país natal.

A los últimos años de su vida pertenecen un Dictionary Spanish and En­glish (1778), el texto inglés Usos y costum­bres de Italia (1768-69), contra Sharp; Tolondron (1786), dirigido contra sus críticos, y el Discurso sobre Shakespeare y el señor de Voltaire (1777, v.), posiblemente su obra más meritoria.

F. Giannessi