Bardesano de Edesa

Nacido en Edesa en 154 y m. en 222. La leyenda atribuye a este pensador cristiano un origen persa; según se dice, durante la huida de sus padres vio la luz junto al río Daisān, del que su nombre le hace hijo, «bar».

Formado en el pa­ganismo, parece haberse convertido por obra del obispo Histaspes, después de lo cual debió de ser un ardiente propagandista del cristianismo y evangelizador de Armenia. Se sabe con certeza que fue compañero de juventud y luego consejero del monarca Abgar IX, quien, como su padre Mac’nur mantuvo su pequeño reino bajo la influen­cia romana y convirtióse también a la reli­gión de Jesucristo.

Es asimismo cierto que Bardesano poseyó una ciencia notable y vastos an­helos culturales: reunió ávidamente las in­formaciones sobre la India facilitadas por los embajadores que enviara el emperador Heliogábalo, conoció la filosofía griega, mos­tró afición por las ciencias físicas y estuvo influido por el fatalismo astrológico propio de la época.

De todo ello aparecen claros elementos, junto a los cristianos y de otras procedencias, en el Libro de las leyes de los países (v.). De todas formas, no resultó fá­cil conciliar el carácter moderado de esta obra con cuanto se conocía de otras partes de la doctrina de Bardesano, que cabe resumir poco más o menos como sigue: El mundo, tal cual es, proviene de una mezcla de los cin­co elementos fundamentales — luz, aire, es­píritu, fuego y agua — engendrados por la unión del Altísimo o Gran Padre (o también Padre de la Grandeza) y la materia (Hyle); este equilibrio queda perturbado por las tinieblas, y ello da lugar en el mundo al mal físico y moral.

De éstas procede el cuer­po, en tanto que aquéllos constituyen los mismos espíritus reguladores de los cuerpos celestes, el Sol, la Luna y los planetas. Ta­les elementos han conservado, por lo menos en parte, su libertad, que les permite dis­tinguir entre bien y mal; sin embargo, están sujetos asimismo a la fatalidad, la cual co­rrompe y altera el orden de la naturaleza.

Lo mismo cabe afirmar del hombre. No obs­tante, los elementos puros pidieron ayuda contra las tinieblas al Altísimo, quien les auxilió enviándoles la Palabra de su inten­ción, o sea el Logos o Verbo. Precisamente a causa de la dificultad mencionada, algunos han creído que el Libro de las leyes pu­diera ser obra no de Bardesano, sino, más bien, de un discípulo, quizá perteneciente al grupo menos exaltado de la secta, que persistió, como mínimo, hasta mediados del siglo V.

Cabría aducir también acerca de esta cues­tión la circunstancia de que Bardesano, con su hijo Armonio, prefiriera expresarse en forma poética: se le atribuyen, efectivamente, 150 himnos (número igual, por lo tanto, al de los Salmos), de los cuales sólo conservamos escasos fragmentos. No es posible, sin duda, considerarle un gnóstico a la manera, por ejemplo, de Valentino, aun cuando se ha discutido mucho sobre la posibilidad de que fuera maestro o precursor de Maniqueo.

Sin embargo, parecen demostrar su influen­cia en éste no solamente los paralelismos que se dan en sus dos sistemas, sino tam­bién el hecho de que San Efrén los refutara juntamente; lo mismo hicieron los Santos Padres y los demás adversarios del maniqueísmo.

A. Pincherle