Pío Baroja y Nessi

Novelista espa­ñol. Nacido en San Sebastián (Guipúzcoa) el 28 de diciembre de 1872, m. en Madrid el 30 de octubre de 1956. Por su padre, como por su madre, perteneció a familias distingui­das, muy conocidas en San Sebastián; entre los ascendientes de la madre, existía una rama italiana, los Nessi.

Este poco de san­gre italiana que llevaba en las venas no dejó nunca de halagar a nuestro autor, aun­que su orgullo se cifró siempre en su ascen­dencia vasca. Eran tres hermanos: Darío, que murió, joven aún, en Valencia; Ricar­do, que fue pintor y escritor y gozó tam­bién de alguna fama, y Pío, el novelista. Era éste el menor de los hermanos.

Ya muy separada de ellos, nació Carmen, que había de ser la gran compañera del novelista. El padre de Baroja, don Serafín, era ingeniero de minas, profesión que, unida a su tempera­mento inquieto y errabundo, llevó a la fami­lia a continuos cambios de residencia.

Ello no dejó de ser una suerte para el futuro novelista, que, de este modo, pudo conocer desde niño diversas partes de España, y sobre todo, Madrid, su amor más grande después de Vasconia, donde había de flore­cer su vocación y conseguir por último la fama. Baroja permaneció poco tiempo en su ciu­dad natal; tenía siete años cuando sus pa­dres se trasladaron a Madrid donde don Serafín había obtenido una plaza en el Ins­tituto Geográfico y Estadístico; de Madrid pasaron a Pamplona, siempre por exigencias del cargo del padre y de sus deseos de mu­danza.

Desde Pamplona volvió la familia a Madrid; esta vez a don Serafín no le im­pulsaría ya solamente la inquietud, los de­seos de cambio: sin duda entró también en su decisión la necesidad de educar a los hijos. Cuando abandonó Pamplona tenía Baroja catorce años cumplidos; había asistido con sus hermanos a las clases del Instituto, y sobre todo reñido y correteado por las mu­rallas; no sabemos si había ya emborronado alguna cuartilla, pero sí que había leído a Julio Veme, a Mayne Reid, el Robinsón, y había soñado ya con aventuras maravi­llosas, junto al Arga, o subido a un árbol de la Taconera.

Había estudiado Baroja en San Sebastián las primeras letras, continuándo­las en Madrid; antes, en Pamplona había frecuentado la escuela, como hemos dicho, y había empezado a asistir a las clases del Instituto; prosiguió en Madrid los estudios, y lo hizo finalmente en Valencia, donde ter­minó la carrera de Medicina, doctorándose posteriormente en la capital de España.

Fue, por lo general, un pésimo estudiante; es­tuvo siempre mucho más interesado en las novelas que en los libros de texto; su carác­ter arisco y rebelde le perjudicó también en gran manera, pues acabó riñendo con algunos de sus profesores y no despertó simpatías en ninguno. Aparte de esto, pasó toda su juventud entre dudas; nunca supo bien qué carrera le gustaba estudiar; en verdad, no le interesaba ninguna.

Sólo las letras le atraían, pero tampoco en las letras veía clara su vocación. Antes de ir a Valen­cia había empezado algunos cuentos, artícu­los, tal vez una novela, pero lo rompió todo o lo dejó olvidado. Sus fracasos de estu­diante, como es fácil suponer, se debieron más a falta de interés que de talento.

Pocos escritores ha habido de vocación más se­gura y que se moviese más inseguro, con más dudas sobre su vocación, y aún mucho después, escrita ya buena parte de su obra, se preguntaba si sería verdaderamente es­critor. Al terminar sus estudios, Baroja se tras­ladó a Cestona, en el país vasco, donde había conseguido una plaza de médico.

No tardó en advertir que aquello no era lo suyo; al poco tiempo estaba asqueado del oficio; había reñido con el médico viejo, con quien compartía el cuidado de la salud de aque­llos pueblos, como había reñido antes con sus profesores; se había enemistado con el alcalde y, naturalmente, con el párroco y con el sector católico del pueblo, que le acusaban de trabajar los domingos en su jardín. Se fue de allí asqueado del pueblo, del médico y hasta de los enfermos, cuan­do menos de algunos de éstos, y se trasladó a San Sebastián, donde estaba en aquel mo­mento la familia.

Permaneció algún tiempo en San Sebastián, y de allí salió para Ma­drid. En la capital estaba su hermano Ri­cardo, que, también sin empleo, se ocupaba en un negocio de pan de una tía de ellos que había quedado viuda.

Ricardo le había escrito a su hermano que estaba harto del negocio y que iba a dejarlo. Baroja vio el cielo abierto ante él, y sin vacilar un instante escribió a su hermano que iba a Madrid, con la intención de ocuparse de aquel nego­cio. De este modo, se vio convertido en dueño de un comercio de pan, sobre lo cual se le gastaron después tantas bromas y le irritaron de tantas maneras, sin contar los disgustos que se derivarían para él de la marcha del negocio.

En Madrid, no obstante, había algo para él que estaba por encima de todo: de la vulgaridad del oficio y de las burlas que se le pudiesen gastar; allí podría, en efecto, reanudar los contactos con sus antiguos amigos, frecuentar los me­dios literarios, ponerse, en realidad, en con­tacto con su vida, volver de un modo o de otro a aquello que cada vez con mayor certeza sentía que era su vocación.

A poco de llegar a Madrid, instalado ya en el nego­cio, empezó sus colaboraciones en periódi­cos y revistas; en 1900 publicaba su pri­mera obra Vidas sombrías, colección de cuentos, que empezó a darlo a conocer. Eran, en su mayoría, cuentos escritos en Cestona sobre temas de aquella región y de sus experiencias de médico; se trataba de vidas humildes, y reflejaban toda la tristeza de aquel medio, y la tristeza, sobre todo, que reinaba entonces en su alma —mez­clada con ráfagas de cólera —.

Puede de­cirse que en su primera obra estaba ya en germen toda su obra futura. Vidas sombrías constituyó un éxito, un éxito del que el pro­pio autor se sintió sin duda asombrado; de su libro se ocuparon con elogio Azorín, Gal- dos y sobre todo Unamuno, que se entu­siasmó con él, especialmente de uno de los cuentos, «Mary-Belche», y quiso conocer a su autor.

A partir de entonces Baroja fue dedi­cándose más y más a las letras, y apartán­dose cada vez más del negocio, hasta dejarlo del todo y consagrarse exclusivamente a su vocación. En algún momento Baroja llevó a cabo alguna incursión en el campo de la política, arrastrado más que por su convicción, por el ambiente de la época y por el ejemplo de algunos de sus compañeros, como por ejemplo, Azorín.

Efectivamente, Baroja se pre­sentó para concejal en Madrid, y más ade­lante para diputado por Fraga. Estas ten­tativas, como era natural, constituyeron dos rotundos fracasos; tampoco él lo había to­mado demasiado a pecho.

Se retiró cada vez sin gran disgusto; nos divirtió después contándonos las peripecias, y volvió al ca­mino de las letras del que nunca habría ya de apartarse. Fue Baroja un gran viajero; los libros y los viajes fueron sus grandes afi­ciones, puede casi decirse que sus únicas aficiones. Sus viajes por España los hizo casi siempre acompañado; fue unas veces con sus hermanos, Carmen y Ricardo, otras con amigos; hizo uno con Maeztu y otro con Azorín, en sus comienzos, y más adelante, con Ortega y Gasset, que le llevó en algu­nas ocasiones en su automóvil.

Baroja llegó a ser uno de los escritores que conoció mejor la España de su tiempo, cosa que se puede comprobar en sus novelas. La ciudad más visitada — también la más querida de las ciudades extranjeras— fue París. En ella pasó un largo tiempo en sus últimos años, cuando huyó de España durante la guerra civil.

También estuvo en Londres y más adelante en Italia; viajó por Suiza, Alema­nia, Bélgica, Noruega, Holanda y Jutlandia, escenario de su trilogía Agonías de nuestro tiempo, con la magnífica El torbellino del mundo, con que encabeza la trilogía. Fuera de esto, su residencia habitual fue Madrid, y más adelante Vera del Bidasoa, donde adquirió la casa de Itzea, y donde pasó los veranos con su familia.

En este tiempo su destino estaba ya fijado, y con él su norma de vida; Baroja consagraba su tiempo a escri­bir y a viajar. Sus producciones iban apa­reciendo con gran regularidad y su fama creciendo hasta situarle en pocos años entre las primeras figuras de la nación. Esta acti­vidad no cesó apenas durante su vida, de manera que es el escritor de su tiempo que cuenta con una obra más copiosa; tam­bién más diversa y más rica.

Entre sus mejores obras merecen citarse Vidas som­brías, publicada en 1900; Inventos y mixtificación de Silvestre Paradox (v. Silvestre Paradox), de 1901, en la cual evoca sus días de estudiante en Pamplona, con el ambiente de la ciudad; Camino de perfección (1902, V.), confesión íntima y muy personal, en que podemos verle en las dudas y vacila­ciones de su juventud, y que causó vivísima impresión.

Muy bella, y bastante lograda, aunque de otro tono, es El mayorazgo de Labraz (1903, v.), escrita también con re­cuerdos de Cestona, en que relata admira­blemente la vida en un pueblo de España, con influencias tal vez de la vieja tragedia; importante es también en la producción barojiana la trilogía que siguió a estas no­velas, que apareció bajo el subtítulo «La lucha por la vida», formada por La busca (v.), Mala hierba (v.) y Aurora roja (v.); aparecidas primero en folletín, y publica­das en volúmenes sueltos en 1904, ofrecen en mucha parte, en su desarrollo, las carac­terísticas de aquel género; en ellas el autor recoge admirablemente el ambiente de los barrios bajos del Madrid de su tiempo, en las primeras luchas sociales; merecen tam­bién citarse Zalacaín el Aventurero (v.) y Las inquietudes de Shanti Andía (v.), no­vela la primera situada en la tierra vasca y en la época de las guerras carlistas’, y la segunda, dedicada a la vida del mar con recuerdos de antepasados del escritor, de aventuras, de piraterías, y sobre todo con evocaciones de su infancia en San Sebas­tián, parte que constituye tal vez lo mejor del libro.

Estas dos novelas eran aquellas por las cuales mostró Baroja una cierta prefe­rencia, especialmente por Zalacaín y en ella por la figura del héroe. No obstante, la obra más importante del novelista es sin duda Las memorias de un hombre de acción, (v.), novela cíclica, que escribió a lo largo casi de su vida y que terminó ya en la ve­jez.

Consta esta obra de veintidós volú­menes y el héroe central es un antepasado suyo, G. de Aviraneta, que tuvo alguna importancia en los hechos políticos de su tiempo; en torno a la existencia de su hé­roe, el autor reconstruye toda una época agitada y terrible de España; se incluyen en ella las guerras de la Independencia y car­listas, con tumultos y sublevaciones, en los días de Fernando VII e Isabel II.

Es una am­plia evocación que tiene de novela, de his­toria y de folletín, pero siempre dentro de un gran rigor histórico, y todo fundido y recreado por la imaginación del escritor. Destacan en esta serie El escuadrón de Brigante, Los recursos de la astucia, El sabor de la venganza, Las figuras de cera, La nave de los locos y La senda dolorosa, dedicada ésta, en su mayor parte, al trágico fin del conde de España.

Aparte de estas obras, Baroja escribió algunos ensayos; sus libros de re­cuerdos, Juventud, egolatría (1917, v.); Las horas solitarias (v.) y La caverna del humo­rismo (1918, v.); eran éstas las obras pre­feridas por Ortega y Gasset, que aconse­jaba al escritor que persistiera en aquel género; ya en sus últimos años Baroja dio a la prensa sus Memorias (v.). Estas Memorias constituyen un monumento de la época, una evocación de su vida, y de la vida de su tiempo, con las figuras más importantes con las que trató, tanto en las letras como en las artes.

Sus Memorias constituyen asimismo un documento inapreciable para el conoci­miento del autor, acaso su libro más inte­resante, el de lectura más agradable, y con el cual coronaba su obra y, puede decirse, su existencia. En este tiempo vivía en Ma­drid con su familia, con la que continuó viviendo hasta su muerte; su producción alcanzaba ya una cifra muy importante, y aunque no gozaba quizá de la fama que merecía, su nombre figuraba entre los tres o cuatro más destacados de la nación.

En 1935 fue admitido como miembro de la Aca­demia de la Lengua. Fue quizá, y sin quizá, el único honor oficial que se le dispensó. En sus novelas, el autor se sitúa de lleno en la escuela realista; sigue en ellas las hue­llas de los grandes maestros europeos, que brillaban aún más en su tiempo, de Balzac, Stendhal, de. Tolstoi y Dickens, que fueron sus autores predilectos, y los pocos que admiró sin reservas al lado de Dostoievski; se notan también en él influen­cias de los folletinistas franceses, cuya lec­tura le apasionó en su juventud, con las de la picaresca española, Quevedo, Mateo Ale­mán y El Lazarillo, no menos evidentes.

En las ideas dominaba al principio Nietzsche, pero poco a poco este entusiasmo fue cediendo, quedando en un escepticismo, muy cerca de Montaigne y, sobre todo, de Voltaire, al que leyó y admiró, pero que era también muy suyo. El fondo de sus libros es, por esto, pesimista; no obstante, en la forma, en sus descripciones de paisajes, de escenas, se muestra como un enamorado de la vida, un entusiasta, con una nota con­tinua de alegría y, podríamos decir, de optimismo, que contrasta con el fondo amar­go y sombrío de toda su obra.

Descuella Baroja en la evocación de ambientes, en las des­cripciones de pueblos y paisajes, y sobre todo, en la pintura de tipos; a veces tiene en sus descripciones algo de pintor, y nos recuerda en algunas ocasiones a Goya, espe­cialmente en sus novelas de la guerra civil. No estuvo adherido a ninguna escuela, ni formó parte, en cuanto a influencias, de nin­gún grupo; fue, en este aspecto, el más rebelde de los escritores y el más indepen­diente en todos los sentidos.

El mundo pre­dilecto de sus creaciones fue el de las gen­tes humildes, los desventurados; pero al lado de ellos, sintió una viva predilección por toda suerte de seres fantásticos, locos, de gente rara y absurda; a todos se acercó con su ironía, con sus sarcasmos a veces, con su humor amargo, pero también con una gran piedad, con un deseo de reden­ción y de justicia, que le emparenta con los grandes novelistas de Europa, sobre todo con Dickens, que fue al que más admiró Baroja ha sido, sobre todo por sus ideas y por su manera de exponerlas, el literato más discutido, el más atacado de los escritores de su tiempo.

Tal vez por el desorden ha­bitual en sus novelas, y más aún por el tono ofensivo que adoptó para tantas cosas, por su sinceridad brutal, no alcanzó nunca la fama que merecía, la fama que alcanzaron muchos otros con menos méritos que él. El tiempo, en su labor justiciera, le ha ido situando en su lugar y hoy está consi­derado, dentro y fuera de su patria, como el primer novelista de la España de su tiem­po, al lado de Galdós, y para algunos por encima de éste.

S. J. Arbó

Pirineas Taylor Barnum

Nacido en Bethel (Connecticut) el 5 de julio de 1810 y m. en Bridgeport el 7 de abril de 1891. Empre­sario norteamericano e instaurador de los circos y las casas de fieras en el Nuevo Mundo, inició su larga actuación como orga­nizador de los más diversos espectáculos a bajo precio para el gran público de Amé­rica, exhibiendo en 1835 a una vieja negra, Joice Heth, que presentaba como la nodriza de Washington.

Luego dedicóse a los festi­vales con acróbatas y animales feroces. Ad­quirió en Nueva York los museos de Scudder y Peale, y en 1842 fundó el Museo Ame­ricano; casi todos sus grandes espectáculos tuvieron lugar en aquella sala, y el primer fenómeno célebre que exhibió Barnum en ella fue un enano llamado Tom Thumb.

Marchó con éste a Europa, y lo presentó a la reina Vic­toria y a otros monarcas. Además, Barnum pro­nunció en Londres varias conferencias sobre La ciencia de la ganancia y la filosofía de la ficción; gracias a él, los públicos ingle­ses aprendieron a apreciar a los humoristas norteamericanos. En Í850 llevó a los Esta­dos Unidos a la cantante sueca Jenny Lind, y organizó en dicho país una «tournée» muy provechosa.

Entre 1860 y 1870 fue ele­gido para la legislatura de Connecticut. Des­pués organizó un circo de pista triple, inau­gurado en Brooklyn el 10 de abril de 1871; luego, y por espacio de veinte años, los estrenos de sus espectáculos se celebraron cada primavera en el Madison Square Garden. El circo fue progresando paulatinamen­te; de los carros se pasó a los vagones de ferrocarril, y de las lámparas de carburo al alumbrado eléctrico.

Asociado con sus riva­les, organizó en 1881 el Circo Bamum y Bailey. En 1882 llevó el enorme elefante afri­cano «Yumbo» del Zoo de Londres a Nueva York; tres años después, el animal fue muer­to por una locomotora. En 1889 dio Barnum la úl­tima representación con su circo en la capital de Inglaterra. Se casó dos veces, pero no tuvo hijos. Su autobiografía (v. Vida) constituye el primer documento de realismo integral americano.

L. R. Lind

Maurice Baring

Novelista inglés. Nacido el 27 de abril de 1874 en Londres, m. el 15 de diciembre de 1945 en Beauly (Escocia). Cuarto hijo del banquero lord Revelstoke, hizo sus estudios en el Trinity College de Cambridge, y entró en la carrera diplomá­tica en 1899.

Agregado de embajada en Pa­rís, luego en Copenhague y Roma, presenta su dimisión en 1905 y se dedica al perio­dismo. Corresponsal del Morning Post en Manchuria, en Rusia (1905-1908) y en Constantinopla (1909). Su estancia en Rusia le inspiró sus primeros libros: El pueblo ruso [The Russian People, 1911]; Los orígenes de Rusia [The Mainsprings of Russia, 1914]; publicó asimismo una antología de poesía rusa.

Enviado del Times, estuvo en los Bal­canes durante la guerra de 1912; Baring sirve después en el Estado Mayor de la aviación inglesa de 1914 a 1918 y recibe la Legión de Honor. Sus recuerdos de la primera gue­rra mundial están reunidos en R.F.C.H.Q. 1914-18. Autor de ensayos críticos, comenzó después de la guerra a publicar las «nove- las-río» que le valieron una gran celebri­dad, particularmente «G» (1929), Daphne Adeane (1926) y La princesa Blanca [Cat’s Cradle, 1926].

Al lado de sus cualidades es­trictamente literarias, notable facilidad en el análisis de los más complejos sentimien­tos, alianza del realismo cotidiano con un fino y matizado sentido de la poesía y el ensueño, encontramos en sus novelas la sin­ceridad del escritor católico amigo de Chesterton y de Belloc, que reacciona contra el romanticismo en nombre de una moral del renunciamiento.

Antoine Barnave

Nacido en Grenoble el 22 de noviembre de 1761 y m. en París el 29 del mismo mes de 1793. Destacó en 1783 como abogado en el Parlamento de su ciu­dad natal con un discurso al estilo de Montesquieu sobre la necesidad de la división de poderes que le valió una fama inmediata. Miembro de los Estados del Delfinado en 1788, un año después ingresaba en los Esta­dos Generales.

Los tiempos no eran enton­ces muy buenos para un hombre como Barnave, de principios moderados y escasa ductilidad diplomática. Con vistas a la popularidad y al éxito inmediato, no tardó en considerar a Mirabeau como antagonista; en realidad, lo era más bien de su elocuencia.

Y así, em­pezaron los ataques, el más violento de los cuales fue, sin duda, el de mayo de 1790 sobre la paz y la declaración de guerra, que le procuró un verdadero triunfo. Muer­to Mirabeau el 2 de abril de 1791, Barnave soñó, posiblemente, en sucederle. Mientras tanto, empero, sus contactos con los realistas le inclinaron hacia la dinastía.

El 15 de julio pronunció un discurso contra el grupo repu­blicano partidario de La Fayette; de esta suerte, no tardó en hallarse al frente del partido burgués. Algunas cartas comprome­tedoras encontradas en las Tullerías deter­minaron su ruina: detenido (15 de agosto de 1792) y abandonado primeramente en las cárceles de Grenoble, fue llevado luego a otras prisiones, y, finalmente, tras su nega­tiva a pedir la libertad a la Convención, condenado por el tribunal revolucionario a la guillotina.

Sus Obras póstumas, en cuatro tomos, fueron publicadas por vez primera en 1842; en ellas figuran, además de una Introduction a la Révolution, los célebres Discursos sobre el derecho de paz y de gue­rra (v.).

C. Falconi

Girolamo Bargagli

Nacido en 1537 en Sie­na, donde m. en 1586. De familia noble, reci­bió como sus hermanos Celso y Scipione, una buena formación humanística. Fue profesor de derecho en el Estudio de su ciudad natal, y varias de sus rimas figuran en la colección Stanze di diver si illustri poeti, de Ferentilli (1571).

Mayor fama le dio la comedia La peregrina (v.). Su Dia­logo de’ giuochi che nelle vegghie sanesi si usano di fare (1572), interesante en los as­pectos folklórico y lingüístico, fue repetida­mente editado.