Restos de población (Elizabeth Moon)

Durante años todo el mundo había dicho a Ofelia lo que tenía que hacer: marido, hijo, nuera… A los setenta años decide no abandonar su hogar, convirtiéndose en la única habitante humana de un planeta abandonado.

Aburrimiento.
Al acabar de leer esta historia es el resumen que me viene a la cabeza.

En la publicidad que se le hace en la contraportada, nos hablan de que se ha vendido un millón de ejemplares, que por primera vez es una anciana la protagonista de una novela, incluso que presenta una inteligente crítica a algunos prejuicios de la civilización occidental. Y, para rematar, fue finalista a los premios Hugo de ciencia ficción.

La novela tiene poco más de trescientas páginas divididas en tres partes diferenciadas de unas cien páginas cada una.
En la primera parte vemos a la protagonista, Ofelia, interrelacionándose con su hijo y su nuera, se nos presenta como una víctima oprimida, agobiada, despreciada por su edad.
Poco después, cuando se queda sola, comienza su rutina, repetitiva hasta el agobio, de cuidar su huerto, cuidar las casas de los que se fueron y rellenar el diario de la comunidad con algo más que hechos fríos, metiendo en los archivos las historias de las personas (un par de romances y escándalos)
El tiempo pasa rápido para Ofelia, cuando consulta la fecha se sorprende de cuanto tiempo ha pasado y todavía le da corte moverse por el campamento desierto desnuda como hubiera deseado, todavía cumple las normas sociales de las que deseaba liberarse, aún se ve a sí misma como una anciana achacosa que afronta algo para lo que no está preparada.

Aquí ya se hace pesada la repetitiva rutina de la mujer, pero lo más “ofensivo” es ese empeño propio de considerarse una anciana con setenta años. Ya ahora las personas pueden llevar una vida plena a esas edades, no digo nada en el futuro impreciso en que se sitúa la historia. Además, da la impresión de que no son sólo el resto de personajes, y ella misma, quienes consideran a Ofelia una anciana inútil, es que parece que incluso la autora lo hace y se sorprende cuando se “demuestra” que no es así.

En la segunda parte Ofelia establece contacto con loa indígenas del mundo en que se creía sola y libre, un mundo en el que el grupo llevaba más de cuarenta años sin que nadie se hubiera acercado a ellos.
Aquí comienzan otras cien páginas de intento de comunicación entre ambas especies. Ay, qué horrible monotonía, qué agotamiento, una y otra vez señalando las cosas, preguntándose si la entienden o no, interpretando lo que dice cada cual… hasta que, al final de este fragmento, consigue comunicarse medianamente con ellos (porque sí, de pronto entiende su idioma)y se entera de que la han elegido como click-koo-keerrr.

La tercera parte, y la menos aburrida, hace coincidir el comienzo del trabajo de Ofelia como Guardiana del Nido con la llegada de una embajada humana que tiene la misión de comunicarse con los indígenas.
Aquí la autora sigue cayendo en el tópico, para no variar, y nos presenta a unos personajes de lo más desagradable, faltos de inteligencia y de luces, con hombres machistas y mujeres casi sumisas que compiten entre sí y que sólo se ponen de acuerdo para despreciar a la protagonista y a los alienígenas, quiero decir, los indígenas.

Para mi gusto, esta historia no debería haber pasado de un relato, al menos teniendo en cuenta la falta de ideas de la autora para desarrollar lo que quiere contar. No sólo se enrolla repitiendo una y otra vez lo mismo, sino que además no es representativo ni interesante ni enriquece el “mensaje” que al parecer intenta comunicar, y que supongo que viene a ser que las http://reginairae.blogcindario.com/2005/04/00132-restos-de-poblacion-de-elizabeth-moon.html

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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