¿Hacia dónde van las Humanidades? Por George Steiner

 

George Steiner

George Steiner

Hoy, cuando hablamos de las Humanidades, ya no sabemos de qué estamos hablando. ¿Qué le pertenece ahora a aquella orgullosa y antigua palabra, a aquel arrogante término Littera humanior que encerraba en su seno la concepción del hombre?

Sin duda las matemáticas han ido conquistando el terreno de las Humanidades. Si hablamos de historia, actualmente cada vez más de sus ramas pertenecen al estudio sociológico-estadístico de los eventos y las estructuras, no al área de la narrativa. En la lingüística teórica y formal existe hoy más cercanía a la lógica matemática que al mundo de Humboldt y a la tradición del estudio lingüístico. El reino de la computadora separa Les Sciences de l’Homme (esa tercera categoría donde los franceses ubican la antropología y la psicología) de la esfera humanística y las aproxima más y más a las ciencias exactas. La frase trabajar en las Humanidades se halla casi en total confusión. Por añadidura ni en Europa Occidental ni en buena parte de los Estados Unidos existen perspectivas de empleo para los egresados de las facultades de literatura, filosofía o artes. Simplemente no hay evidencia de que algunas de estas áreas, tal como las conocemos, vayan a sobrevivir.

Examinemos esta paradoja: vivimos en uno de los periodos de mayor construcción de museos en la historia, del nuevo Bilbao al nuevo Hirshorn al nuevo Getty; gastamos millones y millones en las grandes bibliotecas –las recién inauguradas Bibliothèque Nationale de París y la British National Library–, pero resulta imposible conseguir fondos para lo que están escribiendo hoy los poetas, los escritores experimentales; para lo que están produciendo los artistas jóvenes. El poeta y el joven novelista, desesperados, buscan empleo en el campo académico y la dialéctica resulta dañina para ambas partes: no es bueno para el escritor creativo permanecer en una universidad y la universidad, por su lado, cuando tiene que emplear al escritor distorsiona su relación con la literatura. De estar nuestra casa en orden, las Humanidades podrían hoy confrontar estas paradojas con más coraje y esperanza. Pero no lo está.

?Cómo fue que las Humanidades se convirtieron en un gran campo académico? Sucedió en Alemania, a partir del programa de Humboldt para la Universidad de Berlín: de ese plan evolucionaron todos los seminarios, conferencias y disertaciones doctorales de Occidente. El objetivo fue editar a los clásicos con el fin de establecer un textus receptus para los grandes poetas y escritores latinos y griegos. Claro que de vez en cuando puede añadirse un pequeño toque aquí o allá: toda edición es perfectible, pero esencialmente el trabajo está hecho. Entonces, ?qué significa decir que nuestros estudiantes están investigando en el campo de las Humanidades? Escribir el dosmilésimo ensayo afirmando que Keats es un buen poeta –y eso es lo que está ocurriendo– no es investigación, es banalidad absoluta. Trabajar una vez más en éste o aquel detalle de Lope o Calderón es manía de anticuario. Los periódicos proliferan más allá de la capacidad de cualquiera para leerlos y hay una prisa delirante por publicar, tanto en los flamantes investigadores estadunidenses como en los de Europa Occidental. A nadie le importa la calidad, lo que cuenta es el número de artículos me-diante los cuales se puede o no sobrevivir en la carrera académica.

Los premios se destinan al especialista, al ultra-miniaturista, a quien orgullosamente proclama: Mi periodo abarca los primeros treinta años de la época victoriana, por favor no me pregunten ninguna otra cosa. La especialización ha alcanzado un nivel patológico. No necesitamos el diezmilésimo libro sobre el carácter secreto de Hamlet, la grandeza de Milton o el ingenio de James Joyce. La Biblia fue clara respecto de la producción de libros: No habrá fin, anunció; lo que no podía predecir era este periodo en el que escribimos libros sobre libros sobre libros. Es cierto que algunas grandes águilas, pocas, vuelan todavía sobre la universidad, y también que hay maestros de la Haute Vulgarisation que poseen genio y producen best-sellers, pero entre los aeropuertos donde viven ?cuándo ven a un estudiante?
Esta sobreabundancia, esta oleada de verbosidad en publicaciones eruditas, esta crítica reiterativa ha llevado al actual fenómeno de veneración por la teoría. En la mayoría de los departamentos de arte de las universidades de Estados Unidos, y ahora también de Inglaterra, hay nula oportunidad de conseguir un puesto para quien no se declare teórico. A lo largo de mi profesión he intentado demostrar que no tenemos derecho a utilizar esta palabra: para un científico o para cualquier persona una teoría significa dos cosas: que existe un experimento crucial –experimentum crucis– y que su refutación es posible. Y eso no puede ocurrir en las Humanidades: ninguna autoridad en el mundo, ningún consenso a través del tiempo, ninguna votación de millones de lectores puede rebatir o desaprobar en forma alguna el juicio de Tolstoi cuando sentencia que el Lear de Shakespeare es un enredo infantil –¡se trata de León Tolstoi, autor de grandes obras de teatro!–, o el de Wittgenstein cuando dictamina que Shakespeare sólo puede crear nubes de lenguaje y ninguna persona viva. No podemos refutar los grandes juicios del pasado ni impugnar un juicio estético, por ofensivo que nos parezca. Sólo podemos decir que todos los demás afirman que Shakespeare es magistral, lo que en estricto sentido nada prueba. Y más inteligentes que Tolstoi y Wittgenstein no somos.

El post-estructuralismo, la deconstrucción y el posmodernismo se alimentan de esta hambre de teoría. A menudo con brillantez, explotan las profundas dudas que hoy deberían preocuparnos, y están en lo cierto cuando declaran que no podemos continuar a la vieja usanza. Ellos cuestionan, como lo hicieron las ironías creativas de Marx, Nietzsche y Freud, las posibilidades del significado, y llaman la atención sobre las presuposiciones –retóricas, teológicas, políticas– que yacen debajo de cada texto. Son los sátiros que danzan al final de la tragedia, y cuando afirman que hasta el texto más formidable es un pre-texto para la deconstrucción, no hacen sino un juego de palabras de una frivolidad casi imperdonable.

Pero la frivolidad no tiene cabida en la empresa del científico. Veamos la siguiente estadística: en la historia de la raza humana, de todos los hombres y mujeres a quienes podemos llamar científicos 96% están vivos, y tan sólo 4% en el pasado, remontándonos hasta Euclides y Praxiteles. En otras palabras: hoy la lucidez, la creatividad y la inventiva humana están del lado de las ciencias.

Para mí es un privilegio convivir con científicos; tanto en Princeton como en Cambridge he podido hacer mi vida a su lado. No quiero mencionar su inmenso prestigio social, ni su autoritas, sino algo mucho más sencillo: su gran alegría. Es algo difícil de explicar, es la Gaya Ciencia de Nietzsche: la ciencia alegre. Hasta el científico más mediocre sabe que el lunes siguiente sabrá algo que hoy ignora. Ninguna novela de desafíos faustianos habría podido pronosticar, en por lo menos tres frentes, el momento que hoy viven los hombres de ciencia. Primer frente: están muy próximos a la creación de vida in vitro (tienen mucho tacto, no les gusta usar la palabra vida sino el término moléculas auto-rrepetitivas, que en cualquie idioma significa vida). Segundo: se sienten muy cerca del entendimiento de los límites del cosmos. Stephen W. Hawking –totalmente lisiado, pero con una mente al filo del universo, quizá la más genial desde Newton y Einstein– está por anunciar una nueva teoría sobre la creación del tiempo (la famosa frase final de su libro: Entonces conoceremos la mente de Dios ya es parte de la lengua inglesa). El tercer frente se refiere a lo que Francis Crick llama el Santo Grial de toda ciencia: el descubrimiento de la química de la conciencia. Crick se atrevería a decirnos que cuando pronunciamos la palabra yo es gracias a cierta composición de carbón y azúcar.

Imaginen una época en la que éstos sean los parámetros, y que jóvenes de veintidós o veintitrés años puedan producir contribuciones de primer rango. No hace mucho, al término de un examen doctoral, el examinador dijo: No está nada mal. Es probable que te veamos en Estocolmo. Al año siguiente el estudiante se hallaba en Suecia y no precisamente para esquiar.

De haber vivido en la Florencia del Cuatrocento habría sido tan agradable desayunar con los pintores como lo es hoy desayunar con los científicos. Y nosotros, los humanistas, caminamos mirando hacia atrás. Intuitiva, irracionalmente, muy pocos de nosotros creemos que vendrá otro Dante, Cervantes, Shakespeare o Goethe; otro Mozart o Bach u otro Miguel Ángel. La verdad es que podría venir mañana, pero no logramos suprimir la intuición de que detrás de nosotros el sol se está ocultando, mientras que en las ciencias el mañana se vislumbra ilimitado.

Estoy convencido de que una educación en la que las matemáticas no jueguen un papel significativo es, en lo sucesivo, un disparate arrogante. Porque si los estudiantes no logran, por ejemplo, seguir el debate sobre la química de la creación de la vida, sobre la clonación, no podrán acceder al campo de las más críticas decisiones morales, políticas y sociológicas que enfrenta la raza humana. Si preguntamos a los jóvenes científicos qué harían si la ley que se está debatiendo en Europa entrara en vigor y no les permitiera continuar experimentando con los clones, ellos responderían: Aunque tengamos que descender cientos de metros por el tiro de una mina y vivir en la oscuridad, no dejaremos de pensar. Los hombres somos animales cazadores de la verdad. No se puede legislar en contra de esa pasión.

Es factible construir puentes a través de la historia y la filosofía de la ciencia, a través del estudio serio de los vínculos entre matemáticas y música, entre geometría y arquitectura, desde Platón hasta Dante, de Dante a Kepler y Hawking. Sí existen caminos, aunque intrincados, para ayudarnos a entender algo de nuestro mundo. Veamos las premisas que posibilitaron la gran cultura humanista del Renacimiento, de la Ilustración, de los siglos XVIII y XIX: hombres de enorme inteligencia consideraron que el arte, la literatura, la música, la historia y la filosofía mejorarían la conducta humana. Era tan claro para Humboldt como para Jefferson, para Leibnitz como para Mathew Arnold: si amas esas disciplinas, lees los grandes textos, escuchas las grandes composiciones, si aprendes a amar el gran arte serás un ser humano más humano.

Hoy sabemos que aquello fue un error, que los grandes logros en la educación, las artes, la litera-tura y el alfabetismo general no evitan ni la tortura ni los asesinatos en masa ni el deseo colectivo de sangre. Hoy sabemos que los gritos de los hombres, mujeres y niños que morían de sed dentro de los vagones en la estación de Munich, camino a Dachau, podían escucharse en la sala de conciertos donde Walter Gieseking interpretaba sus famosos recitales de Debussy. Gieseking no dejó de tocar, el público no abandonó la sala. Y si me permiten decirlo de una manera ingenua, la música no dijo no, ni una sola nota dijo no. Los recitales de Debussy fueron espléndidos, están grabados. Aquellos que torturaban por la mañana cantaban en la noche a Schubert y leían a Rilke y a Goethe. Ninguna formación artística en poesía, ninguna sensibilidad musical o estética parece detener la barbarie total. Las Humanidades coexisten íntimamente con lo inhumano, en demasiadas ocasiones son el ornamento de la bestialidad que las rodea. El gran pensador Walter Benjamin, a quien mató el nazismo, escribió que en la base de toda obra de arte yace algo inhumano. No le creímos. Hoy sabemos cuánta razón tenía.

También sabemos que en los grandes pensadores y escritores puede caber una libídine absoluta por la violencia y el despotismo. Un ejemplo: cuando di clases en China, algunos de mis alumnos, lisia-dos de por vida merced a los golpes que las Guardias Rojas les propinaron en sus espaldas, me confesaron discretamente que habían enviado de contrabando a París una carta dirigida a Jean-Paul Sartre, el Voltaire de nuestro siglo, pidiéndole ayuda. Y él ofreció una conferencia en el Velodrome d’Hiver, donde afirmó: Todas esas historias que circulan acerca de la tortura infligida por las Guardias Rojas son pura invención de la CIA norteamericana. Y no es menester mencionar la trágica, inolvidable e inso-luble criminalidad de Heidegger.

Tampoco existe evidencia alguna que compruebe la famosa sugerencia de Arthur Koestler acerca de que tenemos dos cerebros: uno primario y masivo, una especie de cerebro animal, instintivo, territorial y sádico; y un lóbulo frontal que evoluciona lentamente hacia la moral, el arte y el conocimiento. Sería sin duda una explicación maravillosa pero simplemente no tenemos prueba alguna de ella.

Lo cierto es que nos hallamos en graves problemas. No sabemos en verdad qué estamos enseñando, a quién, con qué finalidad, y no nos hemos atrevido a enfrentar el fracaso de las Humanidades cuando la historia llegó a la medianoche en Europa Occidental. Subrayo: Auschwitz no estaba en el Desierto de Gobi; Buchenwald se construyó en torno al árbol favorito de Goethe, quien caminaba hacia él desde su jardín en Weimar. La medianoche del hombre –la que San Juan de la Cruz logró desentrañar en su extraordinario poema– emergió de las cumbres más altas de la civilización: de las más grandiosas bibliotecas, de los más ilustres institutos, de los músicos, de los artistas.

Finalmente, ?es esta crisis –como creo yo– en algún sentido teológica? La idea misma es vergonzosa (en Inglaterra, cuando alguien pronuncia la palabra teología es como si padeciera un dolor de muelas, la gente desvía la mirada como buscando una aspirina: no es un tema cortés). Pero en la palabra Humanidades reside una gran contradicción: los Littera humanior, a fin de cuentas, fueron fundados en la creencia judeocristiana del logos y el lenguaje. El primer gran programa universitario arranca con el IV Evangelio: En el principio era el Verbo. Idea profundamente judeohelénica, no universal, de donde se desprende la gran tradición de nuestros estudios. El humanista podía confiar en las pa-labras y en su significado. El lenguaje no era un juego absurdo, una invención relativista individual, reinventada a cada momento como en la deconstrucción pura del posmodernismo. A lo largo de la empresa humanista hubo una especie de re-aseguración hasta que al final se irguió el muro de una antigua fe trascendental, de un credo –el credo platónico– que supone la existencia de algo más allá de nuestro profano mundo físico. Credo que aún forma parte de la vida de millones de hombres y mujeres, aunque ya no subsista como fuerza activa en nuestra cultura. El escepticismo fundamental de un Nietszche o de un Foucault ha deconstruido la palabra autoritas, y no hay que olvidar que esa palabra encierra a nuestra palabra autor: el escritor apela al autoritas. ?Dónde quedó hoy la autoridad?, ?en qué ideología?, ?en qué sistematizados artículos de creencia filosófica? No compartimos ya aquel pacto, aquella promesa de la historia que moraba en las Humanidades. Y no me malinterpreten, por favor, si digo que la caída del marxismo constituye también un epílogo profundamente trágico del humanismo, porque en el marxismo residía la promesa mesiánica de justicia y una creencia profundamente irracional en la perfección del hombre. Cito a alguien que siempre asocio con la ciudad de México, Leo Davidovich Bronstein, mejor conocido como Trotsky: Llegará el día en que los logros de Aristóteles, Goethe y Shakespeare parecerán colinas comparados con las montañas que se yerguen detrás de ellos, cuyas cimas empezarán a ser alcanzadas por hombres y mujeres comunes y corrientes. Nadie podría escribir hoy esta frase sin avergonzarse: forma parte integral del optimismo mesiánico que ocupó el centro de esa gran herejía del judaísmo, esa herejía rabínica que es el marxismo.

En los últimos tiempos han surgido fuerzas de distinta naturaleza que se han puesto en marcha con enorme vigor: el aterrador fundamentalismo religioso en el mundo del Islam, dinámico en su odio a la tecnocracia occidental, en su odio a lo seglar. Y nuestras guerras, que se han vuelto otra vez religiosas. Puede que se haya activado de nuevo en el hombre cierta clase de hambre. Tal vez lo que intento decir fue mejor definido cuando visité Túnez y me presentaron a unas jóvenes doctoras que trabajaban en un gran hospital. Al percatarse de mi asombro porque traían puesto el chador, una de ellas dijo: Yo me gradué en Harvard, una de mis colegas en Columbia y la otra en Berkeley. Vimos lo que Occidente tiene que ofrecer, y no nos interesa. Y son jóvenes mujeres con una excelsa educación superior.

Por más grande que sea el rechazo a muchos de nuestros valores occidentales, no habrá aspecto del lenguaje, de la comunicación, de la memoria o de la enseñanza que no vaya a ser transformado por la revolución electrónica, laWorld Wide Web, el ciberespacio. La técnica se ha convertido en metafísica: ¿Fue un arquitecto quien diseñó el nuevo Museo Guggenheim de Bilbao? ¿O es producto directo de una supercomputadora que por sí sola comprobó que el titanio podía utilizarse en esas proporciones, con esas curvas, con ese peso, que por sí sola pudo determinar la iluminación de cada ángulo, de cada muro, y que produjo holográfica y tridimensionalmente la maqueta exacta de lo que hoy es el edificio? ¿Quién lo diseñó? Esta pregunta es filosófica; corresponde a un mundo completamente nuevo.

Hace muy poco, David Wilde –matemático egresado de Cambridge que trabaja en Princeton– demostró el último teorema de Fermat, uno de los más encumbrados del pensamiento. Necesitó siete años de reflexión, una pluma y un papel. Fermat habría comprendido completamente el método; lo que no hubiera podido entender es la demostración, que requiere el conocimiento de las funciones elípticas transfinitas del que no disponía Fermat. Un mes después, en el quinto juego entre Kasparov y la caja de metal Deep Blue, el hombre ofreció una jugada de sacrificio, bastante clásica; la máquina tardó dos minutos –que en tiempo humano equivale a alrededor de ciento diez años– y respondió con una jugada que Kasparov no podía entender, y que lo llevó a escribir en sus notas: No está calculando, está pensando. En mi opinión, esta es una de las frases más importantes del milenio.

Kasparov perdió y sufrió una crisis nerviosa. Cuando comenté el suceso con mis colegas en Cambridge, ellos me previnieron: Ten mucho cuidado. ¿Cómo sabes que pensar no es calcular? Buena pregunta. ¿Quién ha demostrado que es algo más? Las puertas están abiertas, y posiblemente un día los historiadores establezcan que, entre la demostración de Wilde y la frase de Kasparov, la humanidad entró en una nueva era, la del homo sapiens sapiens.

Qué le depara el futuro al arte y la literatura, no lo sé. Sé que su actual tarea es la de una infinita remembranza, la de preservar aquello que nos ha hecho humanos. Pero a partir de mi análisis sobre el futuro económico, social y metodológico de muchas ramas de nuestros estudios, no puedo con-fiar en el destino de las Humanidades. ¿Espero estar equivocado? Sí; con todo mi corazón.

Traducción: Lorena Wolffer/ Ana Terán

 

La verdad sobre el caso Harry Quebert_Joël Dicker

La verdad sobre el caso Harry Quebert_Joël DickerEsta vez una de suspense. Ha sido Premio Goncourt des Lycéens, un curioso premio dotado con 10 euros, pero de reconocido prestigio. Su autor, poco conocido, ya es uno de los que está dando que hablar y lo seguirá haciendo en el futuro.

La historia parece simple, a simple vista. Una joven de quince años, Nola Kellergan, es asesinada en 1975 en Aurora, New Hampshire. En 2008 Marcus Goldman, un afamado y joven escritor sufre el síndrome de la “hoja en blanco” y acude al que fue su mentor y amigo desde la Universidad, allá por 1998, Harry Quebert.

Ya tenemos la situación temporal. La vida de Nola, las preocupaciones de Marcus, su miedo a no volver a poder escribir, y la amistad que se va forjando entre Harry y Marcus en los años universitarios de este último. Tres planos que irán encajando de forma precisa y con gran acierto por parte del autor.

En la casa de la playa de Harry, Marcus descubrirá la relación que unía a Nola y a Harry, una inquietante relación entre una adolescente de 15 años y un profesor universitario de 34. Además, el cuerpo de Nola, se descubre enterrado en el jardín de Harry. Todo parece apuntar en una única dirección. Apremiado por su editor, Marcus comenzará a investigar la muerte de la muchacha con la idea de publicar un libro sobre el caso aunque, en ocasiones, primará la fidelidad al amigo y a sus secretos.

Pese a que la historia, a veces, da vueltas sobre sí misma, es una novela de lectura muy entretenida, con giros argumentales inesperados. Cada personaje es un posible sospechoso y será el autor el que vaya conduciendo las sospechas del lector sobre cada uno de ellos. No resulta fácil concluir hasta el final quien será el asesino, o quien ha participado en el crimen, lo cual es muy de agradecer. Una novela de gran complejidad, en la que nada queda al azar; cada hilo es perfectamente hilvanado por el autor y tiene su sentido dentro de la historia.

Como anécdota, los capítulos están numerados en orden decreciente, desde el 31 al 1. Lo dicho, recomendable y muy, muy entretenida.

Orgullo y prejuicio_Jane Austen

Orgullo y prejuicio_Jane AustenEn la rígida sociedad inglesa de principios del siglo XIX no cabe, para aquellas muchachas sin demasiados recursos, otra alternativa que la de encontrar un buen esposo. Así ocurre en el hogar de los Benet. Con cinco hijas en edad de casarse y pendientes de que todos sus bienes, a la muerte del patriarca, pasen a ser propiedad de un heredero varón ajeno al propio núcleo familiar, es la propia Señora Benet la que casi obscenamente, casi ejerciendo de madame, trate de arreglar el futuro de sus retoños.

Cada personaje va retratando los vicios de una sociedad, aquella, que no por extinta ha dejado de tener vigor. Una madre inculta e interesada, que es todo apariencia, dejándose en ridículo en la mayoría de sus intervenciones y haciendo que sus propias hijas, aquellas que no han heredado su carácter, sientan vergüenza. Un padre calmado, que parece estar por encima de los estereotipos pero que, sin embargo, se apresura a arreglar el casamiento de una de sus hijas después de que esta se fugase con su enamorado, para evitar, al menos intentarlo, las murmuraciones de sus vecinos.

Unas hijas menores, inconscientes y alocadas, vividoras de su momento, bien por la edad, bien por el especial apego con su madre; y unas hijas, las mayores, más serenas y sensatas que acaban encontrando el amor verdadero al lado de esposos adinerados. Buena moraleja, si lo fuese.

Alrededor personajes variopintos, el afectado primo que busca una esposa porque así ha de ser y rinde pleitesía a Lady Catherine, una adinerada señora embebida de su propia grandeza; la esposa de este, que no lo ama pero con el matrimonio alcanza posición. Bingley y su cohorte, un muchacho formal pero influenciable, rodeado de sus hermanas que le representan y aparentan amistad con aquellos a los que no soportan. Wickhan, el vividor mujeriego, buscador de dotes, que acaba siendo víctima de sus propios engaños y casado con una de las pequeñas de los Benet. Y Darcy, ese personaje altivo y prepotente que solo con el transcurrir de la novela se va convirtiendo en alguien tierno, noble y con un alto sentido del deber.

Nada es lo que parece y nadie es quien aparente, aunque algunos, acaben siéndolo.

“Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia.”

Entrevista a Iván Montero, autor de “El lamento de Aasm”

Ivan_Montero_1Tras su aparente desaliño se esconde un hombre inteligente, buen conversador, Barcelonés de origen extremeño, con mirada incisiva e inquieta; parece que va a beberse de un trago todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Además de su formación científica y técnica es multidisciplinar, por eso entre otras muchas cosas, recorrió bares y cafés-teatro cantando sus propios poemas guitarra en ristre, y ahora nos sorprende con su saga de novelas, que a buen seguro darán que hablar pues calidad y entretenimiento no le faltan.

Iván Montero es un escritor con muchas ganas, y tal vez sea heredera la ilusión de saber que tiene algo grande y bueno entre sus manos.
Pregunta: En estos momentos de desencanto y dificultad generalizada, y con lo difícil que es publicar, de donde sacas fuerzas para escribir una obra tan extensa como la que tienes entre manos? Y teniendo en cuenta que seguramente aún no vivas de la escritura.
Respuesta: Precisamente por vivir estos momentos tan difíciles para la inmensa mayoría de nosotros, aquella parte que reside en nuestro interior y que, en definitiva, es la que nos hace Vivir —debería ponerse en mayúsculas—, ha de ser escuchada y atendida; el resto son horas robadas que de nada sirven si no es para pagar nuestras deudas y no quedar excluidos de este despiadado sistema. Educar a un hijo y compartir nuestro tiempo libre con él, reunirnos con nuestros amigos, familiares o amantes, tocar un instrumento o, incluso, leer un libro son, en definitiva, la vida, porque nos aportan alegría y nos hacen sentir, por un brevísimo instante, tal vez, libres.
Esta crisis, casi frivolizando, se puede reducir a un sacrificio —impuesto— de estos pequeños momentos en favor de los otros (los que nada más que dinero nos prestan).
Pese a todo, por suerte o por desgracia, parece ser que ésta es la idiosincrasia de este país, pues Cervantes ya hizo mención a ello en el Quijote cuando escribió algo parecido a: ‘año de hambre, año de poesía’. ¡No hemos cambiado tanto!
En cuanto a mí, la trama de esta obra se fue fraguando en mi mente durante varios años (largas horas de viaje de casa de mis padres a la universidad o, más tarde, hasta en el trabajo). Lo cierto es que no me planteé si era extensa o no: me gustó y sentí la necesidad de escribirla. Ése era el primer paso: pasar de la idea a la palabra, de la palabra al hecho. El resto —edición, críticas y un largo etcétera que aún ha de llegar y que desconozco— no había entrado, entonces, en juego. Al fin y al cabo, cayendo en el tópico, escribir es una carrera de fondo en la que, como en todo, se ha de disfrutar del trayecto sin pensar en la meta.
Así pues, por mi parte, he tenido la gran suerte de tener que sacrificar únicamente horas de sueño para dedicarme a escribir.
Pregunta: Lo de escribir te ha acompañado siempre o surgió en algún momento de tu vida? Cuál es tu formación, te consideras autodidacta?
Respuesta: Desde siempre, me he dedicado a soñar, a inventar historias y a contarlas, con la única intención de entretener a mis oyentes; ¡he sido bastante payaso, afortunadamente!
Siendo bastante joven, me inicié en el solemne mundo de la poesía —simples trazos que rimaban, sin métrica ni estructura alguna—, con el claro propósito de plasmar, sobre papeles clandestinos que fueron a parar al olvido, las frustraciones amorosas de un adolescente.
Recuerdo, sin embargo, el momento en el que me dediqué a escribir la primera página de ‘El Lamento de Aasm’, cuando éste aún no tenía ni título. Por aquel entonces, me encontraba estudiando Matemáticas —en concreto, la asignatura ‘Historia de las Matemáticas’—, cuando el profesor resaltó —con halagos que, aún hoy, considero exagerados— mi particular forma de escribir. Aquello me hizo pensar: «¿y por qué no?».
No obstante, escasa fue la dedicación que le di, pues viré hacia las odas y los sonetos sin contemplación alguna, posiblemente para tratar de camuflar mis enormes lagunas en el arte de tañer la guitarra; que, por aquel entonces, también emergía en mí.
Pese a haber estudiado carreras de ciencias (Estadística y Matemáticas), siempre disfruté con una novela entre mis manos, un poema el-lamento-de-aasm-el-triangulo-de-gnurk-libro-i-330en mi memoria y los versos de alguna buena canción tarareados entre mis labios. Eso, haber atendido (nunca como hubiera debido) a mis profesoras de literatura y lengua castellana (en la EGB y en el instituto) y el haber sentido la necesidad de leer y observar la estructura de los clásicos —y de los que no lo eran tanto— han sido el único aprendizaje con el que he contado para escribir como lo hago. Supongo que sí soy autodidacta, o, tal vez, mediocre alumno a distancia de los grandes escritores, poetas y cantores.
Pregunta: Ha salido ahora la versión ebook de “El Lamento de Aasm”, la primera parte que ocupa dos volúmenes. Para cuándo el libro impreso. Por qué no sale todo junto, acaso la gran promoción será para 2014?
Respuesta: Mi idea primera era que ‘El Lamento de Aasm I. El Triángulo de Gnurk’ hubiera sido editado en un único volumen. Sin embargo, su enorme extensión obligó a que éste fuera dividido en dos partes. Por fortuna, su estructura facilitó esto, pues se compone de dos libros.
Habiendo hablado con mi editor, acerca del asunto, parece ser que el formato papel sí será lanzado como un único tomo; algo que, debo confesar, me agrada enormemente, dado que así fue concebido en origen.
Realmente, tengo grandes expectativas en cuanto a la promoción de la novela que el año próximo promete. Poco puedo decir, sin embargo, en cuanto a esto; sólo que ansío embarcarme en esta aventura que va a representar, para mí, una experiencia sin parangón hasta ahora.
Pregunta: Crees que editoriales como Amarante son el nuevo modelo editorial que habrá que tener en cuenta? Te planteaste autopublicar ahora que hay facilidades para ello, cuál fue la clave para no lanzarte en solitario a Amazon u otros?
Respuesta: Editoriales como Amarante demuestran, con hechos, que apuestan por la literatura y no por un nombre.
Para un novel, resulta extremadamente difícil y arduo lograr que alguien con decisión y criterio se decida a estudiar su obra. Hasta ahora, nos hemos encontrado en un sistema en el que sólo importan los grandes beneficios y, por consiguiente, no se ha prestado atención a aquello que, a priori, sólo aporta costes —comprensible, por otro lado—; perdiendo, de este modo, la oportunidad de hallar enormes joyas literarias y, asimismo, la propia naturaleza de lo que debiera ser una Editorial.
Quiero hacer referencia a John Kennedy Toole, junto con su ‘La conjura de los necios’, y a J.K.Rowling, autora de la saga de ‘Harry Potter’, por ejemplo. Son autores que hubieron de luchar mucho para lograr que sus obras vieran la luz (cosa que no sucedió con Toole, que, ante tanto rechazo, terminó suicidándose y hubo de ser su madre quien tomara el relevo). ¿Quién puede asegurar que no hay obras de autores como ellos, que, lamentablemente, no han podido gozar de este final?
La existencia de estas editoriales —mal llamadas modestas— es la que permitirá —si no lo hace ya— que los lectores sigamos disfrutando de majestuosas obras. Pensemos, además, que esto repercutirá también, favorablemente, en otros aspectos artísticos como son el cine o el teatro. Con seguridad, serán ellas las que lograrán que el mundo de la literatura no termine como el de las discográficas: engrillado a la decisión de unos pocos que sólo buscan un rostro bonito y una voz de encanto sin aportar nada nuevo. ¿Te imaginas a Bob Dylan o a Joaquín Sabina tratando de abrirse un hueco en el mundo de la música, hoy en día? Pues ésa es la solución que aportan editoriales como Amarante para la literatura.
Poco antes de terminar mi primer volumen, estuve indagando en el mundo de la autoedición, pero temí que con ello me saltara un paso de los más importantes; yo no quería simplemente el fin para mi obra: verla publicada. Deseaba, además, ponerla a prueba anteel-lamento-de-aasm-el-triangulo-de-gnurk-libro-ii-330 un tercero —profesionales—, convencerme de que sí valía la pena ver mi libro en el estante de una librería o colgado en una página web de venta online.
Al fin, mi obra ha logrado esto. Ahora, habrá de ser el lector el que juzgue el resultado de tantas horas de trabajo.
Pregunta: Cómo es tu vida a diario? Barcelona puede ser un buen lugar para catapultarte en un futuro, te relacionas con otros escritores o con personas del sector?
Respuesta: Durante más de una década, me he dedicado —y lo sigo haciendo— a una rama profesional que poco o nada tiene que ver con la de ser escritor: analista-programador informático. Desde hace ya varios años, procuro, sin embargo, escribir cada día, al menos, una página completa de mi libro; siempre robando tiempo al tiempo para dejar constancia de que esa jornada ha sido bien empleada. En ocasiones, al llegar a casa o por correos o mensajes, suelo atosigar a mi pareja —la cual es uno de los pilares fundamentales que me permiten escribir con la ilusión con la que lo hago— con ideas variopintas (indescifrables muchas veces para ella, pues trato de no estropearle las sorpresas que esconde la novela; dado que es la primera lectora con la que me topo) o frases absurdas al estilo de: «¡Ya lo tengo! Ya sé cómo va a continuar… ¡Verás!». Asimismo, no pasa una jornada, tampoco, sin que lea —o relea— noticias, blogs, parte de un libro o, incluso, el prospecto de un medicamento: siempre se ha de buscar esa palabra nueva que derivará en una inesperada situación de la novela que, sin ella, no se me hubiera ocurrido.
Vivir en una ciudad tan destacable y cosmopolita como lo es Barcelona puede ser, indudablemente, una muy buena forma de explotar una obra de cualquier tipo. Sin embargo, hoy, gracias a las redes sociales —a las que, debo decirlo, siempre he sido reacio—, poco importa ya dónde viva uno para tener acceso a los contactos profesionales adecuados que ayuden a promocionar un buen trabajo.
Pregunta: Háblanos de tu libro, “El lamento de Aasm.”
Respuesta: En principio, debo decir que es una historia extensa —actualmente la englobo en cuatro volúmenes como el que presento; esto es, en ocho libros— de la que sólo conozco lo que podría denominar ‘su estructura ósea’; es decir, los grandes rasgos de la obra.
Poco a poco, según he ido rellenando hojas, los personajes, sorprendentemente, han ido tomando sus propias decisiones y yo, tecleando, sólo he tenido que seguirlos hasta darme cuenta de que han abierto un abanico —doy mi palabra de que esto es así— que ha dado cabida para que nuevos decorados, actores y situaciones tengan lugar en la novela. Lo que más me ha llamado la atención es que todo está correlacionado de forma sorprendente, dejándome a mí como puro cronista de los acontecimientos. Esto, posiblemente, se debe a que todos y cada uno de ellos poseen un pasado —omitido o no en la obra— y unas filias y unas fobias que los definen unívocamente en mi mente y que, indudablemente, les hacen reaccionar del modo en el que actúan. Esto me hace saborear de manera especial la creación de este libro; pues me siento como el primero de los lectores, con la particularidad de que puedo modificar algunas características de la trama.
Paralelamente, trato de resaltar aquello que más me gusta y procuro mejorar —tras incontables lecturas y en la medida de lo posible— los puntos que se me antojan más débiles (a excepción del capítulo ‘Preludio’, que lo he releído decenas de veces y no he logrado hacerlo menos descriptivo).
Asimismo, el hecho de haber dibujado un mapa de la tierra de Aasm me facilita, enormemente, el ubicar razas, gestas y acontecimientos en la novela. Es como realizar un examen de historia; con la salvedad de que el contenido lo voy inventando yo.
Por otro lado, se encuentran los lenguajes: una de las partes más complejas de este proyecto. Algo que, pese a que algunas reglas ortográficas ya han quedado resueltas en dos de los ficticios idiomas, no sé si alguna vez lograré sacar a la luz como apéndice para lograr interpretar las frases que aparecen a lo largo de la obra. Esto ha generado la existencia de ciertos nombres que, para muchos, han representado una complicación en la lectura y que me ha hecho colgar un pequeño diccionario de los principales personajes en mi blog.
Pregunta: Por qué una obra tan extensa?
Respuesta: Lo cierto es que en ningún momento me planteé la extensión de la obra. De un modo u otro, la idea se fue fraguando en mi mente y, lentamente, decidí plasmarla sobre el papel. Cuando comencé a ver que las páginas se acumulaban del modo en el que lo han hecho, sí me di cuenta de que aquello podía jugar en mi contra —para un autor novel, ofrecer una obra tan magna representa un hándicap importante; pues el coste de edición es proporcional al tamaño de la obra—. Sin embargo, he tenido mucha suerte al dar con editorial Amarante, que no han dado demasiada importancia a esta característica.
Pregunta: Qué destacarías como lo más positivo de la novela?
Respuesta: Dar una respuesta a esta pregunta, siendo yo su autor, es bastante difícil.
Sin embargo, si debo destacar un detalle, creo que me decantaré por el protagonismo que las mujeres poseen en la obra; algo que echo de menos en ciertos libros de este género y que considero no bueno, sino fundamental. La vitalidad y ese punto de vista que ellas tienen tan optimista y generoso de las situaciones adversas —y que tanto nos cuesta explotar a los hombres—, creo, aportan una esencia característica y agradable en la novela.
eslogan IvánPregunta: Creo que es difícil encuadrarla. Ni fantasía ni historia. Medievalismo-ficción?
Respuesta: El entorno medieval que Europa vivió a lo largo de su historia ha sido el marco perfecto para muchos relatos ficticios. Creencias que a día de hoy nos parecen simples supercherías de un tunante fueron seguidas a pies juntillas por naciones enteras (donde los poderosos no quedaban rezagados en tales doctrinas supersticiosas). Esa ignorancia generalizada, esos miedos y ese salvajismo ayudan enormemente a caracterizar a muchos personajes del género fantástico. La magia, en innumerables casos, no ha sido más que ciencia desde el punto de vista de la incultura más pertinaz. Supongo que por ello los escritores del género nos sentimos cómodos desarrollando estas obras bajo este marco político-social o uno similar.
En ‘El Lamento de Aasm’, he tratado de pormenorizar —hasta donde mis conocimientos me lo han permitido— cierta realidad, incluyendo su crudeza, desde un punto de vista de esa época. Por ejemplo, en las heridas que las armas ocasionan a los personajes o en las enfermedades que sufren, así como sus remedios, o, incluso, en las obras arquitectónicas que describo. Asimismo, también es tangible una jerarquía de clases —reyes, señores feudales, militares, plebe…—, desde la que se respira el autoritarismo de los gobernantes. Por consiguiente, puedo decir que, en efecto, existe cierto medievalismo en mi libro.
Dicho esto, ya sea por ciertos poderes extraños que algunos personajes poseen (los Siervos, las gnurkyah, etc.) y/o por esas extrañas razas que van a ir aflorando a lo largo de toda la novela, el género fantástico aparece, indiscutiblemente también, en ella.
Si tuviera que diseccionar el libro según su género, diría que, para la primera mitad, el medieval se impone en la obra para ceder su hegemonía al fantástico, en la segunda.
Pregunta: Y las influencias? Habrá algo más, imagino, aparte de “El señor de los Anillos”?
Respuesta: Por supuesto. Es evidente que cualquier libro que se escriba de este género, inevitablemente, va a ser comparado con la obra de Tolkien —y eso, indudablemente, es un halago y un peligro; pues es una auténtica obra maestra—. No obstante, es también ineludible —y sano— el hecho de dejarse influenciar por otras obras. En mi caso, vienen a mi cabeza varias. Podría mencionar ‘Los Pilares de la Tierra’ de Ken Follet, dada la crudeza que utiliza para describir ciertas miserias, ‘El Médico’ de Noah Gordon, por su excelente forma de narrar los profundos desconocimientos médicos (aludiendo a la respuesta anterior) de la sociedad de aquella época o, incluso —pese a que parezca complicado relacionarlo— ‘La Ilíada’ de Homero; dada la dinámica con la que cuenta los enfrentamientos de las batallas.
Asimismo, debo decir que Tolkien —tal como él mismo afirmó en alguna de sus muchas cartas— se identificaba con los hobbits; pues amaba los jardines, la buena comida sencilla y no viajar. Eso mismo se respira en su obra, pues todo sucede contra la voluntad de sus protagonistas; que viven a una serie de situaciones ansiando no tomar parte en ellas. En mi caso, podría decir que me identifico más con los magos; pues parece ser que —no sólo en mi vida personal, sino en la obra que he escrito— los personajes tratan de acudir, por diferentes causas, al meollo de los conflictos. Supongo que ésa es una de las muchísimas diferencias entre ambas obras. Al fin y al cabo, ‘El Lamento de Aasm’ es una novela de magos.
Pregunta: Si tuvieras que definir “El lamento de Aasm” con dos o tres frases, por cuales te decantarías?
Respuesta: Posiblemente, haciendo referencia a la pregunta anterior, diría que, al margen de ser la típica batalla del bien contra el mal —donde no termina de quedar claro qué es cada una de estas interpretaciones éticas, pues existe la relatividad que aporta el punto de vista desde el que se contempla cierta situación—, es un cuento de magos, con sus consecuentes cambios de ritmo —así como ellos trocan entre la risa y el enojo alternativamente— y sus anhelos por someter o eximir Aasm a su voluntad.
Pregunta: Indícanos un párrafo breve de la novela que pueda enganchar al lector a esta magna obra.
Respuesta: Es bastante complicado dar una respuesta que pueda atraer a los lectores, pues, en muchas ocasiones, no terminan de coincidir o, incluso, poseen apreciaciones antagónicas acerca de una misma lectura.
Personalmente, considero que el siguiente párrafo —extraído del capítulo I de la segunda mitad— defina el origen de la trama que rodea y da sentido a ’El Lamento de Aasm I. El Triángulo de Gnurk’:
[…]
La imagen de lo que contempló provocó que un grito de espanto, apagado por los nervios, muriera entre sus labios mientras la ahogaba durante unos instantes: su hermano, desnudo, se encontraba a cinco o seis metros de ella, fuera de la protección del fuego y de las grandes rocas entre las que habían descansado a lo largo de toda la noche, detenido sobre la densa capa de nieve y sentado a los pies de una inmensa bestia cuya raza Giurka jamás había contemplado en toda su vida. Se trataba de un enorme lobo huargo. Sus ojos, ocres como el mismísimo ámbar, se clavaban fijamente sobre el pequeño mientras su ronca respiración provocaba el ruido que, al principio, había logrado alterar sus sentidos.
De nuevo, la presión de Alheix logró aplacar el impulsivo movimiento que su cuerpo solicitaba para ponerse en pie.
— ¡Fijaos bien en lo que estáis viendo, Giurka! —susurró el mago a su lado, sin dejar de sujetarla.
Fríamente, Giurka comenzó a estudiar la situación. Su hermano, sentado sobre la blanca superficie, ni lloraba ni hacía ningún gesto que denotara impaciencia o malestar. Tampoco observó indicio alguno de que se encontrara divirtiéndose; como cualquier bebé que jugase con un perro. Simplemente, estaba sentado y observaba a la bestia con serenidad; si esa característica podía ser entendida en un niño de escasos tres meses.
Por su parte, la bestia había adoptado una actitud que no parecía, en absoluto, peligrosa. Quizá se equivocara, pero, a la Señora de Gnurk, le pareció que aquel animal estaba rindiendo pleitesía al pequeño: a su propio hermano. […]
Cuando llegó, su mirada se cruzó con la de Alheix. Tal vez, la mujer se estuviera equivocando o, incluso, los nervios que había pasado estuvieran ofuscando su percepción de la realidad. Sin embargo, la sensación que tuvo fue que, al Hilven, aquello no le había desagradado tanto como ella hubiera deseado. Incluso pensó que, durante un instante, en la mirada del mago se había mostrado una fugaz sonrisa.
[…]

Pregunta: Puedes expresar lo que desees sobre tus preferencias, aficiones, pensamientos, ideas, etc. Y agradecerte que te hayas prestado amablemente a esta entrevista.
Respuesta: Creo que esta es, sin parangón, la pregunta más difícil que me haces. Aquéllos que me conocen saben, además, que puede ser contraproducente, dado que, según afirman —y debo creerlo—, si me permites expresarme coloquialmente, me enrollo sin parar.
Quisiera haceros saber, sin embargo, que, indudablemente, las expectativas que sobre esta obra deposito son enormes, pues, aunque muchos puedan llegar a opinar que es mejorable en muchísimos aspectos, he de reconocer que, tras haberla releído en más de diez o quince ocasiones, siempre la he disfrutado y la he vivido como si estuviera escribiéndola en ese mismo instante. Es decir, no ha habido ocasión en la que me haya dicho: «Iván, has escrito un tostón». Más bien, ha sido todo lo contrario; pues ha mantenido el mismo espíritu que quise cincelar en ella cuando la fui urdiendo. Sólo espero que los lectores la disfruten tanto como yo la he saboreado durante tantos años de trabajo.
Asimismo, reconozco que, para aquel grupo de lectoras y lectores que les guste indagar en las frases y en sus ambiguos significados, he ido volcando pensamientos e ideas que, en efecto, son bastante personales —creo que es muy complicado que un autor pase de puntillas sobre una obra sin hacerlo; al menos, yo no he podido—. Sin embargo, estas ideas pueden ser entendidas —o malentendidas— por cada uno a su gusto y libre albedrío; no voy a ser yo —que me he caracterizado siempre por pensar que es el lector el que posee la hegemonía de la interpretación de la obra— en decir qué he querido decir con cada una de estas expresiones.
Durante estos últimos meses, me he ido introduciendo en la creación de la segunda parte de ‘El Lamento de Aasm’. Tal vez, llegue el momento en el que pueda dedicar más tiempo a su desarrollo. Sin embargo, sea como fuere, nadie podrá impedir que un paternal orgullo se haya instaurado en mi interior cada vez que veo la obra de la que ahora hablamos.
Con esto último, deseo animar a todas aquellas personas que hayan arrinconado sus más idílicos —o no tanto— proyectos, por falta de tiempo o recursos, a que desempolven sus ajados relojes para sacrificar unas pocas horas de sueño cada día y entregárselas a eso que, al fin y al cabo, es lo que va a sacudir de sus solapas la mancha gris de la mediocridad del sistema que nos atenaza.
Antes de terminar, vuelvo a agradecer a todo el equipo de Editorial Amarante, tras él, hay un grupo de profesionales que se esfuerzan a diario por lograr que obras como la mía estén al alcance de todos—, a mi familia y a mi pareja; sin la que, como ya he escrito en algún lugar del libro, ha ido enardeciendo a este Triángulo de Gnurk.
Espero que ya sepáis qué libro/ebook regalar para estas fiestas; al fin y al cabo, no hay nada como regalar sueños.

Podéis encontrar el ebook en la web de Editorial Amarante o en amazon: http://editorialamarante.es/ebooks/ficha/el-lamento-de-aasm-el-triangulo-de-gnurk-libro-i

Eladio Martín, para “Crítica de Libros”
Diciembre, 2013

 

LA MADRE DE LOLITA. Un análisis de los Nabokov.

lolita

Fotograma de la película

Vladimir Nabokov fue famoso en Cornell, donde enseñó entre 1948 y 1959. Lo fue por varias razones, pero ninguna de ellas tuvo que ver con la literatura. Poca gente conocía lo que había escrito y muy pocos habían leído su obra. Destrozar a Dostoievski frente a doscientos estudiantes universitarios causó una enorme impresión, como también la aserción de que los buenos libros no deben hacernos pensar sino estremecernos. La fama se derivaba, también, del hecho de que el profesor nunca llegaba solo a la sala. Llegaba al campus conducido por la señora Nabokov, lo cruzaba con ella, y de vez en cuando llegaba a clases del brazo de ella, que le llevaba los libros. De hecho, el hombre que habló tan frecuentemente de su aislamiento, fue uno de los hombres más acompañados de la historia: especialmente en Cornell, donde se le vio siempre en compañía de su esposa. Y eso lo hizo legendario. La señora Nabokov se sentaba en la primera fila de la sala o, más a menudo, en el estrado, a la izquierda de su marido. Rara vez perdía una clase, y llegó hasta a ocupar el lugar de su marido frente a los estudiantes cuando Nabokov enfermaba. A menudo corregía ella misma los exámenes. Pero no hablaba cuando su marido estaba en la sala. Poca gente sabía algo de ella. Cuando Nabokov se refería a ella, lo hacía maliciosamente, llamándola su asistente. Solía decir entonces: “Ahora mi asistente moverá la pizarra al otro lado de la sala”, “Mi asistente les entregará las tarjetas de examen”, “Quizás mi asistente encuentre la página que busco”, “Mi asistente dibujará un rostro ovalado [Emma Bovary] en la pizarra”. Y la señora Nabokov lo hacía. Las acotaciones no aparecen en las lecturas publicadas.

Vera Nabokov era una mujer sorprendente, de pelo blanco y piel de porcelana, de figura fina y delgada. La discrepancia entre el pelo y el joven rostro era particularmente dramática. Era “mnemónica”, como escribió Nabokov sobre Clare en ‘The Real Life of Sebastian Knight’, “dotada sutilmente del don de ser recordada”. Y es aquí donde comienza el problema. De acuerdo a sus colegas de la facultad y a los estudiantes de Cornell, ella era luminosa, principesca, la elegancia personificada, “la mujer adulta más bella que mis ojos han visto”; o bien, una mujer patética, sin gracia, famélica, la Bruja Más Malvada del Occidente. A esos estudiantes y eméritos les hice la pregunta obvia: ¨Qué hacía, sesión tras sesión, la señora Nabokov en las clases de su marido? Las respuestas debían ser introducidas recordando que fue Nabokov mismo quien llamó al rumor la poesía de la verdad.
*La señora Nabokov estaba ahí para recordarnos que estábamos en presencia de la grandeza, y que no debíamos abusar de ese privilegio con nuestra falta de atención.
*Porque Nabokov tenía problemas del corazón. Ella lo acompañaba siempre con una ampolla de medicinas, dispuesta a intervenir en el momento oportuno.
*Esa no era su esposa, sino su madre.
*Porque Nabokov era alérgico a la tiza y porque no le gustaba su propia letra.
*Para ahuyentar a las alumnas. [Esto fue antes de la publicación de ‘Lolita’].
*Porque ella era su enciclopedia, en caso de que él olvidara algo.
*Porque él no tenía idea de lo que diría y, como no tenía memoria, ella tenía que escribir todo para que él recordara qué preguntar en los exámenes.
*El era ciego, y ella un lazarillo, lo que explica por qué llegaban a veces del brazo.
*Ella era ventrílocua.
*Ella llevaba una pistola en el bolso, y lo acompañaba para defenderlo.
Nadie está seguro sobre quién ponía las notas a los exámenes, y algunos ex estudiantes admitieron haber llegado a dominar el hábito de sonreír a la señora Nabokov, en la presunción de que su genialidad se dejaría ver en las notas. A menudo fue ella misma quien puso las notas, aunque esto no explica qué hacía en clases.
En la sala, era una presencia misteriosa y amenazante; era terriblemente rigurosa, pero estaba lejos de ser un ogro cuando se trataba de poner notas. Después de todo, Nabokov tenía sus propios asistentes, uno de los cuales recuerda haber leído y evaluado, aplicando una rigurosa escala de notas, ciento cincuenta exámenes.
Después de leer un examen dos o tres veces, llevaba la pila de tarjetas al despacho del profesor Nabokov, con la esperanza de poder conversar con el gran hombre. La señora Nabokov recibía los exámenes en la puerta, como si fuese un centinela entre el asistente y su marido. Los tomaba, subía inmediatamente todas las notas, y despachaba al asistente.

VERA NABOKOV CONOCIO A SU MARIDO en Berlín, en 1923. Tenía entonces 21 años. Había nacido en San Petersburgo como la segunda hija de un rico industrial judío que estaba a punto – cuando su hija vio por primera vez a su futuro marido – de perder lo que quedaba de su fortuna. Su familia dejó Rusia probablemente en 1921. Cuando la pareja se conoció, Nabokov tenía 24 años, era poeta y escribía en ruso; Vera Slonim conocía y admiraba su obra antes de conocerlo. Tenía sus propias aspiraciones literarias, que dejó rápidamente de lado, a menos que casarse con Nabokov en 1925 también cuente. Los dos sobrevivieron feliz aunque pobremente, con el dinero que ganaba ella trabajando como secretaria y con sus traducciones comerciales. Nabokov, por su parte, era, como dijo de sí mismo, “una escuela para señoritas”, instructor de tenis y figurante de películas. Hacia mediados de los años treinta, estaba claro que los Nabokov (1) no volverían a Rusia en nada que se pareciera a un futuro cercano y (2) debían dejar Alemania. Pasaron tres meses extremadamente difíciles en Francia, la mayor parte del tiempo en el sur, y se embarcaron hacia América. Para cuando embarcaron, como se lee al final de ‘Speak, Memory’, se habían derrumbado detrás de los Nabokovs tres mundos míticos y florecientes. Se habían aventurado ya tres veces a través del espejo.
Cuando llegaron a los Estados Unidos, Vera Nabokov tenía 33 años, un hijo de seis, un dominio deficiente del inglés, y un marido sin esperanza de obtener un trabajo fijo. De acuerdo a la leyenda, los Nabokov tenían sólo un billete de cien dólares en el bolsillo, que la señora Nabokov casi regala en su primer taxi en Nueva York, cuando creyó que debía al taxista 99 dólares en lugar de 99 centavos. Pero el taxista era un hombre honesto. Los padres de Vera habían muerto en Berlín; los otros parientes y amigos se encontraban en Europa, en estados diversos de peligro. Su alemán era excelente, su francés casi perfecto – fue probablemente su primera lengua – pero en su diario de vida admite que no le era fácil seguir en inglés cualquier tipo de conversación. El apartamento de los Nabokovs – en un edificio de piedra rojiza en la calle West Eighty-seventh – fue recordado por ella como “atroz de chico”. Siempre leemos con fruición estos detalles familiares a la luz de Vladimir Nabokov y su obra, que para la señora Nabokov se traducen de otra manera, ya que nunca dejó de maravillarse con la laboriosidad del ama de casa norteamericana. Le escribió a su cuñada, exagerando, que como ama de casa no era mala, sino simplemente horrenda.
En los ocho años que tomó a los Nabokovs inmigrantes transformarse en norteamericanos, y a Vladimir en llegar a ser miembro de la facultad de Cornell, continuaron sobreviviendo casi de la misma manera que en Berlín. La señora Nabokov daba lecciones privadas de francés a algunas víctimas involuntarias que eran enviadas por sus padres, gente dispuesta a hacer cuanto pudieran por ayudar a los Nabokovs pero que sabían que ellos no aceptarían caridad. Ella trabajó como secretaria de varios profesores de lenguas de Harvard. Ayudaba a su marido a reescribir sus lecturas sobre literatura rusa, de modo que pudiera leerlas tres veces a la semana en Wellesley. Y se ocupaba, como lo había hecho desde los días en que eran novietes, como Clare lo hace en ‘Sebastian Knight’, de los asuntos literarios de Nabokov. Era la que primero leía todo lo que escribía Nabokov; ella suavizaba la prosa – cuando aún “estaba tibia y húmeda” -, aunque más tarde, cuando los estudiosos cuestionaron esto, ella negó todo tipo de injerencia.
Sin embargo, su letra se encuentra ahí, y es difícil no imaginar que Vera era en realidad la ficticia Clare, levantando una página de la máquina de escribir y declarando, “No, mi amor, no puedes decirlo así en inglés… Sí, por ejemplo”, diría, y propondría una sugerencia precisa. (Veintiséis años más tarde, su marido describiría el papel de Vera en su vida literaria con palabras casi idénticas, como si estuviese citando su propia novela). Se ocupaba de ofrecer el trabajo de su marido a los editores, pasaba a máquina sus lecturas, e investigaba para él. Una vez llegó a ser la conservadora de facto de los lepidópteros en el Museo de Zoología Comparativa de Harvard. Meses después de su llegada al país, después de haber publicado su primer poema en ‘The New Yorker’, Nabokov se quejó de sus “horribles dificultades y problemas en manejar una lengua nueva”. Al mismo tiempo, el inglés de la señora Nabokov se hacía más firme, más fluido, aunque sonaría siempre algo tieso. Ella decía que era el lenguaje que ella escribía con más facilidad y la lengua en la que respondía a sus correspondientes rusos.
A los pocos años de su llegada a los Estados Unidos, ella se ocupaba sin ayuda de nadie de las relaciones con los editores. Se debía esto en parte a que Nabokov se pasaba el tiempo mostrando mariposas en el museo o enseñando en Wellesley. Pero en realidad era lo que quería hacer. (En una lista de las cosas que Nabokov se jactaba de no haber aprendido nunca, se encuentran: escribir a máquina, conducir, hablar alemán, encontrar un objeto perdido, responder al teléfono, doblar planos, abrir paraguas, darle la hora a un filisteo. Es fácil imaginar en qué gastaba su tiempo la señora Nabokov). Muchas de sus cartas comenzaban así: “Vladimir comenzó esta carta pero tuvo que dedicarse apresuradamente a otra cosa y me pidió que siguiera yo”. Hacía todo lo que podía para que su marido no existiera en el tiempo sino sólo en el arte, y así le evitó el destino de tantos de sus propios personajes, encarcelados en sus varias pasiones. Su genialidad estaba destinada al trabajo, no a la vida (algo que la señora Nabokov tenía que explicar regularmente a los parientes de su marido, cuyas cartas se las pasaba a ella para que se ocupase de responderlas). Esto condujo a una comprensible confusión acerca de la autoría, una confusión que se hizo peor con los años.
De una manera perfectamente nabokoviana, las dos identidades comenzaron a confundirse en el papel. Las cartas llegaban dirigidas a toda suerte de entidades: “Queridos VV”, “Querida VerVolodya”, “Querido Autor y Señora Nabokov”. Muchas de los personajes distintivos de la narrativa de Nabokov – los dobles, los imitadores, los gemelos siameses, las imágenes del espejo, las imágenes distorsionadas del espejo, los reflejos en el cristal de la ventana, las parodias de sí mismo – se manifestaban ya en el esquema ideado por los Nabokovs para vérselas con el mundo, un esquema que podía dejar a un correspondiente sintiéndose como un libro: apabullado por una enredada y espléndida broma confidencial.
En los años cincuenta, Vera le escribió a un amigo de Wellesley:
“A V. le pidieron que sugiriera un candidato para la Guggenheim y creo que hice una carta muy adecuada, mencionando tus altas calificaciones. Por supuesto, V. la firmó, y la respuesta fue entusiasta”. Este tango de pronombres fue usado con muy buenos resultados. Con dos voces a su disposición, los Nabokovs podían suavizar una observación o hacerla dos veces más cortante. La señora Nabokov le podía escribir a un editor que su marido pensaba que ella podía insinuar que ellos pusieran algunos anuncios – anuncios grandes, montones de anuncios. Y al mismo tiempo podía transformarlo en alguien distante y hacer sus juicios más divinos:
“Mi marido me pide que le diga que él piensa que ‘Ulises’ es, de lejos, la novela inglesa más grande del siglo, pero que detesta ‘Finnegans Wake'”. Cuando ella necesitaba una voz más neutral, escribía como J.G. Smith, una secretaria ficticia de Cornell, que compartía la letra con la señora Nabokov.
A menudo escribía y firmaba las cartas de su marido, pero por lo general estaba claro que ella las había escrito. Pero también Nabokov se hacía pasar por Vera: muchas de sus cartas fueron escritas por él usando la tercera persona, en el tono más seco de su esposa, y dejaba que la señora Nabokov las pasara a máquina y firmara. Usaba su identidad, aunque ella nunca intentó utilizar la de él. Como su esposa estaba siempre a su lado, podía hablar en la primera persona del plural. Y, como a menudo la correspondencia no era con Nabokov sino sobre él, se creó un ser totalmente nuevo: un monumento llamado VN, alguien que ni siquiera era Nabokov. A él le gustaba explicar que el Nabokov vivo, el Nabokov que respiraba y que tomaba desayuno, era un pariente pobre del autor, y le encantaba referirse a sí mismo como “la persona que habitualmente personifico en Montreux”. Este distante e inabordable VN fue, de muchas maneras, una construcción de Vera Nabokov. ¨De qué otro modo habría podido Nabokov fundar este estatuesco otro yo? Con la ayuda de Vera, el Vladimir Nabokov real desaparecía. Este juego de manos culminó en otro truco ilusorio del espejo, uno merecedor de ‘Despair’: se decía en Montreux que Vera era el negro de su marido, porque era a ella a quien se veía en el escritorio.
Vladimir escribía sólo cuando estaba en cama, o parado frente a su atril, o en la bañera.

¿DONDE APARECE VERA NABOKOV EN LA LITERATURA? En todas partes y en ninguna. Ella fue claramente más una musa que un modelo: es más su influencia que su imagen la que se cierne sobre las páginas. Ella queda menos manifiesta como autor que como inspiración e instigación. Es mencionada en el título original de ‘Speak, Memory’, ‘Conclusive Evidence’, con las dos V que a Nabokov le gustaban tanto, y, por cierto, en la página dedicatoria de casi todos sus libros. Es más fácil documentarla como la mano que guía que como musa, aunque Nabokov le reconoció este último papel en algunas entrevistas, y Brian Boyd habla de esto extensamente en su maravillosa biografía. ‘Speak, Memory’ ha sido interpretado como un homenaje a Vera; ‘Look at the Harlequins!’, escrito muchos años más tarde, exige ser leído de la misma manera.
Ciertamente, algunos de los años más productivos en la vida de Nabokov fueron aquellos inmediatamente posteriores al matrimonio.
Entre 1925 y 1935, escribió como si estuviese afiebrado. Cuando Vera Slonim conoció a Vladimir Nabokov, este era poeta; terminó su primera novela a los meses del matrimonio, y su octava ocho años después, antes del fin de la década. Nabokov recordaba un sueño que había tenido en 1924 en que se veía sentado al piano junto a Vera, pasando las páginas de una partitura. Cuarenta años después tuvo un sueño similar, en el que se ve dictando una novela a Vera, tan consciente de que lo hace “para agradarla y sorprenderla” que es repentinamente capaz de hablar en voz alta y con gran elocuencia. De todas formas, la podemos ver más claramente guiando la obra de su marido si la imaginamos en Cornell tal como se decía, llevándolo del brazo para animarlo a entrar en clase. En 1944, cuando mucha de la energía de Nabokov se invertía más en su trabajo lepidóptero que en sus escritos literarios, Nabokov le escribió a Edmund Wilson: “Vera ha tenido una seria conversación conmigo a propósito de la novela. Después de haberla sacado, de mala gana, de debajo de mis manuscritos sobre mariposas, he descubierto dos cosas: la primera, que la novela está bien, y la segunda, que las primeras veinte páginas deben ser pasadas a máquina otra vez, lo que haré con la mayor rapidez”. (La novela se tituló ‘Bend Sinister’. Wilson comentó, luego de leerla: “Mi única posible objeción sería que tú, a veces, escribes frases ligeramente enredadas”). Sabemos que la señora Nabokov se impuso cuando su marido le anunció que planeaba escribir una novela sobre unos gemelos siameses; en lugar de ella, tenemos el cuento ‘Scenes from the Life of a Double Monster’. Sabemos que para ‘Speak, Memory’, ella escribió sus propios recuerdos de los primeros días de su hijo Dmitri, a petición de Nabokov. El ambicioso proyecto de traducir a Pushkin comenzó a insistencia de Vera. Nabokov se había quejado amargamente acerca de las traducciones existentes; y ella, inocentemente, sugirió que lo intentase él mismo. Aquí casi destronó a la esposa de Tolstoy. Puede que no haya transcrito innumerables veces ‘La guerra y la paz’, pero sí pasó a máquina las trescientas páginas del manuscrito de ‘Onegin’, y se pasó horas investigando para las notas.
¨Le gustaba a ella lo que hacía? Debe de haber tenido sus dudas.
En 1959, después de que Nabokov hubiese terminado una modesta traducción en la que ella había colaborado, le escribió a un amigo: “Juro que esta será la última traducción que le dejo hacer en mi vida”. Trabajarían aún cinco años más antes de terminar ‘Onegin’.
La famosa ‘Lolita’ no habría sido concebida jamás sin la señora Nabokov: si ella no hubiese existido en la época de su publicación americana, su marido habría tenido que inventarla, tanto identificaba la gente a Vladimir Nabokov con Humbert Humbert. En los ágapes en torno a la publicación, los admiradores le dijeron al matrimonio Nabokov que ellos no habían esperado exactamente que el autor se apareciese con una esposa de treinta y tres años y de pelo blanco. “Sí”, respondería ella, sonriendo, imperturbable:
“Por eso estoy aquí”. Por lo menos dos veces, Nabokov se propuso echar su novela al incinerador de Ithaca, tal como John Shade con sus manuscritos en ‘Pale Fire’. Su mujer lo detuvo. Ella era la mujer que conducía el Oldsmobile donde, en el asiento trasero, él escribió la novela; ella fue la mujer que durmió en todos los cuartos en que lo hizo Humbert Humbert. Ella hizo todos los arreglos para su publicación. Una vez, ella recorrió Nueva York con una bolsa de papel marrón en la mano en la que se encontraba el manuscrito que su marido había descrito a su editor como una “bomba de tiempo”. ¨Hay algún rastro de la señora Nabokov en la novela? No, pero sus huellas se encuentran en todas partes.
(Algunas personas han insistido en buscarlas. Después de que Lionel Trilling conoció a los Nabokovs, en Ithaca, le dijo a su esposa que tenía el vago presentimiento de que Vera Nabokov era Lolita).
Cuando la señora Nabokov aparece en la narrativa, lo hace más a menudo como su anti-yo que como ella misma. Las esposas que aparecen en la obra de Nabokov son mujeres que ya se han ido o que están prontas a hacerlo: son esposas muertas, caprichosas, extraviadas, idiotas, vulgares, abandonadas, inútiles, intrigantes. En comparación, Clare, en ‘Sebastian Knight’, parece ser una reencarnación tardía de un personaje que aparece en la obra de Nabokov después de que Vera y Vladimir se conocieran. En ‘Sounds’, una corta historia de septiembre de 1953, Nabokov introduce a una mujer radiante, delicada, de manos delgadas, de ojos claros y mirada evasiva, con una cabellera que se confunde con la luz del sol. Esa descripción física se aplica igualmente bien a Zina, de ‘The Gift’, la primera novela que cualquiera que haya conocido a los Nabokovs en Berlín mencionará cuando se hable de Vera. Las voces narrativas de Nabokov pueden ser apasionados admiradores de secretarias inteligentes, entre las cuales la descripción de Clare corresponde más estrechamente a la de la señora Nabokov.
“Pero lo mejor de todo era que ella era una de esas raras mujeres que no dan las cosas por sentadas y que ven las cosas cotidianas no solamente como espejos familiares de su propia femineidad. Tenía imaginación – el vigor del alma – y esta tenía una cualidad particularmente fuerte, casi masculina. Poseía, también, ese sentido real de la belleza que tiene menos que ver con el arte que con la constante agilidad para discernir la aureola alrededor de una sartén o la similaridad entre un sauce llorón y un terrier Skye. Y, finalmente, estaba dotada de un fino sentido del humor.
No sorprendía que ella calzara tan bien en su mundo”.
Sibyl Shade se parece a la señora Nabokov de manera superficial; una doble de Vera hace una corta aparición del brazo de un escritor en ‘King, Queen, Knave’. Pero solamente el ‘Tú’ de ‘Speak, Memory’ y de ‘Look at the Harlequins!’ – el ‘Tú’ sobre el cual Nabokov rehusó rotundamente responder – reflejan verdaderamente a su mujer.
Mientras que Nabokov mismo admitía que a menudo aparecía, en los espejos de su obra, una especie de imagen reflejada de Vera, la señora Nabokov negaba categóricamente cualquier semejanza. Por supuesto, yo no soy Zina, protestaría ella: Zina es solamente mitad-judía, y yo lo soy enteramente. De la misma manera, a Nabokov le gustaba negar cualquier semejanza entre sus personajes y él: ­Pero él identificó mal a una mariposa! A mí no me ocurriría jamás. ­Pero él habla mejor alemán que francés!, por lo tanto yo no soy ese personaje. Para complicar las cosas, la señora Nabokov, tan puntillosa en todo lo que concernía a su marido, hacía lo posible por ser vaga, evasiva o directamente imprecisa. Cuando le preguntaban cómo había conocido a su marido, no titubeaba en responder, incluso a un buen amigo: “No me acuerdo”. En una ocasión, cuando Nabokov comenzó a revelarle a un estudioso americano cómo se habían conocido, Vera interrumpió la historia de su marido con una virulenta pregunta: “¨De dónde es usted, de la KGB?” Otras esposas han sido exiliadas de los libros de historia; esta se exilió enérgicamente a sí misma.
No hay necesidad de elaborar sobre los correlatos ficticios porque, primero, mientras nos ocupamos activamente de encontrar a Vera en las novelas, tenemos la impresionante versión de él en sus cartas. Y en la vida misma, Nabokov era de muchas maneras su propia contraparte fictiva. Como advirtió uno de sus editores favoritos: “Es una idea falsa imaginar que existe un Nabokov real”. Se inventaba a sí mismo, estaba constantemente imitándose, era tanto en la vida como en el papel un actor actuando, un conspirador conspirando. Y el acto del mago, a medida que se desarrollaba con los años, necesitaba de una asistente.
El resentimiento hacia la señora Nabokov se acumuló en igual proporción que la mística. ¨Quién era esta Aguila Gris en la sala, se preguntaban los estudiantes, mientras que los miembros de la facultad – muy conscientes de que Nabokov no había sacado el doctorado, no tenía estudiantes graduados ni mechones y, hacia los años cincuenta, sí tenía matrículas altamente envidiables – se irritaban con la rutina del marido y su esposa. Cuando Nabokov fue considerado para una ocupación en otro lugar – y él buscó otra colocación durante un año después de llegar a Cornell -, un ex colega puso freno a la idea, diciendo: “No se preocupen de contratarlo; su esposa lo hace todo”.
Nabokov no hizo nada para contener este tipo de insolencias. Le dijo a sus estudiantes que Ph.D. quería decir ‘Departamento de filisteos’. Pasaba sus horas de recibo a Vera. E incluso se tomaba sus propias y buenas actuaciones de manera displicente. Cuando un amigo insistió en asistir a una de sus lecturas, Nabokov concedió, diciendo: “Bien, si insistes en tu masoquismo”. Sus colegas se sentían celosos de su cantidad de estudiantes, desconcertados por su cazamariposas, atónitos ante la lealtad de la esposa. En esto último se hacían eco de Edmund Wilson, que odiaba que ella se metiera en los exámenes y su devoción. En su diario, Wilson se quejó: “Vera está siempre de lado de Volodya y uno la siente erizarse de hostilidad si, en su presencia, uno está en desacuerdo con él”. A las esposas de otros escritores se les ha preguntado a bocajarro porqué no podían parecerse más a Vera, que era considerada el patrón oro, la Campeona Internacional del Concurso Esposa-de-Escritor, como dijo el novelista Herbert Gold.

 

SE HA DICHO QUE LOS NABOKOVS HICIERON de su matrimonio una obra de arte. Más exactamente, su matrimonio fue refinado por el arte del trabajo. La correspondencia editorial comenzó a aumentar después de la aparición de ‘Lolita’, cuando la señora Nabokov debió escribir cuatro cartas diarias a un solo editor. “Le escribí hoy, pero Vladimir me pide que lo haga otra vez”, comenzaba una nota dirigida a Putnam’s en 1958. Muchas de esas cartas estaban apiladas como un helado napolitano: en inglés, en francés, en ruso. La máquina de escribir iba a todas partes, no para él sino para ella. No hay ninguna evidencia de que hayan salido alguna vez de vacaciones. Dmitri Nabokov observó: “El tiempo de atención que podía dedicar a la entretención pura, era muy limitado”. A mediados de los años sesenta, cuando los Nabokovs se encontraban viajando por Italia, ella negociaba una cláusula en el contrato con Putnam’s en cada ciudad. Después de ‘Lolita’, el Nabokov público, la voz de Nabokov era Vera Nabokov. El estudiante que mencionó que ella era ventrílocua no estaba muy lejos de la verdad.
Cuando Nabokov quiso tener información sobre la versión fílmica de ‘Lolita’, le escribió a Stanley Kubrick varias veces. Vera firmó una carta: “Vladimir me pide que le diga que le alegraría hablar con usted, provisto que no le moleste que él hable a través de mí”. Por alguna razón, VN se sintió obligado a escribir él mismo, o como si fuese él mismo: “Me gustaría hablar con usted, pero odio las conversaciones por teléfono, especialmente si son de larga distancia. Si usted habla con mi esposa, yo estaré a su lado durante la conversación”. Nabokov raramente atendía el teléfono.
Se rumoreaba que su esposa lo tenía como rehén.
¨Cómo se sentía ella en esta situación? Se excusaba ante los amigos por el retraso en responder, pero rara vez permitió que las disculpas se transformaran en un tema. Así se la ve en 1963, tan cerca del borde como parece haberse aventurado: “Estoy completamente agotada con las cartas de Vladimir (quiero decir, con las que recibe y yo debo responder) y no se trata solamente del trabajo físico sino también de que quiere que yo tome todas las decisiones, que me exigen más tiempo aún que el pasar a máquina. Incluso cuando Dmitri era un bebé aún, tenía más tiempo de ocio que ahora. No creas que me quejo, pero no quiero que pienses que soy descuidada”. Ella habitualmente enfatizaba lo poco calificada que estaba para el trabajo. Justo después de la publicación de ‘Lolita’, le escribió a un amigo acerca de la insoportable presión del trabajo – especialmente, dijo, porque su marido se negaba a mostrar el menor interés en sus propios negocios. “Además, no soy de ninguna manera una madame Sevigné, y escribir diez a quince cartas al día me deja exhausta”.
Veinticinco años más tarde, después de que no había cambiado nada excepto la cantidad de trabajo, le dijo al mismo amigo que ella era una muy mala escritora de cartas, lo había sido toda la vida, pero que sin embargo en los últimos treinta o cuarenta años de su vida no había hecho otra cosa. Con un poco de pena, reconoció en determinado momento que todos sus nietos eran de letras. Pero se dedicaba a ellos con meticulosa atención. Pasaban los años y ella cada vez trabajaba más duramente. Corrigió la versión alemana de ‘Speak, Memory’, la francesa de ‘Strong Opinions’, la poesía de Nabokov en italiano, y comenzó a traducir ‘Pale Fire’ al ruso, después de la muerte de su marido. La última traducción fue difícil, le escribió a algunos amigos, pero a los ochenta años se sentía sola y mal de salud, y el trabajo la hacía feliz. Ese año, calculó ella para sus abogados, trabajó seis horas al día respondiendo la correspondencia, en negociaciones y en traducciones. Poca gente se ha dado cuenta de lo mucho que trabajó. A comienzos de los años setenta, el crítico literario Alfred Appel le dio un consejo: “No tienes que pedir excusas por atrasarte con la correspondencia de VN. Hay sólo una solución. Haz una huelga exigiendo mejores horarios y condiciones de trabajo.
Manifiéstate frente al Montreux Palace – el hotel que era su hogar en Suiza – con una pancarta, diciendo algo como ‘VN es injusto con los servicios auxiliares’. Seguro que surtirá algún efecto”.
Por supuesto, ella no hizo nada de esto; las cartas personales están, en cambio, llenas de preocupación acerca de lo duro que está trabajando Nabokov, de lo difícil que es convencerlo de que descanse. Y ella estaba altamente calificada para el trabajo. Su ruso era, según su marido, “estupendo”; su memoria poética excepcional (entre otras muchas cosas, se sabía de memoria ‘Eugene Onegin’ y prácticamente toda la poesía de Nabokov); y era sumamente sensible a las frases bien hechas; parecía empecinada en vivir una vida fuera de la suya propia. Era el ayuda-de-campo ideal en la guerra contra el snobismo. Como Nabokov, era sinestésica, que en el caso de ambos quería decir la habilidad de ver y visualizar letras y sonidos en color. Fue una opción de esposa tan perfectamente lógica para Nabokov que el hecho de que se hubiera casado con ella por otra cosa que por razones prácticas era fácilmente pasado por alto. Compartía con su marido el cuidado por el detalle: en su diario de vida, Nabokov citaba frecuentemente sus oportunas y poéticas observaciones. Pocos vieron este lado de ella. Ella no mostraba su encanto en el papel; uno tenía que ganar primero su confianza antes de poder presenciar su humor, su ternura, sus ágiles giros lingüísticos. (Durante una visita que hicieron con unos amigos al Montreux Palace, Nabokov quiso poner azúcar a su café pero la volcó fuera de la taza. Vera le informó, con agudeza: “Querido, te acabas de azucarar los zapatos”. Más a menudo, la gente sólo vio a la dura partidista, luchando por reconocimiento literario en un mundo de filisteos. No parece haberse dado cuenta de la mala voluntad de la gente, de su reputación matahari. Si sabía que una mujer vergonzosa, reservada hasta lo enfermizo y altamente honesta podía resultar irritable, distante e intransigente, no parece que le haya importado. La perfecta asistente del mago, podía ser aserruchada en dos sin perder ni la compostura ni la dignidad.
Su abogado se impresionó cuando – en el penumbroso bar del Pierre Hotel en 1967 – ella acosó al editor americano de su marido para que accediera a concesiones sin precedente. Lo hizo sin decir una palabra. El mismo abogado pensó que era casi una clarividente cuando ella insistió en aumentos por razón del costo de la vida en los contratos de su marido – aumentos que luego probaron ser altamente provechosos. El abogado no había estado en San Petersburgo ni en Berlín en los años veinte; la señora Nabokov sí.
Estaba acostumbrada a tocar fondo. En Nabokov marcó su obra; a ella le formó la personalidad.
Sus frustraciones eran las de vivir una vida metódica en un mundo desordenado, de producir textos perfectamente mecanografiados en un universo donde los tipógrafos son humanos. Juzgaba a la gente – y sobre todo a ella misma – de acuerdo a las normas de la literatura de su marido: normas que pocos de nosotros, y menos los editores, pueden satisfacer. Ella y Dmitri le dieron a Nabokov lo que el mundo había tratado de quitarle: estabilidad, privacidad y un ambiente de gusto europeo, de humor original, de opiniones fuertes y de un ruso exquisito e incorrompido. Durante muchos años, Nabokov fue un tesoro literario en busca de una nación; Vera fue algo así como el país en el cual él vivió. Juntos, ocuparon un reino aislado propio, el tipo de mundo de fuera de este mundo en el que los personajes de Nabokov a menudo encontraban solaz.
“Inseparables y autosuficientes, ellos dos forman una multitud”, observó un antiguo estudiante de Cornell. ¨Qué podría haber sido más desorientador que esa larga serie de casas alquiladas en Ithaca, de gatos alquilados, de vajilla alquilada y fotos de familia alquiladas? No sorprende que Nabokov haya tratado todo esto como si no fuera real. Y lo era. Le gustaba insistir en su aislamiento, para probar que había sido la quimera de otro. Cuando un biógrafo le presentó una lista con la gente que esperaba entrevistar, Nabokov agregó algunas observaciones. Las notas dicen: “Le caigo mal / apenas lo conozco / un enemigo / lo conozco muy poco / desconocido / lo conozco apenas / no estoy seguro de conocerlo / nunca le vi / desconocido / un primo / un hombre con una gran imaginación, que me vio en 1916 la última vez / un producto de su imaginación”.
Volvamos brevemente a la sala de clases de Cornell. Nunca sabremos exactamente qué estaba haciendo allí la señora Nabokov, tal como no sabremos nunca cuál era el papagayo de Flaubert. (Ella poseía un arma, pero no hay evidencias de que la haya portado consigo a clases; Nabokov gozaba en general de buena salud y no era alérgico a la tiza. Ella era una enciclopedia, pero también lo era él). Un indicio de una respuesta quizás se encuentre en ‘Bachmann’, un cuento de 1924. La estelar carrera del pianista Bachmann comienza el primer día en que su admiradora, la señora Perov, se sienta “muy recta y bien peinada” en la primera fila de uno de sus conciertos. Y termina la primera noche en que ella no aparece, cuando, después de sentarse al piano, él se da cuenta de que hay una butaca vacía en la primera fila. Un cornelliano parece apreciar el secreto de Bachmann al recordar las actuaciones del profesor Nabokov. “Era como si dictara la clase para ella”, caviló el estudiante. Nabokov decía que la mejor audiencia que un artista puede imaginar es “un cuarto lleno de gente llevando la misma máscara que él”. Refiriéndose a la señora Nabokov, le dijo a un entrevistador: “Ella y yo somos mi mejor audiencia. Debería decir, mi principal audiencia”. ¨Para quién pudo haber estado escribiendo ese día en Cornell cuando apuntó en la pizarra los nombres de los cinco más grandes poetas rusos? Incluyó a alguien llamado Sirin, su propio pseudónimo de los años transcurridos en Berlín. “¨Quién es Sirin?”, preguntó un estudiante intrépido. “Ah, Sirin. Voy a leer algo de él”, dijo Nabokov, sin inmutarse y sin más explicación. Una mañana particularmente obscura en Ithaca, Nabokov comenzó a dictar clases en la obscuridad. A los pocos minutos, Vera se levantó de su silla en la primera fila para encender las luces del anfiteatro. Cuando lo estaba haciendo, una beatífica sonrisa apareció en el rostro de Nabokov. “Señoras y señores”, dijo, gesticulando orgullosamente: “Mi asistente”.
Probablemente la persona que más trataba de hacerse invisible – ante él – era la más visible. Seguramente ella lo sabía. Nadie parece haberse atrevido a preguntarle si se sentía oprimida, eclipsada o, igualmente, fundamental, indispensable, una compañera creativa. Ella estaba demasiado ocupada en desviar la atención de sí misma como para que alguien hubiese tenido oportunidad de preguntarle. Cuanto menos me menciones, le dijo a un biógrafo, más cerca estarás de la verdad. Elevó el Ser la Señora Nabokov a una ciencia y un arte, pero pretendía que esa persona no había existido nunca. Sentía claramente que estaba, no a la sombra de su marido, sino a su luz. Cuando lo vio la primera vez, pensaba que él era el más grande escritor de su generación; y a esa simple verdad se mantuvo leal por sesenta y seis años, como si quisiera compensar todas las pérdidas y agitación, los accidentes de la historia. Un colega de Cornell observó en un artículo que cuando la señora Nabokov se veía obligada a leer las conferencias de su marido, no modificaba ni una palabra. En los márgenes, sin embargo, la señora Nabokov lo reprendía. ­Por cierto, ella no había cambiado una sílaba! ¨No había comprendido aún que una conferencia era una obra de arte?
Un admirador americano encontró a los Nabokov en Italia, en 1967.
Estaban bajando por el sendero de una montaña, con cazamariposas en las manos. Nabokov estaba radiante; antes en ese mismo día había avistado un especimen raro, precisamente el que había estado buscando. Y había vuelto a casa a buscar a Vera. Quería que ella estuviera con él cuando lo capturara.

Stacy Schiff

Copyright ©The New Yorker/Traducción Claudio Lisperguer