El Invencible_Stanislaw Lem

El invencible_Stanislau LemCiencia ficción, sí, es ciencia ficción y de la buena. Pero es una ciencia ficción desgarradoramente humana, plagada de sensaciones, sentimientos e, incluso, dilemas morales.

Sólo un maestro como Stanislaw Lew es capaz de recrear, de una forma tan densa y a la vez tan liviana, un relato de ciencia ficción tan detallado, tan específico en circuitos robóticos y campos electromagnéticos, conjugado con las conexiones neuronales humanas y las insondables reacciones de eso que, dicen, es el alma del ser humano.

La novela narra el destino y los avatares de una expedición a bordo de “El invencible”, una nave tecnológicamente dotada de los mayores avances y orgullo de su tripulación, que llega al planeta Regis III con la misión de rescatar o, al menos, conocer el destino que ha tenido “El Cóndor”, una nave gemela que ha desparecido allí sin dejar rastro.

En un tono gris, dramático y pesimista, Lem va desarrollando la trama desde la imponente llegada de la nave, desplegando todo su poderío y haciendo pensar que hace honor a su nombre, hasta el descubrimiento de que no es un planeta deshabitado, al menos no del todo.

Con la seguridad de una victoria, aún pagando un alto precio, los hombres se envalentonan, se sienten capaces de encarar cualquier adversidad con sus equipos, con una reunión de intelectos trabajando para conseguir un mismo fin.

[…] ¿Cuántos fenómenos similares, misteriosos, incomprensibles para el hombre encierra el universo? ¿Iremos por ventura a recorrer con nuestras naves todo el cosmos, llevando a bordo nuestras poderosas armas destructivas, con el propósito de aniquilar todo cuanto esté más allá de nuestro entendimiento? […]

Y a partir de ahí, sin dejar de ser ciencia ficción de la buena, reitero, surge la reflexión filosófica, humanista, acerca del bien más preciado que creemos poseer y que hace que, como raza, nos hace creer que somos superiores o que tenemos la semilla de lo sublime: la inteligencia.

Y, como tal, el hombre es capaz de enfrentarse a otra inteligencia y, llegado el caso, podría admitir la derrota ante un oponente desconocido con una inteligencia superior, más desarrollada. Pero, ¿qué ocurriría si la humanidad se ve enfrentada a un ente sin capacidad cognitiva, al que no es capaz de derrotar? ¿Qué pasaría si la inteligencia, si la racionalidad no es lo único que existe y no es lo supremo?

[…] No nos está destinado todo el universo, no todo cuanto existe nos pertenece […].

1984 (GEORGE ORWELL)

1984 Esta inquietante narración acerca de las tribulaciones de un empleado de segundo orden en un Estado totalitario futuro nos ha proporcionado gran parte de la jerga política de la época. En efec­to, las expresiones «Thought Police» [«Policía del Pensamiento»], «Newspeak» [«Nueva habla»], «Ministry of Truth» [«Ministerio de la Verdad»], «Doublethink» [«Doble pensamiento»] y «Big Brother is watching you» [«El Gran Hermano te vigila»], fueron inventadas por George Orwell para este libro. Es sencillamente una novela que ha cambiado el mundo. Está escrita en un estilo comprensible, accesi­ble a millones de lectores, y al influir en la mente de esos millones de lectores, Orwell contribuyó decididamente a que sus obscuras pre­dicciones no se hicieran realidad. Naturalmente, muchas veces se ha señalado que al autor no le interesaba la predicción, sino que describió los sucesos de la década del cuarenta tal como acontecían, aunque exageradamente.

El libro no llevó en su cubierta el sello «ciencia ficción». Pero en­tonces, ¿con qué derecho lo calificamos como tal? En primer lugar, porque la acción se desarrolla treinta y seis años después de la fecha de su redacción y, en segundo lugar, porque algunos de los disposi­tivos tecnológicos que se utilizan para controlar a la población de la Zona Aérea Uno, del Estado de Oceania, el más importante de los cuales es la telepantalla (un televisor montado sobre una pared, que lo observa a uno aun cuando uno lo está observando), son del más puro estilo de la cf, y quizá de carácter predictivo (con cables de fi­bra óptica como los que tenemos en la década del ochenta, este artilugio podría convertirse en realidad). Los vínculos de la novela con la cf son más profundos y más fundamentales, sin embargo, que lo que estos detalles podrían sugerir.

Al igual que otros de su generación, Orwell (cuyo nombre real era Eric Blair, 1903–1950) fue influido por Wells. En su ensayo titu­lado «Wells, Hitler, and the World State», Orwell escribió lo si­guiente: «Fue maravilloso descubrir a Wells. Allí se encontraba uno en un mundo de pedantes, clérigos y sinvergüenzas … y ese hombre maravilloso que podía hablarnos sobre los habitantes de los planetas y sobre el fondo del mar, y que sabía que el futuro no se­ría lo que la gente respetable se imaginaba». Aunque luego Orwell criticó algunas ideas políticas de Wells, es evidente que considera­ba las primeras obras del escritor como una gran fuerza liberado­ra. Muchos otros escritores fueron influidos de la misma manera, a tal punto que en Gran Bretaña, y también en otros países, se creó toda una tradición de ficción «poswellsiana». A esta tradición con­tribuyeron con novelas y cuentos autores hoy olvidados, co­mo J. D. Beresford, S. Fowler Wright y John Gloag, y también otros más recordados, como Olaf Stapledon, Aldous Huxley y C. S. Lewis. Ninguno de sus libros se publicó como ciencia ficción, ya que dicha clasificación sólo empezó a utilizarse en forma regu­lar, de este lado del Atlántico, a comienzos de la década de los cin­cuenta. Si se les hubiera colocado una etiqueta que rezara «a la manera de Wells», hoy se conocerían como «romances científicos». La novela corta de E. M. Forster «The Machine Stops» (1909) era un «romance científico» que sirvió para rechazar la idea de que se podía perfeccionar la raza humana a través de la aplicación de tecnología moderna. Un mundo feliz, de Huxley (1932), era otro de esos relatos premonitorios. Ambos son ejemplos de antiutopía o «distopía». 1984, de Orwell, sigue esa línea y es, en verdad, la más lúgubre de todas las «distopías». Fue el ejemplo de Wells, tanto desde el punto de vista formal como temático, pero sobre todo el de­bate que Wells inauguró y que continuó a través de la obra de por lo menos una docena de autores, lo que hizo posible la obra maestra de Orwell. Para mí, 1984 es un libro, que, como Jano, mira en dos direcciones, porque, por un lado, es el último «romance científico» y, por otro, la fuente de gran parte de la ciencia ficción que le siguió. Resume las terribles experiencias de la primera mitad del siglo XX y arroja una larga sombra de temibles presagios sobre la otra mitad, nuestra mitad.

 

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Orwell, George [Eric Blair]
(Motihari, India, 1903-Londres, 1950) Escritor británico. De origen angloindio, en 1921 ingresó como oficial en la policía de Birmania, puesto que abandonó seis años más tarde debido a su repulsa hacia el régimen colonial. Tras una estancia en Francia, donde sobrevivió gracias a pequeños empleos, publicó sus primeros libros: Sin blanca en París y Londres (1933) y Días birmanos (1934). El autor se basa en ellos, como sucedería en todas sus obras, en sus propias observaciones y experiencias, y demostraba ya una clara posición de izquierdas. Las convicciones personales reflejadas en sus libros se materializaron en 1936 con su participación en la guerra civil española al lado del POUM. Fruto de esta experiencia fue Homenaje a Cataluña (1938), obra en la que refiere las tensiones y los enfrentamientos entre las fuerzas de izquierdas durante el conflicto. Este hecho dio lugar a posteriores reflexiones que fueron la base de dos de sus mejores obras: Rebelión en la granja (1946), fábula política sobre la revolución y cómo ésta, una vez instaurada, se vuelve en contra de quienes lucharon por ella, y 1984 (1949), visión dramática de los totalitarismos del futuro. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la Home Guard y publicó nuevos títulos, como El león y el unicornio (1941), cuadro de su país poco antes de la guerra, donde se muestra convencido de la posibilidad de una lucha del proletariado para hacer oír su voz entre la burguesía. Sus escritos y ensayos de esos años los recopiló en Inglaterra, vuestra Inglaterra.

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Los viajes de Joenes, ROBERT SHECKLEY

Robert Sheckley (nacido en 1928) es un norteamericano peripaté­tico que ha vivido a menudo en Europa. Al igual que Ray Bradbury y Cordwainer Smith, es uno de esos escritores a quienes una nove­la no llega a representar acabadamente. Los textos que lo hicieron famoso fueron sus chispeantes y provocativos cuentos breves, que se reunieron en libros como La séptima víctima (Untouched by Human Hands, 1954), Ciudadano del espacio (1955) y Paraíso II (Pilgrimage to Earth, 1957). De sus primeras novelas, la más notable es Immorta­lity, Inc. (1959). Sin embargo, Los viajes de Joenes (Journey Beyond To­morrow) es su libro más divertido, con ese afilado humor que ha dis­tinguido la obra de Sheckley. La novela se publicó por primera vez en 1962, por entregas, en Fanta-sy and Science Fiction, bajo el título de «Journey of Joenes».

El epónimo Joenes es un joven cálido e inocente de comienzos del siglo veintiuno. De padres norteamericanos, se ha criado en la pequeña isla de Manituatua, en la Polinesia Oriental. A los veinti­cinco años, tras haber leído muchos libros de la biblioteca de su pa­dre, se dispone a descubrir por sí mismo un mundo más amplio. En primer lugar, desea conocer los Estados Unidos, aquel reino mítico. Al llegar a los muelles de San Francisco, se enreda con un traficante de drogas llamado Lum, a raíz de lo cual termina en la cárcel («¿un comunista, eh?», dice el policía que lo arresta, después de que Joe­nes ha pronunciado un pequeño y hermoso discurso acerca de la naturaleza defectuosa de las leyes humanas y de la moral superior que surge de «seguir los verdaderos dictados del alma iluminada»). Es llevado ante una comisión del Congreso que se encuentcomisiónalmente en la ciudad. El presidente de la comisión resucita una buena frase de otros tiempos: «Camarada –le preguntó, con sim­ple ironía–, ¿está usted, ahora mismo, afiliado al Partido Comu­nista?». Incapaz de convencer a quienes lo interrogan de que no es comunista, Joenes (o el «Camarada Jonski», como el presidente in­siste en llamarlo) es enviado al Este para ser sometido a un juicio por ordenador, después del cual se lo deja en libertad condicional y se lo abandona en las calles de Nueva York.

Joenes vive una serie de aventuras inverosímiles, colmadas de personajes excéntricos y de historias dentro de historias. Vuelve a encontrarse con Lum en un hospicio para criminales dementes. Luego es obligado a dar clases sobre la cultura de los pueblos del Pacífico sudoccidental en la universidad. Se convierte en huésped de una extraña comunidad utópica, cuya lengua artificial no tiene palabras para «homosexualidad», «violación» o «asesinato», y con­sidera que esas cosas no existen. Finalmente, Joenes es recluta-do por el gobierno norteamericano y va a trabajar como espía para el Octágono. Viaja a Moscú, donde también tiene dificultades para convencer a las autoridades de que no es comunista, pero cuando regresa a los Estados Unidos, una estación automática de radar confunde su avión con un aeroplano invasor, y desencadena una hecatombe nuclear. Los Estados Unidos vuelan en pedazos, las cos­tas Este y Oeste se lanzan misiles una contra otra y también contra el resto del mundo. «Y pronto la civilización de las máquinas había desaparecido de la faz de la Tierra.» Joenes, naturalmente, sobre­vive. ¿Qué otra cosa podía haber pasado, con la suerte que tiene? Huye hacia la Polinesia, en una pequeña embarcación, junto con su amigo Lum. La Polinesia a partir de ese momento se convertirá en el centro de la civilización mundial, y los relatos de Joenes y Lum serán sus sagradas escrituras.

Todo esto se cuenta de una manera muy ingeniosa y diverti-da. Los blancos de la sátira de Sheckley son quizá los más obvios, y hoy el libro parece algo inocuo, pero en el momento de su aparición fue alabado como una obra de refrescante iconoclastia.

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El hombre en el castillo (PHILIP K. DICK)

Esta obra tiene muchas de las características de una novela social. Se refiere a las interacciones de hombres y mujeres en una sociedad descrita con realismo, ambientada en 1962. Incluso tiene algo de las «comedias de costumbres». Sin embargo, no cabe duda de que es ciencia ficción, ni de que pertenece, al igual que Lo que el tiempo se llevó, de Ward Moore, a la subcategoría de historias de «mundos al­ternativos». La base de la que parte El hombre en el castillo (The Man in the High Castle) es que alemania y Japón han ganado la segunda guerra mundial y que se han dividido entre ellos el territorio de los Estados Unidos. En ese 1962, el Reich alemán está ocupado en lle­var a la práctica una atroz solución final en África, mientras ultima los planes para enviar el primer cohete tripulado a Marte. Entre­tanto, un Imperio Japonés relativamente benigno administrará la Costa Oeste de los antiguos Estados Unidos; los funcionarios japoneses están obsesionados con las costumbres populares y con los objetos de la cultura pop de los derrotados californianos.

Robert Childan tiene una tienda de valiosos objetos antiguos, donde vende relojes Mickey Mouse, viejos posters de películas, li­bros de historietas y cosas por el estilo a los japoneses más cultos, dispuestos a pagar elevados precios por esas genuinas artesanías norteamericanas. Childan está ansioso por complacerlos. En una de las escenas mejor logradas y más divertidas de la novela, es invi­tado a la casa de una joven pareja de japoneses chics que desea ha­cerle escuchar algunos de sus estimados registros de jazz de Nueva Orleans. Childan malinterpreta sus motivos y denigra la música negra en términos racistas –en ese mundo, socialmente acepta­bles–, hasta que se da cuenta de que está cometiendo un error. De esa manera, Philip K. Dick consigue, a comienzos de los años se­senta y en la cumbre del imperio norteamericano de posguerra, crear un verosímil mundo imaginario en el cual los norteameri­canos se ven obligados a humillarse en medio de la confusión, el resentimiento y el remordimiento; soportan el mismo peso de la opresión cultural que a lo largo de la historia han soportado tantos otros pueblos del mundo. Es una saludable inversión.

El hombre en el castillo no es sólo la historia de Robert Childan. Es también la historia del señor Tagomi, simpático empresario japo­nés; de Juliana Frink, instructora de judo, que decide ir en busca del recluso Hawthorne Abendsen; del propio Abendsen, el «hom­bre del castillo» del título, que ha escrito una novela de ciencia fic­ción, La langosta se ha posado, en la cual, como es fácil adivinarlo, se imagina que alemania y Japón han perdido la segunda guerra mun­dial. De esta manera, Dick construye cuidadosamente una narra­ción compleja de muchos niveles, en gran parte unidos entre sí por las referencias al I Ching, el antiguo oráculo chino que todos los per­sonajes consultan de tanto en tanto. La novela cuestiona nuestra idea de «realidad», y demuestra cuan frágil puede ser el consenso. Paradójicamente, por tratarse de un libro que se aparta de la reali­dad, los personajes son muy reales. Una de las mayores virtudes de Dick fue su capacidad para crear personajes –cualidad que no suele caracterizar a los escritores de cf–, y que aplica plenamente en esta hermosa y sutil novela. Quizá sea la mejor obra de Dick, y la más notable de las narraciones sobre mundos alternativos, o fanta­sías de posibilidad histórica, que se haya escrito jamás.

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El mundo sumergido (J. G. BALLARD)

El mundo sumergido (The Drowned World) se publicó en los Estados Unidos en agosto de 1962 en una deplorable edición de bolsillo, y pasó prácticamente inadvertida. Cuando apareció la edición britá­nica de tapas duras, en enero de 1963, la respuesta fue completa­mente distinta. Kingsley Amis escribió entonces: «Nos hallamos ante algo sin precedentes en este país, una novela de un autor de ciencia ficción que puede juzgarse de acuerdo con los patrones más exigentes… Quizá Ballard sea el más imaginativo de los sucesores de Wells».

James Graham Ballard (nacido en 1930) pasó su niñez en Shan­ghai, pero desde los quince años vivió en Inglaterra. En 1956 pu­blicó sus primeros cuentos breves, y con El mundo sumergido se con­virtió en el talento indiscutiblemente más poderoso y original de la cf británica. La historia transcurre en el siglo veintiuno; las fluctua­ciones de la radiación solar han fundido los casquetes polares de la Tierra y han elevado el nivel de los mares. Todas las tierras bajas han quedado inundadas, las temperaturas medias han subido y la vida civilizada sólo subsiste en los círculos Ártico y Antártico. La novela está ambientada en Londres y sus alrededores, una ciudad convertida en un pantano. El doctor Robert Kerans es miembro de una expedición que estudia la fauna y la flora de esta nueva Era Triásica. Solitario, escoge el abandonado Hotel Ritz como lugar para acampar, entre los murciélagos, las iguanas, los helechos y los mohos que son ahora sus habitantes naturales. Comienza a tener sueños extraños que le sugieren que parte de su mente está descen­diendo en un «viaje nocturno» a los profundos abismos del remoto pasado biológico de la humanidad.

Es un relato cautivante, que la densa y exquisita prosa de Ba­llard describe minuciosamente. Culmina con una nota en aparien­cia perversa que desconcertó a algunos lectores de su época, pues Kerans decide hundirse cada vez más en el mundo anegado, en busca de los «paraísos olvidados del sol renacido». Este propósito lo llevará irremisiblemente a la muerte, aunque antes le proporcio­nará satisfacción psicológica. Lo que Ballard ha hecho en realidad es invertir las prioridades de la «clásica» novela inglesa catastrófi­ca (El día de los trífidos, de Wyndham, o La muerte de la hierba, de Christopher). En su novela, el desastre resulta bienvenido porque el paisaje que ha producido coincide con el estado mental del héroe. La tarea de Kerans es surrealista, en busca de una verdad psíquica. Es justo hablar de surrealismo, ya que la influencia de los pinto­res del movimiento surrealista ha marcado a Ballard mucho más que a ningún otro escritor. El Londres inundado de su novela se pa­rece a unos de los mágicos bosques de Max Ernst; el libro incluso podría haberse llamado Europa después de la lluvia. Al mismo tiempo, Ballard tiene un estilo muy personal. Como en el mejor de sus pri­meros cuentos breves –reunidos en Las voces del tiempo (1963) y Playa terminal (1964)–, el lenguaje de esta novela se distingue por el uso vivaz de terminología médica y biológica, así como por la ri­queza de las referencias mitológicas y artísticas. Ballard es uno de los escasos escritores de cf que ha combinado con éxito elementos científicos y artísticos en una prosa impecable, logrando concentrar en una sola oración todo el suspenso que a otros autores les de­manda libros enteros. Aunque no guste a todo el mundo, Ballard es el tipo de autor cuya obra acaba por ser adictiva para el lector, pues es una voz verdaderamente única.

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