De la Teoría de los Colores , Wolfgang Goethe

[Zur Farbenlehre]. Ensayo científico de Wolfgang Goethe (1749-1832), publicado en dos volú­menes en Tubinga, en 1810. La naturaleza del «color» desde la antigüedad ha cons­tituido un misterio fascinador y durante si­glos y siglos se han debatido las ideas más contradictorias.

Mientras algunos filósofos llegaban a afirmar que el color era una entidad puramente subjetiva, absolutamente interna en el alma de quien lo ve, otros no sabían renunciar a considerar el color como algo concretamente objetivo, adherido a los cuerpos como una «corteza», que la luz blanca, pura, desprovista de color, puede desprender y llevar a los ojos del obser­vador. Esta falta de bases teóricas firmes mantenía en el más impenetrable misterio fenómenos tales como el arco iris y, más tarde, el de las coloraciones que aparecen cuando los rayos solares pasan a través de un prisma de cristal. Debido a una de­fectuosa disposición experimental general­mente dada en estas experiencias, estas coloraciones aparecían siempre en las zo­nas de tránsito entre luz y sombra y ello condujo a formular la creencia de que la causa generadora de los colores debía bus­carse precisamente en ese tránsito. En los comienzos del siglo XVII se produjo un decisivo cambio de rumbo. Mientras el des­cubrimiento de la coloración de las láminas sutilísimas, como las pompas de jabón, y la de los fenómenos de difracción venían a añadir nuevos misterios en el campo de los colores, Descartes lanzaba por primera vez la idea (v. Dióptrica) de que los colores no eran una cosa distinta de la luz, sino que representaban una modificación de las ca­racterísticas físicas de los corpúsculos que, según él, constituirían la luz misma.

Inme­diatamente después, el Padre Grimaldi de­mostró (v. De la luz, de los colores y del iris) que incluso en el modelo ondulatorio de la luz los colores podían ser el efecto de una diversa estructura física de las ondas. Pero la gran revolución la produjo Newton, quien mediante una serie de admirables experimentos con los prismas llegó a con­vencer al mundo culto de que la luz era corpuscular y que los colores eran el efecto de las diversas dimensiones de los varios corpúsculos y de las proporciones de sus mezclas. Siguió un largo período de materialismo físico, durante el cual no sólo la teoría newtoniana fue considerada evangelio, sino que se pasó mucho más allá de los límites alcanzados por el propio Newton, que, notando claramente la insuficiencia de su construcción para explicar las coloracio­nes de las láminas sutilísimas y de los fenó­menos de difracción, había procedido con mucha cautela y habilidad al escoger, en sus escritos, expresiones idóneas y poco comprometedoras. Los sucesores fueron más papistas que el papa; se olvidaron de las coloraciones que Newton no había logrado explicar y juraron por la verdad de la teoría newtoniana de los colores, los cuales resul­taron así un fenómeno físico, exclusiva­mente físico y objetivo.

En este cuadro se inserta la obra de Goethe. Es un grito de protesta, lanzado por un poeta contra una intolerable e inconcebible tiranía de los matemáticos y de los ópticos. Goethe en­cuentra inadmisible que los colores sean un fenómeno puramente físico; clama a voz en grito que esta afirmación es un abuso de poder de los newtonianos, que éstos va­liéndose de su aplastante predominio en el campo científico, han sepultado en el olvido cuanto se había hecho durante siglos antes de ellos, y ahogan toda crítica y discusión para imponer su modo de ver. Por el con­trario, los colores son algo vivo, humano, que tiene su origen, indudablemente, en las varias manifestaciones naturales; pero que encuentra su composición y perfecciona­miento en el ojo, en el mecanismo de la visión, en la espiritualidad del ánimo del observador. Por consiguiente, más que de una teoría científica se trata de una explicación poética de ciertos fenómenos de la naturaleza, de una reacción frente a la im­posición de los físicos, que pretendían con­gelar en una fórmula matemática un fenó­meno palpitante de vida como el color.

Pero esta teoría aparece informe y está desarro­llada inadecuadamente. Se requería algo muy distinto para llevar a cabo una acción eficaz contra el poderío de los newtonianos. A comienzos del siglo XIX el newtonismo estaba a punto de pasar a convertirse en un recuerdo histórico; pero seguía siendo aún la doctrina dominante, profesada por la absoluta totalidad del ambiente académico. Fue destruido por la obra casualmente con­comitante de tres autodidactas, como Young, médico; Fresnel, ingeniero civil depurado por razones políticas, y Malus, teniente coronel de ingenieros. Éstos llevaron a cabo una verdadera demolición científica, radical, fría y definitiva. Ya antes de ellos Goethe había lanzado su protesta humana, sentimen­tal, ideal contra Newton y los newtonianos; pero lo había hecho como poeta, no como hombre de ciencia, más rico de intuición y de sentimiento que de rigor lógico y de ar­gumentos científicos. Por esto la obra de Goethe, técnicamente hablando, tiene un contenido e importancia muy modestos. Sus­tancialmente se divide en dos partes. En la primera clasifica los colores y, estudiándolos en todas sus manifestaciones, pretende llegar a poner de relieve la complejidad del fenó­meno cromático y la injerencia no desde­ñable que en ello tiene el órgano de la vista.

Considera, en efecto, en primer lugar los colores «fisiológicos», en cuanto son pro­ducidos en el mismo ojo y encarece su im­portancia, protestando contra los newtonianos, los cuales, considerándolos ilusorios, no les conceden importancia alguna; pasa después a los colores «físicos», producidos por los prismas, por las láminas sutiles, etc.; y, finalmente, a los colores «químicos», ad­heridos a los cuerpos, como los barnices. Hay un capítulo dedicado a la acción sen­sible y moral de los colores, que son exac­tamente considerados en sus tonos cálidos y fríos. Su función estética y artística es estudiada con detención. Preparado así el ánimo del lector a no desestimar la parte sentimental y subjetiva de los colores, Goe­the ataca violentamente, en la segunda parte de su obra, la teoría newtoniana, citando, para criticarlo, el mismo texto del primer libro de la óptica (v.) de Newton y acu­sando al autor de haber procedido con poca probidad, escogiendo a propósito ciertas ex­periencias en lugar de otras, para llegar a las conclusiones a las, que de antemano se había propuesto llegar.

Naturalmente, su crítica, pese a su minuciosidad y acritud, no consigue invalidar el contenido experi­mental de la obra newtoniana, aun ponien­do en evidencia un cierto prejuicio del cien­tífico en la interpretación de los resultados. Después, cuando se trata de sustituir por algo constructivo lo que pretende haber des­truido, Goethe no duda en declarar que se limita a dar un «bosquejo» de teoría que, en resumen, no es más que una modesta repetición de las ideas prenewtonianas. Vuelve, de hecho, a considerar los colores como un efecto del paso de la sombra a la luz, y viceversa. La deliberada ignorancia de las matemáticas y el desdén por el apa­rato científico han quitado a esta obra toda posibilidad de eficacia, incluso en aquello que tenía de bueno y de verdaderamente importante, o sea, en la reacción contra el materialismo científico de sello newtoniano. El newtonismo sucumbió para dar paso a la teoría ondulatoria, muy distinta en los deta­lles morfológicos y técnicos; pero idéntica en su trayectoria filosófica.

Hoy, que moder­nísimas teorías llegan a liberar el color de la esclavitud en que lo había sumido du­rante tres siglos el materialismo físico, para reponerlo en su sede natural fisiopsicológica, la obra de Goethe adquiere un nuevo y sugestivo significado: el de una acción precursora, que durante siglo y medio per­maneció incomprendida y aislada. Sin em­bargo, incluso en su época, pese a sus erro­res, ofreció datos preciosos para el arte y un insuperable modelo literario por la cla­ridad de las deducciones, que era una ca­racterística del espíritu de Goethe.

V. Ronchi

Si Goethe hubiese consagrado toda la úl­tima parte de su vida a las ciencias natu­rales, éstas sin duda habrían avanzado sen­siblemente más de lo que hicieron en su tiempo.     (Gourmont)

Goethe, aquí fiel a la apariencia sensible, considera un lugar geométrico como un ob­jeto corpóreo físico. (Helmholtz).