Rey Rogerio

[König Rother]. Héroe del poema de su nombre (v.), compuesto en alemán medieval (dialecto de la Franconia media), hacia 1150, por un autor des­conocido, posiblemente eclesiástico.

El ori­ginal histórico de esta figura poética es el duque normando Rogerio II de Sicilia. Rogerio de Bari envía una embajada al em­perador Constantino de Constantinopla para solicitar su hija en matrimonio, pero el em­perador, indignado por tan atrevida peti­ción, encarcela a los emisarios. Entonces Rogerio, disfrazado y bajo el falso nombre de Dietrich, se dirige a Constantinopla acompañado de un gran séquito y provisto de ricos dones, libera a sus embajadores, huye con la princesa y, tras múltiples aventuras, termina sus días en un convento. La figura del rey Rogerio consta de dos elementos: la lealtad entre los vasallos y su señor y el amor.

El primero de esos dos elementos, más antiguo y de carácter ger­mánico, se revela en el recíproco afecto entre el rey y sus embajadores, en el ansia con que el primero sigue la suerte de los segundos, y en todo cuanto hace por devolverles la libertad. De origen igualmen­te antiguo son otros caracteres secundarios, como la tendencia a lo prodigioso y a lo milagroso, y la exageración del valor in- condicionado del héroe. El segundo ele­mento principal, de origen más reciente y de carácter novelesco, es el amor, con el consiguiente envío de emisarios, el disfraz del rey de juglar y las tres canciones, acompañadas de arpa, con las que liberta a los cautivos, y finalmente la delicada es­cena de amor en la que Rogerio se da a conocer a su amada.

Un tercer elemento, o sea la tendencia religiosa que se expresa en el final de ambos cónyuges en un con­vento, es ajeno a la esencia del poema. El tema de Rogerio halla ecos en el perso­naje de Osantrix, de la saga nórdica de Tidrek (v. Saga de Teodorico), a mediados del siglo XIII, y, a fines de la Edad Media, en obras de los poetas Marner y Hugo von Trimberg. También Goethe leyó en uno de sus «miércoles» el poema del Rey Ro­gerio, y J. V. von Scheffel habla del mis­mo personaje en el capítulo XX de su no­vela histórica Ekkehard (v.).

M. Pensa

Reverendo Collins

[Williams Collins]. Personaje de la novela Orgullo y pre­juicio (v.) de Jane Austen (1775-1817). «La sujeción en que su padre le había mante­nido llegó a conferir al señor Collins una gran humildad de maneras, pero ésta que­daba en gran parte equilibrada por la alta estima en que su débil cerebro se tenía a sí mismo, tanto más cuanto que llevaba una vida retirada, y por la sensación de importancia resultado de una prosperidad material prematura e inesperada…

El res­peto que sentía por el elevado rango social de lady Catalina de Bourgh, que le había procurado su beneficio eclesiástico, y su veneración por su protectora, unidos a la elevada opinión que tenía de sí mismo, de su autoridad como eclesiástico y de sus derechos como párroco, habían hecho de él una mezcolanza de orgullo y de unción, de pretensiones y de humildad». El reve­rendo Collins es un tipo-límite del eclesiás­tico del siglo XVIII: según la moda de la época, tiene ideas progresivas acerca del baile y otras diversiones, y pretende pasar por familiarizado con las maneras de la buena sociedad, pero sólo logra dar mues­tras de su torpeza y aun a veces de su insolencia.

Su definición de lo que él en­tiende por lenguaje cortés es ridículamente ingenua: «Si bien alguna vez me complazco en sugerir y en componer aquellos breves y elegantes cumplidos que pueden ser ade­cuados a las más comunes ocasiones, siem­pre tengo cuidado en conferirles el aspecto menos estudiado posible». Sus cartas, es­critas en ese mismo estilo, son verdaderas obras maestras de farragosa necedad; en ellas se refleja su servil adulación por su protectora, su absoluta falta de tacto y de delicadeza, su ridículo sentido de superio­ridad y una mezquindad y una hipocresía tan visibles que llegan casi a resultar can­dorosas. El reverendo Collins, con sus in­fracciones a las más elementales reglas de compostura, discreción y buena crianza, es decididamente una caricatura.

G. Melchiori

El Retozón

[Il Ruzzante]. Angelo Beolco, llamado «il Ruzzante» (1502-1542), dejó pintado en sus comedias un ambiente que es todo lo contrario del mundo nove­lesco y alegre frecuente en la poesía de su época: sus personajes, ya sean urbanos, ya campesinos, cualquiera que sea el ofi­cio que ejerzan, pertenecen siempre a los más bajos y despreciados estratos de la sociedad, lo cual no es obstáculo para que haya en ellos cierta variedad de tipos: el bondadoso, el astuto, el parlanchín, el codi­cioso; y todos obran y hablan con una na­turalidad que, más que cómica, es bufones­ca.

En varias comedias y diálogos, Ruzzante es un personaje que parece compendiar y resumir a los demás. Se sabe que Beolco, a la vez autor y actor, se reservaba siem­pre aquel papel, escribiéndolo a su medida y adaptándolo a sus capacidades, las cua­les, según todo parece indicar, eran las de un habilísimo cómico, perfectamente capaz de constituir el centro del espectáculo. Ruz­zante no continúa de una a otra comedia, pues si en una es un campesino enamorado e ingenuo, en otra puede ser un hombre de ciudad, casado y lleno de astucias; de modo que su unidad debía derivar sobre todo de su constante intérprete, Beolco. A juzgar por la lectura, si bien no es tan definido como algunos de los personajes que le ro­dean, parece abarcarlos un poco a todos, acogiendo con profusión las distintas carac­terísticas que Beolco, como autor, era capaz de infundir a una u otra de sus creaciones.

Sustancialmente, es el perfecto tipo del bu­fón, a veces voluntariamente, cuando su fantasía le lleva a disertar o a inventar mil ardides, y otras veces contra su vo­luntad, cuando aquellos ardides se vuel­ven contra él. En la Fiorina (v.) le vemos bajo la figura de campesino que en largas parrafadas nos cuenta las torturas de su amor por la joven Fiore, torturas que nada tienen de idílicas y que aumentan conside­rablemente en un momento, cuando un fo­goso y no menos rústico rival le adminis­tra una tanda de palos. En otra comedia, La mosquita (v.), se nos aparece en hábitos urbanos, intentando vivir de estafas, pron­to a las fanfarronadas, pero en el fondo medroso, y casado con una mujer que le engaña a ojos vistas con un soldado y que a menudo le encierra fuera de casa. De él derivan innumerables personajes de farsa, entre los cuales destaca, con su sanguínea vitalidad, como uno de los más divertidos.

P. Santi

Reso

Héroe tracio, hijo de una musa y del río Estrimón y personaje de la tragedia de su mismo nombre, atri­buida por los antiguos a Eurípides, aunque su autenticidad haya sido luego muy dis­cutida.

En esta tragedia se exponen los acontecimientos del libro X de la Ilíada (v.), en el que Ulises (v.) y Diomedes (v.), durante una incursión nocturna al campa­mento de los troyanos y sus aliados, dan muerte a Dolón (v.) y a numerosos tracios, entre ellos a su jefe Reso, y consi­guen apoderarse de los famosos caballos de éste, más blancos que la nieve y más velo­ces que el viento. En la Ilíada, Reso, que para Homero es hijo de Eioneo, no llega a intervenir activamente en el episodio, pues muere a manos de Diomedes mientras está dormido y antes de que su personalidad pueda manifestarse.

En la tragedia, la aven­tura se articula y desarrolla según las exi­gencias de la fábula dramática, y Reso adquiere fisonomía propia: antes de su apa­rición en escena, es descrito por un pastor, que refiere, admirado y medroso, su llegada. Su esplendoroso ejército, digno de la va­lentía de su jefe, anuncia los proyectos demasiado ambiciosos de Reso: aunque re­conoce que ha llegado tarde a Troya, ase­gura que en un solo día hará lo que Héctor (v.) no logró en diez años, y no sólo re­chazará a los aqueos, sino que los seguirá a la misma Grecia, llevando hasta allí la destrucción y la muerte. Tales afirmaciones no son más que ironías que el poeta de­dica a la presunción de Reso, antes de abandonarlo a la suerte de antemano deci­dida por el mito.

Para que aquélla quede más acentuada, Reso afirma, nada menos, que capturará a Ulises vivo, le matará y le arrojará a los buitres. Al cabo de poco llega Ulises con Diomedes, para poner fin a los sueños del príncipe tracio. La sobrie­dad del poema homérico, a pesar de que éste constituye en la Ilíada un episodio so­bre todo cruento y dramático, no permite apreciar el humorismo que únicamente in­siste en la oposición de griegos y troyanos, todos igualmente necios y maliciosos. La ecuación, que en Homero no existía, exclu­ye toda generosidad, lo mismo de un cam­po que de otro; y las expensas de todo ello no las paga únicamente el desdichado Reso, sino también otros personajes, tradicionalmente nobles, como Héctor, que es asimilado a aquél, en lugar de dejarle ais­lado en su fácil comicidad.

F. Codino

Renzo

Es, juntamente con Lucía (v.), el personaje principal de Los novios (v.), de Alessandro Manzoni (1785-1873), y no creemos que las razones de su preeminen­cia respecto a las demás figuras de la no­vela consistan únicamente en la indicación del título. Decir que es «el novio» equivale a referirse a un rasgo abstracto — si no secundario — de su carácter. Renzo es un ejemplo del Hombre, una criatura como Manzoni debía verla en la mayoría de sus semejantes según una visión indulgente y caritativa del mundo: es muy significativo, en este sentido, que la gran compañera de Renzo, su sombra, sea la Providencia.

F. Giannessi