Reso

Héroe tracio, hijo de una musa y del río Estrimón y personaje de la tragedia de su mismo nombre, atri­buida por los antiguos a Eurípides, aunque su autenticidad haya sido luego muy dis­cutida.

En esta tragedia se exponen los acontecimientos del libro X de la Ilíada (v.), en el que Ulises (v.) y Diomedes (v.), durante una incursión nocturna al campa­mento de los troyanos y sus aliados, dan muerte a Dolón (v.) y a numerosos tracios, entre ellos a su jefe Reso, y consi­guen apoderarse de los famosos caballos de éste, más blancos que la nieve y más velo­ces que el viento. En la Ilíada, Reso, que para Homero es hijo de Eioneo, no llega a intervenir activamente en el episodio, pues muere a manos de Diomedes mientras está dormido y antes de que su personalidad pueda manifestarse.

En la tragedia, la aven­tura se articula y desarrolla según las exi­gencias de la fábula dramática, y Reso adquiere fisonomía propia: antes de su apa­rición en escena, es descrito por un pastor, que refiere, admirado y medroso, su llegada. Su esplendoroso ejército, digno de la va­lentía de su jefe, anuncia los proyectos demasiado ambiciosos de Reso: aunque re­conoce que ha llegado tarde a Troya, ase­gura que en un solo día hará lo que Héctor (v.) no logró en diez años, y no sólo re­chazará a los aqueos, sino que los seguirá a la misma Grecia, llevando hasta allí la destrucción y la muerte. Tales afirmaciones no son más que ironías que el poeta de­dica a la presunción de Reso, antes de abandonarlo a la suerte de antemano deci­dida por el mito.

Para que aquélla quede más acentuada, Reso afirma, nada menos, que capturará a Ulises vivo, le matará y le arrojará a los buitres. Al cabo de poco llega Ulises con Diomedes, para poner fin a los sueños del príncipe tracio. La sobrie­dad del poema homérico, a pesar de que éste constituye en la Ilíada un episodio so­bre todo cruento y dramático, no permite apreciar el humorismo que únicamente in­siste en la oposición de griegos y troyanos, todos igualmente necios y maliciosos. La ecuación, que en Homero no existía, exclu­ye toda generosidad, lo mismo de un cam­po que de otro; y las expensas de todo ello no las paga únicamente el desdichado Reso, sino también otros personajes, tradicionalmente nobles, como Héctor, que es asimilado a aquél, en lugar de dejarle ais­lado en su fácil comicidad.

F. Codino