Santa Oliva

En la leyenda es la santa que, para sustraerse al amor de su padre, se cortó las manos y, en otra oca­sión, fue acusada por su madrastra de ha­ber dado a luz un monstruo. Es una de las heroínas predilectas de los misterios me­dievales y como tal aparece en el Auto de Santa Oliva (v.) y, bajo el nombre de Hermiónides, en la Comoedia sine nomine (v.). Criatura típica de la Edad Media, realiza el verdadero milagro de atravesar tantas monstruosidades sin perder la gracia ni la amabilidad.

No es sólo la mujer per­seguida e injustamente acusada, como Ge­noveva de Brabante, sino que lleva hasta el extremo la defensa pasiva de la virtud femenina, iniciando voluntariamente la des­trucción de su propio ser. En la no resistencia al mal propia de las heroínas que la sucederán hasta Clarisa Harlowe (v.) y aún más allá, hay siempre una incons­ciente coquetería: la opresión las hace más’ fúlgidas y atractivas. Pero Santa Oliva, más mujer que aquéllas, tiene, además, el don de su santidad, lo sabe y decididamen­te se enfrenta con la fascinación de la desgracia, mutilándose para hacerse repug­nante. Y si en este rasgo se quiere ver aún una coquetería de gran personaje, que sabe superar el horror con la suavidad, hay que reconocer al menos que se trata de una coquetería rayana en lo sublime.

U. Déttore

Santa Brígida

[Heliga Birgitta]. San­ta Brígida (nacida hacia 1303, muerta en Roma el 23 de julio de 1373 y canonizada el 3 de octubre de 1391), fundadora de la orden de las Brigidinas, es una de las per­sonalidades más notables de la historia medieval de Suecia, así como una de las figuras más relevantes de la vida religiosa de su época.

En sentido lato, desempeña también un papel en la literatura por sus Revelaciones (v.). Su personalidad, además de estimular la diligencia de los eruditos, ha dado también pie a la fantasía de al­gunos poetas, como V. von Heidenstam (1859-1940) que la hizo protagonista de un relato, La peregrinación de Santa Brígida (v.). Brígida es una de aquellas santas gue­rreras que incluso la tradición hagiográfica representa con la espada en la mano y los ojos llameantes.

Voluntariosa, inflexible e inexorable en su acción para remover el ambiente que la rodea (la Roma de los primeros tiempos del Renacimiento) y para imponerse a sí misma el heroico ideal de santidad y perfección a que su fanática abnegación la impulsa y que la lleva a sacrificar la felicidad terrenal, la riqueza y los afectos familiares, la Santa, una vez lograda la anhelada victoria, se transfigura, pero en su nueva humildad y serenidad es­piritual hay quizá más humanidad y digni­dad estoicas que simple espíritu cristiano.

M. Gabrieli

Sansón Carrasco

Uno de los más importantes — y aun, según Unamuno, el más importante — de los personajes secun­darios del Quijote, de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616).

El bachiller Sansón Carrasco, hombre amable y alegre, estu­dioso de Aristóteles y lleno de fe en la infalibilidad de sus sistemas de lógica y de estética, tan robusto de alma y de cuer­po como el héroe cuyo nombre lleva, es un sincero amigo de Alonso Quijano el Bueno (v. Quijote). Incapaz de compren­der la sublimidad de una creación poé­tica cual es la vida espiritual del Caba­llero de la Triste Figura, criatura de puro sentimiento, Sansón Carrasco vive, como los demás, la tragedia de la incomprensión. Y la vive con tanta mayor gravedad cuanto él es el único que razona según un preciso sistema de antemano determinado.

Además, como su incomprensión le hace considerar que la creación poética es una locura, es el más implacable enemigo de don Quijote. Sansón Carrasco aparece en el umbral de la Segunda Parte de la obra. De regreso a su lugar — aquel lugar «de cuyo nombre no quiero acordarme» — lleva a él el eco del estrepitoso éxito que la Historia de don Quijote ha logrado en el mundo. En un memorable diálogo con el protagonista, ex­pone todas las críticas más o menos necias y más o menos sinceras que acompañan el triunfo del libro. Con pocas palabras, se­rias, sensatas y llenas de lógica a pesar de que en ellas asomen intenciones a veces burlonas, él mismo condena todas aquellas habladurías. Pero automáticamente asume también la postura de críticos de uno de aquellos críticos cultos, inteligentes y agu­dos a quienes falta lo esencial para apre­ciar una obra de arte, o sea la capacidad de verla como tal y de considerar la crí­tica como un acto en el cual se revive la pasión del autor.

A Sansón Carrasco le fal­ta el amor hacia el personaje. Pero si al­guien se lo dijera, sin duda se quedaría sorprendido y molesto: él ama profunda­mente a Alonso Quijano y cree amar a don Quijote. Y precisamente porque le ama — a su manera, se entiende —, quiere cu­rarle de su locura. En realidad, cuando los amigos y parientes se dan cuenta de que don Quijote es, más que nunca, víctima de su idea fija, inventa una manera de hacerle recobrar la cordura. Anima al ca­ballero a reemprender su vida de aventu­ras y luego él, a su vez, se disfraza de guerrero con la intención de desafiarle, ven­cerle y obligarle a renunciar a las empresas caballerescas. Don Quijote posee un tan alto sentido del honor que sin duda no faltará a su juramento.

Pero la primera tentativa de Carrasco está a punto de ter­minar trágicamente. El caballo en que mon­ta el Caballero de los Espejos contribuye a que sea derribado el bachiller con su bri­llante armadura. Don Quijote no tarda en arrojársele encima y sólo por milagro la cosa se resuelve sin derramamiento de san­gre. La segunda tentativa es un triunfo para el caballero de la Blanca Luna, últi­mo disfraz de Sansón. El héroe manchego es vencido, presta el juramento que se le impone y regresa aniquilado a su tierra. Aquello que para Sansón y para los razo­nadores como él no fue más que una car­navalada, es en realidad una tragedia. La derrota es la muerte de don Quijote, de Dulcinea (v.) y de todo un mundo. Alonso Quijano —que no es más que el revesti­miento carnal de la más insigne creación poética — desaparecerá poco después, tras haber cumplido su misión.

A la luz del sistema ideológico del poema cervantino, Sansón Carrasco aparece como lo racional en lucha contra lo irracional, el sistema de la lógica contra la encarnación del senti­miento puro. La lucha es fatal, porque la realidad de don Quijote es para el aristo­télico bachiller la negación de la realidad. Frente a la razón que organiza su defensa, el sentimiento puro, intangible, eterno y, como tal, imposible de suprimir, puede ver truncadas sus concreciones exteriores. La razón que ignora el sentimiento prevalece — en el mundo — contra el sentimiento que prescinde de la razón. Mientras su espíritu esté libre, don Quijote no puede caer: la realidad «verdadera» es aquella que. él mis­mo se ha creado. Pero en el preciso instan­te en que el espíritu cae prisionero, don Quijote, que vivía de libertad y de autodeterminación, muere. La victoria de San­són Carrasco es la máxima derrota, por cuanto se resuelve en una negación de los valores máximos del espíritu. El bachiller fracasa como crítico de la obra de arte y como personaje: en uno y otro caso porque ignora el amor en su verdadera entidad, y por lo mismo desconoce la poesía pura.

R. Richard

Sansón

En la tragedia Sansón Agonista (v. San­són), de John Milton (1608-1674), el héroe bíblico se convierte en un trasunto del propio poeta, obligado, ahora que está cie­go y enfermo, a contemplar el fracaso de sus ideales políticos y la persecución de aquellos que, como él, fueron ardientes republicanos y seguidores de Cromwell.

Las desventuras matrimoniales de Milton hallan un eco en su diálogo con Dalila que va a verle a la cárcel para obtener su perdón y reconciliarse con él, pero que una vez más le deja ver en toda su desnudez «su pérfida alma. Aparte estos elementos auto­biográficos, el Sansón de Milton es un per­sonaje dramático por sí mismo y corres­ponde grandiosamente al héroe bíblico, que, al verse forzado a obedecer a los jefes filis­teos que quieren alegrar una fiesta en ho­nor de su dios Dagón (v. Baal) con es­pectáculos atléticos, causa la muerte de todos los reunidos, derribando las columnas del edificio en que la fiesta se celebra.

Re­cobrando la energía y la fuerza perdidas con un sacrificio útil a la patria y en una afirmación tan vigorosa como desesperada de su propio ser, la figura de Sansón da testimonio de la fe de una alta conciencia, que no se doblega ni ante la desventura ni ante el poder de los grandes.

E. Allodoli

Sansón

[Šimsōn]. Personaje bíblico cu­ya historia se narra en el libro de Los Jue­ces (v.). Una fresca oleada de brío, un sa­broso gusto a comicidad y a aventura, y una pueril participación en el triunfo del bien atraviesan, en límpida vena, las páginas del relato bíblico.

El fondo histórico y literario es de los más sombríos, por la densidad de las amenazas, por la crudeza de las costumbres y por la gravedad de la crisis religiosa interior; pero el alma po­pular sabe individualizar también a su héroe preferido, que resuelve problemas y situaciones con luminosa elementalidad. Di­ríase que Sansón es el protagonista de una novela picaresca o se le compararía de buen grado con el Hércules (v.) del mito pagano o el San Cristóbal de la le­yenda cristiana, si la neta delimitación del ambiente y la precisa índole del relato no nos lo impidieran. Pero lo que no es lí­cito hacer desde el punto de vista de la historia, es sin duda legítimo en el plano relativo del arte.

Por ello Sansón se nos presenta, en un cuadro lleno de color, con todas las notas del héroe popular: prestan­cia física y generosidad de muchacho; ale­gre campechanía, pero también temible im­petuosidad y despreocupado humorismo. Hay que acercársele con circunspección, porque jamás se sabe qué es capaz de hacer aquel gigante: es inagotable. Y como es natural no falta tampoco la mujer, antes al contrario, domina con su peso de sen­sualismo, pero también como don de genti­leza y objeto de tierna bondad. Sobre todo, está el «elevado ideal» nacional y religio­so: no adormecido, ni comprometido, ni teórico, sino constantemente vivo y con­creto y extrañamente mezclado a las aventuras y miserias de la propia vida del héroe. Así, el muchacho que en otro tiem­po fue consagrado a Yahvé con el voto del nazareato, apenas, ya en la adolescencia, ve una mujer filistea, se enamora de ella y la quiere para sí. Ante el ímpetu de su pasión nada valen los escrúpulos ni los razonamientos paternos.

Sansón es hombre decidido e inmediato: «Dámela, porque me gusta». A lo largo del camino ha abierto la cabeza a un león, como si fuera un cabrito; luego ha encontrado miel silves­tre, y ahora, con pueril aire triunfador, compone con aquellos elementos una adi­vinanza para los comensales de su boda. Pierde (pero siempre es la mujer la que le vence); y por lo demás, poco importa, pues treinta filisteos, a quienes da muerte y despoja, pagan hoy por él. Mañana, cuan­do aquella mujer, verdaderamente amada, ya no será suya, llegará el momento de incendiar las mieses con las colas de las zorras. Naturalmente Sansón es un hombre aislado, y por ello los suyos, aunque le vean con simpatía, le tienen cierto miedo y acaban entregándole al común enemigo. No importa: Sansón sabrá salir del paso una vez más con tranquila desenvoltura.

Diríase que el propio Yahvé tiene para con él la indulgencia de un padre para con su hijo; y cuando, tras la agotadora batalla con mil adversarios, «se muere» de sed, hace manar para él agua de la piedra de Lehi, y Sansón «bebe de ella y se siente resucitar». En Gaza creen tenerle ya pri­sionero en casa de la meretriz donde tran­quilamente ha entrado; pero por la noche se escapa no menos tranquilamente, lleván­dose en hombros los batientes y el quicio de la puerta de la ciudad. Finalmente llega la hora de su derrota, perpetrada por la mujer a quien «ha descubierto su corazón»: Dalila (v.), la astuta encarnación del he­chizo femenino que siempre le ha vencido y traicionado. Capturado, cegado y obli­gado a dar vueltas a la piedra de un molino, el que en otro tiempo fuera alegre aventu­rero, el altivo reivindicador de los derechos de Israel, no es más que un sombrío mon­tón de carne de ojos vacíos.

Pero en la dura prueba Sansón se recobra — recobra sus fuerzas y su valor que le vienen de Dios — y, liberándose de ataduras exterio­res, se completa y se expresa en toda su grandeza. Su último gesto nada tiene de cómico: es el final trágico pero triunfante, es el supremo recurso de un indómito hé­roe. Así, ese pecador creyente, ese cuerpo atlético dotado de tanta alma, es símbolo de una humanidad, rica en juventud y en ideales, y fruto de un arte que tiene valor de universalidad.

E. Bartoletti