En la leyenda es la santa que, para sustraerse al amor de su padre, se cortó las manos y, en otra ocasión, fue acusada por su madrastra de haber dado a luz un monstruo. Es una de las heroínas predilectas de los misterios medievales y como tal aparece en el Auto de Santa Oliva (v.) y, bajo el nombre de Hermiónides, en la Comoedia sine nomine (v.). Criatura típica de la Edad Media, realiza el verdadero milagro de atravesar tantas monstruosidades sin perder la gracia ni la amabilidad.
No es sólo la mujer perseguida e injustamente acusada, como Genoveva de Brabante, sino que lleva hasta el extremo la defensa pasiva de la virtud femenina, iniciando voluntariamente la destrucción de su propio ser. En la no resistencia al mal propia de las heroínas que la sucederán hasta Clarisa Harlowe (v.) y aún más allá, hay siempre una inconsciente coquetería: la opresión las hace más’ fúlgidas y atractivas. Pero Santa Oliva, más mujer que aquéllas, tiene, además, el don de su santidad, lo sabe y decididamente se enfrenta con la fascinación de la desgracia, mutilándose para hacerse repugnante. Y si en este rasgo se quiere ver aún una coquetería de gran personaje, que sabe superar el horror con la suavidad, hay que reconocer al menos que se trata de una coquetería rayana en lo sublime.
U. Déttore

