Sansón

[Šimsōn]. Personaje bíblico cu­ya historia se narra en el libro de Los Jue­ces (v.). Una fresca oleada de brío, un sa­broso gusto a comicidad y a aventura, y una pueril participación en el triunfo del bien atraviesan, en límpida vena, las páginas del relato bíblico.

El fondo histórico y literario es de los más sombríos, por la densidad de las amenazas, por la crudeza de las costumbres y por la gravedad de la crisis religiosa interior; pero el alma po­pular sabe individualizar también a su héroe preferido, que resuelve problemas y situaciones con luminosa elementalidad. Di­ríase que Sansón es el protagonista de una novela picaresca o se le compararía de buen grado con el Hércules (v.) del mito pagano o el San Cristóbal de la le­yenda cristiana, si la neta delimitación del ambiente y la precisa índole del relato no nos lo impidieran. Pero lo que no es lí­cito hacer desde el punto de vista de la historia, es sin duda legítimo en el plano relativo del arte.

Por ello Sansón se nos presenta, en un cuadro lleno de color, con todas las notas del héroe popular: prestan­cia física y generosidad de muchacho; ale­gre campechanía, pero también temible im­petuosidad y despreocupado humorismo. Hay que acercársele con circunspección, porque jamás se sabe qué es capaz de hacer aquel gigante: es inagotable. Y como es natural no falta tampoco la mujer, antes al contrario, domina con su peso de sen­sualismo, pero también como don de genti­leza y objeto de tierna bondad. Sobre todo, está el «elevado ideal» nacional y religio­so: no adormecido, ni comprometido, ni teórico, sino constantemente vivo y con­creto y extrañamente mezclado a las aventuras y miserias de la propia vida del héroe. Así, el muchacho que en otro tiem­po fue consagrado a Yahvé con el voto del nazareato, apenas, ya en la adolescencia, ve una mujer filistea, se enamora de ella y la quiere para sí. Ante el ímpetu de su pasión nada valen los escrúpulos ni los razonamientos paternos.

Sansón es hombre decidido e inmediato: «Dámela, porque me gusta». A lo largo del camino ha abierto la cabeza a un león, como si fuera un cabrito; luego ha encontrado miel silves­tre, y ahora, con pueril aire triunfador, compone con aquellos elementos una adi­vinanza para los comensales de su boda. Pierde (pero siempre es la mujer la que le vence); y por lo demás, poco importa, pues treinta filisteos, a quienes da muerte y despoja, pagan hoy por él. Mañana, cuan­do aquella mujer, verdaderamente amada, ya no será suya, llegará el momento de incendiar las mieses con las colas de las zorras. Naturalmente Sansón es un hombre aislado, y por ello los suyos, aunque le vean con simpatía, le tienen cierto miedo y acaban entregándole al común enemigo. No importa: Sansón sabrá salir del paso una vez más con tranquila desenvoltura.

Diríase que el propio Yahvé tiene para con él la indulgencia de un padre para con su hijo; y cuando, tras la agotadora batalla con mil adversarios, «se muere» de sed, hace manar para él agua de la piedra de Lehi, y Sansón «bebe de ella y se siente resucitar». En Gaza creen tenerle ya pri­sionero en casa de la meretriz donde tran­quilamente ha entrado; pero por la noche se escapa no menos tranquilamente, lleván­dose en hombros los batientes y el quicio de la puerta de la ciudad. Finalmente llega la hora de su derrota, perpetrada por la mujer a quien «ha descubierto su corazón»: Dalila (v.), la astuta encarnación del he­chizo femenino que siempre le ha vencido y traicionado. Capturado, cegado y obli­gado a dar vueltas a la piedra de un molino, el que en otro tiempo fuera alegre aventu­rero, el altivo reivindicador de los derechos de Israel, no es más que un sombrío mon­tón de carne de ojos vacíos.

Pero en la dura prueba Sansón se recobra — recobra sus fuerzas y su valor que le vienen de Dios — y, liberándose de ataduras exterio­res, se completa y se expresa en toda su grandeza. Su último gesto nada tiene de cómico: es el final trágico pero triunfante, es el supremo recurso de un indómito hé­roe. Así, ese pecador creyente, ese cuerpo atlético dotado de tanta alma, es símbolo de una humanidad, rica en juventud y en ideales, y fruto de un arte que tiene valor de universalidad.

E. Bartoletti