Personaje de la obra de su mismo nombre de la escritora francesa Gabrielle- Sidonie Colette (1873-1954). Sido es la madre de la escritora, a quien sólo su marido tenía derecho a llamar por este extraño nombre.
Sido era un milagro de equilibrio, de sentido de rectitud y de bondad. Colette revive su infancia pueblerina de Saint- Sauveur, en el Yonne, junto a su incomparable y encantadora madre. Nacida en París, Sido tenía apego a su casa provinciana que casi nunca abandonaba y que dirigía con un celo mezclado de fantasía. Sido supo transmitir a Colette su amor a la provincia «si por provincia no se entiende solamente un lugar, una región alejados de la capital, sino un espíritu de casta, una pureza obligatoria de costumbres; el orgullo de vivir en una casa antigua, honorable, cerrada por todas partes, pero que puede abrirse en todo momento sobre sus graneros aireados, su pajar repleto, sus dueños moldeados al uso y a la dignidad de su morada».
Como verdadera provinciana, Sido tenía muchas veces los ojos de su alma fijos sobre París. Cada dos años aproximadamente iba a la capital. En una semana había visitado la momia exhumada, el museo ampliado, los nuevos almacenes, y asistido a un concierto. Traía de allí un abrigo modesto, unas medias para casa y unos guantes muy caros y sobre todo su mirada gris revoloteadora, su cutis sonrosado, preocupada por todo lo que, sin ella, perdía el calor y el gusto de la vida. Con un gesto, con «Una mirada volvía a adueñarse de todo. El sentido crítico brotaba en Sido «vigoroso, versátil, cálido y alegre como un lagarto joven». Ágil, inquieta y minuciosa, cuando limpiaba mucho rato y con todo cuidado sus tazas de porcelana china se sentía envejecer.
Cuando alcanzaba cumplidamente el final de su tarea bajaba al jardín. En el acto desaparecían su excitación tristona y su rencor. Toda presencia vegetal obraba sobre ella como un antídoto. Su jardín la encantaba; en él seguía amorosamente el crecimiento de cada planta, sin preocuparse demasiado por las cerezas que los mirlos le robaban: «tenía una manera extraña de levantar las rosas por la barbilla para mirarlas en plena cara». A Sido no se le escapaba ninguna señal de las que a la gente del campo les ayuda a echar pronósticos: «Va a helar, la gata baila…»; o « ¡Tres pieles sobre la cebolla! Es señal de invierno riguroso». Sido supo comunicar a Colette su amor por los animales y las plantas. Todos los cariños de la familia convergían en Sido. «Mi duodécimo año — escribe Colette — vio llegar la mala suerte, las despedidas, las separaciones.
Reclamada por unos heroísmos cotidianos y secretos, mi madre perteneció menos a su jardín, a su última hija». En el jardín dejó Colette a su madre cuando tuvo que abandonar al mismo tiempo la felicidad y su más tierna edad. «Allí la he vuelto a ver, sin embargo, un breve minuto en la primavera de 1928. Inspirada y con la frente alta, creo que en este mismo lugar convoca y recoge aún los rumores, los hálitos y los presagios que acuden a ella, fielmente, por los ocho caminos de la rosa de los vientos». J.
M.a Pandolfi

