Solimán

[Solimano]. Personaje de La Jerusalén libertada (v.), que Torquato Tas- so (1544-1595) tomó del historiador de la Cruzada, Guillermo de Tiro, difundiendo con datos históricos reminiscencias de la poesía clásica y caballeresca, particular­mente algunos rasgos del Mesenzio virgiliano.

Sultán de Nicea, Solimán ha perdido el reino por obra de los cristianos: aunque fugitivo, no se arredra, sino que intenta reunir nuevas fuerzas y al frente de los bandidos árabes recorre Palestina y los te­rritorios vecinos, causando graves daños a los cruzados. Destruye el pequeño ejército de Sveno y ataca de noche el campamento cristiano, pero es. rechazado y ve disolverse sus mesnadas. Herido, huye del campo de batalla, pero milagrosamente el mago Ismeno le lleva a Jerusalén donde, a porfía con Argante (v.), prodiga sus fuerzas en defen­sa de la ciudad. Desde la ciudadela, donde con escasas tropas ha quedado encerrado tras la caída de Jerusalén, contempla la última batalla entre cruzados y egipcios: seguido de unos pocos se precipita en la refriega y, tras haber derribado a muchos adversarios, sucumbe a su vez a manos de Rinaldo (v.).

Solimán es una de las figuras más originales de La Jerusalén libertada, no tanto por su fuerza, demasiado ostentosa, ni por su inmenso orgullo y bárbara ferocidad, como por la congoja de su es­píritu, que va de derrota en derrota, sin confesarse jamás vencido a pesar de pre­sentir la vanidad de todos sus esfuerzos. Tasso insiste sobre sus rasgos exóticos, en­volviéndole en un halo oscuro y pavoroso (Solimán combate casi siempre de noche y parece desconocer las leyes de la caballe­ría), pero siente una gran simpatía por el secreto tormento de aquella criatura de gigantescas fuerzas y alma invicta, una más entre los personajes de aquel poema heroico y grandilocuente de la «áspera tra­gedia del ser humano» que es La Jerusalén libertada.

M. Fubini

Soledad

Personaje del drama del mis­mo nombre del gran escritor español Mi­guel de Unamuno (1864-1936). Soledad es una madre rota por la muerte del único hijo que tuvo de su esposo Agustín, un famoso dramaturgo. El retrato del hijo y el caballo de cartón, que fue su último juguete, llenan la escena colmándola de tragedia, rasgando la obscuridad en la que se mueven, o mejor, hablan los personajes.

Soledad sabe que para vivir hay que ol­vidar, que la vida es olvido, que «hay que hacer hueco para lo venidero… hay que ca­var…», porque «el recuerdo es muerte, es tierra. Sobre todo si es recuerdo de muer­te». Agustín también sufre la pérdida del hijo, pero trata de elevar, de depurar, de sublimar su pena convirtiéndola en crea­ción literaria, en consuelo para los demás, en definitiva, en literatura, como observa su esposa. Ella, en cambio, vive en radical soledad junto al retrato y al caballo de cartón de su hijo. Soledad está celosa de Gloria, la actriz que suele encarnar las mu­jeres que para el teatro crea Agustín, y por eso empuja a su esposo a la política, que es acción de verdad y no ficción de ella como el teatro. En realidad no son ce­los.

La causa estriba — como comprende Agustín — en que «su corazón de madre es una tumba. No habla sino de tierra. Casi todos los días va a la que le arropa a él. Y muchos de ellos me lleva allá». Y Agus­tín se entrega a la política con todo el fervor de su carácter eminentemente so­ñador porque tiene vergüenza de que su dolor no sea como el de Soledad, de que el arte le acorche el corazón, de hacer lite­ratura con su dolor. Soledad quiere a Agus­tín para ella sola, por eso no quiere que le admiren. Lo quiere para ella sola y para su recuerdo, para su amor muerto. Soledad quiere que Agustín viva y la haga vivir… y que así llene su vacío, por eso le pide: «¡Haz un pueblo y déjate de dramas; haz un pueblo! Y aunque en él no hayan de vivir hijos nuestros… ¡Haz un pueblo y viviremos en él! Llena este vacío…».

Sole­dad quiere arrancar a su marido de los brazos de la gloria literaria, de lo que se le antoja ficción y embuste, pero Agustín fracasa en la política; Soledad «no conocía ese lóbrego mundo de miserias, de cobar­días, de rebajamientos, de abyección…», Agustín tiene que estar escondido en su propia casa, pues la policía le busca para prenderle. Su madre, Sofía, está casi pa­ralítica y chochea. El drama se hace cada vez más. intenso. El sueño de Soledad es irrealizable. Agustín no podrá llenar el vacío de la muerte del hijo haciendo un pueblo. Desde la muerte de su madre y su prisión, Agustín lo ve todo «como en niebla: Lo que me pasó… el teatro… mi diputación… aquella campaña… la conspi­ración… Gloria… Pablo… Enrique… mi ma­dre… nuestro hijo… todo como un sueño… pero sin dormir…».

Más aún, no sabe si sueña a Soledad, la única persona de carne y hueso que está a su lado. Agustín lleva ya meses sin dormir y su esposa le can­tará y brezará para que duerma. La tensión del drama va en continuo aumento. Es una carrera desenfrenada en pos de la vida, de algo que llene el vacío que ha dejado la muerte del hijo. Agustín se acuerda del terrible Cristo yacente de la iglesia de La Cruz, de Palencia. Y mientras recita los versos unamunianos de extraordinaria den­sidad poética y profunda emoción humana, se hace niño, se transforma en hijo de So­ledad. Pero el Cristo al que recuerda no es el Cristo de Velázquez, de abundosa ca­bellera negra, de blanco cuerpo, el Cristo triunfador de la muerte.

No es este Cristo, sino el Cristo yacente de Santa Clara: ’ «in­mortal como la muerte» y que por lo tan­to «no resucita. ¿Para qué? No espera / sino la muerte misma… De su boca entre­abierta, / negra como el misterio indesci­frable, fluye / hacia la nada, a la que nun­ca llega, / disolvimiento. / Porque este Cristo de mi tierra es tierra». Y Agustín quiere dormir en el regazo de Soledad por­que «Dormir, dormir, dormir…, es el des­canso / de la fatiga eterna». Este «Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto; / Cristo que, pues que duerme, nada espe­ra… este Cristo de mi tierra es tierra», como tierra es Soledad, aunque tierra viva: «Pero tu regazo, Sol, Soledad, no es tierra, es carne, sí, carne palpitante de vida… Tierra, sí, pero tierra viva, mi tierra…

Dormir sobre ella, sobre tu carne, Sole­dad…». Agustín lucha por dormir y poder liberarse del dolor del pensamiento. Tiene ya perdida la partida de antemano. Pre­tende escapar a la certeza que ya posee Soledad, quiere evitarla, por eso sigue cre­yendo que la tierra «es matria, matria como tú, Soledad de mi vida, matria… madre… madre… La tierra es carne…». Pero Sole­dad sabe bien que la carne es tierra… ba­rro… que «todo no es más que tierra; / todo no es sino nada, nada, nada… / y he­dionda nada que al soñarla apesta!» Y esta suprema verdad «Es lo que dice el Cristo, pesadilla; / porque este Cristo de mi tierra es tierra». Para Agustín, Soledad es todavía luz y calor, carne y tierra, Sol y Soledad; es su todo, ya le basta ella, no quiere amigos… no quiere pueblo ni pú­blico.

Agustín no quiere la patria celestial, el reino de Dios. Anhela tan sólo la patria terrenal, el reino del hombre, su reino, la tierra, la carne. Soledad es su patria y su última tierra. El drama parece alcanzar un final feliz. Agustín y Soledad ya no son marido y mujer; se han convertido en madre e hijo: «eres mi madre, mujer. Tu hijo no murió…». Soledad se queda con él para siempre: «para siempre… Y te sien­to aquí, en la cabeza, en mi escenario… siento tu calor… siento tu lumbre, Sol… Tengo llena de Sol la cabeza, y es la luz que me sube a ella de tus entrañas, Sole­dad, Soledad de carne… Soledad de tierra… de tierra viva… Qué dulce almohada de tierra viva para dormir por siempre… siempre… Cántame, Soledad, acúname…».

So­ledad — la esposa convertida en madre — le acuna mientras Agustín le pide su mano de tierra, de carne, de Dios, su ancla de salvación. Agustín siente que viene el sue­ño, el descanso. Las últimas palabras de Soledad, con las que se cierra el drama, son terriblemente reveladoras: «Me quedo aquí, mi hombre, contigo y con él… para siempre… para siempre… duerme, hijo mío, duerme… duerme… hijo mío, duerme… duerme…». «Contigo y con él»: Soledad llama a Agustín hijo suyo, pero sabe bien y lo sufre en lo más hondo de su ser, que su hijo, el inmortal, ha muerto. Su retrato y su caballo de cartón son más fuertes que cualquier sueño.

El hijo de ella y de Agus­tín ha muerto. Soledad ha vivido desde en­tonces en radical, vacía soledad. Su cora­zón está obscuro y frío. Ha pretendido lle­nar este vacío alejando a su esposo de los escenarios, para atraérselo aún más. Ha pensado, o mejor, soñado, que dedicándose a la política y haciendo un pueblo llenaría el hueco. Pero todo ha sido inútil, inclu­sive la conversión del esposo en hijo. Todo en vano. Los personajes teatrales de Unamuno son, como dice cierto crítico, «fi­guras vistas por dentro, en la viva realidad de su íntimo ser, como un naturalismo ver­dadero y hondo que no se pierde en la fácil copia de lo externo», personajes que «podrían hablar en la obscuridad».

Los per­sonajes teatrales de Unamuno, como todos los suyos, viven inquietos y anhelantes en perpetuo estado de zozobra; hablan desde la obscuridad con paradojas y antítesis, con frecuentes exclamaciones, en un len­guaje brusco y lleno de aceradas aristas. El teatro de Unamuno tiene un gran in­terés humano como toda la obra de este autor, aunque dentro de ella ocupa un puesto secundario porque es — como dice Marías — un esquema parcial y abstracto de algunas de las condiciones que el teatro debería tener.

J. M.ª Pandolfi

Doña Sol

Personaje de la novela Sangre y arena (v.), de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Es la mujer fatal, la encarnación de la maldad, el ánfora cuyos flancos no contienen sino males y desven­turas.

Gran dama, habituada a la vida fá­cil y refinada de la alta sociedad europea antes de la primera guerra mundial, doña Sol ha pasado por todos los teatros, se ha aburrido en las mundanas logomaquias de las «garden-parties», y es natural que la atraigan los toriles sevillanos donde los hombres ignoran los cerebralismos que in­toxican las relaciones entre los sexos y donde parecen predominar más bien las almas vegetativas y sensitivas que las intelectuales. El ansia de contraste la hace vibrar como un arpa, pero su abandono nunca es lo bastante completo para hacerle olvidar que para encontrar a Gallardo ha debido bajar un peldaño.

Doña Sol vuelca sobre el joven torero toda su lujuria, pero no le concede más derechos que al caba­llo que la lleva en sus grupas. Y prefe­riría incluso que Gallardo oliera a caballo que a los perfumes de que tan generosa­mente se rocía. El tuteo que le concede es el que la aristocracia ha dado siempre a los toreros, aceptando empero de éstos el respetuoso tratamiento de quien ha nacido en humilde cuna y sólo por su valor o por azar ha alcanzado la fama y el dinero. Por ello doña Sol se irrita cuando Gallardo se cree autorizado a tratarla con familiaridad y a mostrarse celoso. Su alejamiento no puede, pues, ser más lógico.

Doña Sol vuelve a su mundo y a su gente, culpando de su pasada locura al ardiente sol de Es­paña, que se le ha subido a la cabeza como el vino. Y cuando vuelve a la plaza donde Gallardo, deprimido por su abandono, ha perdido el dominio de sus nervios y el favor del público, doña Sol no lleva ya peineta y mantilla, sino sombrero a la moda francesa, y en sus ojos no hay más que la fría curiosidad de quien admira sin com­prender. Por ello la muerte de Juan Ga­llardo en el coso no le arranca ni una lágrima. No es más que un torero que du­rante algún tiempo le gustó.

F. Díaz-Plaja

Sofonisba

Dama cartaginesa, hija de Asdrúbal, fue esposa de Sifax y, cuando éste fue vencido por los romanos, de Masinisa. El primero que la menciona es Tito Livio (v. Desde la fundación de Roma).

En­tre los muchos escritores que en todas las épocas se inspiraron en su trágica suerte (v. Sofonisba), el mejor fue Petrarca (1304-1374), en su «Triunfo de amor», II, vv. 37- 87 (v. Triunfos) y en el quinto libro de su África (v.), donde hace revivir su fi­gura. Verdaderamente regia de aspecto y de porte, Sofonisba se presenta desde el primer momento a Masinisa, que ha entra­do en el palacio, ávido de venganza. Se adelanta silenciosa con lento paso: el oro de sus cabellos, la blancura de su tez y el fulgor de su veste de púrpura armonizan admirablemente con la riqueza que la ro­dea. Luego se detiene: sólo el centelleo de sus ojos humedecidos por el llanto reciente y el ligero jadeo de su pecho dan señal de vida. Es bella y altiva y se diría que ella, la vencida, es la vencedora. Ni aun cuando se inclina para abrazar las rodillas del rey, pierde su regia compostura.

Habla en voz baja, sin gritos, sin serviles lamen­tos: no pide la vida, sino una muerte digna. Y sabe llegar al corazón del enemigo al augurarle una larga y feliz existencia. Llo­ra en silencio, no por humildad, sino por­que tiene compasión de sí misma y de su juventud destinada a terminar demasiado pronto, ya que para ella, vencida, «la única vida es la muerte». Una vez casada con Masinisa, no logra hallar reposo: tras los más suaves abandonos, la asalta de nuevo la idea de morir. Criatura apasionada, te­naz en el odio y en el amor, ella era quien había armado la mano de Sifax contra los romanos, y por odio a los romanos malde­cirá a Escipión (v.) y a su descendencia, e insultará a Masinisa si no rompe la alianza con aquéllos.

No es menos apasionada en el amor, y como delicadísima amante la re­cuerda Masinisa, en su triste lamento de adiós, mientras se apresta a enviarle el don fatal: el veneno que ha de darle la muerte liberadora. Sofonisba muere como una mu­jer fuerte, no por cansancio de la vida. Cuando le llevan el veneno, antes de entrar el mensajero, vacila un momento y se deja llevar por el terror, pues la vida la llama todavía. También Cleopatra (v.), como ella, hubo de darse la muerte para no ser lle­vada como esclava a Roma. Pero la reina de Egipto no tuvo la nobleza de Sofonisba: se entregó al extranjero para no perder el reino; «hembra» que no sabe renunciar a las riquezas y no «ilustre dama», como la esposa de Masinisa. Sofonisba no depone su odio ni siquiera con la muerte, «tenaz en odiar a todos los romanos, criatura im­petuosa y ‘violentus spiritus’», como la de­finió admirablemente el cantor de Lau­ra (v.).

N. Inghilleri di Villadauro

Sofonías

[Sěphanyāh]. Sofonías fue de estirpe regia y profetizó en Judea: el ím­petu de su voz resuena en tres capítulos bíblicos, pero va paralizándose poco a poco, como una vela caída cuando en ella deja de soplar el aire vital.

Su ministerio fue un ministerio de predicación: las amenazas y los lamentos penitenciales se acumulan sin más orden que el que la pasión les imprime. Pero su ira divina reaparece a veces en grandes imágenes y en graves invectivas. A los hijos de Judá, a los sacer­dotes y a los magistrados semejantes a «lobos en la noche», les grita: «Reuníos, gente indigna de ser amada», y su voz se confunde con la de Dios. Y describe para los paganos un país escuálido «como Gomorra, cubierto de espinas secas y de mon­tones de sal, y desierto para siempre». So­bre los pueblos caídos caerán los príncipes: «cuantos estaban cubiertos de plata han pe­recido».

Sobre este silencio, Sofonías hace resonar la palabra divina, lenta y absoluta: «Yo escrutaré Jerusalén con mi linterna». Toda su profecía se despliega entre dos inmensas imágenes pavorosamente indistin­tas : la ciudad en decadencia y el «dies irae»: «de la bella ciudad hará un país deshabitado y semejante a un desierto. En medio descansarán los rebaños… y el pe­lícano y el puerco espín habitarán bajo el dintel de sus puertas; se oirá chillar a los pájaros en las ventanas y a los cuervos en los arquitrabes… Y todos cuantos la atraviesen, silbarán y agitarán la mano». De las matanzas de Nínive no hay más que un paso hasta las matanzas del mundo: en el arco iris de la ira, Sofonías no admite reposo: «Se acerca el gran día del Señor… día de ira, día de tribulación y de angus­tia… día de trompetas y clarines contra las fortalezas y contra las más excelsas to­rres».

Los tiempos se aproximan, Nínive y Jerusalén, en su decadencia, se colorean de figuras apocalípticas, y más allá de los siglos consumidos, Sofonías no ve ya a los asirios ni a los judíos, o por mejor decir, los ve todos reunidos en el Juicio Univer­sal. Pero también vislumbra el día de la promesa, el pueblo mesiánico, «un pueblo pobre y humilde que pondrá su esperanza en el nombre del Señor», un prado entre dos abismos, una comunidad apostólica donde su voz podrá reposar y consolarse.

P. De Benedetti