Sofonías

[Sěphanyāh]. Sofonías fue de estirpe regia y profetizó en Judea: el ím­petu de su voz resuena en tres capítulos bíblicos, pero va paralizándose poco a poco, como una vela caída cuando en ella deja de soplar el aire vital.

Su ministerio fue un ministerio de predicación: las amenazas y los lamentos penitenciales se acumulan sin más orden que el que la pasión les imprime. Pero su ira divina reaparece a veces en grandes imágenes y en graves invectivas. A los hijos de Judá, a los sacer­dotes y a los magistrados semejantes a «lobos en la noche», les grita: «Reuníos, gente indigna de ser amada», y su voz se confunde con la de Dios. Y describe para los paganos un país escuálido «como Gomorra, cubierto de espinas secas y de mon­tones de sal, y desierto para siempre». So­bre los pueblos caídos caerán los príncipes: «cuantos estaban cubiertos de plata han pe­recido».

Sobre este silencio, Sofonías hace resonar la palabra divina, lenta y absoluta: «Yo escrutaré Jerusalén con mi linterna». Toda su profecía se despliega entre dos inmensas imágenes pavorosamente indistin­tas : la ciudad en decadencia y el «dies irae»: «de la bella ciudad hará un país deshabitado y semejante a un desierto. En medio descansarán los rebaños… y el pe­lícano y el puerco espín habitarán bajo el dintel de sus puertas; se oirá chillar a los pájaros en las ventanas y a los cuervos en los arquitrabes… Y todos cuantos la atraviesen, silbarán y agitarán la mano». De las matanzas de Nínive no hay más que un paso hasta las matanzas del mundo: en el arco iris de la ira, Sofonías no admite reposo: «Se acerca el gran día del Señor… día de ira, día de tribulación y de angus­tia… día de trompetas y clarines contra las fortalezas y contra las más excelsas to­rres».

Los tiempos se aproximan, Nínive y Jerusalén, en su decadencia, se colorean de figuras apocalípticas, y más allá de los siglos consumidos, Sofonías no ve ya a los asirios ni a los judíos, o por mejor decir, los ve todos reunidos en el Juicio Univer­sal. Pero también vislumbra el día de la promesa, el pueblo mesiánico, «un pueblo pobre y humilde que pondrá su esperanza en el nombre del Señor», un prado entre dos abismos, una comunidad apostólica donde su voz podrá reposar y consolarse.

P. De Benedetti