Dama cartaginesa, hija de Asdrúbal, fue esposa de Sifax y, cuando éste fue vencido por los romanos, de Masinisa. El primero que la menciona es Tito Livio (v. Desde la fundación de Roma).
Entre los muchos escritores que en todas las épocas se inspiraron en su trágica suerte (v. Sofonisba), el mejor fue Petrarca (1304-1374), en su «Triunfo de amor», II, vv. 37- 87 (v. Triunfos) y en el quinto libro de su África (v.), donde hace revivir su figura. Verdaderamente regia de aspecto y de porte, Sofonisba se presenta desde el primer momento a Masinisa, que ha entrado en el palacio, ávido de venganza. Se adelanta silenciosa con lento paso: el oro de sus cabellos, la blancura de su tez y el fulgor de su veste de púrpura armonizan admirablemente con la riqueza que la rodea. Luego se detiene: sólo el centelleo de sus ojos humedecidos por el llanto reciente y el ligero jadeo de su pecho dan señal de vida. Es bella y altiva y se diría que ella, la vencida, es la vencedora. Ni aun cuando se inclina para abrazar las rodillas del rey, pierde su regia compostura.
Habla en voz baja, sin gritos, sin serviles lamentos: no pide la vida, sino una muerte digna. Y sabe llegar al corazón del enemigo al augurarle una larga y feliz existencia. Llora en silencio, no por humildad, sino porque tiene compasión de sí misma y de su juventud destinada a terminar demasiado pronto, ya que para ella, vencida, «la única vida es la muerte». Una vez casada con Masinisa, no logra hallar reposo: tras los más suaves abandonos, la asalta de nuevo la idea de morir. Criatura apasionada, tenaz en el odio y en el amor, ella era quien había armado la mano de Sifax contra los romanos, y por odio a los romanos maldecirá a Escipión (v.) y a su descendencia, e insultará a Masinisa si no rompe la alianza con aquéllos.
No es menos apasionada en el amor, y como delicadísima amante la recuerda Masinisa, en su triste lamento de adiós, mientras se apresta a enviarle el don fatal: el veneno que ha de darle la muerte liberadora. Sofonisba muere como una mujer fuerte, no por cansancio de la vida. Cuando le llevan el veneno, antes de entrar el mensajero, vacila un momento y se deja llevar por el terror, pues la vida la llama todavía. También Cleopatra (v.), como ella, hubo de darse la muerte para no ser llevada como esclava a Roma. Pero la reina de Egipto no tuvo la nobleza de Sofonisba: se entregó al extranjero para no perder el reino; «hembra» que no sabe renunciar a las riquezas y no «ilustre dama», como la esposa de Masinisa. Sofonisba no depone su odio ni siquiera con la muerte, «tenaz en odiar a todos los romanos, criatura impetuosa y ‘violentus spiritus’», como la definió admirablemente el cantor de Laura (v.).
N. Inghilleri di Villadauro

