Tom Swift

Imaginario joven inventor americano, héroe de una larga serie de no­velas para muchachos: Tom Swift y su submarino, Fortaleza volante, Surtidor de petróleo, Fototeléfono, etc. [Tom Swift and His Submarine Boat, Aerial Warship, Oil Gusher, Photo Telephone], de Víctor Apple- ton (Arthur M. Winfield, 1862-1930).

Su padre, Barton Swift, fue también inventor, pero en un período arcaico, anterior a los coches sin caballos, cuando los americanos llevaban despreocupadamente nombres co­mo «Barton», al igual que llevaban barba o creían en la existencia del alma; el hijo, cuyo nombre, rostro y carácter carecen por igual de aquella pintoresca vegetación humana, nace con la Edad de la Técnica, de la cual se convierte en el héroe por exce­lencia. Dentro de un envoltorio de puras convenciones que se asemeja a una perso­na poco más de lo que el caballo de Ulises en Troya se parecía a un caballo de veras, Tom Swift, técnico, atraviesa las puertas de la literatura y se granjea una clamo­rosa popularidad.

Crece en los «salubres alrededores» de una pequeña ciudad pro­vinciana; se desarrolla convirtiéndose en «un atlético joven bien constituido… fran­co… valeroso… modesto… y de excelente carácter»; y protagoniza un convencional repertorio dramático tomado de relatos de aventuras, novelas de dos centavos y obras de Scott, Cooper y Julio Verne. De Hora­cio Alger (v.), a quien sucede como héroe favorito de los jóvenes, hereda una colec­ción mixta de virtudes y sentimientos vir­tuosos (honradez, castidad, caballerosidad, patriotismo, etc.) que posee la misma ínti­ma coherencia y el mismo peso moral que una red para el juego de ping-pong. Pero no por ser puras convenciones, sus virtudes son menos «reales»: funcionando como au­tómatas espirituales (v. Pocahontas y Evangelina), brindan a Tom Swift, como a otros héroes de la moderna América, un conve­niente sucedáneo de la moral, eximiéndole de responsabilidades de este tipo y prote­giéndolo contra la conciencia ética, con lo cual le permiten crear, en absoluta liber­tad y «sublime seguridad», para un nuevo universo en el que la moral antigua nada tiene que hacer, unas formas de excelencia características y adecuadas a aquél, pero ya no «humanas».

Sus amigos le llaman «brujo»; su «maravillosa aptitud para todo lo mecánico y científico», que hace pensar en un reflejo fisiológico, en nada se dis­tingue del genio creador. Trabajando con la «técnica» como los creadores anteriores a él trabajaban con conceptos, palabras, pinceles y piedra, obtiene objetos metálicos que acaban por convertirse en formas in­ternas de toda la civilización. Su intimidad con tales objetos — combinaciones diversas de energía y metal — es semejante a la de un campesino con su tierra y con sus bes­tias: su ritmo es el mismo, su vida me­cánica es la de él, el motor de su avión exhala para él un calor más que bovino y contesta con sus ronroneos a sus afectuosas caricias.

La necesidad, en el sentido co­rriente de la palabra, no es la madre de las invenciones de Tom Swift: ésta es el principal motivo de aquellos otros traba­jos de Hércules de la técnica con que los compatriotas de Tom Swift transformaron la primitiva «landa salvaje» de James Fenimore Cooper en la «pesadilla de aire acondicionado» de Henry Miller. Semejan­tes inventos, o sea los progresos técnicos que han llegado a ser sinónimo del voca­blo «americano», no satisfacen tanto una necesidad existente cuanto la crean por sí mismos. Serían gratuitos accesorios en el juego gratuito de un muchacho, si no fue­ran más bien los resultados, sin motivo racional y objetivo interesado, de un ciego e irresistible impulso creador; impulso, pa­ra ese héroe, de inventar objetos que no existen todavía y de «perfeccionar» o ela­borar los que existen ya.

Tom es de aque­llos «que hacen las cosas porque no pueden dejar de hacerlas, y ni ellos ni los demás comprenden por qué las cosas suceden» (Gertrude Stein). Si bien emplea la ma­teria física y aunque la convención litera­ria exige que el éxito recompense sus es­fuerzos, éstos no son ni remotamente «ma­teriales»; mejor podría definírseles como místicos. Los objetos que Tom crea o me­jora— avión, submarino, locomotora, per­foradora de petróleo, televisión, etc. — no son más que indiferentes pretextos para el ejercicio del genio (v. Augusto Dupin). La urgencia de la creación como fin en sí mis­ma es en Tom una especie de «vocación» religiosa (v. Cowperwood). Posee una ex­traordinaria «capacidad de perderse en su trabajo», y esa pérdida de sí mismo, esa extensión de persona y personalidad en un triunfante éxtasis, impersonal y sin amor, del poder, es de hecho, para un país en el que la «persona» humana ya no es más que una arcaica convención literaria (v. Her­mana Carrie) y donde la noción de la in­timidad por la «vida humana» es una exó­tica fantasía cantada por los poetas (v. Isabel Archer y Eugenio Gant), la peculiar bienaventuranza de una nueva religión na­cional.

El virtuosismo técnico de Tom — el derecho de nacimiento que heredó del pri­mordial antepasado del Muchacho Ameri­cano, Tom Sawyer (v.) —, juntamente con su estupenda aptitud para la locomoción que comparte con su contemporánea colega cinematográfica Paulina, le permiten reca­pitular a su antojo las aventuras de uno y otra, sus fugas por un pelo, sus flir­teos con los representantes de una u otra de las ya caducas condiciones humanas, y su benévola interferencia con las vidas de semejantes desdichados. Gracias a sus inventos, Tom Swift viaja hasta los extre­mos límites de la Tierra: hasta las «cuevas del hielo», hasta la «ciudad del oro», hasta el «país de las maravillas». Su sucesor, Buck Rogers, héroe del «tebeo» de su nombre, se desprende totalmente de la tierra, y renueva en el espacio interplanetario las aventuras de Tom Swift; el sucesor de Buck Rogers ha nacido ya en otro planeta y vuelve a la tierra para poner en orden su marcha.

S. Geist