Viernes

Personaje del Robinson Crusoe (v.), de Daniel De Foe (1660-1731). Viernes es un joven negro que, tras un combate infortunado, había caído en manos de una tribu enemiga y a quien Robinson Crusoe (v.) salva de la suerte reservada a los pri­sioneros por los antropófagos, para conver­tirle en su servidor y compañero. Por su parte, él también pertenece a una tribu que no desdeña celebrar sus triunfos militares con suculentos asados de los enemigos cap­turados, pero sus características somáticas europeizantes y la afabilidad de su mirada y de su sonrisa, que suavizan su robusta apariencia, parecen ya destinarle a redi­mirse de las obscuras leyes de la selva ecuatorial para realizar, bajo la guía de su salvador, su destino de hombre autén­tico.

Aunque es un hombre «natural», no está meramente entregado a la vida instin­tiva: a despecho de su desnudez material, su existencia dentro de un grupo social le ha permitido formarse ideas, afectos y sen­timientos morales, así como una concep­ción del mundo, tan elemental como se quiera, que no desaparecen frente a la edu­cación que le da Robinson, sino que se combinan curiosamente, en un feliz proce­so de acción y reacción, con las nuevas ideas y los nuevos imperativos morales y religiosos. Pero desde el momento en que escapa a las garras de la muerte, y por ende a las tinieblas morales e intelectua­les, el sentimiento moral que le domina será el de una total devoción y una apa­sionada entrega al hombre blanco, generoso y potente, que tiene en su mano el haz de rayos justicieros y sabe descubrir sin tem­blar los secretos del cielo y de la tierra.

Asociando, con ingenua y profunda intui­ción, la idea del poder a las de la verdad y de la bondad, Viernes tiene en Robinson una fe ciega y le confía su cuerpo y su alma. Enormemente sorprendido por las ad­mirables e incomprensibles cosas que llenan este extraño y misterioso mundo, Viernes sigue a su amo por todos los mares y en todas las aventuras en que aquel Ulises protestante, canoso ya, pero jamás fatiga­do, se arroja de continuo. Al lado de Ro­binson, bajo el hielo o en el calor de los trópicos, Viernes combate intrépido, y cuan­do es herido de muerte, inclina su cabeza sobre el pecho de Robinson, y así expira. De este modo, totalmente entregado a su salvador y redentor, el humilde negro vuel­ve a entrar en la gran noche silenciosa.

V. A. Scrosati

El Viejo

Protagonista de la obra El viejo y el mar (v.), del escritor nortea­mericano Ernest Hemingway (1899-1961), Premio Nobel de Literatura 1954.

Santiago es un viejo pescador cubano que hace ochenta y cuatro días que no ha cogido un solo pez. A Santiago su fe y su espe­ranza no le han fallado nunca; es la suer­te la que lo ha abandonado. El viejo pes­cador lee con entusiasmo las noticias de béisbol y sueña con leones que ha visto, en su juventud, en las resplandecientes playas de África. Manolín, el muchacho que solía pescar con él, ha sido enviado por sus padres a un bote más afortunado. En la mañana del octogesimoquinto día, el viejo sale al mar solo. Santiago concibe el mar como perteneciente al género femenino y como algo que concede o niega grandes favores y que si hace cosas perversas y terribles es porque no puede remediarlo. El viejo piensa que quizás hoy tenga suer­te porque cada día es un nuevo día. Santiago es muy habilidoso en su oficio.

Man­tiene los sedales más rectos que nadie, «de manera que a cada nivel en la tiniebla de la corriente había un cebo esperando, exac­tamente donde él quería que estuviera para cualquier pez que pasara por allí». «Cuando venga la suerte — piensa Santiago — estaré dispuesto». Y ésta llega. En el – más pro­fundo de sus anzuelos, coge a un gigan­tesco pez, que representa su fortuna. Su sedal es fuerte y resistente y visto que no puede mover al pez un solo centímetro, lo sostiene contra su espalda hasta que está tan tirante que suelta gotas de agua. Luego el sedal empieza a hacer un lento sonido de siseo en el agua, y el bote em­pieza a moverse lentamente hacia el Nor­oeste. Por el resto de ese día, por esa no­che y por todo el día y la noche siguiente, el pez remolca el bote. Santiago piensa que para tirar así tiene que ser un pez de «mar­ca mayor». Le gustaría observarlo aunque sólo fuera una vez, para saber con quién tiene que vérselas.

Siente lástima por el gran pez que ha enganchado. Piensa en el mérito de su adversario y se pregunta si será un pecado matarlo. Jamás ha cogido un pez tan fuerte. El viejo se alimenta de pescados crudos, casi no duerme, el sedal le corta las manos. Antes, Santiago había sido muy fuerte, lo llamaban «el campeón». Ahora piensa en si el gran Joe Di Maggio resistiría tanto tiempo con un pez como él resiste. El viejo se encuentra solo y echa de menos a Manolín. Por fin, el sedal se levanta lenta y firmemente, y aparece en el mar una combadura, frente al viejo, y el pez, de dieciocho pies de largo, sale a la superficie «interminablemente», brillan­te a la luz del sol, chorreándole el agua por los costados. Ahora, solo y fuera de la vista de la tierra, el viejo pescador de ojos alegres e invictos está sujeto al más grande pez que ha visto jamás: Santiago no es religioso, pero promete hacer una peregrinación a la Virgen del Cobre si pes­ca al pez, y empieza a decir mecánicamen­te las avemarias. Sus manos están seria­mente heridas, casi no ve por el cansan­cio, y está agotado, pero seguirá luchando: «no puedo fallarme a mí mismo y morir junto a un pez como éste».

Logra arras­trar al gran pez junto al bote, lo arponea y lo amarra a la embarcación. Mas los ti­burones no tardan en acudir para arreba­tarle la presa. Mata al primero, pero al hacerlo pierde su arpón. Ahora ya no le agrada mirar al pez porque ha sido muti­lado. Cuando el pez había sido atacado fue como si lo hubiera sido él mismo. Era demasiado bueno para durar, piensa. Cuan­do llegan más tiburones la hoja de la cu­chilla se rompe en la cabeza de uno de ellos; ya sólo puede apalearlos. Por último, sólo le queda para luchar contra los tibu­rones un cabo de remo hecho astillas. San­tiago está rígido y dolorido y sus heridas y todas las partes castigadas de su cuerpo le duelen con el frío de la noche. Su pez, «un pez que podía mantener a un hombre todo un invierno», queda reducido a un esqueleto.

Santiago lo remolca hasta la playa y se va a la cama. Al despertar, Manolín está a su lado. El viejo le con­fiesa que ha sido derrotado. Por la tarde el viejo duerme nuevamente y sueña con leones marinos. El muchacho está sentado a su lado contemplándolo. De ahora en adelante, Santiago ya no saldrá solo a pes­car. Manolín le acompañará.

J. M.a Pandolfi

Vidulā

Tipo legendario de la madre heroica, exaltado en un breve y caracte­rístico episodio del libro V del Mahābhārata (v.).

Vidulā es la creación poética de la madre guerrera que, cuando llega la hora, sabe anteponer a sus naturales afectos el imperativo del honor, esforzándose por infundir en el alma de su hijo una valerosa y resuelta conducta según la exige el honor. El hijo se llama Sañjaya y, ven­cido por un rey enemigo, lleva una vida miserable juntamente con su esposa y su madre, Vidulā. Pero Vidulā deplora tanta cobardía y con palabras inflamadas saca a Sañjaya de aquel estado de abyección y le alienta para que tome de nuevo las armas y cumpla con sus deberes de gue­rrero. Sañjaya desconfía aún, pero luego, estimulado por el lenguaje materno, siente renacer su dormido valor y combate y ven­ce.

El tono de las palabras de Vidulā es incomparablemente vivo y vigoroso: «¡Le­vántate, cobarde! No permanezcas así en la inercia, después que fuiste vencido, en me­dio de la alegría de tus enemigos y el dolor de tus amigos… Llamea como una antorcha de Diospiros aunque sólo sea un instante, pero no para humear como fuego de rama verde, sino para vivir más aún. Más vale un momento de llama que largos años de humo. ¡Ah, que no se diga que en la casa de un rey nació un manso asno!…». Sañja­ya, todavía vacilante, exclama, entre otras cosas: «Teme la vida del guerrero, tú que así me espoleas a la batalla como si fueras la madre de otro y yo fuera para ti un ex­traño, y diriges tales palabras a tu único hijo. ¿De qué te valdría la tierra entera cuando no pudieras verme?» Pero al final, «como un noble caballo cuando siente la espuela, aquel hijo, blanco de los dardos de las palabras maternas, cumplió todo cuanto su madre esperaba de él».

M. Vallauri

Vida

Protagonista de una balada popu­lar eslovena, de una novela de Josip Jurchich (1844-1881) y de un drama de Iván Cankar (1876-1918); de la primera tomaron el título y la inspiración las otras dos obras (v. La hermosa Vida). Es la mujer apasio­nada y soñadora que, impulsada por su in­quietud, abandona su casa y su esposo para volver luego, desengañada y tan ajena a la fantasía como a la realidad.

Creación típica del espíritu eslavo, la bella Vida se ve libre de la decadencia característica de las heroínas occidentales que, en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX, toma­rán parte en su drama. En su sangre sana de campesina, el sentimiento fatal de eva­sión que la mueve no es más que la na­tural tendencia gitana hacia lo desconoci­do. Por ello tiene la universalidad de que carecen tantas otra§ hermanas suyas que únicamente representan un momento del espíritu europeo, y se convierte en la ex­presión de un drama femenino que las literaturas occidentales habían situado casi ex­clusivamente en lo íntimo del hombre.

U. Urbani

Victoria Corombona (o Accoramboni)

Personaje de la tragedia El diablo blan­co (v.), de J. Webster (1570/80-1625/34). La misteriosa figura de Victoria Accoramboni, sobrina de Sixto V, complicada en obscuras y sangrientas aventuras del Renacimiento, campea sobre el fondo de la espléndida vida de las cortes italianas, que a los ojos de la fantasía popular inglesa del siglo XVII eran algo a la vez magnífico, sinies­tro y corrompido.

El carácter de Victoria (definida como una famosa cortesana vene­ciana), tal vez por confusión con Blanca Capello, aparece como esencialmente sen­sual e impetuosa. A diferencia de la Du­quesa de Malfi (v.), creada por el mismo dramaturgo, Victoria no es sensible a los afectos familiares, y sólo el vínculo de los sentidos la une a su amante y más tarde marido, el duque de Bracciano. Su cruel­dad, que al final alcanza incluso a su her­mano y cómplice Flaminio, no tiene, em­pero, nada de convencionalmente frío y calculador, sino que es un sentimiento pa­sional y súbito. Y su audacia, que se ma­nifiesta sobre todo en las rápidas y desca­radas respuestas que da cuando se la acusa de la muerte de su primer marido, llega, a suscitar la admiración del público. Por tales caracteres, Victoria, el «diablo blan­co», puede considerarse como una precur­sora de la mujer fatal según habrá de di­bujarse en los últimos tiempos del Roman­ticismo decimonónico.

G. Melchiori