El Viejo

Protagonista de la obra El viejo y el mar (v.), del escritor nortea­mericano Ernest Hemingway (1899-1961), Premio Nobel de Literatura 1954.

Santiago es un viejo pescador cubano que hace ochenta y cuatro días que no ha cogido un solo pez. A Santiago su fe y su espe­ranza no le han fallado nunca; es la suer­te la que lo ha abandonado. El viejo pes­cador lee con entusiasmo las noticias de béisbol y sueña con leones que ha visto, en su juventud, en las resplandecientes playas de África. Manolín, el muchacho que solía pescar con él, ha sido enviado por sus padres a un bote más afortunado. En la mañana del octogesimoquinto día, el viejo sale al mar solo. Santiago concibe el mar como perteneciente al género femenino y como algo que concede o niega grandes favores y que si hace cosas perversas y terribles es porque no puede remediarlo. El viejo piensa que quizás hoy tenga suer­te porque cada día es un nuevo día. Santiago es muy habilidoso en su oficio.

Man­tiene los sedales más rectos que nadie, «de manera que a cada nivel en la tiniebla de la corriente había un cebo esperando, exac­tamente donde él quería que estuviera para cualquier pez que pasara por allí». «Cuando venga la suerte — piensa Santiago — estaré dispuesto». Y ésta llega. En el – más pro­fundo de sus anzuelos, coge a un gigan­tesco pez, que representa su fortuna. Su sedal es fuerte y resistente y visto que no puede mover al pez un solo centímetro, lo sostiene contra su espalda hasta que está tan tirante que suelta gotas de agua. Luego el sedal empieza a hacer un lento sonido de siseo en el agua, y el bote em­pieza a moverse lentamente hacia el Nor­oeste. Por el resto de ese día, por esa no­che y por todo el día y la noche siguiente, el pez remolca el bote. Santiago piensa que para tirar así tiene que ser un pez de «mar­ca mayor». Le gustaría observarlo aunque sólo fuera una vez, para saber con quién tiene que vérselas.

Siente lástima por el gran pez que ha enganchado. Piensa en el mérito de su adversario y se pregunta si será un pecado matarlo. Jamás ha cogido un pez tan fuerte. El viejo se alimenta de pescados crudos, casi no duerme, el sedal le corta las manos. Antes, Santiago había sido muy fuerte, lo llamaban «el campeón». Ahora piensa en si el gran Joe Di Maggio resistiría tanto tiempo con un pez como él resiste. El viejo se encuentra solo y echa de menos a Manolín. Por fin, el sedal se levanta lenta y firmemente, y aparece en el mar una combadura, frente al viejo, y el pez, de dieciocho pies de largo, sale a la superficie «interminablemente», brillan­te a la luz del sol, chorreándole el agua por los costados. Ahora, solo y fuera de la vista de la tierra, el viejo pescador de ojos alegres e invictos está sujeto al más grande pez que ha visto jamás: Santiago no es religioso, pero promete hacer una peregrinación a la Virgen del Cobre si pes­ca al pez, y empieza a decir mecánicamen­te las avemarias. Sus manos están seria­mente heridas, casi no ve por el cansan­cio, y está agotado, pero seguirá luchando: «no puedo fallarme a mí mismo y morir junto a un pez como éste».

Logra arras­trar al gran pez junto al bote, lo arponea y lo amarra a la embarcación. Mas los ti­burones no tardan en acudir para arreba­tarle la presa. Mata al primero, pero al hacerlo pierde su arpón. Ahora ya no le agrada mirar al pez porque ha sido muti­lado. Cuando el pez había sido atacado fue como si lo hubiera sido él mismo. Era demasiado bueno para durar, piensa. Cuan­do llegan más tiburones la hoja de la cu­chilla se rompe en la cabeza de uno de ellos; ya sólo puede apalearlos. Por último, sólo le queda para luchar contra los tibu­rones un cabo de remo hecho astillas. San­tiago está rígido y dolorido y sus heridas y todas las partes castigadas de su cuerpo le duelen con el frío de la noche. Su pez, «un pez que podía mantener a un hombre todo un invierno», queda reducido a un esqueleto.

Santiago lo remolca hasta la playa y se va a la cama. Al despertar, Manolín está a su lado. El viejo le con­fiesa que ha sido derrotado. Por la tarde el viejo duerme nuevamente y sueña con leones marinos. El muchacho está sentado a su lado contemplándolo. De ahora en adelante, Santiago ya no saldrá solo a pes­car. Manolín le acompañará.

J. M.a Pandolfi