No hay que confundir el Titanismo con el Satanismo (v.) aunque tenga con este movimiento muchos puntos de contacto. Como el Satanismo, es de hecho una actitud de rebelión contra lo trascendente y de glorificación del Yo, y, como aquél, se afirmó particularmente a fines del siglo XVIII hasta los últimos años del siglo pasado, desembocando al fin, también él, en el movimiento decadente (v. Decadentismo). Pero mientras el Satanismo es sobre todo expresión de una mística invertida que acoge los. valores ético-religiosos sólo para desnaturalizarlos y darles una dirección exactamente opuesta a la sancionada por la tradición, el Titanismo tiende a negar cualquier actitud mística para sustituirla con una fe en el hombre llevada hasta sus más altas expresiones.
Si en la base del Satanismo se halla el cristianismo, las raíces del Titanismo están en el paganismo: el primer titanista fue Prometeo (v.) al paso que fue Lucifer el primer Satanista. En estos orígenes se revela su distinta orientación; mientras el Satanismo tiene su base en el orgullo humano, el Titanismo parece más bien ser consecuencia de la generosidad del hombre; Satanás se rebela contra el Bien absoluto en odio a su perfección inigualable; Prometeo desobedece a una divinidad intermedia como es Júpiter, sometida a su vez a una eternidad que a todo y todos trasciende, en su sed de lo eterno.
Como actitud universal, el Titanismo es, pues, una negación polémica de los valores trascendentales, con los cuales el hombre puede sólo tener una relación de sumisión pasiva y, al mismo tiempo, una tendencia impetuosa hacia un absoluto inmanente del hombre y de la naturaleza. Por eso podemos ver sus primeras apariciones durante el Renacimiento en Maquiavelo, en Miguel Angel y en Shakespeare.
Precisamente por ello lo vemos, también, como presidiendo la formación de la conciencia moderna, cuando el individuo, liberado de todos los vínculos, se coloca a sí mismo en el centro del mundo y directamente se confía a las energías de su propia naturaleza creadora (v. “Sturm und Drang”). “Aquí me asiento”— canta el Prometeo de Goethe, lanzando a Júpiter su desafío — “formo hombres a mi imagen— una estirpe que me asemeje — para sufrir y para llorar ― para disfrutar y para gozar — y para no preocuparse de ti — como yo hago”. Y verdaderamente el canto parece surgir del corazón mismo de toda la época. Un corazón de titán latía en el pecho de todos los “Stürmer und Dránger”. También el drama de Fausto en su primera versión (v. Urfaust, en el artículo Fausto) es el drama del titán que se lanza con todas sus fuerzas hacia metas indefinidas más allá de todo límite, y sucumbe, deshecho, primero frente a la aparición del Espíritu de la Tierra que por virtud de magia ha podido evocar, después — en el episodio de Margarita (v.) — frente a la revelación de aquello que es “el más verdadero y terrible” límite del hombre, porque le es inmanente: el mal.
Reconocer el drama ha querido decir para Goethe salir de él, superarlo; pero, junto y en torno a él, el espíritu del tiempo ha continuado en cambio viéndose dominado aún durante años y años por el Titanismo. Tanto que Jean Paul, en una de sus dos obras principales, queriendo representar la condición interior de la vida en las esferas sociales e intelectuales más altas se ha visto obligado a encarnarla en el “titánico” Albano, a quien ha enlazado el “Sensitivo-satánico” Roquairol y naturalmente — ¿cómo podía faltar? — la correspondiente “Titánica” Linda. Eran los años del final del siglo e incluso Jean Paul atravesaba — a su modo — su “época romántica”; y en el Romanticismo de aquellos primeros años, el ardor agresivo e irrefrenable de los primeros “Stürmer” se renovaba con fuerzas innatas. En todo el Athenäum (v.) se respira un aire de embriaguez — como de quien se aventura, con actitud altanera de desafío, por mundos inexplorados hasta ayer, vedados.
Después de Goethe y de Fichte — sobre el nuevo plano de espiritualidad más alta y consciente — todas las barreras parecen haber caído ante el hombre. Y cuando se produce el “choque contra lo imposible”, la sensibilidad se exaspera; y el drama que resulta es extremado: así Pentesilea (v.), quien no habiendo podido tener el amor de Aquiles (v.), se lanza sobre su cadáver en medio de la jauría de sus perros y lo desgarra y destroza (v. Pentesilea de Kleist). Incluso los límites entre el hombre y lo divino se han borrado; ya no es Dios quien ha creado al hombre, es el hombre que “crea a Dios dentro de sí” —después de haber “penetrado en los divinos secretos de la Naturaleza” y haber “dado un nombre a lo que entre los hombres no tenía nombre”, después de haberse “sentido y proclamado Dios”— porque: “¿Qué serían el cielo y el mar y las islas y los astros y todo cuanto se extiende bajo los ojos de los hombres… si yo no les diese sonido, palabra y alma? ¿Qué son los dioses y su espíritu, si yo no los anuncio?”. Empédocles, en la tragedia Muerte de Empédocles (v.) de Hölderlin, encuentra en la muerte voluntaria entre las llamas del Etna su expiación por la “prometeica culpa” y su transfiguración.
Mientras tanto la ola de exaltación romántica se iba propagando por toda Europa. Todo el mundo antiguo se había hundido; en todas direcciones la vida se iba modificando de nuevo; ¿era pues una “nueva era” que se abría en la historia de la humanidad, la “era del hombre soberano”, después de la era de la sujeción del hombre a Dios? Dos años después que el byroniano Manfredo (v.), al morir, había lanzado a Dios su desafío, Shelley, “espíritu de Titán encerrado en formas virginales” como le llamó Carducci, veía surgir el alba de la “era nueva” en la que la vida sería una sola “embriaguez de existencia en la armonía del amor y de la Naturaleza”, y veía — a lo lejos, en Asia, en el umbral de una caverna en el Cáucaso — caer destrozadas para siempre las cadenas de Prometeo, finalmente “liberado”, mientras alrededor, en una luz etérea, resuenan las armonías de los coros de las Horas y de los Espíritus, de la Luna y de la Tierra. Es la gran utopía del siglo.
Y —por muy diversos que sean los estados de ánimo que las acompañan —, como idea, no está muy alejada de la que, treinta años más tarde, debía guiar a Wagner hacia los reinos míticos donde un “crepúsculo definitivo” (v. Anillo de los Nibelungos), lenta pero inexorablemente, desciende sobre el mundo de los dioses, y donde en el umbral entre lo humano y lo divino —intermedio de la herencia divina en el mundo humano — surge Sigfrido (v.) que no es sólo “el héroe que no conoce el miedo”, sino ― nacido de un amor inconscientemente incestuoso— es “la vida situada fuera de sus antiguas leyes”, la vida convertida en armonía por haber sido restituida a su originalidad de “naturaleza”, y en la “respiración de la naturaleza” se dilata sin límites su propia respiración, de modo que todo lo contiene espontáneamente dentro de sí y lo comprende todo espontáneamente, el canto de los pájaros y el murmullo infinito de la selva; en vano Wotan ha rodeado a Brunhilda (v.) de fuego; la vida es única en los elementos y en las almas; y el beso de amor con que Sigfrido la despierta y la luz de la aurora que se eleva de las tinieblas nocturnas son el mismo misterio sagrado y puro en el que culmina la vida del Todo.
Sigfrido caerá; Brunhilda se lanzará a las llamas, pero de las llamas en las cuales ha perecido el Walhalla, surge para los hombres “el alba del nuevo día”. La música de Siegfried fue compuesta en 1871, en la paz idílica de Triebschen, en las orillas del Lago de los Cuatro Cantones; y todos los sábados llegaba de Basilea un joven profesor, que ya había encontrado en su camino a “su Dios” ― Dioniso —; y que estaba destinado a convertirse en el “heredero más allá del bien y del mal”, de las “titánicas aspiraciones”: Nietzsche.
Indudablemente el Titanismo — elevado por Nietzsche a un plano de pensamiento especulativo — asume un nuevo aspecto: cierra en sí nuevas y más complejas aspiraciones; pero no carece de significado que el “Superhombre”, de quien Zarathustra (v.) se anuncie profeta, y esté designado con el mismo nombre con el cual —más de cien años antes, en el Urfaust— el espíritu de la Tierra se había dirigido a Fausto: “¿qué miserable sentido de terror — se apodera de ti, oh Superhombre?”
Durante todo un siglo el Titán ha renovado sus esperanzas en las direcciones más variadas; pero los términos últimos del problema han continuado siendo los mismos. Tomando posesión de la tierra que es “suya”, el hombre moderno se ha exaltado con la conciencia de sus propias fuerzas, ha querido abatir ante sí todas las limitaciones, ha querido — como dice tantas veces Goethe — “sich erweitern zu einer Welt”: potencializar su vida de modo que “se ensanche hasta hacerse un mundo”. Pero es un mundo en el cual falta el amor. Y la tragedia del Titán, incluso pasados cien años del escarnio amargo del Urfaust, sustancialmente sigue siendo la misma.
En vano los Nibelungos (v.) de Hebbel empeñan sus gigantescas fuerzas en la lucha; en el cielo que se comba sobre ellos, chorrean sangre las estrellas. La voluntad desmesurada del Brand (v.) de Ibsen — que sólo admite un dilema: Todo o Nada— crea a su alrededor sólo el desierto, hasta que el alud lo arrastra con todo su mundo. El milagro con el que el pastor Lang debería salvar a su mujer tiene en realidad un nombre muy triste: la Muerte (v. Más allá de las fuerzas humanas de Bjoernson). Y Hedda Gabler (v.), tendiendo desesperadamente hacia una vida más alta, se mata buscando la salvación en una “muerte bella”. ¿Pero es una salvación? En un mundo sin amor no hay salvación. Después de haberse elevado a las más altas embriagueces alciónicas, por encima de todo sentido humano del límite, Nietzsche, “poeta del Superhombre y sacerdote de Dioniso”, firma sus últimas cartas en el umbral de la locura: “Dioniso crucificado”.
Es la quiebra. Y tras la conciencia de la quiebra sólo hay una solución —en el clima del Decadentismo —: la embriaguez de negaciones de Satanás (v. Satanismo).
Giuseppe Gabetti
