STURM UND DRANG

Movimiento espiritual y cultural ale­mán, que abraza aproximadamente el pe­ríodo de 1770 a 1785, y cuyo nombre procede del drama del mismo título Bo­rrasca e ímpetu (v.) de F. M. Klinger.

Surge esencialmente como reacción contra la Ilustración (v.) pero represen­ta, a pesar de ello, la verificación de sus motivos esenciales. Si aquélla fue una recusación de todas las imposiciones que, constituyendo un límite al despliegue de las fuerzas humanas, no podían justi­ficar su existencia ante el tribunal de la razón, el nuevo movimiento tiene el sentido de un desarrollo ulterior de tal proceso de liberación, en cuanto la vida, puesta en lugar de la razón como valor supremo, rechaza las reglas que, aun siendo legítimas racionalmente, fi­jan un límite al libre desarrollo del in­dividuo. Antecedentes de este movimien­to son la obra de Jean Jacques Rous­seau (v. Discurso de 1750) con la exal­tación del estado de naturaleza frente a la civilización y a sus productos, considerados por la Ilustración como el más espléndido fruto del esfuerzo humano regido por la razón,” la rebe­lión de Klopstock y Lessing a la imita­ción de los clásicos franceses y una for­ma de panteísmo voluntarista, que nace de la mezcla del pensamiento de Spinoza (panteísmo, v. Ética) y de Leibniz (voluntarismo, v. Monadología).

En efecto, sólo un panteísmo voluntarista podía conducir a la valoración positiva del desenfrenado desarrollo de la indi­vidualidad, en cuanto aquí la actividad del sujeto viene a ser identificada con la manifestación del elemento divino pre­sente en el que actúa. Los filósofos pro­piamente dichos del movimiento son Hamann (v. Cruzadas de un filólogo) y Herder (v. Fragmentos sobre la última li­teratura alemana); el primero que, aun no queriendo llegar al panteísmo, lo pre­para con la valoración estética de la na­turaleza, considerada como revelación de Dios; el segundo, con su decidido pan­teísmo y la más decidida posición irra­cionalista (cfr. además H. W. von Gerstenberg, Cartas sobre las maravillas de la literatura; Lenz, Anotaciones sobre el teatro; G. R. Bürger, Confidencias sobre la poesía popular). Sus poetas fueron el Goethe del primer período (v. las Cuitas del joven Werther, Goetz de Berlichingen, Egmont, Stella, Clavijo), Schiller (v. los Bandidos, Fiesco, Don Carlos, Cé­balas y Amor), Bürger (v. Leonora, el Cazador feroz), Klinger (v. los Gemelos, Borrasca e ímpetu), Lenz (v. los Solda­dos, el Preceptor), Müller (v. Golo y Ge­noveva).

En el campo de la poesía esta posición irracionalista conduce a una nueva concepción o de la obra de arte o de la actividad del poeta. Si la imita­ción, y en general la observación de la regla, para la Ilustración constituye el canon estético, la admiración del nue­vo período se dirigió hacia la poesía po­pular; y en el campo del teatro se pasó de la exaltación de la tragedia francesa a la más desenfrenada exaltación para el Shakespeare de Herder, así como en el campo de la arquitectura, por ejem­plo, Goethe exaltó, frente al estilo clá­sico, el gótico de la catedral de Estras­burgo (v. De la arquitectura alemana del maestro Ervino de Steinbach). El poeta se convierte después en el ge­nio que, en su impetuosa exaltación, crea, fuera de toda regla y canon, la obra maestra. Y no sólo en el arte, sino en todos los campos, el genio, se convierte en el modelo ideal, en el sentido de la fuerte personalidad que, poderosa, quie­re desbordarse fuera de las normas re­cibidas, dando su medida en la acción, y el superhombre que, entendiendo la regla como el marco de la individua­lidad mediocre, rechaza el canon de lo lícito y lo ilícito establecido por ésta; de modo que esta subversión de valores con­movió todas las esferas de la vida indi­vidual y social.

En el campo político to­mó la forma de lucha contra la tiranía y de exaltación de la constitución, a la cual pueblo y príncipe están igualmente sujetos. Sólo que este tema, común tam­bién a la Ilustración, asumió en este nuevo período un significado diverso; y si en Cábalas y amor (v.) volvemos a encontrar el tema de la rebelión contra la voluntad del príncipe, ya tratado en Emilia Galotti (v.), en el Don Carlos (v.) la lucha por la libertad política se hace lucha de ideas, y, finalmente, en el Egmont (v.) el pensamiento político del “Sturm und Drang” llega a su madu­rez, proclamando no sólo la necesidad de una regla objetiva de la vida polí­tica, como ya había hecho la Ilustra­ción, sino también la necesidad de que esta regla sea la expresión de la natu­raleza peculiar y de la tradición del pue­blo del que debe nacer y al que se refiere. En el campo social la lucha con­tra el orden degenerado asume el as­pecto de la lucha contra la regla moral objetiva y abstracta, y se hace exalta­ción, como decíamos, del individuo de excepción que vive fuera de ésta y con­tra ésta.

Así tendremos el Goetz von Berlichingen (v.) de Goethe, que muere por defender el orden antiguo contra el nuevo, que degeneraba en el arbitrio del que debe aplicarlo, y Los bandidos (v.) de Schiller, el tipo de delincuente no­ble que, aunque condenable y conde­nado por la ley, es absuelto en el fue­ro interno. En el campo de la moral in­dividual la lucha se centra esencialmen­te sobre el tema del amor. Si la Ilustra­ción se había rebelado contra la absolu­ta castidad de la vida monástica, sin em­bargo había quedado en una sensuali­dad gobernada por la razón y compren­dida en el marco del matrimonio. Los personajes de Goethe, sean Claretta (v. Egmont) o Margarita (v. Fausto), re­presentan, en cambio, el motivo de la justificación del amor no sancionado por las instituciones sociales o religiosas, le­gitimado, en el primer caso, por la noble­za de la criatura de excepción, que redi­me y justifica con su actitud espiritual lo que en otro caso sería culpa; en el segundo, por la profunda y esencial inocencia que salva el acto, aunque sea fuera de la ley, en nuestro juicio moral.

Tema, éste del amor, conexo al de la fidelidad, típicamente goethiano y que atraviesa, aun después de este período, toda su obra (v. Stella, Clavijo) y que no encontrará solución sino en el Fausto, pero que en Ardinghello (v.) de Heinse hallará su  máxima expresión según el espíritu del Sturm un Drang. Un movimiento como éste debía necesariamente hallar su motivo típico en el tema religioso. Si la lucha en el período de la Ilustración se había desenvuelto en forma de sátira contra la teología y de busca de una religión dentro de los límites de la razón, búsqueda que todavía implicaba la idea de un ente Supremo trascendente, en el movimiento característico está ahora constituido por una nueva religiosidad que, después de rechazado en el rebelde Prometeo goethiano el gobierno arbitrario y absoluto de un Dios trascendente, en nombre de la personalidad humana y de su dignidad, siente vivir en el dios del panteísmo, inmanente en el mundo y en la criatura, muy próximo al “Deus sive natura” de Spinoza, en cuyo rapto se pierde y se endiosa el Ganimedes (v.) de Goethe.

Visto en este aspecto el movimiento del Sturm un Drang, que coincide con el período juvenil de los grandes poetas del clasicismo alemán Goethe y Schiller ― en cuanto exaltación del inquieto impulso vital que, por la insatisfacción primero de la facultad cognoscitiva (Ilustración) y después de todas las posiciones conquistadas, lanza al sujeto de experiencia en experiencia hacia formas de vida cada vez más vastas y complejas ―, encuentra su símbolo completo y perfecto y al mismo tiempo su solución en Fausto (v.), quien, a través de todos los grados de la inagotable actividad humana llega, en ésta y por ésta a la redención ya la satisfacción.

Pero el Sturm un Drang, visto en perspectiva histórica, no es sólo el movimiento que, destruyendo el aspecto formal de la Ilustración, verifica su esencia, dilatando y exasperando el proceso de liberación de la personalidad humana; y no es sólo un período juvenil de transición, que permitirá a Goethe, pasando a través del dualismo entre lo individual y lo universal, llegar a a la serenidad olímpica del período clásico, sino el antecedente directo del Romanticismo (v.), el cual encontrará, más allá del ímpetu pasional, fuera de toda norma y ley, una regla, aunque diversa de la antigua en la forma y en la esencia, y, al contrario del Sturm und Drang, tratará de codificar y teorizar este nuevo modo de vida.

Federico Federici