La Gran Almena, Honoré de Balzac

[La Grande Brétêche]. Cuento de Honoré de Balzac (1799- 1850), publicado en 1830 y situado a continuación por el autor en las «Escenas de la Vida Privada», donde constituye, si bien por separado, el final de Otro estudio de mujer [Autre étude de femme]. La gran almena data de los principios del verdadero Balzac, de aquel que comienza con El úl­timo insurrecto [Dernier Chouan] y La Fi­siología del Matrimonio [La Physiologie du mariage]; en el mismo año en que pu­blicó este cuento él había dado a conocer una de sus obras maestras, Gobseck (v.).

La escena transcurre al final de una cena mun­dana y es el doctor Bianchon, personaje que aparece en gran número de volúmenes de la Comedia humana (v.), quien explica cómo residiendo durante algún tiempo en Vendóme había descubierto una extraña casa solariega aislada y abandonada, hasta la que intentó llegar paseando. Una maña­na recibió la visita de un notario de la pequeña ciudad, M. Regnault, que le pidió amablemente que cesara en sus visitas a la «Grande Brétéche». Le explicó que él era el ejecutor testamentario de Mme. de Merret, la propietaria de aquel terreno, y que nadie debía entrar en aquella mansión has­ta transcurrido un plazo de cincuenta años a contar a partir del momento de la muerte de su dueña. Bianchon, que no pudo ob­tener ningún otro dato del notario, intentó conocer la clave de este misterio y fue la criada del hotel en que se hospedaba, en otro tiempo camarera de Mme. de Merret, quien se la descubrió. M. de Merret, luego de una enfermedad de su esposa, había adquirido la costumbre de dejarla sola du­rante la noche. En una ocasión, al volver del Círculo más tarde que de costumbre, quiso visitarla y en el momento de inten­tar abrir la puerta de la habitación oyó cerrarse la del gabinete que comunicaba con ésta. Su esposa le pareció un poco tur­bada. M. de Merret, asaltado por la duda, quiso abrir aquella puerta.

Su mujer le conjuró a no hacerlo: todo concluiría entre ellos si no hallaba allí a nadie. Juró des­pués sobre un crucifijo que no había nadie allí. M. de Merret hizo llamar a mediano­che un obrero, que tapió la puerta del ga­binete y a continuación se fue. Mme. de Merret, tan pronto como se hubo ido su marido comenzó a demoler el muro que acababa de ser construido con la ayuda de su camarera, que pudo ver en el interior del gabinete la forma de un hombre, un joven español prisionero de guerra. Pero la marcha del esposo no había sido más que una treta; volviendo, sorprendió a su mu­jer en su tarea e hizo construir de nuevo el muro. El cruel gentilhombre no abando­nó más a su mujer durante veinte días. Cuando ella imploraba por el desconocido que moría de asfixia a algunos pasos de ellos, él respondía: «Vos habéis jurado que allí dentro no había nadie». En esta corta narración, Balzac quiere dar un impresio­nante ejemplo del drama de los celos. El progresivo descubrimiento del misterio está conducido hábilmente y los efectos teatra­les se suceden, encerrando a esta pobre mujer, culpable y víctima, en las conse­cuencias de su falso juramento. Pero La Gran Almena no es todavía más que una narración construida con habilidad; si los diálogos ofrecen ya ese aire de naturalidad y verismo que se encuentra a lo largo de toda la obra de Balzac, la psicología de los personajes es aún sumaria, y La Gran Almena no pasa de ser un complemento dramático, de fuerte sabor romántico, a Es­tudio de mujer (v.).