La Gran Aldea, Lucio V. López

Obra de Lucio V. López (1848-1894), escritor, profesor, perio­dista, abogado y político argentino, aparecida en 1884 como folletín del diario Sud América, de filiación liberal. El título alude a Buenos Aires, cuando de aldea algo pacata va transformándose en ciudad cosmopolita, aunque sin perder del todo sus rasgos pre­téritos. Un subepígrafe a la manera de Daudet, el de «Costumbres bonaerenses», limita las aspiraciones del autor: sin escribir una novela propiamente dicha, pues carece de unidad para serlo, sus fragmentarios cuadros tienden, por yuxtaposición, a con­figurar un ensayo de ese género. Sitúa la acción entre 1860 y 1883.

El relato está rea­lizado en primera persona: Julio cuenta su triste infancia y la prematura muerte del padre, evocando de paso la casa alquilada que es menester desocupar apuradamente. Recuerda luego el lapso durante el cual vive con el tío Ramón y la esposa de éste, doña Medea. De ella traza un retrato sobrecargado de tintas: mujer de carácter áspero, muy celosa y muy mandona, que do­mina a su marido. Recorre los comercios a la caza de noticias y rumores, concurre a reuniones de sociedades de beneficencia, va a funciones de gala en los teatros. Julio conversa a menudo con el cochero de doña Medea, un mulato llamado Alejandro, que en el barrio gallea de mozo conquistador. A poco sale Julio de la capital, rumbo a una ciudad de tierra adentro, donde ha de proseguir sus estudios. Conoce allí a dos maestros, don Pío y don Josef, de tempe­ramentos contrapuestos. Y allí anuda buena amistad con un camarada de colegio, cuya hermana, Valentina, enciende en él la pri­mera pasión de adolescencia. Por desgracia, los padres quieren casarla con don Camilo, serio y rico hacendado de la zona. Retorna el relator a Buenos Aires y se aloja en casa de un amigo del padre, don Benito Cristal, solterón muy mujeriego. Advierte ya, a su vuelta, que la aldea trata de convertirse en ciudad, a imagen y semejanza de las europeas. Lo comprueba frecuentando lu­gares donde se codea gente de dinero con la burguesía más o menos enriquecida.

Co­noce a un diplomático, Montifiori, a su mu­jer, Fernanda — demasiado amiga de don Benito — ya Blanca, hija de ese matrimo­nio. La chica es bellísima, pero fría calcu­ladora, y nunca aceptaría ser esposa de un joven como él, sin fortuna. Doña Medea, entretanto, mantiene agria reyerta con sus cofrades de la Sociedad Filantrópica. A raíz de tal disgusto, se agrava su salud y muere repentinamente. Don Ramón no tarda en olvidar su reciente viudez y, casi sesentón, se enamora de Blanca Montifiori. Cuenta ésta, para cercar a su rico festejante, con la ayuda del muy almibarado abate Penseroso. No escucha razones, y celebrada la boda, que el autor refiere circunstancial­mente, don Ramón padece esta nueva ex­periencia de infelicidad matrimonial, más honda aún al nacer una niña. Bien pronto Blanca la confía a manos mercenarias, pues sólo ansia divertirse a espaldas del marido. Una noche de carnaval en que la esposa se marcha de fiesta, queda don Ramón en su hogar. El mulato Alejandro, que corteja a una mucama francesa de la casa, se es­capa con ella para asistir a un baile de máscaras. Junto a la cuna de la criaturita hay una vela encendida. Don Ramón, en horas de la madrugada, oye de improviso quejidos angustiosos. A obscuras va hasta el cuarto de su hija, pero el humo lo as­fixia cuando penetra en él. A tientas tro­pieza y, sin fuerzas ya para moverse, per­manece allí postrado, casi sin sentido. Re­gresa Blanca, enciende la luz y ve a la niña carbonizada. Don Ramón intenta levantarse, pero sufre un ataque de parálisis que le traba la lengua y lo condena a muda idiotez. Blanca huye con su acompañante…

Es éste el medio social de la gran aldea en que Julio ha pasado los años recientes. Prefiere olvidarlos y marcharse en busca de aquel primer amor frustrado: el que sintió por Valentina. Pero la encuentra casada ya, y hasta feliz, con su don Camilo. Abun­dan los aciertos del autor cuando diseña a personajes secundarios de caricaturesco per­fil: entre ellos, el del Dr. Trevexo, «po­lítico sin libros». Otros, ocasionales, están calcados sobre modelos vivos, con referen­cia constante a figuras políticas del momento por las que el autor no demuestra nin­guna simpatía.

J. M.a Monner Sans