El Gran Meaulnes, Henri-Alain Fournier

[Le grand Meaulnes]. Novela de Henri-Alain Fournier (1886- 1914), publicada en 1914. A una pobre escuela de provincias va a parar un joven de diecisiete años, Agustín Meaulnes, que los compañeros llaman «el gran Meaulnes»: resuelto, novelero, siempre pronto a pro­yectar empresas y fugas. Una noche de in­vierno se aleja del pueblo, se extravía, anda toda la noche y también el día siguiente, hasta llegar a un lugar desconocido, donde cree soñar: un castillo, una gran fiesta de niños y niñas con traje de máscaras, a los que Meaulnes se une asombrado. El dueño, el señor de Galais, satisfaciendo todos los caprichos de su joven hijo, Franz, ha pre­parado aquella fiesta para su boda, y ahora le espera junto con su esposa. Pero Franz regresa solo, a escondidas, para huir deses­perado; la muchacha, una chica del pueblo, no ha querido seguirle, no creyendo en aquella inverosímil boda. La fiesta es in­terrumpida; los pequeños invitados se marchan en coches y carretas, y una de éstas se lleva a Meaulnes, quien ha hablado con Franz y ha conocido también a su herma­na, Yvonne, sintiendo por ella una tierna simpatía, que le ha sido correspondida.

Vol­viendo a la escuela, confía a Francisco, hijo del director, su historia maravillosa, mien­tras sueña con volver a encontrar el cas­tillo y la muchacha. Llegan al pueblo dos malabaristas vagabundos, y en uno de ellos reconoce a Franz, que se ha hecho gitano por no haberse podido suicidar; dice a Meaulnes dónde puede encontrar a su her­mana, en París, y se marcha haciéndole prometer su ayuda, en el caso de que oiga su llamada. En París, Meaulnes encuentra cerrada la casa de Yvonne, de la cual oye decir que se ha casado. En cambio, Fran­cisco encuentra el castillo, a la familia de Galais, arruinada, y a Yvonne que vive modestamente con su viejo padre, mientras Franz corre por el mundo. Meaulnes, avisa­do, llega y se casa con la muchacha. La no­che de la boda se oye un grito, la llamada de Franz; al día siguiente Meaulnes se marcha para cumplir su promesa. Yvonne se queda con su padre, aliviada por las visitas de Francisco, y da a luz una niña, pero muere de sobreparto; al poco tiempo la si­gue su padre. De la niña se encarga Fran­cisco, quien se entera por un cuaderno de Meaulnes que él mismo, en París, durante su anterior ausencia, había conocido a Va­lentina, la novia de Franz, y que, creyendo a Yvonne casada, había permitido que na­ciera entre ellos una amistad hecha de re­cuerdos, de remordimientos, y que habían acabado huyendo uno del otro.

Al final, un día, Meaulnes regresa al lugar de la fiesta encantada, reconduciendo a Valentina y a Franz, unidos; pero, en vez de su esposa, encuentra a su hija. El libro obtuvo un gran éxito y pronto llegó a ser clásico en Francia y en el extranjero. Es toda la poe­sía de la adolescencia, más férvida y fan­tástica en la gris existencia de provin­cias, donde está a solas con sus sueños de evasión y de aventura; es el cuento de ha­das puesto con naturalidad en la realidad, leve de tierna fantasía y grave de buena humanidad. Fournier ha escrito el libro de sus recuerdos, de su soñadora adolescencia, adoptando el tono y el color de la elegía simbolista y crepuscular. Al mismo tiempo ha dado motivos y espíritu a la novela de la adolescencia y de la evasión, tan abun­dante en los segundos veinte años de este siglo; la obra ha ido pareciendo cada vez más nueva, mientras fructificaban sus gér­menes y sus sugestiones. Si el entusiasmo de unos críticos ha parecido excesivo, si la habilidad literaria juega un buen papel en su éxito, sin embargo el libro sigue siendo uno de los más interesantes de principios del siglo XX. [Trad. anónima, Buenos Ai­res 1938].

V.Lugli

La frescura de Meaulnes deriva de su fuente popular, de su vinculación a lo pro­vinciano, a lo elemental, a la escuela al­deana. La aventura de Meaulnes se confun­de con la poesía. (Thibaudet)

El primero, tal vez el único, libro clásico de la literatura contemporánea. (M. Arland)

El Gran Miedo de los Bienpensantes, Georges Bernanos

[La grande peur des bien-pensants]. Obra de Georges Bernanos (1888-1948), pu­blicada en 1931. Bernanos había escrito ya varias novelas, pero fue sin duda la bio­grafía de Edouard Drumont, o, mejor dicho, el libelo que tomaba como pretexto la vida del autor de La Francia judía [La France juive], lo que le permitió imponerse definitivamente al público. No es pre­ciso, ni cabe, exigirle que sea un biógrafo al pie de la letra. Hace historia del mismo modo que Péguy busca las fuentes más en el fondo del corazón de su modelo que en los textos.

Treinta años de la historia de Francia, de 1870 a 1900, forman la trama de El gran miedo, pero se trata de una his­toria transformada, recreada en el alma de Bernanos, y por la cual los hombres de fichero se mostrarán justamente severos, si se acepta su punto de vista. ¿Quién reco­nocería a Drumont en el retrato que de él da Bernanos? El autor de El gran miedo ha hecho del polemista de la «Palabra li­bre» [«La libre Parole»] una especie de gigante mítico, un personaje de otro mun­do. Titán en los choques con los republi­canos, los parlamentarios y los judíos, cier­tamente, pero casi otro tanto con los «bienpensantes», conservadores, timoratos, sacer­dotes dóciles y obispos diplomáticos que no se esfuerzan más que en atraerse el fa­vor de aquellos que se burlan de ellos y es finalmente, vencido por ellos. Es éste el re­lato que Bernanos considera como la ago­nía de la Cristiandad. «La Cristiandad morirá», dice en su conclusión. «Es posible que no sea ya más que un sueño…». Es preciso confesar que parece ser que a Ber­nanos le agrada defender las causas perdi­das. Si él se transforma en el abogado de Drumont, es que la suya es una causa per­dida. ¿Por culpa de quién? De los bienpensantes. Es a éstos a quien Bernanos no per­dona. No les odia, al contrario, es con la fuerza toda de su amor por aquellos que él sabe muy bien que son, a pesar de su co­bardía o de su estupidez, la carne mediocre, herida y doliente de su Iglesia, que los de­nuncia. La querella de Bernanos es la de un hombre decepcionado, pero que no se resigna de ningún modo.

El «gran miedo de los bienpensantes», más que los ataques de la república anticlerical de Ferry y de Combes, es el causante de la muerte de la Cristiandad, del abatimiento de Francia. Es decir, que la República, para Bernanos, nada habría podido contra la Iglesia, si no hubiera hallado en la Iglesia misma la com­plicidad de la cobardía de los conservado­res y de los liberales cristianos, los cálculos políticos ridículos de los obispos que, con toda clase de concesiones, se esforzaban en conseguir los favores de un régimen que no logró su cohesión sino a causa de su lu­cha anticlerical. Bernanos dispara contra todos: contra los burgueses enloquecidos por la Commune y que, sosteniendo la represión de Thiers, preparaban la escisión de la Iglesia y los obreros; contra el mariscal De Mac-Mahon y los hombres del 16 de mayo, contra su complicidad con sus adversarios, sus dudas ante un retorno de Enrique V; contra los hombres del «Ralliement», y aquí las iras del autor alcanzan a los más altos dignatarios de la Iglesia; contra los católi­cos reunidos que, con ocasión del «affaire Dreyfus», en lugar de apoyar a Drumont y las ligas nacionalistas, unieron sus voces a las de la «Acción liberal» para no alcanzar sino un gran desastre electoral. El Bernanos que escribió El gran miedo es todavía el «camelot du Roy» de la preguerra de 1914 que ardía en deseos de eliminar la Repú­blica y restaurar la Monarquía, la Cristian­dad, la Iglesia; un Bernanos «activista» que hace, a propósito de una máxima política de Bismarck, un elogio de la Fuerza como fundamento del Derecho, lo cual no deja de recordar ciertos temas de los pangermanis- tas de la alemania imperial.

Sin embargo, ya empieza a verse clara ahora la postura de Bernanos, que después le llevará a la ruptura con Maurras: lo primero que él reprocha al gran maestro de la Acción Fran­cesa es precisamente el que también él conociera el gran miedo de los bienpen­santes. Y a todo esto, ¿dónde está Dru­mont? Aparece intermitentemente, pues se eclipsa de pronto para dar paso a los infla­mados comentarios del autor, que se pre­ocupa mucho menos de la época de la «Francia judía» que de la suya propia… Si bien exalta alguna vez al Drumont popu­lar, al del éxito periodístico, al escritor de las grandes ediciones, al jefe de las bandas antisemitas, parece éste, sin embargo, mucho menos próximo al corazón de Ber­nanos que aquel otro Drumont humillado, olvidado, solitario, vencido, que en vano ensayó el despertar las energías de la raza y la fe militante de los católicos. Bernanos ofrece aquí el testamento de su propia ju­ventud, de sus entusiasmos, que él no es­pera en absoluto ver cumplidos jamás. Su libro, más que un libelo político, es un testimonio y un recuerdo. Libro desespera­do, que clama a la Cristiandad más como a un sueño que como a un futuro, El gran miedo de los bienpensantes será siempre, antes que una biografía, una novela política.

La Gran Instauración, Francis Bacon

[Instauratio magna]. Obra concebida por Francisco Bacon (Francis Bacon, 1561-1626), según un plan general de reforma de la ciencia, pero que sólo parcialmente fue llevada a cabo: la primera parte está constituida por la Dignidad y progreso de las ciencias (v.); la segunda, por el Novum Organum (v.); de la tercera parte no quedan más que algu­nos materiales sobre filosofía natural que fueron publicados póstumamente con el tí­tulo de Selva de las selvas (v.).

Bacon parte de un estado de insatisfacción por las con­diciones generales de las ciencias y del saber de su tiempo, y en el Proemio de la Instauratio encuentra que el edificio de la razón humana es como una mole magnífica «sine fundamento», y que ha llegado la hora de proceder a una nueva fundamentación general de las ciencias y de las artes. Los hombres han creado obras infecundas, de las que vanamente se glorian, obras que gustan al vulgo, pero que no por esto son más seguras. Además, en la extensión de sus conocimientos, los hombres no han se­guido un método preciso, que los guiara a través de la enorme acumulación de los he­chos. La búsqueda de un método es el fin principal de la obra. Ésta había sido concebida en seis partes: en la primera, dedi­cada a la clasificación de las ciencias, de­bía hacerse una reseña del estado actual de la investigación científica, a fin de indicar sus lagunas y, eventualmente, rellenarlas; en la segunda, había que proporcionar el nuevo órgano o instrumento, es decir, tra­tar del nuevo método que tenía que poner a los hombres en condiciones de alcanzar el fin de la ciencia, que es para Bacon la in­terpretación de la naturaleza, explicando sus fenómenos. En la tercera, como historia natural, había que reunir los materiales de observación a los que más tarde se apli­caría el método para la constitución de la ciencia; en la cuarta, se procedería a la investigación de las leyes generales, me­diante la acción del intelecto en su doble empleo inductivo y deductivo, por el que se eleva desde lo particular a lo general para pasar luego de lo general a nuevas aplicaciones en lo particular. En la quinta parte, se tenía que dar una anticipación de las verdades o descubrimientos efectuados siguiendo el método común, para llegar, en la sexta, a la constitución de la ciencia de­finitiva, la filosofía segunda (así llamada para distinguirla de la filosofía primera, la que contiene las verdades comunes a todas las ciencias), o ciencia activa, en cuanto ciencia que nos permitiría actuar sobre la naturaleza, pero cuya constitución no es obra ni de un hombre, ni de un día.

La importancia de la empresa de Bacon en esta obra está en haberse hecho intérprete de la exigencia, propia del Renacimiento, de que el hombre recobrara el dominio de la tierra, campo de su acción, encontrando nuevos procedimientos para sus nuevos fi­nes. No se trataba tan sólo de substituir el ideal de la ciencia contemplativa por una ciencia práctica, sino de aplicar la fuerza de la razón al dominio de las fuerzas de la naturaleza, por lo que llegará a decir que a la naturaleza sólo se le puede mandar obedeciéndola. Este recurso a la razón hace que Bacon pueda elevarse hasta el concepto de una ciencia que no hay que confundir con la instrumentalidad de la técnica, con­trariamente a lo que podría hacer creer la consideración de los fines asignados al sa­ber. En el concepto de la Instauratio magna, el autor llega a ser el heraldo, más que el fundador, de dicha ciencia, o, mejor dicho, de la ciencia que llamamos moderna.

E. Codignola

La Granja de los Animales, George Orwell

[Ani­mal Farm]. Obra del escritor inglés George Orwell (1903-1950). «Mr. Jones, de la granja de la Propiedad, ya había pensado en ence­rrar a los animales al llegar la noche, pero la idea se le fue de la cabeza y dejó abiertas las portezuelas». Al amparo de la obscuri­dad, los animales se reúnen en torno al an­ciano verraco moribundo que les predica la revolución de los animales contra la ex­plotación humana. Dos jóvenes cerdos, Snowball y César, se ponen al frente de la cruzada y consiguen liberar la granja ahu­yentando a Mr. Jones, para organizar un régimen comunitario de trabajo y disfrute de bienes. En la victoria, duramente dispu­tada, se destaca particularmente César, por su valor en la única intervención que in­tentan los hombres y, después, en la edu­cación de los animales. Esto no impide que Snowball le oponga una sorda lucha de in­fluencia, hasta que finalmente logra expulsarlo con ayuda de una camada de masti­nes sublevados bajo cuerda por él; se ex­plica que Snowball siempre ha sido un traidor y un simpatizante de los hombres.

En vista de que el exilado sigue contando con amigos, se instaura un régimen de te­rror, que rápidamente se olvida de las be­llas promesas de los primeros días y falsi­fica los principios básicos. Por otra parte, los mismos animales van olvidándose pau­latinamente de lo que César les había en­señado y de lo que habían aprendido; pron­to ya no saben leer e incluso apenas pue­den proclamar los principios que el genio ambicioso y detallista de Snowball inventa para afianzarse en el poder. Los grandes y espectaculares trabajos del nuevo jefe fra­casan lamentablemente, sin que estos fraca­sos tengan otra consecuencia que un re­crudecimiento del régimen de terror. Na­turalmente, de vez en cuando algún miem­bro de la sufrida comunidad alza su voz de protesta en defensa de los principios de la revolución traicionada, pero inmediatamente los mastines se encargan de hacerle entrar en razón. Y, poco a poco, la casta de los verracos reemplaza a los hombres en la ex­plotación de los otros animales. Un día, a Snowball se le ocurre la feliz idea de co­merciar con las granjas vecinas ofreciéndoles, en provecho de los suyos, el trabajo de los animales «liberados». Finalmente, la vi­sita de los hombres a los verracos, a quie­nes felicitan por el «orden» que impera en la granja, a los verracos disfrazados, de hombres que se adiestran en andar sobre sus dos patas traseras, señala el triunfo de Snowball.

La alusión de este apólogo es bien manifiesta. Escrito entre 1943 y 1944, por la época en que G. Orwell trabajaba en la B.B.C. londinense, esta sátira, una de las más crueles y terribles que pueden leerse, se inserta en esa tradición inglesa que, pasando por More y Swift, busca vengarse de las desilusiones del presente refugiándose en el reino de la utopía.

La Granja de Vehfreude, Jeremías Gotthelf

[Die Käserei in der Vehfreude]. Novela de Jeremías Gotthelf (pseudónimo de Albert Bitzius, 1797-1854). Es una larga narración en la que el autor, pastor protestante en el Oberland bernés, describe de modo realista y con gran viveza, las costumbres y los habitantes de una aldea suiza. El argu­mento es simple: los habitantes de Vehfreu­de deciden construir, en lugar de una es­cuela, como proponen las autoridades pro­vinciales, una gran granja, a la que todos puedan llevar leche para participar luego en los beneficios resultantes de la venta del queso. La granja queda construida en se­guida, pero no faltan inconvenientes, por­que los campesinos no vacilan en llevar la leche aguada y de mala calidad, para poder decir que mandan más leche que su vecino. La rivalidad y los litigios, que nunca faltan en las aldeas, se enconan por obra de la nueva comunidad de intereses; las mujeres encuentran ocasiones para su maledicencia y los hombres motivos para venir a las manos.

Surge entretanto un idilio entre Félix, el turbulento hijo del síndico, y Anita,  una pobre huérfana que vive con su hermana Betty y su cuñado Sepp, con­tra los cuales van especialmente dirigidas todas las hostilidades y maledicencias del país. Pero Betty y Sepp, a pesar de todas las calumnias y los disgustos, mantienen su calma. La dulce Anita, que, aun amando a Félix, mantiene intacta su pureza, ni siquiera se da cuenta de que es observada y calumniada. Al fin Félix, admirado de su bondad y de su virtud, se casa con ella a despecho de todos. Sobre todo continúa irreductible Eisi, tipo de bruja que, no con­tenta con tiranizar a su marido y a sus hijos, se había divertido sembrando la ci­zaña en la aldea hasta con cartas anónimas: una vez desenmascarada, ha de asistir, ra­biando, a la felicidad de la pareja. La ma­teria de la prolija narración es ingenua, a menudo hasta pesada por sus razonamien­tos morales, pero los personajes son con­cretos y veraces, y el ambiente campesino está muy bien tratado.

A. Manghi