De la Guerra Gildónica, Claudio Claudiano

[De bello Gildonico]. Poema sin terminar de Claudio Claudiano (3707-408?) en hexámetros, pre­cedido de un prefacio en dísticos, sobre las guerras de Mauritania. La ocasión es buena para celebrar aquella empresa de las legio­nes romanas en África, que el poeta, en lenguaje grandilocuente, compara con las pasadas expediciones contra Sifax y contra Yugurta. El poema que no tiene un alto valor poético, pero es rico en fantasía y oropeles retóricos, se interrumpe en el ver­so 526.

F. Della Corte

De la Guerra Gótica, Claudio Claudiano

[De bello getico]. Poema en 647 hexámetros de Claudio Claudiano (370?-408?), para celebrar la vic­toria de Estilicón en Pollenzo contra Alarico, rey de los visigodos, llamados ora getas, ora godos. Después de un prefacio en dís­ticos, el poeta, no sin alarde de erudición mitológica, geográfica e histórica, parangona la victoria de Estilicón con la de Mario sobre los cimbros y teutones, dando pruebas no sólo de habilidad estadística, sino incluso de cierta sinceridad de sentimientos polí­ticos.

F. Della Corte

Repite a Estado y cierra con un fúlgido incendio de poesía la historia del epos ro­mano. (Pascoli)

La Guerra Pisana, Antonio Pucci

Poema histórico en octavas de Antonio Pucci (1309?-1388), publicado en 1775 por Ildefonso de San Luigi (Benedetto Frediani, 172’4-1792) en el tomo VI de las Delizie degli eruditi toscani. En siete cantares que entre todos suman más de tres mil versos, se relata la guerra iniciada en 1362 entre Pisa y Florencia por la posesión del castillo de Pietrabuona, ter­minada con ventaja para los florentinos en la batalla Caseína, el verano de 1364. Aun­que el poema se escribió luego de terminada la campaña, para aumentar su efecto, el autor, con ingenuo artificio, finge irlo com­poniendo durante el mismo curso de los acontecimientos y a menudo concluye su cantar, iniciado con una invocación reli­giosa, con la expresión de sus dudas o es­peranzas para el porvenir. El tono del re­lato es naturalmente el que exige la cu­riosidad del público contemporáneo: gran abundancia de detalles: asaltos, sitios, sa­queos, rendiciones, traiciones, lutos, fies­tas, cambios de jefes militares: nada se ol­vida, de tal modo que quedan a un mismo nivel hechos de muy distinta importancia, y la atención se quiebra, con menoscabo de las líneas esenciales del relato. Por fortuna interrumpen su aridez y monotonía algunos movimientos espontáneos que recuerdan el tono vivo y directo del cancionero político de Pucci: así las descripciones de las fiestas con que Florencia celebró los éxitos de 1363 («Valió la cera y leña en que ardieron / Por tal noticia, más que vale Pisa») y de los funerales con que se honró al capitán Pier da Famese; así, sobre todo, las enér­gicas expresiones de fe en la misión im­perial y en la generosa benevolencia de la güelfa Florencia, y sus apasionados apóstrofes contra Pisa, contra la cual renueva agravándola, la imprecación dantesca. De tal modo el hombre del pueblo de Floren­cia aplicaba su modesta musa a reflejar la vida de su ciudad y a servir sus ideales.

E. C. Valla

La Guerra en Italia Durante los Años 1848-49, Carlo Pisacane

[La guerra combattuta in Italia negli anni 1848-49]. Estudio de Carlo Pisacane (1818-1857), publicado en 1851. Fundándose en una concepción dia­léctica de la historia, el autor percibe en las causas de la primera guerra de la in­dependencia y hasta en los errores con que fue conducida, un signo de la necesaria evolución de Italia hacia una sociedad en que «el pueblo no delegará ya ni el poder, ni el querer.

El solo sostén del poder será la opinión pública». Examinado el teatro de la guerra, más con vistas a una lucha futura que a la pasada, y narradas las in­surrecciones del norte y del sur, descubre su defecto en el hecho de que no consi­guieron formar ejércitos del pueblo, sino bandas y legiones: «por lo tanto no ya sen­timiento nacional, sino divergentes cultos individuales». Al narrar las operaciones de Lombardía, del Véneto y del Tirol, critica acerbamente la actuación militar y polí­tica de Carlos Alberto y Garibaldi, gene­rosa y valiente, pero cuyos imperdonables errores vinieron a demostrar muy clara­mente su carencia de ciencia táctica y es­tratégica. Con el mismo método militar- político-social, Pisacane estudia los hechos del 49 juzgando hombres (Gioberti, Chrzanowski, etc.), entremezclando observaciones acerca de la psicología de los ejércitos na­cionales y mercenarios, enunciando pro­yectos de reformas sociales antiburguesas, con lo cual se aparta de la doctrina mazziniana. Discurre extensamente acerca de la república romana, de la cual fué uno de los defensores, censurando las veleidades dictatoriales de Garibaldi que indujeron a la juventud a «creerse mucho más libre dependiendo de un individuo, que de un gobierno constituido, y emanado del pue­blo». Por otra parte, aun reconociendo la elevación moral de los componentes del Triunvirato, no ve en ellos una verdadera virtud revolucionaria de reformadores so­ciales.

Al último capítulo, sobre la defensa de Venecia, siguen como conclusión algunas «Consideraciones» militares y políticas, en que Pisacane declara que el ejército revo­lucionario y su jefe vendrán naturalmente y sólo cuando exista una revolución de ideas. Es menester por lo tanto fomentar el progreso, desterrar la religión que es su enemiga, cambiar la constitución social, democratizar el ejército, el trabajo y la educación. Sólo proponiendo estos fines a las conciencias y a los intereses de las ma­sas, se podrán crear los medios para alcanzarlos. El interés principal de la obra de Pisacane, se ofrece precisamente al historicosociólogo, por el enlace singular en aquellos tiempos, del concepto de reforma socialista con el sentimiento de patria. Una edición reciente y completa de la obra es la publicada al cuidado de C. Cordié (Milán, 1946).

R. Ramat

La Guerra de los Mundos, Herbert George Wells

[War of Worlds]. Novela de anticipación del es­critor inglés Herbert George Wells (1866- 1946), publicada por primera vez en el «Pearson’s Magazine» (1897) y en volumen en 1898. Wells ya había publicado El hom­bre invisible (v.), que es sin duda alguna su obra maestra, cuando imaginó la fan­tástica llegada de los marcianos a nuestro planeta. La Guerra de los Mundos, según nos cuenta, le fue sugerida por una charla con su hermano Frank. En cierta ocasión que ambos se dirigían a Surrey dando un paseo, Frank le dijo: «Imagina por un ins­tante que los habitantes de otro planeta descendiesen de pronto sobre esta pradera y comenzaran una marcha sobre nosotros…».

La novela acababa de nacer. Cierto día, al llegar la medianoche, puede observarse una nube incandescente en torno al planeta Marte; el fenómeno se repite durante las nueve noches siguientes. Algunos días más tarde un cometa se abate sobre la región de Londres. Inmediatamente puede apreciarse que no se trata de ningún aerolito, sino de un cilindro gigantesco, aproximada­mente de unos treinta metros de diámetro. Es el primero de los diez ingenios seme­jantes que han sido arrojados desde Marte para hacer la guerra a la Tierra. Como quiera que se notan señales de vida en el interior del aparato, una delegación terres­tre, formada por gente notable y precedida de bandera blanca, es enviada para inten­tar parlamentar con los marcianos. Pero mientras la delegación se aproxima al ci­lindro, parte de él un rayo de fuego que la destruye; este rayo es la principal arma ofensiva de los marcianos: se trata de un chorro de fuego, proyectado por un espejo parabólico de tal potencia, que cuanto se interpone en su camino, sean hombres o co­sas, queda inmediatamente carbonizado. A la noche siguiente cae un nuevo cilindro, los soldados son enviados entonces contra los marcianos, monstruos de repulsivo aspecto. Habiendo visto a los marcianos y sus máquinas de guerra, el narrador decide ale­jar a su esposa de la zona de peligro, y la envía a casa de una prima suya. Al quedar solo encuentra a un artillero inglés, único superviviente de una batería que ha sido destruida por los marcianos, que le informa de los sucesos ocurridos durante la jorna­da.

Nuestro hombre queda tan impresiona­do, que decide a su vez huir también, e intentar reunirse con su esposa. Para evi­tar a los marcianos debe efectuar un gran rodeo; por doquier atraviesa las líneas de los soldados que intentan detener a los in­vasores. Por doquier también, la triste mu­chedumbre de refugiados que son implaca­blemente perseguidos por las máquinas de guerra. En Londres reina el pánico, hay una huida general y desesperada de todos sus habitantes: unos intentan dirigirse al norte, otros alcanzar el continente cruzando el Canal. Mientras el narrador procura a través de los campos llegar a Londres es­capando a los marcianos, encuentra a un pastor, y los dos, hambrientos, entran en un pabellón de las afueras, esperando encon­trar algo que comer, justamente en el mo­mento en que al lado mismo cae el quinto cilindro, sepultando la casa bajo toneladas de tierra. El único camino posible para salir de allí está guardado por los marcia­nos. Durante una semana los dos refugia­dos se arrastran entre los escombros de la bodega y de los lavaderos. El pastor, exte­nuado, enloquece, y el narrador se ve obligado a matarle en defensa propia. Logra finalmente escapar y llega a Londres, en­contrando la ciudad completamente desier­ta. Después de haberse reunido sólo unos momentos con el artillero, sale de la ciudad y llega a South Kensington; allí, de pronto, percibe los desgarradores lamentos de los marcianos y, subiendo a una colina, des­cubre, en un enorme reducto, a una infini­dad de marcianos heridos de muerte, enve­nenados por los gérmenes de nuestro pla­neta y casi devorados por los perros… La noticia de la liberación se esparce inme­diatamente. Los refugiados regresan a sus hogares.

El narrador encuentra milagrosa­mente a su mujer. En una palabra, se ha­bían dejado arrebatar por el terror. Esta novela de anticipación es mucho menos optimista que las de Julio Verne. Al con­trario, Wells parece complacerse en aterrorizarnos. La atmósfera del libro, a pesar de la derrota final de los marcianos, es más bien pesimista; los hombres no pueden es­perar gran cosa de la ciencia, en todo caso nuevos peligros, catástrofes mundiales, y nada que pueda contribuir a la mejora de nuestra existencia. Tales horrores del futuro son descritos por el autor con rigurosa pre­cisión. Puede ser también que exista en Wells una cierta satisfacción en asustar, para saciar así, por medio de la ficción no­velesca, su rencor contra la sociedad victoriana, tan segura de su fuerza y de su tranquilidad.