Guy de Warwick, Anónimo

[Guy of Warwick]. «Román» inglés en 7.000 versos redactado en el siglo XIV y que, como Havelok el Danés (v.) y el Rey Horn (v.), se inspira en mo­tivos del mundo anglosajón y escandinavo más que del franco-normando. Su origen y fuentes han sido muy discutidos.

El pro­tagonista es el hijo de un cierto Siward, joven gentilhombre del Northumberland re­fugiado en Warwick para substraerse a la despótica dominación de Eduardo, hijo de Alfredo el Grande. De su unión con una noble doncella nació Guy (v.). Confiado a la tutela del docto Heraud dArdeme, Guy que es ya un arrogante joven, se enamora de Felicia, hija del conde Athelstan de War­wick. La muchacha primero le hace sentir desdeñosamente la distancia que los separa, pero luego, conmovida por el dolor del jo­ven, consiente en casarse con él a condi­ción de que antes conquiste fama de intré­pido caballero. Empieza entonces una larga serie de aventuras. Guy desembarca en Ale­mania y triunfa sobre valerosos y célebres caballeros, hasta el punto de que el em­perador desea darle a su hija por esposa; de vuelta a Inglaterra, Felicia le impulsa a salir de nuevo en busca de otras aven­turas. Liberta el condado de York de un terrible monstruo, una gigantesca vaca ne­gra que todo lo destruía; pasa a Italia y en Benevento vuelve a encontrar a un ca­ballero alemán, Otón, con el cual sostiene un sangriento duelo.

En Bizancio ayuda al emperador Ernis contra los sarracenos con­ducidos por un almirante de estatura gigan­tesca, Coldran, a quien Guy vence y mata. Durante el camino de vuelta a Warwick debe batirse una vez más con Otón, que muere en el duelo, y luego liberta a North­umberland de un terrible dragón. Después de su boda con Felicia, Guy, contemplando una noche el cielo estrellado, tiene una crisis espiritual, y sintiendo la caducidad de las cosas terrenales, resuelve ir a Tierra Santa; Felicia no se opone a su piadoso proyecto. Pero otros peligros y aventuras desvían de su meta al guerrero, el cual regresa a Inglaterra cuando sabe que Athels­tan está implicado en una terrible guerra contra los daneses; el rey danés tiene a su servicio a un gigante llamado Colbrand, al cual nadie puede resistir. Guy, milagrosamente, le mata, librando a su patria de los daneses. Después de esta última aventura, el héroe se entrega a la vida ascética, retirándose a una caverna junto al río Avon. A veces, desfigurado bajo sus andrajos, va con otros pobres a recibir limosna de su esposa Felicia, que no lo reconoce. Sólo cuando siente aproximarse su fin, manda a Felicia el anillo nupcial y le ruega que vaya a recoger su último suspiro. Este «román» está lleno de elementos contradicto­rios. Su base histórica reside en las largas guerras de Athelstan contra los daneses y en la victoria conseguida en 937 en Brunanburch por los ingleses. Sobre ella trabajó la fantasía popular y se originó la leyenda de un terrible gigante, Colibrant, al servicio del rey danés Anlauf. Esta leyenda habla de la liberación de Athelstan, al cual Dios mismo predice que encontrará a un pere­grino que le llevará la salvación y la for­tuna.

De este núcleo central histórico legendario de temas anglo escandinavos, ha surgi­do el poema, constituido por dos partes dis­tintas. El nombre de Guy es franco-normando, la sed de aventuras y de peligros para conquistar el corazón de la mujer amada, constituye un motivo del mundo feudal y caballeresco. Pero cuando el protagonista se dedica a la vida ascética, el poema ad­quiere distinto carácter y recuerda la lite­ratura sajona religiosa de Caedmon. Tam­bién la vida de San Alejo, que huyó la misma noche de su boda y luego volvió a Roma, donde vivió pobre e ignorado de todos mendigando en el palacio de su pa­dre, inspiró tal vez el motivo de la se­gunda vida de Guy. El Guy de Warwick, a pesar de no estar a la altura del poema de Havelok el Danés, que ostenta el pri­mer lugar por su claro y primitivo carác­ter épico, puede tal vez interesar más que aquél al historiador y al crítico, en cuanto nos revela los múltiples elementos y moti­vos de la epopeya religiosa y mística an­glosajona de la época feudal.

G. Fornelli

Guy Mannering, Walter Scott

[Guy Mannering). No­vela de Walter Scott (1771-1832), publicada en 1815.La narración tiene lugar en el si­glo XVIII, y, como El Anticuario (v.), no describe personajes reales, sino que qúiere crear una atmósfera histórica, y tiene por argumento las vicisitudes del joven Enrique (Harry) Bertram, hijo del señor de Ellan- gowan en el condado de Dumfries.

Enrique es raptado siendo muy niño por unos con­trabandistas y conducido a Holanda, a cau­sa de las maquinaciones de un abogado sin escrúpulos, Glossin, que piensa hacerse con las tierras de Ellangowan a bajo precio, gracias a la falta de heredero. Bertram, que nada sabe de su origen, emigra a la India con el nombre de Brown, y allí pelea con honor bajo el mando del coronel Guy Mannering (v.), pero éste, al sospechar que hace la corte a su mujer, le hiere en due­lo y lo dan por muerto. Pero no es de su mujer, sino de su hija Julie de quien está enamorado Enrique. Una vez curado de su herida, sigue a su amada a Inglaterra, donde es reconocido en los alrededores de Ellangowan por la vieja gitana Meg Merrilies. Glossin, que entretanto se ha hecho con la finca de Ellangowan, teme verse en la ruina a causa del regreso de Bertram y por el peligro de que éste llegue a ente­rarse de su origen. Por otro lado, la gitana, muy fiel a la familia de Ellangowan, hace todo lo posible para dar a conocer la exis­tencia del heredero. Glossin no encuentra otra solución que la de organizar un com­plot con Dirk Hatteraick, el jefe de los contrabandistas que anteriormente habían raptado al niño y que ahora tendrá que hacer desaparecer de nuevo a Bertram. Pa­ra descubrir el complot ofrece su ayuda, junto a la gitana, un fiel amigo de Ber­tram, el vigoroso campesino Dandie Din- mont (v.).

Hatteraick y Glossin son en­carcelados, y el primero, después de matar en la cárcel al propio abogado, en el que ahora ve el artífice de todas sus desgracias, se quita la vida. Bertram es reconocido le­gítimo propietario de Ellangowan, obtiene de nuevo el favor de Mannering y se casa con Julie. Entre los personajes menores có­micos, sobresalen un tipo de ingenuo eru­dito, preceptor del pequeño Enrique, Do- minie Sampson, y el consejero Pleydell, que obstinadamente alardea de modales propios de una generación anterior. La trama de esta novela rebosa de elementos convencio­nales tan característicos de Scott (rapto en la infancia del protagonista, el reconoci­miento, el hombre fuerte y simpático, el pintoresco vagabundo, el estafador conti­nental, el erudito, etc.); la trama, de im­portancia secundaria, sirve de enlace entre unos episodios realistas y dramáticos, como la caza del zorro y la pesca del salmón en Charlie’s Hope, el modo con que Meg Merrilies consigue salvar a Bertram de sus perseguidores, el asalto de la cárcel por los contrabandistas, o el final y melodra­mático reconocimiento. [Trad. de Eugenio de Ochoa (Madrid, 1838, y París, 1840) y de Pedro Alonso O’Crowley (Cádiz, 1843, y Barcelona, 1858)].

M. Praz

Sus personajes siguen adelante a duras penas con una gramaticalmente incorrecta y poco dramática retahila de palabras. A menudo es capaz de imponernos una floja e inarticulada perorata; le seduce la evoca­ción romántica, pero tiene poca paciencia para detenerse en ella. Es un gran soñador, pero no se puede decir que un gran artista: en el sentido profundo de la palabra no es un artista. (Stevenson)

El Gusano del Remordimiento. Ludwig Anzengruber

[Der Gwissenswurm]. Comedia rural de Ludwig Anzengruber (1839-1889), represen­tada por vez primera en Viena en 1874 y que sigue representándose actualmente en los teatros populares de Austria y Baviera. El motivo es satírico y anticlerical — según la moda del tiempo y como a menudo se en­cuentra en las obras del autor—: «El que habla demasiado de los risueños vergeles del cielo, es evidente que está pensando en los buenos alimentos terrenales». «Ala­bado sea Jesús», son las primeras palabras que el jesuítico Dusterer pronuncia en la escena, y toda su labor cerca de su cuñado Grillhofer parece no tener otro fin que el de salvar su alma: Grillhofer lleva, en efec­to, sobre su conciencia un pecado mortal cometido en su juventud, cuando estaba ca­sado con una mujer enferma y sin espe­ranza de salvación: Dusterer le describe ya las amenazas del castigo divino, ya las dul­zuras del divino perdón, ora le recuerda la memoria de la dulce mujer a la que trai­cionó, ora la imagen de la mujer del pe­cado, también ella destinada a la condena­ción por culpa de él. Por fin se quebranta la resistencia del buen Grillhofer; y ya está el zalamero y rapaz Dusterer a punto de lo­grar su fin con un contrato de cesión de la finca a su favor, cuando ocurre algo im­previsto. Llega a la finca la vivaz Horlacher-Liesl, la muchacha que nació de la antigua y nunca olvidada culpa de amor. Y es la misma madre quien la envía a Grill­hofer. Todas las maquinaciones de Dusterer se vienen abajo. La pequeña Liesl, sentada a los pies de su padre, le declara solemne­mente «que ella le está muy agradecida por haberla hecho nacer» y que «se encuen­tra muy bien en este mundo». Con la vi­vacidad de su pintoresco lenguaje popular, la comedia presenta cuatro o cinco figuras de seguro efecto escénico. A pesar de al­gunos elementos de farsa, el acento es sen­cillo y humano: y a pesar de su estructura, típica del «Volkstück» vienés, con sus co­ros y sus «couplets» musicales, el tono es realista. Como siempre en Anzengruber, en el origen de la inspiración está el impetuo­so e instintivo «gozo de vivir».

G. Gabetti

Gustaf Vasa, August Strindberg

Drama histórico en cinco actos de August Strindberg (1849-1912), pu­blicado en 1899. El drama se relaciona con el juvenil Maestro Olof [Máster Olof, 18721 y con el Erik XIV (v.), con los que forma una trilogía. Maestro Olof representaba el fundador de la dinastía de los Vasa en su victoriosa aparición en el horizonte político; el Gustaf Vasa, del drama del mismo nom­bre, es el rey, ya no joven, sorprendido en un momento particularmente difícil, es de­cir, en el momento de su lucha contra la rebelión acaudillada (1542) por Nils Dacke, cruel y astuto, violento y maquiavélico, y, sin embargo, en algunos momentos cansado de tanta lucha y deseoso de humillarse ante los hombres y ante Dios.

En los primeros dos actos, se percibe continuamente la pre­sencia del rey, y sin embargo éste perma­nece invisible. Se derivan de ello unas situa­ciones de gran efecto, como la del modo de dar muerte a los jefes rebeldes de Dalecarlia, atraídos uno tras otro a un colo­quio engañoso; sus chaquetas llenas de san­gre son arrojadas, terrible prueba y amo­nestación, a la estancia de la posada donde sus amigos se hallan reunidos esperando. Si el primer acto representa al rey que, invisible, asesina a sus adversarios según un procedimiento que el cauque Valentino no rechazaría, y el segundo acto nos mues­tra en sus variados aspectos el predominio de la razón de Estado, el tercero, en el que Gustaf Vasa entra directamente en escena, hace el imponente retrato del rey, de sen­timientos humanos en su vida particular, bestia y hombre al mismo tiempo, según la enérgica sentencia de Maquiavelo, en la po­lítica. Después de un cuarto acto más bien flojo, que describe al rey que vaga como un ciudadano cualquiera por Estocolmo, ro­deado y humillado por los mendigos, el último acto, en algunos momentos, está lle­no de intensidad dramática. El rey se en­cuentra en grave peligro, y parece que toda posibilidad de fuga ha desaparecido para él. Angustiado, se humilla ante Dios, mientras se va oyendo el pesado paso de los campesinos de Dalecarlia que están en­trando en Estocolmo.

El espectador espera la catástrofe por momentos; sin embargo, aquellos campesinos dalecarlenses, al enterarse de los apuros que está pasando el rey, han venido con la intención de socorrerle. Gustaf Vasa no es, pues, una tragedia en el sentido clásico; las acciones del rey no provocan la catástrofe, ni el espectador que­da sobrecogido por ningún sentimiento de piedad. Es, más bien, un gran fresco his­tórico, compuesto con mucha habilidad y rico en efectos dramáticos, en el que resal­ta, grandiosa, la figura del primer Vasa.

V. Santoli

Gustavo Adolfo, August Strindberg

[Gustaf Adolf]. Dra­ma del sueco August Strindberg (1849-1912), publicado en 1900. Es un amplio fresco, cu­yos cinco actos representan los principales momentos de la campaña de alemania con­ducida por Gustavo Adolfo en los años 1631 y 1632 hasta su muerte en la batalla de Lützen. El mérito principal del drama radica en la descripción del ambiente: aque­llas escenas militares en el marco de las inmensas ruinas y desgracias que una gue­rra despiadada iba amontonando sobre Ale­mania. Por ello el primer acto, que es una especie de preludio en el que es evidente la influencia de Schiller, es el más bello por la bien lograda descripción del estado de los espíritus en alemania y de la mezcla de las varias profesiones de fe y de las dis­tintas nacionalidades en el mismo campo del rey sueco: y hermosas son también al­gunas escenas del último acto, envueltas en la niebla espesa sobre, el campo de batalla que da al paisaje un aspecto de visión fan­tasmal, con el difuso sentimiento de angus­tia y de inminente desgracia, y con los tres molinos de viento cuyos brazos parecen, por entre la niebla, tres cruces.

El tema central del drama, la tolerancia religiosa, aparece ya al principio, en el diálogo del molinero luterano con su mujer católica, con la máxima de Federico el Grande, que afirma que hay que conceder a cada uno la posibilidad de ser feliz a su manera; y vuelve continuamente, aunque queda a ve­ces como alejada y extraña. Menos feliz es, en cambio, la caracterización del rey, no tanto porque se aparta de la realidad, como porque es intrínsecamente floja. Strindberg, precisamente porque era muy vigoroso en la descripción de los afectos y de las formas elementales de la vida, era débil en la re­presentación de la humanidad superior; y su Gustavo Adolfo es, en efecto, un estra­tega aficionado, algo escéptico y algo sen­timental, crédulo e impulsivo, cuya super­ficialidad e incoherencia se reflejan en el drama, muy rico en personajes y en acon­tecimientos; es, en resumen, descriptivo y anecdótico, pero está falto de inspiración poética.

V. Santoli