El Gusano del Remordimiento. Ludwig Anzengruber

[Der Gwissenswurm]. Comedia rural de Ludwig Anzengruber (1839-1889), represen­tada por vez primera en Viena en 1874 y que sigue representándose actualmente en los teatros populares de Austria y Baviera. El motivo es satírico y anticlerical — según la moda del tiempo y como a menudo se en­cuentra en las obras del autor—: «El que habla demasiado de los risueños vergeles del cielo, es evidente que está pensando en los buenos alimentos terrenales». «Ala­bado sea Jesús», son las primeras palabras que el jesuítico Dusterer pronuncia en la escena, y toda su labor cerca de su cuñado Grillhofer parece no tener otro fin que el de salvar su alma: Grillhofer lleva, en efec­to, sobre su conciencia un pecado mortal cometido en su juventud, cuando estaba ca­sado con una mujer enferma y sin espe­ranza de salvación: Dusterer le describe ya las amenazas del castigo divino, ya las dul­zuras del divino perdón, ora le recuerda la memoria de la dulce mujer a la que trai­cionó, ora la imagen de la mujer del pe­cado, también ella destinada a la condena­ción por culpa de él. Por fin se quebranta la resistencia del buen Grillhofer; y ya está el zalamero y rapaz Dusterer a punto de lo­grar su fin con un contrato de cesión de la finca a su favor, cuando ocurre algo im­previsto. Llega a la finca la vivaz Horlacher-Liesl, la muchacha que nació de la antigua y nunca olvidada culpa de amor. Y es la misma madre quien la envía a Grill­hofer. Todas las maquinaciones de Dusterer se vienen abajo. La pequeña Liesl, sentada a los pies de su padre, le declara solemne­mente «que ella le está muy agradecida por haberla hecho nacer» y que «se encuen­tra muy bien en este mundo». Con la vi­vacidad de su pintoresco lenguaje popular, la comedia presenta cuatro o cinco figuras de seguro efecto escénico. A pesar de al­gunos elementos de farsa, el acento es sen­cillo y humano: y a pesar de su estructura, típica del «Volkstück» vienés, con sus co­ros y sus «couplets» musicales, el tono es realista. Como siempre en Anzengruber, en el origen de la inspiración está el impetuo­so e instintivo «gozo de vivir».

G. Gabetti