Los Hechos de los Apóstoles, Cynewulf

[The Fates of the Apostles]. Composición en 122 versos, obra de Cynewulf (siglo VIII- IX), contenido en el Codex Vercellensis de la Biblioteca capitular de Vercelli. Narra, basándose seguramente en la fuente desco­nocida del Breviarium Apostolorum, los he­chos de cada apóstol, pero la narración es más bien escueta y es diferente de las de­más obras del autor, inspiradas en un mis­ticismo poéticamente rico. El comienzo de la composición recuerda el del Beovulfo (v.) y el tono heroico que se desprende de la misión de cada Apóstol es semejante al del Andreas. La firma de Cynewulf está en caracteres rúnicos que llevan en el verso el significado de los signos. Dado que esta obra se halla en el mismo manuscrito que el Andreas, se ha emitido la hipótesis de que este último puede ser tal vez el final de los Hechos de los Apóstoles.

G. Lupi

Hechos de los Apóstoles, San Lucas

Libro del «Nuevo Testamento» (v. Biblia) atribuido al evangelista San Lucas, autor- del tercer Evangelio (v.) y algo posterior a él. Fue escrito con toda probabilidad en Roma, como lo atestigua San Jerónimo, en lengua griega, entre el 58 y el 64 d. de C.

Este libro aparece con tí­tulos diversos en los manuscritos y por parte de los escritores eclesiásticos. San Juan Crisòstomo es el primero que atribuye al autor la indicación frontal de Hechos de los Apóstoles; según parece, San Lucas de­bió titular sus recuerdos «Segundo escrito», puesto que en sus primeras líneas alude a un «primer escrito». Jesús ha subido al cie­lo y los Apóstoles están solos, profunda­mente impresionados por el vacío que ha dejado en sus almas la partida del Maestro. Han transcurrido ya diez días desde el mo­mento de la dolorosa separación, y la ayu­da prometida no se ha manifestado aún. Pero la palabra de Dios no se desmiente: he aquí que desciende sobre el pequeño y débil grupo el Espíritu Santo para revelar las lenguas de los pueblos, para iluminar las inteligencias, reanimar los corazones y dar vigor a las palabras de Cristo: «Estaré con vosotros hasta el fin del mundo»; y he aquí a aquellos míseros, transformados en poderosos conquistadores; helos aquí anun­ciando también ellos, como su Maestro, la buena nueva. Los primeros fastos de aquel grande acontecimiento están contenidos en este libro, el quinto y último libro histórico del «Nuevo Testamento». Su autor no escri­bió nunca su propio nombre, pero desde el primer párrafo se da a conocer como evan­gelista. Es un discípulo y compañero de San Pablo (XVI, 10; XX, 5-15; XXI, 1-18; XXVII, 1; XXVIII, 16). La tradición lo identifica; ya en tiempos de San Ireneo (202) se atribuye la totalidad del libro a San Lucas; su estudio crítico demuestra resueltamente que este escrito pertenece al evangelista, y su unidad de composición, caracterizada por la misma doctrina, indica firmemente que el autor de los Hechos es uno solo.

Cierto que San Lucas no fue testi­go de todos los hechos referidos por él: nacido en Antioquía y fiel discípulo de San Pablo, estaba al corriente de cuanto concer­nía a la comunidad cristiana de aquella ciudad. La vida de San Pablo, además, con su conversión, con sus viajes, con sus per­secuciones, con sus conquistas, pudo conocerla por boca del gran Apóstol; por boca de San Pedro o de Santiago o de los ancianos, junto con los cuales se detuvo en Jerusalén con San Pablo y hasta de San Marcos, con el cual vivió en Roma, durante la prisión de San Pablo, pudo saber las noticias relativas a los primeros tiempos de la Iglesia de Jerusalén y a lo que los apóstoles obraron allí. Los Hechos se pue­den dividir en tres partes distintas; en la primera parte, constituida por los siete pri­meros capítulos, se habla de la Ascensión, del descendimiento del Espíritu Santo, de la vocación de San Matías al puesto de Judas, de la predicación de San Pedro y de sus milagros, y de la unión de los pri­meros cristianos: se alude además a las primeras oposiciones de la Sinagoga, a las persecuciones, y al primer mártir, San Es­teban. En la segunda y tercera partes se re­sume la vida de la primera gran familia cristiana que se ama, que comparte sus bie­nes, y pone en práctica la humildad, la dulzura, la paciencia, y los gozos en las pruebas; y se recuerda también el trabajo infatigable de los Apóstoles, los cuales, ter­minada la predicación en Judea, se repar­ten por el mundo. Particular relieve ad­quiere la obra de Pablo, que fue verdadera­mente uno de aquellos espíritus agitadores y audaces, nacidos para cambiar la faz del mundo. Santiago se queda en Judea, es venerado como santo, muere como mártir.

El autor de los Hechos no habla de las ges­tas de todos los apóstoles, como parece in­dicar el título, sino que se ocupa, casi ex­clusivamente, de San Pablo, cuya vida agi­tada e inquieta refiere difusamente, y de San Pedro, amado y venerado como Vicario del Divino Maestro, con una referencia a Santiago el Mayor y a Santiago el Menor, sin darnos una historia completa de nin­guno de ellos. Aunque dedicado a Teófilo, el libro va dirigido a los cristianos de Roma y de Italia, a los mismos para los cuales había sido escrito el tercer Evangelio. La influencia de San Pablo es evidente en él por su discreción en no decir nada ofensivo contra los gentiles, por su respeto para las ceremonias judaicas, y por su insisten­cia en destacar la necesidad de renunciar a los bienes terrenos. Estilísticamente, los Hechos superan al Evangelio. La pureza de su lengua sorprende, especialmente a quien lee el discurso de San Pablo en Atenas. Los hebraísmos que aquí y allá se encuen­tran no perjudican a este hálito griego lleno de belleza y de gracia. Son singulares la sencillez estilística de este libro y su natu­ralidad, que le da facilidad de expresión y claridad de exposición. San Lucas pro­cede siempre con llaneza, con regularidad y, al mismo tiempo, sin monotonía, porque tiene una vivacidad y un movimiento llenos de hechizo y de interés. Sobresalió en el arte de reproducir exactamente el carácter de los personajes a quienes hace hablar, y da claro relieve y colorido a las escenas. «Todos los orígenes y toda la elocuencia del Cristianismo — dice Lacordaire — se ha­llan en aquellas breves páginas, en las cua­les San Pablo, que en realidad nunca había visto a Jesús, se alza junto a San Lucas, ya inseparable de él para siempre, menos grande en autoridad, más espléndido en la palabra, iguales ambos en tres cosas: en el amor, en el suplicio y en la tumba».

En es­tos Hechos, observa después Ferrero, entre esos dos hombres se desarrollan todas las espléndidas escenas de la antigüedad cris­tiana. Se conservan de este libro dos redac­ciones griegas, ambas aceptadas por la Igle­sia Católica. Ésta no ha definido todavía si tal o cual versículo de la versión más larga — occidental — no pueda ser tenido por una glosa, una adición o una modifica­ción del texto primitivo. El cotejo de al­gunos versículos (XV, 28 y sig. y XV, 19- 21), hace suponer que la redacción oriental es la primitiva.

G. Boson

Hechos de San Francisco y de sus Compañeros, Anónimo

[Actus beati Francisci et sociorum eius]. La fecha de esta obra es anterior a la de la Leyenda antigua (v.) porque el compilador de ésta la cita como fuente. En algunos manuscritos, los Hechos se hallan juntos con el Espejo de perfección (v.) y, a menudo, hasta intercalados en la leyenda. Comprenden una serie de narra­ciones que relatan dichos y hechos de fray Masseo, fray Rufino, fray Silvestre, fray Offida y Santa Clara. A esta primera serie se añade una segunda sobre hechos y dichos de fray Gil, fray Offida y fray Juan de Verna, muerto en 1317. El autor de estos Hechos es incierto. En algunos momentos se declara autor fray Hugolino de Monte Giorgio, en otros se cita, por el contrario, a fray Hugolino como fuente. Son segura­mente de fray Hugolino, las páginas que se refieren al Seráfico y a sus primeros compañeros: de un anónimo las que se re­fieren a los frailes de la Marca. Algunos, quisieron ver en las Florecillas (v.) una traducción de los Hechos; esto no se puede afirmar tan a la ligera, si bien es verdad que en los Hechos está contenido en parte el original de las Florecillas. Los Hechos están escritos en un latín corriente, no exento de ingenua y pintoresca gracia. En ellos aparece el alma del santo, su bondad, su caridad, su amor por Dios y por las criaturas. Vibrantes de contenida emoción, respiran a través de las locuciones, ya fuer­tes, ya amables, la dulzura y la suavidad propias de la mística franciscana.

P. P. Addoli

Los Hechos de Eneas, fray Guido da Pisa

Constituyen el segundo libro de la obra La flor de Italia [Il flore d’Italia] (v.) de fray Guido da Pisa, que vivió en la primera mitad del siglo XIV. La composición de la obra tuvo lugar, aproximadamente, entre 1325 y 1340. La intención del autor fue la de venir en ayuda de «muchos que quisieran saber, pero que se encuentran con el impedimento de no haber estudiado», por lo que «yo — di­ce— para utilidad de éstos… trato de tras­ladar del latín a la lengua vulgar algu­nos memorables hechos de los antiguos y especialmente de los romanos, que han ilu­minado todo el mundo con sus hazañas maravillosas». El tema de los Hechos está tomado de la Eneida (v.) de Virgilio, tra­ducida, parafraseada y refundida libremen­te en cuanto a la narración y a los movi­mientos, pero también tratada con un calor de adhesión poética, y con un candor, que la convierten en una obra absolutamente original. Se siente la tentación de afirmar que los Hechos de Eneas son las «florecillas» de Eneas, porque en ellos el tema clá­sico está narrado y tratado con el mismo candor y sentido de lo maravilloso con que el tema franciscano está tratado en las fa­mosas Florecillas de San Francisco (v.).

En la pluma de fray Guido, la historia de Eneas adquiere toda la apariencia y el sabor de una bella fábula, no sólo por la índole del escritor, sino también por su propósito de vulgarizar el tema clásico; propósito pro­gramático consciente, que no permite in­ferir el candor, y todo el tono íntimamente poético de la obra, de la presunta simpli­cidad o primitivismo del escritor. Fray Guido es un escritor culto a su manera, co­noce bien a Virgilio y demás escritores la­tinos, y está perfectamente al corriente de los principios de la hermenéutica medieval, que aplica a la interpretación de los mitos religiosos clásicos y de otras fábulas. Un rasgo interesante de la figura de fray Guido es el gran amor y el detallado conocimiento que revela del poema de Dante, del que se complace en hacer citas abundantes y apropiadas. A él se atribuye un comentario latino de la Divina Comedia y una expla­nación del Infierno en tercetos.

D. Mattalía

Los Hechos de César, Anónimo

[I fatti di Cesare]. Obrita que tiene por asunto las empresas de César, compuesta en los últimos veinte años del siglo XIII, extracto y traducción de una compilación histórica francesa titulada Faits des Romains: la de­pendencia del texto francés, se patentiza hasta en el título. Obras del género de los Hechos de César (y tenemos muchas seme­jantes en el siglo XIII) no surgen porque el mundo romano sintiese de pronto un nuevo interés histórico, sino que son una consecuencia del éxito que tuvieron en Ita­lia compilaciones francesas afines y a me­nudo homónimas y también del gusto que las novelas bretonas hicieron despertar ha­cia la novela. Es interesante hacer notar que, aparte del círculo de eruditos y de la cultura de las escuelas, los primeros con­tactos de importancia con el mundo clási­co se realizaron principalmente en el pla­no novelístico, sobre todo a base de cándi­das y anacrónicas transformaciones: en los Hechos de César la historia de las empresas del personaje es puramente una novela, una fábula interesante y maravillosa.

Este can­dor confiere una simpática simplicidad psi­cológica a los personajes, casi se podría decir que el anónimo compilador está frente a la materia clásica, en la misma disposi­ción de ánimo que el compilador de las Florecillas (v.) de San Francisco. Léase, por ejemplo, el fragmento sobre el encuen­tro de César con el pobre pescador Amíclate, tratado de modo novelístico y fabuloso. La narración es rápida, a menudo elocuen­te, nerviosa y desigual, falta de perspecti­va en el juego de efectos; a pesar de ello se sostiene, y los períodos, aparentemente desligados y superpuestos, están sin em­bargo enlazados por una relación oculta que da el tono a todo el libro.

D. Mattalía