Hermana Elena, Dante Gabriel Rossetti

[Sister Helen]. Bala­da del inglés Dante Gabriel Rossetti (1828- 1882), escrita en 1851 y revisada en 1880, se publicó en The Dusseldorf Artisfs Annual (edición inglesa) de 1853, después en los Poems, de 1870, y, finalmente, en las Bala­das y Sonetos (v.) de 1881.

El poeta cuenta en ella la historia de una muchacha que, para vengarse de su amante infiel, le pro­voca la muerte destruyendo su imagen en cera, pero condena, con este acto, su propia alma a la perdición. El argumento, afín al de la «Encantadora» de Teócrito (v. Idi­lios), no está contado directamente, sino que se desprende de las respuestas dadas por Elena a las preguntas inocentes de su hermanito. La fusión de la tendencia des­criptiva, tan característica del poeta, y del elemento sobrenatural y simbólico por el que se sintió siempre atraído su arte, puede considerarse como completamente lograda en esta composición, así como en la más tardía «Rose Mary» (v.). Es evidente en esta poesía el influjo de las Baladas fronterizas (v.), sobre todo el de «Bárbara Allen’s Cruelty, or the Young Man’s Tragedy» [«La crueldad de Bárbara Alien o La tragedia del muchacho»]. Es también po­sible el influjo de la Leonora (v.) de Bürger, traducida por Rossetti a los dieciséis años, por el colorido general romántico y por el motivo de la cabalgata nocturna. La poesía refleja la concepción decadentista de una Edad Media tenebrosa y sanguinaria, y la figura de Elena repite el tipo de mujer cruel y fatal que destruye al hombre cuyo destino cae bajo su poder. La estructura de las 42 estancias de que se compone y el uso del estribillo, contribuyen a acrecen­tar la atmósfera de trágica pasión de Her­mana Elena, aunque no siempre evita la impresión de virtuosismo y artificio.

R. Barocas

Si hubiese sido tan buen poeta como Tennyson, habría sido un poeta pintor de cua­dros. Si hubiera sido tan buen pintor como Burne-Jones-, habría sido un pintor que hubiera escrito poesías. Es extraño obser­var, precisamente en los umbrales del ex­tremo movimiento artístico, que este gran artista, en buena parte, triunfó por no ha­ber definido su arte. Sus poesías eran de­masiado ‘pictóricas. Sus cuadros demasiado poéticos. Ésta es la razón por la que no lograron sino la fría aquiescencia de los Victorianos, porque querían decir algo, aun cuando artísticamente no fuera gran cosa. (Chesterton)

Muy a menudo, en la obra, atormentado, lacerado por la pasión de expresar lo inexpresable; y a veces, espléndido con una belleza digna de los supremos poetas. (E. Cecchi)

Las Hermanas, József Eötvös

[Növérek]. Novela de fondo social del escritor húngaro József Eötvös (1813-1871), publicada en 1857, y en su versión alemana por Adolfo Dux en 1858. El argumento, encuadrado en las re­vueltas agrarias que ensangrentaron el cam­po húngaro en tiempos del autor, arranca de los principios humanitarios que el autor propugnó, tanto en su obra literaria, como en su actividad de hombre político. La idea fundamental es que la felicidad no depende de la riqueza ni de la fuerza, sino que es una disposición del espíritu, que alcanza más fácilmente quien vive en una humilde choza que quien vive en un pala­cio; esta tesis está demostrada en la obra por la suerte de dos condesitas, hermanas a quienes los acontecimientos de la vida han separado. Una de ellas, permaneciendo en el seno de la opulenta familia, disgusta­da de las excesivas facilidades, cada vez tiene mayores pretensiones, y, desilusionada de su matrimonio, muere joven; la otra, crece lejos de la casa paterna, y su madre al saber un día que vive feliz siendo la esposa de un hombre sencillo, no le revela el secreto de su nacimiento, temiendo que los bienes materiales puedan arrebatarle, como a la hija que perdió, la paz, la sere­nidad y la alegría del corazón. También en esta obra Eötvös tiene siempre presente el fin didáctico, pero lo transmite con tal ím­petu sentimental, con tan clara fe en el hombre, con tan segura exaltación de la justicia, que su obra alcanza verdadero va­lor artístico, conseguido, por otra parte, con la vigorosa y acertada representación de la gente sencilla, características éstas que son propias de las aspiraciones de uno de los más intensos y vibrantes movimientos en la historia de las reformas de Hungría.

M. Benedek

El Hermafrodita, Girolamo Parabosco

[L’Ermafrodito ]. Comedia en cinco actos de Girolamo Parabosco (1524-1557), publicada en 1549. Se entrecruzan en ella los diversos amores del viejo Calixto y su criado Magagna por la cortesana Polixena, y del viejo Miniato y el joven Zerbino por Furmia, pupila de Calixto, complicados con una serie de disfraces y enredos por los cuales Calixto aca­ba por encontrarse con la mujer del inge­nuo Nebbia y Magagna toma su lugar junto a Polixena. Un reconocimiento, con el cual Zerbino se revela hijo de Miniato, concluye la comedia.

U. Déttore

El Hermafrodita, Antonio Beccadelli

[Hermaphroditus]. Colección de epigramas eróticos latinos de Antonio Beccadelli, llamado el Panormita (1394-1471), publicada probablemente en 1425. Perfecto en la versificación de imita­ción catuliana, este Hermafrodita se parece también por el tema a algunos versos del «lepido libello» de Catulo: es una minucio­sa y detallada glorificación de los sexos en la que al placer de las imágenes se une el del lenguaje y el de la forma. En bre­ves grupos de dísticos elegiacos (80 dividi­dos en dos libros), se pasa revista a una rica teoría de experiencias amatorias en las que todo se reduce a hechos concretos y la obscenidad se hace fin en sí misma. Dedicada a Cosme de Médicis, esta obra motivó que el emperador Segismundo coro­nara como poeta a su autor, y, condenada por el Concilio de Constanza, fué quemada en la plaza pública. Su título indica un gé­nero en el que se considera al amor en las distintas resonancias que encuentra en los dos sexos, y en este sentido fue tomado otras veces.

U. Déttore

No nos llame a engaño un no sé qué de popular que tiene en su forma; también eso es una prueba de natural y espontánea ele­gancia. (F. Flora)

La Herida no Cerrada, Giovanni Boine

[La ferita non chiusa]. Ensayos filosóficos de Giovanni Boine (1887-1917), publicados póstumos al cuidado de Mario Novaro, en 1921, y, con algunos cambios, en 1938. El ideal de una acción que venza los titubeos y flaquezas de la vida y del pensamiento aparece cla­ro en estas páginas de tema religioso, particularmente inspiradas en los místicos. In­satisfecho con el idealismo de Croce y de Gentile, así como de la propia tentativa modernista de Il rinnovamento (v.), el au­tor apoya por completo sus motivos román­ticos en la valoración de la experiencia religiosa en sí y por sí. La «herida no ce­rrada» es el sentimiento de la propia inca­pacidad para captar la verdad en el mundo amplio y contradictorio de la vida: la re­ligión, con su profundidad, con sus man­damientos sentidos e informando la vida, y con la exigencia de una verdad eterna, postula la necesidad de salir de los estre­chos senderos de la filosofía. La filosofía sistematiza el mundo áridamente, privándolo de las pulsaciones y el hálito de la vida. La lógica es, en sí, demasiado orde­nada para comprender los límites y las ambiciones de la naturaleza humana; la misma historia es como una sistematización póstuma de los datos.

Vivo está, sin em­bargo, en los místicos, desde San Juan de la Cruz a Santa Teresa, el sentimiento de la lucha que nos ha de hacer mejores, en una ofrenda continua a la eternidad. En esta fiebre de acción reside el sentimiento de la religión, y religioso es «todo lo que va contra la corriente a través del sentimiento hacia lo inagotable», por tanto «el esfuerzo de crear fuera de la forma, la vio­lencia de la creación contra y fuera de toda categoría conocida y nuestra». Se compren­de en este sentido la posición de Boine frente al movimiento de La voce (v.), que Prezzolini trataba de interpretar de modo filosófico e idealista: son notables las pági­nas polémicas que en la edición original daban fin al volumen y que, suprimidas en la última edición, han sido en parte con­servadas (como «Epístola al tribunal») en las partes que han sido añadidas a la nueva edición del libro Aplausos y latigazos (v.). En esta oposición con Prezzolini y con el amor por la lógica sistematizadora, el autor trataba de mostrar con variados argumentos que sólo la fe decidida y cálida construye la realidad; porque un hombre vivo y en­tusiasta de su ideal (ya sea San Ignacio de Loyola o Giuseppe Mazzini), vale más que mil sofistas, argumentando en torno a los problemas con frío sistematismo.

C. Cordié