Los Hijos del Hombre de Corazón de Piedra, Mór Jókai

[A köszivü ember fiai]. Novela del escritor húngaro Mór (Mauricio) Jókai (1825-1904), publicada en 1869. El «hombre de corazón de piedra» es Baradlay, uno de los jefes del partido conser­vador magiar. Al morir ordena en su testa­mento que sus tres hijos rompan sus re­laciones con la corte de Viena y se pongan al servicio del extranjero. Pero tanto la viuda como sus hijos son de sentimientos liberales. El mayor, Edmundo, diplomático en San Petersburgo, al morir su padre re­gresa a su patria y se convierte en defen­sor de la causa nacional. Ricardo, el se­gundo, guardia de corps en Viena, acaba por ser un soldado de la independencia hún­gara, y el menor, Eugenio, abandona tam­bién su cargo en Viena. Perdida la guerra de independencia, Edmundo, que ha tenido gran responsabilidad en la lucha, es con­denado a muerte, pero por una confusión de nombres es arrestado en lugar suyo Eu­genio, que se sacrifica por su hermano. Ri­cardo está a punto de ser condenado tam­bién a muerte, y cuando Haynau, la «hiena de Brescia», va a firmar la sentencia, se entera de que va a ser destituido y, para vengarse, indulta a todos los héroes de la independencia que aún conservan la vida. Los tres hermanos Baradlay, a pesar de la diferencia de sus caracteres, son héroes a lo Jókai: arrojados y dispuestos a todo sacrificio. En torno a ellos se mueven nu­merosas figuras de segundo plano, pero perfectamente individualizadas, y las des­cripciones de la guerra y del período que la sigue figuran entre las más logradas de la literatura húngara. Aún hoy es ésta una de las novelas más populares de Jókai. El autor escribió un drama con el mismo te­ma, titulado Búscate el corazón, estrenado en 1896.

M. Benedek

Los Hijos de la Muerte, Mihály Babits

[Halálfiai]. Novela del escritor húngaro Mihály Babits (1883-1941), publicada en 1927. Es la his­toria de una familia y, al mismo tiempo, de la crisis de la generación húngara de fi­nales del siglo XIX y principios del si­glo XX. Los componentes de esta familia están todos atrasados con respecto a la vida real y consiguen conservar su tierra sola­mente gracias a una anciana sabia y enér­gica, la tía Cenci. Los ancianos han que­dado detenidos en la ideología de 1848; los hombres maduros, o se han hecho fieles funcionarios de la doble monarquía en el período liberal, y por lo tanto no sienten la vida que fermenta en el pueblo, o viven ausentes y apartados, sumergidos en una ilusión que llega a la irresponsabilidad. En el centro de la novela está Emerico, personaje parcialmente autobiográfico, uno de los nietos, venido desde la provincia al medio universitario de Budapest, con ve­leidades modernizantes, y seguimos su evolución espiritual en el ambiente, en su ma­yor parte judío, de los estudiantes de la anteguerra, su historia de pecado y su an­sia de purificación. Compuesta en los años del derrumbamiento húngaro de la postguerra, la amplia novela quiere poner la clase media y la nobleza húngara frente a su responsabilidad, a su ausencia de la vida economicopolítica del país, y a la inercia que, al abrigo de una decorosa seguridad, quita al mismo tiempo la ocasión y el sen­tido de la vida entendida como afirmación personal y social y como dificultad decidi­damente afrontada. Pero la historia de la nación continúa, casi sin hacer caso de ellos, y los mismos se encuentran frente a ella en cada crisis; su vida transcurre sin profundas señales, en un abstracto fanta­sear que quiere eludir la existencia y que los hace verdaderos «hijos de la muerte». El autor pertenece a aquella generación de escritores húngaros que sacaron de la ex­periencia de la primera guerra mundial una seriedad ética que los impulsó a hacerse jueces de su pueblo.

M. Benedek

Los Hijos de la Noche, Edwin Arlington Robinson

[The Children of the Night]. Poesías líricas del poeta norteamericano Edwin Arlington Robinson (1869-1935), publicadas en Nueva York en 1897. Siguiendo a corta distancia una pe­queña colección de poesías publicadas pri­vadamente, éste fue el primer volumen de Robinson que se enfrentó con el público y la crítica. El libro no obtuvo de momento un gran éxito ni aseguró la fama al autor; fue más bien «redescubierto» a la luz de las sucesivas publicaciones de Robinson, y más justamente valorado por sus méritos. El título procede de la poesía que abre el volumen: hijos de la noche son los hom­bres «que no llegan nunca a conocer la luz», que no saben ver más allá de los lin­des de la materia, de sus intereses y nece­sidades: desesperados aun cuando no saben que lo están. Es mejor naufragar al primer día de viaje, dice el autor, que navegar para siempre en la obscuridad. Esta poesía, como muchas otras de Robinson, tiene un movimiento de balada y respeta rígida­mente las reglas clásicas del metro, pero la estructura del discurso, las alusiones que abren perspectivas de cosas apenas vislum­bradas, la calidad sugestiva de los valores musicales de las palabras y de las frases, nos advierten que nos encontramos ante un poeta que no es de los de tipo tradi­cional: la influencia de lo que se ha con­venido en llamar el decadentismo europeo se hace notar ya, aunque haya alcanzado a Robinson sólo por caminos indirectos. El poeta, originario del Maine, en Nueva In­glaterra, recuerda situaciones y figuras de la más antigua y tradicional región del Nuevo Mundo. Algunas breves presentacio­nes poéticas de personalidades y de vicisi­tudes («John Evereldown», «Richard Cory», «Cliff Klingenhagen», por ejemplo) pare­cen inspirarse en la Antología griega y an­ticipar la famosa Antología de Spoon River (v.) de Masters.

C. Pellizzi

Hijos de la Tierra, Arvid Jarnefelt

[Maaemon lapsia]. Novela del escritor finlandés Arvid Jarnefelt (1861-1932), publicada en 1905. La idea dominante es el amor del hombre ha­cia la tierra y el gran dolor que experi­menta cuando se le obliga a separarse de ella. Esto ocurre al colono Kinturi, padre de una numerosa y pobre familia, a causa de la división de las tierras en Finlandia; y lo mismo le ocurre también al rico ba­rón, propietario de numerosas fincas, des­terrado durante la dominación rusa. Como en toda la obra juvenil de Arvid Járnefelt, que fue partidario de las ideas tolstoianas, es evidente aquí la tendencia a la abolición de la injusticia social, a una re­volución que habría de ser llevada a cabo en el alma de los más ricos; pero la tesis no disminuye el valor literario de la novela, mantenido a lo largo de toda la acción.

A. Tosti

Los Hijos de Jeromín, Ernst Wiechert

[Die Jerominkinder]. Novela del escritor alemán Ernst Wiechert (1887-1950). Es difícil analizar una obra de tan vasta intención como la de Wiechert, en la que con tanta riqueza de sentimientos, inquietudes y reserva, se plan­tea el problema del hombre frente a su destino. Wiechert, nacido en una familia de leñadores de la Prusia oriental, llegó a ser profesor en Kóenigsberg. Hay, en efecto, en Los hijos de Jeromín la presencia del «pro­fesor», entendido éste en el mejor sentido de la palabra. El poderoso atractivo del conocimiento está allí elevado a la dignidad de principio fundamental. Es aquella nece­sidad de conocimientos que se halla en la base de tantos descubrimientos científicos, ciertamente minuciosa hasta la escrupulo­sidad, que se califica generalmente como «germánica».

Jons Jeromín, el hijo de Sowirog, que gracias a la caridad de un viejo amigo y del señor Von Balli va a estudiar a las grandes ciudades de Prusia antes de regresar a los bosques de su Silesia natal, trabajará largo tiempo con una obstina­ción y fe absolutas para adquirir, no sólo el título de doctor en Medicina, sino tam­bién, y sobre todo, los más difíciles cono­cimientos del inteligente y delicado arte de la cirugía. Es en este sentido que la obra forma parte de una dilatada tradición germánica, que pretende que la literatura sirva fundamentalmente de pretexto para la formación en la educación («Bildung») de los hombres. Pero hay también en esta obra otros temas importantes. Ernst Wiechert, que fue hecho prisionero en Buchenwald por el régimen hitleriano, ha demostrado en Los hijos de Jeromín la superioridad de la labor paciente y sabia sobre la mega­lomanía de las razas dominadoras. Es aquí donde el escritor ataca el problema a fondo e intenta fijar la posición del individuo en la sociedad; luego, elevando la cuestión a más ambicioso objetivo, intenta determinar la posición de la sociedad frente a su Dios creador. El héroe de la novela, Jons Jero­mín, conservará de las conversaciones de su infancia con su padre, un fervor especialísimo por el Antiguo Testamento.

Para los Jeromín, el hombre no es nada en la mano del Dios bíblico, que los puede des­truir de un momento a otro. ¿De qué sirve, pues, fanfarronear? La raza misma de los señores debe — también ella — doblar la ca­beza tarde o temprano ante las fuerzas de Dios. El hombre lucha contra la muerte. Padece las duras leyes de la desesperación, de la mentira y del miedo. Se defiende con­tra las guerras, las epidemias y los asesi­natos. Esta preocupación por el destino del hombre es una de las constantes del espí­ritu alemán. Hay en él en todo instante una necesidad mesiánica, una necesidad del «fatum germanicum» que le impulsa a bus­car sin cesar las reglas que le permitan fi­nalmente fundar su reino. Ciertamente difiere en la selección de los medios. Para los Jeromín, por lo menos para el más dul­ce, para el mejor de ellos, la redención que conduce a la paz creadora se puede alcan­zar, pero sólo a condición de que el hombre, con corazón generoso y sencillo, bus­que en la Naturaleza, aquella vibrante y sonora de la Biblia, las lecciones indispen­sables de verdad, trabajo y amor.

He aquí por qué Jons intenta dar a entender que en su sumisión, en su humildad, hay el te­mor de Jehová y, por consiguiente, el respeto a las leyes eternas sin las que el hombre no puede dirigirse. Sobre un plan místico y panteísta, esta especie de natura­lismo conviene a la literatura alemana de postguerra que, por un nuevo retorno a la naturaleza y al país natal («Heitmatkunst»), va al encuentro de ese romanticismo poéti­co y a la vez moral que sigue ligado, quiérase o no, a la tradición clásica de Weimar.