Los Hijos del Senador, Theodor Storm

[Die Söhne des Senators]. Novela de Theodor Storm (1817-1888), compuesta en 1879, que señala en el arte narrativo de este autor el paso del estilo postromántico a otro más neta­mente realista: por algo, en efecto, suscitó la admiración de Heyse y Keller. El poeta nos introduce en una antigua casa del patriciado hanseático, cuyo esplendor nos des­cribe.

El anciano y austero senador y su alegre esposa han muerto, dejando la direc­ción de la empresa comercial marítima en manos de su hijo mayor, el jovial Cristián Alberto, que ha escogido una mujer bonita, vivaz e inteligente. En cambio, el hijo menor, Federico, serio como su padre, pero exageradamente obstinado, ha heredado la casa de al lado y el negocio de vinos. Los patios de las dos casas lindan, pero hay también un bonito jardín que se convierte en manzana de la discordia entre los dos hermanos, pues Federico afirma que en un codicilo del testamento paterno, que su ma­dre destruyó, le había sido asignado a él. Su testarudez lo empuja a promover un pleito y a levantar un elevado muro entre las dos propiedades. En vano la gentil cu­ñada, durante un banquete de bautizo, le hace señales por el patio, invitándole; en vano el loro de la casa paterna le grita: « ¡Vente por aquí!» Su hermano llega incluso/ a pagarle la mitad de los gastos de la construcción del muro, para que se avergüence de su conducta, pero en el mo­mento en que éste recibe el dinero, se en­tera también de que el tribunal ha fallado el pleito en favor de su hermano. Furi­bundo, manda levantar el muro a la al­tura de las casas. Pero su corazón, a pesar de su testarudez, sigue siendo afecto a su hermano, y después de una visita a la tum­ba de sus padres, se impone otra vez el amor familiar. Cuando el hermano y la cuñada regresan de un viaje, el muro ha desaparecido y una gran fiesta en el jar­dín celebra la restablecida concordia.

Cada personaje está magistralmente dibujado, in­cluso los secundarios, como el abogado de chaleco de brocado dorado, con su manía de ir dilatando los procesos, el anciano y honrado tenedor de libros de la casa; la extravagante ama de llaves de Federico, y el resto de la servidumbre. El sentimiento familiar, muy vivo no sólo en el antiguo patriciado hanseático, sino también en el alma del mismo poeta, está expresado con gran calor.

C. Baseggio-E. Rosenfeld

Los Hijos del Valle, Zacharias Werner

[Die Sóhne des Tahls]. Poema dramático de Zacharias Werner (1768-1823), que comprende dos dra­mas en seis actos cada uno. Una enigmática y simbólica invocación a Dios, en el co­mienzo, prepara la atmósfera misteriosa y mística de toda la obra.

En el primer dra­ma, titulado «Los templarios en Chipre» [«Die Templern auf Cypern»], se presenta la vida de los templarios y la progresiva decadencia de la Orden. Entre los respon­sables se encuentra el mejor de los jóvenes caballeros, el valiente escocés Roberto. Sin embargo, no ha pecado por debilidad o vanidad, como muchos otros templarios, sino que se ha dejado llevar por su ardor y se ha lanzado a arriesgadas empresas con­tra los infieles sin esperar la orden de sus jefes y luego se ha rebelado contra el Gross Comtur, en vez de escuchar con arrepenti­miento sus justos reproches. Por esto me­recería la muerte, pero el Capítulo de los templarios, conociendo los altos destinos que le esperan y que de vez en cuando se transparentan por las misteriosas palabras de una muchacha, Astralis, enviada por el «Thal», del que la Orden no es más que una ramificación, se limita a alejarlo de la Orden, que por voluntad del mismo «Thal» ahora ya está cerca de su fin. En el último acto asistimos a la salida para Francia del Gran Maestre, Molay, llamado, con el pre­texto de una nueva Cruzada, por el Papa, que junto a Felipe el Hermoso está pre­parando la ruina de la Orden, cuya potencia suscita su envidia. Casi al mismo tiempo consiguen escaparse dos templarios, ya en­carcelados en Chipre como indignos y ahora deseosos de vengarse.

El segundo drama, titulado «Los hermanos de la cruz» [«Die Kreuzesbrüder»], nos transporta, al cabo de ocho años, a París, donde se desarrolla el proceso de los templarios. Después de las falsas acusaciones de impiedad lanza­das por los dos templarios fugitivos, se ha perseguido a la Orden por muchos años y se han arrancado por la tortura muchas con­fesiones falsas, que sirven ahora como car­gos de acusación. Todo el enredado pro­ceso lo dirige el arzobispo de Sens, miem­bro del «Thal» y presidente del tribunal de la Inquisición. Es él quien trata con mayor rigor a los supuestos culpables, aun cuando Felipe el Hermoso y Clemente V ya no tienen valor para seguir encarnizándose contra los pocos supervivientes. Pero el mismo Papa y el rey no son más que ins­trumentos en manos del «Thal», y éste ahora ya ha decidido que la Orden ha de desaparecer, para que pueda surgir de la misma una Orden nueva y más digna. A esta conclusión llegan al final también Mo­lay y los otros ancianos, que durante lar­gos años, entre torturas y sufrimientos, han afirmado su inocencia acusando al rey y al Papa de actos arbitrarios. El mismo Mo­lay sube al final a la hoguera y exhorta a la obediencia al pueblo, que quisiera liberarle. Entretanto, Roberto, misteriosamente conducido a la cueva, sede del «Thal», es­cucha de labios del «Viejo del Carmelo», el más anciano de los miembros, el anuncio del «Último Evangelio»: ahora le toca a él, con un pequeño grupo de fieles, recoger la herencia de la Orden y preparar a los hombres para que sean dignos algún día de conocer este supremo evangelio, custo­diado ahora por pocos elegidos. El arzobis­po de Sens, que, llevada a cabo su misión ya es sólo un «hermano» más en el «Thal», dirige a Roberto un largo discurso, al fin del cual aparecen con letras de fuego los nombres de Jesús y de Juan junto al de Molay, y el drama finaliza, mientras los «hermanos» del «Thal» entonan cantos de alabanza y de agradecimiento.

El largo poema dramático tiene una notable impor­tancia histórica no sólo por el origen de las ideas religiosas de Werner, sino tam­bién por el conocimiento de aquellas as­piraciones a una renovación social y reli­giosa, que a finales del siglo XVIII tuvieron una divulgación tan amplia en las con­ciencias, en alemania y en toda Europa. El carácter del drama es estrictamente ma­sónico y muchas de sus obscuridades se deben al hecho de que el autor se dirige, en primer término, a los «hermanos» de la logia a la que pertenecía. Desde el punto de vista poético, a pesar del formalismo de la elocuencia y de unos cuantos vigorosos fragmentos líricos, la obra carece de vita­lidad; entre la primera y la segunda parte existen diferencias de tono que nos ha­cen pensar en dos obras distintas. El valor de la obra, por lo tanto, es documental: pero su conocimiento es esencial para quien estudie las relaciones entre la masonería mística alemana de fines del siglo XVIII y el pensamiento romántico.

A. Maughi

Los Hijos del Mundo, Paul Heyse

[Die Kinder der Welt]. Es la primera novela de Paul Heyse (1830-1914), publicada en 1873, y sos­tiene una concepción filosófica evidente­mente influida por Feuerbach y los Strauss, mediante una forzada contraposición entre los «hijos del mundo», honrados librepen­sadores, y los «hijos de Dios», gazmoños e hipócritas. Pero el poeta no tiene el su­ficiente talento filosófico para sostener su tesis de un modo coherente y persuasivo y, sobre todo, no consigue hacer arte de sus tendencias e ideales. Sin embargo, la novela es interesante como documento his­tórico de la sociedad de su tiempo: está además centrada, como todas las obras de Heyse, en torno al problema del amor y del matrimonio.

Los «hijos del mundo» son los hermanos Edwin y Balder, idealistas e inteligentes: el primero, filósofo y pro­fesor, el segundo — que el mismo Heyse confesó haber creado pensando en Leopardi — poeta genial, pero de salud débil y destinado a una pronta muerte. Viven en Berlín, en un círculo de amigos del mismo tipo: el buen Heinz Mohr, mediocremente dotado pero siempre en movimiento y muy activo; Franzelius, el buen socialista y fi­lántropo; el excelente médico Marquard, animado por un generoso espíritu de sacrificio. Frente a estos simpáticos campeo­nes del librepensamiento aparecen dibuja­dos, bajo una luz cruda y desabrida, los «hijos de Dios»: el pintor König con su mujer, una beata que prohíbe a Edwin dar clases de filosofía a su hija Lea; el mal­vado Lorinser, adversario de Edwin, can­didato a una cátedra de Teología, estafador, seductor y falsificador de documentos. Ed­win se deja enredar por las artes demoníacas de una mujer, Toinette, hija natural de un príncipe, que, después de atormentarlo, se casa con un conde. Finalmente, en­cuentra alivio y satisfacción, después de la muerte de su hermano, en Lea, su dócil discípula, que. llega a ser su esposa fiel. La incomprensión del pastor de la población en cuyo colegio él enseña, amenaza hacerle perder su cátedra, pero lo salva el afecto de sus discípulos. Más tarde se encuentra nuevamente con Toinette, condesa ya e in­satisfecha de su matrimonio, que intenta convencer a Edwin para que se convierta en su amante; pero éste, aunque a duras penas y en el último momento, logra es­capar de sus garras y volver a Lea, mien­tras la caprichosa mujer halla la muerte en una caída del caballo. La novela acaba con una noble reconciliación entre los dos cónyuges y unas elevadas palabras de fe optimista en la bondad de la vida.

Aunque el carácter general de la obra tiende a ser realista, contiene, sin embargo, episodios de matiz romántico y extravagante: de todos modos queda como una de las obras más significativas del arte narrativo de aquel tiempo, en que «realidad» y «poesía» co­existían en una «concordia discorde» con el riesgo, a veces, de eliminarse recíproca­mente.

C. Basegio-E. Rosenfsld

Los Hijos del Capitán Grant, Jules Verne

[Les enfants du capitaine Grant]. Novela de aventuras de Jules Verne (1828-1905), pu­blicada en 1867-1868, primera obra de una trilogía (v. Veinte mil leguas de viaje sub­marino y La isla misteriosa) en la que jue­gan un importante papel los prodigios de la ciencia y las maravillas de la naturale­za.

Mary y Robert Grant se aventuran a bordo del «Duncan» en busca de su padre, que ha naufragado, siguiendo las indica­ciones de un documento hallado en el mar. Forma parte de la expedición un singular y simpático científico, Paganel (v.), uno de los personajes más notables de la obra de Verne. Por mar y tierra se suceden las aventuras más imprevistas y arriesgadas: en una ocasión el joven Robert es arrebatado por un cóndor, salvándose tan sólo por un providencial disparo de fusil; en otra, los lobos rojos amenazan la existen­cia de los viajeros. Cierto Ayrton, cuyo verdadero nombre es Ben Joyce, presidia­rio evadido, intenta desviar del buen cami­no a la caravana, con objeto de apoderarse del «Duncan», que aguarda en la costa a sus audaces tripulantes, al regreso de una larga expedición de reconocimiento a tra­vés de las tierras del continente austra­liano; pero descubren al ex presidiario y lo hacen prisionero. Finalmente, mientras el «Duncan» navega cerca de las costas de Nueva Zelanda, es descubierta la isla en la que ha encontrado refugio el capitán Grant. La aventura concluye felizmente con el salvamento del náufrago y con el retorno del «Duncan» a su patria. Ayrton es abandonado en la isla para que se re­dima en la soledad.

Los hijos del capitán Grant es una de las más apasionantes y mejor logradas novelas de Verne y no carece de virtudes literarias, como lo demues­tra la perfecta caracterización de dos de sus personajes: Paganel y Ayrton. También es sugestiva su ambientación, especialmen­te en cuanto se refiere a Australia, que apa­rece en esta obra con la fascinación de una tierra virgen y áspera con que debió aparecerse a los ojos de los emigrantes euro­peos de 1800. De esta novela escribió el mismo Verne, en colaboración con Dennery, un drama estrenado en 1878. [Trad. espa­ñola de A. Ribot y Fontseré (Madrid, 1868). Modernamente la más divulgada es la de Th. Scheppelmann (Barcelona, 1936)].

A. Fabietti

Los Hijos del Ghetto, Israel Zangwill

[Children of the Ghetto]. Novela de Israel Zangwill (1864-1926), publicada en 1892 y adaptada a la escena en 1899.

El ghetto londinense, en el corazón del East-End, al que llegaron desde la primera mitad del siglo XIX ver­daderas riadas de judíos prófugos de Rusia, Polonia y Holanda, representa, con su co­lor oriental y con su historia, el verdadero protagonista del libro. El episodio central se desarrolla en la época de la tercera ge­neración de los emigrados. Las calles que desembocan en la cenagosa Wentworth Street y en la Goulton Street ya no tienen una especial arquitectura ni gravitan sobre ellas amenazas trágicas como en los tiem­pos de los reyes normandos; tan sólo flota en ellas una miseria sórdida y astuta, y aquí y allá, en los tugurios, se enciende de vez en cuando un drama obscuro y pro­fundo. Los padres, aunque conocieron épo­cas amargas y difíciles, amaban la familia y la tradición. Ahora, en cambio, los hijos empiezan a desparramarse fundando nue­vas colonias: los mejores y los más fuer­tes han luchado por la emancipación de su raza, otros han entrado en la Bolsa como agentes de cambio; la vida gris de la clase media londinense ha descolorido las an­tiguas tradiciones. En este escenario viven, entre sufrimientos y momentos de alegría, los distintos personajes representativos de aquel multicolor y caótico mundo en fer­mentación: Ester Ansell, de gran corazón, capaz de cualquier sacrificio; la misteriosa Debby, la holandesa que conserva, a través de profundos sufrimientos, la capacidad de soñar; los «Hijos del Pacto», asociación de puritanos israelitas que prometen dejar de bailar para no correr el riesgo de abrazar a mujeres, de otra raza.

Las costumbres de la vida judía están dibujadas magistralmen­te en una fiesta para la «confirmación religiosa» de uno de los hijos de Sugarman, en su casa: ambiente judío burgués ilus­trado con extraordinaria vivacidad en la descripción de la muerte serena de Benja­mín, confortado por la plegaria, en un mitin de huelguistas judíos, en la descrip­ción de fiestas religiosas tradicionales, como la Pascua. La pintura de las cualidades y de los defectos particulares de la gente judía, la feliz descripción de los ambientes, son delicadamente humorísticas, profunda­mente humanas, y nunca de un vulgar rea­lismo: de manera que puede decirse, aparte el interés puramente curioso y típico del libro, que es una de las obras más logradas de Zangwill. [Trad. por Vicente Vera (Ma­drid, 1921)].

G. Pioli