Los Hijos del Valle, Zacharias Werner

[Die Sóhne des Tahls]. Poema dramático de Zacharias Werner (1768-1823), que comprende dos dra­mas en seis actos cada uno. Una enigmática y simbólica invocación a Dios, en el co­mienzo, prepara la atmósfera misteriosa y mística de toda la obra.

En el primer dra­ma, titulado «Los templarios en Chipre» [«Die Templern auf Cypern»], se presenta la vida de los templarios y la progresiva decadencia de la Orden. Entre los respon­sables se encuentra el mejor de los jóvenes caballeros, el valiente escocés Roberto. Sin embargo, no ha pecado por debilidad o vanidad, como muchos otros templarios, sino que se ha dejado llevar por su ardor y se ha lanzado a arriesgadas empresas con­tra los infieles sin esperar la orden de sus jefes y luego se ha rebelado contra el Gross Comtur, en vez de escuchar con arrepenti­miento sus justos reproches. Por esto me­recería la muerte, pero el Capítulo de los templarios, conociendo los altos destinos que le esperan y que de vez en cuando se transparentan por las misteriosas palabras de una muchacha, Astralis, enviada por el «Thal», del que la Orden no es más que una ramificación, se limita a alejarlo de la Orden, que por voluntad del mismo «Thal» ahora ya está cerca de su fin. En el último acto asistimos a la salida para Francia del Gran Maestre, Molay, llamado, con el pre­texto de una nueva Cruzada, por el Papa, que junto a Felipe el Hermoso está pre­parando la ruina de la Orden, cuya potencia suscita su envidia. Casi al mismo tiempo consiguen escaparse dos templarios, ya en­carcelados en Chipre como indignos y ahora deseosos de vengarse.

El segundo drama, titulado «Los hermanos de la cruz» [«Die Kreuzesbrüder»], nos transporta, al cabo de ocho años, a París, donde se desarrolla el proceso de los templarios. Después de las falsas acusaciones de impiedad lanza­das por los dos templarios fugitivos, se ha perseguido a la Orden por muchos años y se han arrancado por la tortura muchas con­fesiones falsas, que sirven ahora como car­gos de acusación. Todo el enredado pro­ceso lo dirige el arzobispo de Sens, miem­bro del «Thal» y presidente del tribunal de la Inquisición. Es él quien trata con mayor rigor a los supuestos culpables, aun cuando Felipe el Hermoso y Clemente V ya no tienen valor para seguir encarnizándose contra los pocos supervivientes. Pero el mismo Papa y el rey no son más que ins­trumentos en manos del «Thal», y éste ahora ya ha decidido que la Orden ha de desaparecer, para que pueda surgir de la misma una Orden nueva y más digna. A esta conclusión llegan al final también Mo­lay y los otros ancianos, que durante lar­gos años, entre torturas y sufrimientos, han afirmado su inocencia acusando al rey y al Papa de actos arbitrarios. El mismo Mo­lay sube al final a la hoguera y exhorta a la obediencia al pueblo, que quisiera liberarle. Entretanto, Roberto, misteriosamente conducido a la cueva, sede del «Thal», es­cucha de labios del «Viejo del Carmelo», el más anciano de los miembros, el anuncio del «Último Evangelio»: ahora le toca a él, con un pequeño grupo de fieles, recoger la herencia de la Orden y preparar a los hombres para que sean dignos algún día de conocer este supremo evangelio, custo­diado ahora por pocos elegidos. El arzobis­po de Sens, que, llevada a cabo su misión ya es sólo un «hermano» más en el «Thal», dirige a Roberto un largo discurso, al fin del cual aparecen con letras de fuego los nombres de Jesús y de Juan junto al de Molay, y el drama finaliza, mientras los «hermanos» del «Thal» entonan cantos de alabanza y de agradecimiento.

El largo poema dramático tiene una notable impor­tancia histórica no sólo por el origen de las ideas religiosas de Werner, sino tam­bién por el conocimiento de aquellas as­piraciones a una renovación social y reli­giosa, que a finales del siglo XVIII tuvieron una divulgación tan amplia en las con­ciencias, en alemania y en toda Europa. El carácter del drama es estrictamente ma­sónico y muchas de sus obscuridades se deben al hecho de que el autor se dirige, en primer término, a los «hermanos» de la logia a la que pertenecía. Desde el punto de vista poético, a pesar del formalismo de la elocuencia y de unos cuantos vigorosos fragmentos líricos, la obra carece de vita­lidad; entre la primera y la segunda parte existen diferencias de tono que nos ha­cen pensar en dos obras distintas. El valor de la obra, por lo tanto, es documental: pero su conocimiento es esencial para quien estudie las relaciones entre la masonería mística alemana de fines del siglo XVIII y el pensamiento romántico.

A. Maughi