Los Hijos del Mundo, Paul Heyse

[Die Kinder der Welt]. Es la primera novela de Paul Heyse (1830-1914), publicada en 1873, y sos­tiene una concepción filosófica evidente­mente influida por Feuerbach y los Strauss, mediante una forzada contraposición entre los «hijos del mundo», honrados librepen­sadores, y los «hijos de Dios», gazmoños e hipócritas. Pero el poeta no tiene el su­ficiente talento filosófico para sostener su tesis de un modo coherente y persuasivo y, sobre todo, no consigue hacer arte de sus tendencias e ideales. Sin embargo, la novela es interesante como documento his­tórico de la sociedad de su tiempo: está además centrada, como todas las obras de Heyse, en torno al problema del amor y del matrimonio.

Los «hijos del mundo» son los hermanos Edwin y Balder, idealistas e inteligentes: el primero, filósofo y pro­fesor, el segundo — que el mismo Heyse confesó haber creado pensando en Leopardi — poeta genial, pero de salud débil y destinado a una pronta muerte. Viven en Berlín, en un círculo de amigos del mismo tipo: el buen Heinz Mohr, mediocremente dotado pero siempre en movimiento y muy activo; Franzelius, el buen socialista y fi­lántropo; el excelente médico Marquard, animado por un generoso espíritu de sacrificio. Frente a estos simpáticos campeo­nes del librepensamiento aparecen dibuja­dos, bajo una luz cruda y desabrida, los «hijos de Dios»: el pintor König con su mujer, una beata que prohíbe a Edwin dar clases de filosofía a su hija Lea; el mal­vado Lorinser, adversario de Edwin, can­didato a una cátedra de Teología, estafador, seductor y falsificador de documentos. Ed­win se deja enredar por las artes demoníacas de una mujer, Toinette, hija natural de un príncipe, que, después de atormentarlo, se casa con un conde. Finalmente, en­cuentra alivio y satisfacción, después de la muerte de su hermano, en Lea, su dócil discípula, que. llega a ser su esposa fiel. La incomprensión del pastor de la población en cuyo colegio él enseña, amenaza hacerle perder su cátedra, pero lo salva el afecto de sus discípulos. Más tarde se encuentra nuevamente con Toinette, condesa ya e in­satisfecha de su matrimonio, que intenta convencer a Edwin para que se convierta en su amante; pero éste, aunque a duras penas y en el último momento, logra es­capar de sus garras y volver a Lea, mien­tras la caprichosa mujer halla la muerte en una caída del caballo. La novela acaba con una noble reconciliación entre los dos cónyuges y unas elevadas palabras de fe optimista en la bondad de la vida.

Aunque el carácter general de la obra tiende a ser realista, contiene, sin embargo, episodios de matiz romántico y extravagante: de todos modos queda como una de las obras más significativas del arte narrativo de aquel tiempo, en que «realidad» y «poesía» co­existían en una «concordia discorde» con el riesgo, a veces, de eliminarse recíproca­mente.

C. Basegio-E. Rosenfsld