Himnos de Ennodio

[Hymni]. Entre las Poesías (v.) que Magno Félix Ennodio (473- 521) compuso, figuran doce Himnos, diez de ellos de inspiración sacra. Los otros dos son de tema espiritual, pero profano: uno en tono de serenata, el otro escrito como consolación de la tristeza y para las horas de melancolía. El grupo de los diez Himnos sacros acusa el carácter litúrgico habitual a las composiciones de este género, que, tomando pie en una festividad celebrada por la Iglesia, desarrollan un tema bíblico y hagiográfico. Dos himnos están dedicados a Cristo y cantan su Resurrección y Ascen­sión, parafraseando libremente los Evange­lios (v.); y los ocho restantes están dedi­cados a santos: Cipriano, Esteban, Ambro­sio, Eugenia, Nazario, María, Martín y Dio­nisio. El modelo de casi toda la himnografía cristiana es San Ambrosio, y Ennodio no supo substraerse a su influjo de modo que el eco del tono y el estilo ambrosianos resuena en sus obras, que, con todo, jamás llegan a la altura del modelo. Los Himnos, todos escritos en dímetros yámbicos, a ex­cepción de uno en endecasílabos alcaicos agrupados en estrofas tetrásticas, resultan a la lectura, y seguramente también al can­to, monótonos y flojos. La Iglesia, aunque no se planteó cuestiones de estética, no los consideró dignos de entrar en su liturgia.

F. Della Corte

Himnos de Calimaco

Son seis himnos en honor de otras tantas divinidades, com­puestos por Calimaco de Cirene, poeta grie­go de la época alejandrina (alr. 320-240 a. de C.). Los cuatro primeros, dedicados respectivamente a Zeus, Apolo, Artemisa y Délos, están escritos en hexámetros y en dia­lecto jónico; el quinto, «Al baño de Palas», está en dísticos elegiacos y en dialecto dó­rico literario, análogo al de Teócrito; el sexto, a Deméter, está también en dialecto dórico y en dísticos elegiacos. La forma exterior de estos himnos, así como la len­gua de los cuatro primeros, es homérica, pero su verdadera inspiración es moderna y distinta según las composiciones, en general más bien lírica que épica, y mucho más ligada a las formas y al contenido del culto que en los himnos homéricos, sim­ples cantos proemiales. Nueva es también en estos Himnos la introducción, en el can­to religioso, del elemento patriótico, con la celebración de los Tolomeos, que se en­laza, y a veces se identifica, con la de la divinidad.

El primer himno, dedicado a Zeus, se distingue de los otros en cuanto que falta en él casi completamente el ele­mento religioso y la alusión al culto: se narra con gran elegancia el nacimiento del dios en Arcadia y su juventud en la ca­verna de Creta; se le celebra luego como rey de los dioses y señor de los soberanos que ostentan el poder sobre la tierra, y en particular de Tolomeo Filadelfo. Asimismo, en el segundo himno, en honor de Apolo, el elemento patriótico ocupa el primer pla­no, porque el dios es celebrado con todos sus atributos y en particular como funda­dor de Cirene, patria del poeta, y como pro­tector divino de la dinastía de los Tolomeos. Fue compuesto para las fiestas rituales en honor de Apolo Carneo. En el tercer him­no, a Artemisa, se celebra a la diosa caza­dora y se enumeran sus cultos más famo­sos: en conjunto no es muy original ni lo­gra particular altura poética, exceptuando quizás el episodio de la visita de Artemisa a- los Cíclopes que le fabricaban las armas, en el que se inspiró Virgilio para el canto octavo de su Eneida. El himno a Délos fue compuesto con motivo de una ceremonia en esta isla, y en él son frecuentes las remi­niscencias homéricas. Relata en la primera parte las largas andanzas de Latona per­seguida por Hera: durante un descanso en Cos, Apolo, todavía no nacido, predice la celebridad de la dinastía de los Tolomeos; en la segunda parte se describe el nacimiento del dios en Délos y las fiestas cele­bradas en su honor en esta isla. El himno se cierra con una invocación a Apolo, pro­tector de los poetas.

El himno «Al baño de Palas», en dísticos elegiacos y en dialecto dórico, fue compuesto para la ceremonia argiva del baño de una imagen de la diosa en las aguas del Inaco. La escena transcu­rre en el camino que baja hacia el río; en espera de la llegada del cortejo, una mujer narra a otra la leyenda de la ceguera de Tiresias por haber visto a Palas en el baño. Más unitario que éste, aunque bastante pa­recido, es el himno a Deméter, en el cual, mientras aguarda la procesión sagrada, una mujer refiere a las demás el mito de Erisictón, condenado al hambre por Deméter, dio­sa de la abundancia. Aquí, como en el caso de Tiresias, se trata de uno de aquellos mitos poco conocidos por los que Calimaco sentía predilección. La lengua y el estilo de estos himnos son bastante cuidados: quizás en algunos rasgos, excesivamente refinados. Fueron probablemente compuestos entre 280 y 270, el período más afortunado de la actividad poética de Calimaco.

C. Schick

En la elegía, el primer puesto corresponde a Calimaco. (Quintiliano)

Himnos a Samas

Entre los numerosos himnos de los babilonios y asirios, dirigidos a las más importantes de sus respectivas divinidades, destaca por su elegancia de forma, por su aliento lírico y por su ex­tensión, un himno a Samas, dios del sol, que es hasta hoy el más bello himno de la literatura mesopotámica que se conoce y que puede sólo parangonarse con otro her­moso himno del período paleobabilónico, di­rigido a la diosa Istar. Los asirios y los babilonios escribieron muchos otros himnos al dios del sol, todos en su mayor parte de carácter conjuratorio, ya que el sol era el dios que iluminaba las tinieblas desalo­jando de sus escondrijos a los perversos de­monios y las brujas. Todos los himnos a Samas están en verso. Una colección de himnos a Samas ha sido publicada por Schollmeyer, Sumerisch-babylonische Hym­nen und Gebete an Samas (Paderborn, 1912).

G. Furlani

Himnos a los Ideales de la Humanidad, Friedrich Hölderlin

[Hymnen an die Ideale der Menschheit]. Entre los Himnos del poeta alemán Friedrich Hölderlin (1770-1843), ocu­pa un lugar aparte un primer grupo ju­venil, de nueve himnos, compuestos alrededor de 1793 y llamados por Dilthey «Him­nos a los ideales de la Humanidad». De inspiración schilleriana (no olvidemos que estamos en los primeros años de la activi­dad poética de Hölderlin), tanto por el arre­bato lírico — que a menudo recuerda el himno «A la alegría» — como por el entu­siasmo hacia los ideales de humanidad [«An die Menschheit»], de libertad [«An die Freiheit»], de belleza [«An die Schönheit»], de amor [«An die Liebe»], estos Himnos son una expresión elocuente. El poeta, contem­plando la humanidad coronada de sus ma­yores atributos, encuentra acentos tan emo­cionados que alcanza un tono de poesía cálido y vivo, distinto al de sus primeras tentativas. Durante todo el posterior des­arrollo espiritual de Hölderlin se encuentra potenciada la substancia de estos Himnos a los ideales: en las melodiosas armonías para Susette Gontard en el período de Frank­furt (v. Lamentación de Menón para Diótima), en la alucinada visión de la Grecia clásica del poema El archipiélago (v.), en el misticismo de la gran elegía Pan y vino (v.). Posteriormente compuso un segundo grupo de himnos en los que se eleva a la cumbre de su arte, y representan una de las más altas expresiones alcanzadas por la poesía alemana (v. Himnos en estrofas li­bres y fragmentos).

A. Musa

Himnos a los Dioses Consentes, Bodini

[Inni agli dèi consenti]. Colección de quin­ce composiciones poéticas en tercetos, pu­blicada con espléndido ropaje tipográfico por Bodini, en Milán, en 1812, con ocasión de las bodas de Constancia, hija de Vincenzo Monti, con el conde Giulio Perticari. Los Himnos — uno de introducción y los otros catorce dedicados a las mayores di­vinidades del Olimpo, Júpiter, Juno, Neptuno, Ceres, etc., que fueron llamados los Dioses Consentes (esto es, que están jun­tos) — fueron compuestos por catorce poe­tas: Cesare Arici, Giambattista Giustis, Girolamo Amati, Pellegrino Fatini, Luigi Biondi, Francesco Cassi, Camillo Bertoni, Tomaso Pozzi, Loreto Antonio Santucci, Bartolomeo Borghesi, Edoardo Bignardi, Gio­vanni Gucci, Enrico Dionigi, Paolo Costa. Son, en pleno esplendor del régimen napo­leónico, y cuando ya el romanticismo se iba difundiendo por Europa, la expresión más importante de la lírica italiana clásica, tenazmente resistente a toda influencia re­novadora y vinculada al culto de las for­mas exquisitas, pero ya inmóviles, de sus padres antiguos. Y no otra cosa, sino el mérito de perfecta elegancia y significado histórico tienen estos Himnos, como señal de perduración del culto tenaz de la es­pléndida tradición clásica, en un tiempo en que ya se presentía la catástrofe napoleóni­ca que había de arrastrar en su ruina resi­duos de un clasicismo que se había vuelto a encender al débil resplandor del cesarismo del gran corso.

M. Sansone