El Hipócrita Feliz, Max Beerbohm

[The happy Hipocrite]. Novela del escritor inglés Max Beerbohm (n. 1872), publicada en 1897. A pesar de que su subtítulo sea: Cuentos de hadas para adultos fatigados, el autor finge dirigirse a los niños.

El héroe, sir George Hell («hell» en inglés quiere decir infierno), es el tipo de calavera característico de la Regencia inglesa, vividor, jugador y tram­poso. Ignora el resto del mundo, conoce tan sólo Londres y sus placeres. Tiene como manceba a una actriz italiana, la Gambogi. He aquí que una noche, en un espectáculo, mientras admira a un enano que dispara el arco, éste le lanza una flecha; inmedia­tamente sir George queda enamorado de una pequeña danzarina de dieciséis años, Jenny Mere («mere», simple, pura). Al pun­to ofrece a la muchacha su corazón, su dinero y cuanto ella quiera. Pero Jenny no se casará sino con un hombre que tenga el aspecto de un santo. Desesperado, sir George pasa la noche vagando por las ca­lles de Londres y desemboca finalmente frente a la tienda de un vendedor de más­caras. Compra una máscara de santo y se la hace adaptar sobre su cara. Jenny, que no le conoce, acepta entonces casarse con el hombre que responde a su ideal. Sir George, que de ahora en adelante se hace llamar Georges Heaven. («heaven», cielo), pasa junto a ella los más felices días de su existencia. Para justificar su apariencia, cambia completamente de conducta y reparte sus bienes entre los pobres. Gusta así de toda la alegría que proporciona el altruismo. Sin embargo, la Gambogi acaba por reconocerle a pesar de la máscara. Lle­na de rencor, se la arranca para demostrar a Jenny quién es el verdadero hombre que se oculta tras ella. ¡Oh milagro! Los rasgos de la carne son idénticos a los de la máscara. El verdadero aspecto de sir George se ha transformado en el de un santo, por los solos efectos del arrepentimiento. En resumen, una bella ficción vivificada por un humor cada vez más rico, que se des­vanece siempre ante el poder de la emoción.

El Hipócrita, Pietro Aretino

[L’Ipocrito]. Comedia en cinco actos de Pietro Aretino (1492- 1556), escrita entre fines de 1541 y prin­cipios del 1542. Ni el personaje que da nombre a la comedia ni el reconocimiento de los hermanos gemelos separados desde su nacimiento, sobre motivos de Plauto, sojuzgan la libre inventiva del dramaturgo. Liseo es padre de cinco hijas, dos de las cuales, Porfiria y Tansilla, están ya pro­metidas con dos jóvenes: Prelio y Artico. Pero éstos se hallan hace ya muchos años en países lejanos, y Liseo decide dar otros maridos a sus dos hijas, si sus prometi­dos no se presentan aquella misma tarde, pues por las muchachas suspiran otros dos jóvenes: Corebo y Tranquillo. Mientras tanto, Zefiro ama a Annetta, otra hija de Liseo, y decide darle a conocer sus senti­mientos, para lo cual halla eficaz ayuda en el Hipócrita.

Este personaje, en efecto, ha­ciendo profesión de santidad y de caridad, halla manera de meterse por todas partes, de ser bien acogido por todos y llenar de este modo, casi sin que los demás lo ad­viertan, su panza y su bolsa. Zefiro, por medio del Hipócrita, recibe confirmación de que es correspondido y decide casarse con Annetta. Pero, mientras tanto, llegan los novios de Porfiria y de Tansilla que hallan en su lugar a los dos rivales. El po­bre Liseo ya no sabe qué hacer, pero tam­bién encuentra ayuda en el Hipócrita, que le aconseja no se preocupe por nada y lo tome todo a risa. Así, entre continuos y có­micos cambios de personalidades multipli­cados por la llegada de Brizio, hermano gemelo de Liseo, a quien toman por Liseo sus familiares, y viceversa, prosigue la co­media que, como era de suponer, termina del mejor modo posible. Porfiria, para guar­dar fe a su prometido Prelio y no hacer traición a su nuevo enamorado, Corbero, quiere suicidarse; pero Prelio, bien acon­sejado por una hechicera, renuncia a Por­firia y se casa con Sveva, hermana de ella. También Tranquillo renuncia a Tansilla por Agnicia, hermana de ésta, mientras Ze­firo y Annetta están ya de acuerdo y Liseo reconoce finalmente a su tan buscado her­mano Brizio.

En ésta como en las demás comedias de Aretino: El herrador (v.), La cortesana (v.), La Talanta (v.) y El Filó­sofo (v.), la imitación del teatro clásico es menos rigurosa de lo que corrientemente en la comedia culta del siglo XVI. Aretino, ingenio libre y vivaz, pone mucho de su carácter satírico y original en los tipos y en las figuras representadas, y abre la tra­dición cómica a una inventiva novelesca.

E. Allodoli

Hipias Mayor o de lo bello, Platón de Atenas

Curioso diálogo atribuido a Platón de Atenas (428/27-347 a. de C.), pero cuya autenticidad es discutida por muchos críticos modernos. En el diálogo, que se desarrolla entre Sócrates e Hipias el sofista, orgulloso de su vana sabiduría y de sus grandes éxitos, se busca la definición de lo bello en sí, o sea, de la idea general de la belleza. Sócrates empieza elogiando en tono irónico al vanidoso sofista, que hace consistir su éxito y el valor de su saber en el dinero obtenido de los discípulos, y, partiendo de un discurso que Hipias ha de­clamado con éxito ante los espartanos, le propone insidiosamente resolver un peque­ño problema que finge haberle sido plan­teado por un preguntón curioso y petu­lante. Éste le ha pedido que defina lo bello y Sócrates no ha sabido qué decir. ¿Quiere Hipias ayudarle y aclarar el asunto con las luces de su sabiduría? Hipias acepta con lisonjeada complacencia: Sócrates, para me­jor aprender, hará de adversario. Hipias cree resolver fácilmente la cuestión dicien­do que, por ejemplo, una hermosa mucha­cha es cosa bella: pero también una vil marmita, dice Sócrates, es hermosa en su género y parece fea en comparación con una hermosa muchacha, como la muchacha parece fea en comparación con una diosa. Por lo tanto estas cosas pueden ser her­mosas o feas; luego no representan lo bello. Lo bello es el oro, replica Hipias; pero no si se abusa de él sin motivo.

Habrá que decir, pues, que el oro es bello cuando es apropiado y si es bello lo apropiado, un haz de leña es más bello que uno de oro, cuando se trata de cocer una buena co­mida. Hipias cree haber encontrado ahora la buena solución: la cosa más bella es vi­vir rico, sano, honrado, enterrar con decoro a los padres y ser a su vez enterrado decorosamente por los hijos. Pero esto, dice Sócrates, no conviene ni a los dioses ni a los héroes inmortales, ya que sería impie­dad afirmarlo. No se ha llegado, pues, to­davía a definir lo bello. Sócrates entonces, imaginando interpretar el pensamiento de su desconocido interlocutor, propone una nueva solución: ¿no consistiría acaso lo bello en la conveniencia, que hace bellos y útiles los objetos? Pero, objeta él mismo en seguida, la conveniencia hace aparecer las cosas más bellas de lo que verdadera­mente son: no es, pues, lo que las hace ser tales. Más bien se identificaría lo bello con lo útil: pero existe una capacidad útil para hacer el mal, que de ningún modo puede corresponder a lo bello. Y tampoco a lo útil ni a la capacidad de hacer cosas bue­nas corresponde lo bello, ya que, en rigor, siendo causa de lo bueno, debería ser dis­tinto de él: y ¿puede acaso ser lo bello otra cosa que lo bueno? ¿No sería quizá lo bello lo que deleita por medio de los ojos y de los oídos? Pero los placeres de la vista y del oído no son bellos en cuanto placeres (ya que existen placeres despreciables) ni en cuanto derivan del ojo o del oído. ¿Ha­brá, pues, que decir que lo bello se iden­tifica con el placer útil? Pero entonces se cae de nuevo en la incoherencia de antes. Hipias, molesto por el procedimiento dia­léctico que quiere examinar minuciosamen­te las cosas, interrumpe entonces la discu­sión, acusando a Sócrates de no saber hacer otra cosa que confundir las ideas.

Este diálogo, aunque tiene una estructura ló­gica bastante débil y que a veces se vale de artificios sofísticos, tiene con todo una gran vivacidad, que deriva de su planteo satírico. [Trad. de Patricio de Azcárate en Obras completas, tomo II (Madrid, 1871), y tomo I (Buenos Aires, 1946)].

G. Alliney

Hiperión o El Eremita de Grecia, Friedrich Hölderlin

[Hy­perion oder der Eremit von Griechenland]. Novela del poeta alemán Friedrich Hölderlin (1770-1843). Esta obra tiene dos partes, publicadas entre 1797 y 1799. En ella, bajo forma epistolar y sobre la trama aparente de un diseño narrativo, el joven poeta canta su amor romántico por el helenismo y la belleza, y su aspiración nostálgica ha­cia un ideal jamás alcanzado. En las cartas de Hiperión a Bellarmino, su amigo lejano, vibra un lírico sentimiento de la naturaleza y de una humanidad en ella regenerada. Pero la humanidad, mezquina en su reali­dad cotidiana, quebranta el alma del joven peregrino que, instruido por el maestro Adamas en el culto de la Antigüedad grie­ga, en la que sólo germinaron verdaderos hombres, recorre Grecia en busca de sus antiguas glorias, y no halla sino crueldad e indiferencia. Hay en él la ansiedad dolorosa de la inútil búsqueda, cuando encuen­tra a Alabanda, endurecido también por el desprecio hacia la humanidad degenerada o el sufrimiento que este mismo desprecio provoca en él. Alabanda está encantado con la juventud ardiente y dolorida de Hiperión, e Hiperión por la dolorosa frialdad del hombre maduro que conoce el mundo y ya no tiene ilusiones. Pero Alabanda ha de seguir su desencantado destino, e Hiperión, presa del desconsuelo, se refugia en casa del anciano Notara; allí encuentra a Dio- tima (v.) y brota la flor maravillosa de su pasión, entretejida del mismo exaltado amor que ambos sienten por la Naturaleza, y la fiebre ideal que devora a Hiperión devorará también a Diotima, porque ella acoge en su corazón toda la inquieta pena de su amado para ser digna de padecer con él.

Pero Hiperión no halla la paz; su implaca­ble sed de gloria, su necesidad de acción, no expresada, lo impelen de nuevo lejos hacia un sueño de belleza irrealizable. Dio­tima, abrasada en el fuego de su inextin­guible pasión, languidece de amor hasta morir. Hiperión busca la gloria en la gue­rra de los griegos contra los turcos, al lado de Alabanda, a quien ha vuelto a encon­trar, y está ebrio de esperanza y fe. Pero el primer asedio victorioso le desengaña: siente la más amarga desesperación en me­dio del saqueo inhumano y feroz a que se entregan sus propios soldados, ebrios de sangre. Hiperión quisiera dejarse morir, pero Alabanda lo salva con su vigilante afecto y lo induce a volver a Diotima para olvidar en su abandono al amor la última desilusión de su ideal quebrantado; él, Alabanda, que ama sin esperanza a Diotima, partirá para no turbar la felicidad de los amantes. Sólo cuando Hiperión está a pun­to de embarcarse y regresar, llega a él la noticia de la muerte de Diotima. Después de una amarga carta a Notara en que con­fiesa, acusando a sus locos ideales, haber matado a su amada, con el corazón exacer­bado se refugia en alemania donde la ruda incomprensión encona más su dolor; de ma­nera que huye en busca de un olvido deso­lado hacia la naturaleza, que finalmente le habla, revelándole el alma indestructible del mundo, la armonía más allá de toda disonancia, la misteriosa conciliación de todo contraste en el Todo. Hiperión es un libro doloroso palpitante de trágica poesía, que se eleva en notas sublimes cuando el alma del protagonista parece quebrantarse bajo el peso del sufrimiento.

Su valor con­siste en la riqueza y la intensidad (tal vez casi morbosa) del sentimiento; reside en aquella exaltación que le hace describir la guerra grecoturca de 1770 con una dolo- rosa realidad de alucinación, mientras él se hallaba tan lejos de aquellos campos de batalla; está en el sombrío trastorno, que da a su sentido del dolor acentos, que acaso llamaríamos presagios de aquella locura en cuyas tinieblas vivió el autor los últimos cuarenta años de su vida. Pero si el dolor conduce a Hiperión de placer en placer (no hay para él otro compañero de viaje), Höl­derlin tiene por la naturaleza y la belleza una adoración exclusiva, apasionada, casi religiosa; por la naturaleza y en la natura­leza él palpita, vive y cree en una vida íntima y profunda que de los restos de esta nuestra forma terrena se desaprisiona­rá para fundirse en el Todo y vibrar en él al unísono con la eterna armonía del uni­verso. Por este lado, aunque su concepción se exprese en una forma totalmente poéti­ca y nada filosófica, Hölderlin abre el ca­mino al idealismo romántico que hará de la Unidad Absoluta, adivinada en el sueño poético del Hiperión, la creadora de toda la realidad, cósmica y espiritual.

G. Alliney

Hiperión, Henry Wadsworth Longfellow

[Hyperion]. Narración en pro­sa del poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882), publicada en 1839.

Pablo Flemming, joven poeta ameri­cano, después de morir su esposa, para apa­ciguar su dolor, viaja por alemania, por el Tirol, por Suiza. En Maguncia encuentra a un amigo querido, el barón Hohengels, y cuando viene la primavera visita con él Heidelberg y Francfort y observa las costumbres locales. En Francfort, el barón lleva a su amigo a una recepción en casa de Frau Kranich, la joven y bella esposa de un ban­quero rico y decrépito. Aficionada a fiestas y diversiones, Frau Kranich, por la noche, hace dormir al viejo y regañón marido con una buena dosis de opio y después abre sus salones a los huéspedes. Pero la noche en que Pablo Flemming es recibido, en lo mejor de la fiesta se presenta el marido, semidesnudo, con un candelero encendido en la mano. En Heidelberg los amigos se separan, y Pablo Flemming se va a Suiza pasando por el Tirol. En Interlaken encuen­tra a otro amigo, el inglés Berkley, jovial y agradable compañero. En el mismo hotel Pablo halla a Mary Ashburton, joven in­glesa que viaja con su madre viuda. Aque­lla joven le parece bella como la Madona de Rafael de la Galería de Dresden, y Flem­ming se enamora de ella.

Una vez ha tra­bado conocimiento con ella y con su ma­dre, Pablo pasa algún tiempo con ellas en dulces y doctas conversaciones y después propone a Mary que sea su esposa. Pero la joven lo rechaza. El poeta, desesperado, parte para el Tirol junto con su amigo, que intenta en vano consolarle. En Salzburgo, Flemming es atacado de fiebre y delirio. Cuando se cura, se separa de Berkley. Un sermón oído en una iglesia devuelve la paz a su espíritu, y todavía le comunica mayor firmeza la inscripción leída en una tumba, en el pequeño cementerio de una aldea, que aconseja: «No mires tristemente al pa­sado. No vuelve nunca más. Mejora el pre­sente: es tuyo. Ve sin temor y con resuelto corazón hacia el oscuro porvenir». (Estas palabras están puestas como epígrafe del libro). A la noche siguiente, Mary Ashbur­ton duerme en el cuarto vecino. Pablo Flemming oye su voz y su corazón se so­bresalta, pero ella no se deja vencer y parte al día siguiente. Este hilo narrativo une, más o menos, una larga serie de dis­cusiones filosóficas, poesías, leyendas y des­cripciones, de manera que este libro se podría definir como un itinerario romántico. Resulta de ello una narración sin estructu­ra precisa a la que presta raros momentos de color el fondo autobiográfico de la si­uación. Longfellow, en efecto, perdió a su esposa en Holanda en su segundo viaje a Europa (1835), y se casó después con la que en la novela es llamada Mary Ashburton.

N. di Pietro