Hiperión o El Eremita de Grecia, Friedrich Hölderlin

[Hy­perion oder der Eremit von Griechenland]. Novela del poeta alemán Friedrich Hölderlin (1770-1843). Esta obra tiene dos partes, publicadas entre 1797 y 1799. En ella, bajo forma epistolar y sobre la trama aparente de un diseño narrativo, el joven poeta canta su amor romántico por el helenismo y la belleza, y su aspiración nostálgica ha­cia un ideal jamás alcanzado. En las cartas de Hiperión a Bellarmino, su amigo lejano, vibra un lírico sentimiento de la naturaleza y de una humanidad en ella regenerada. Pero la humanidad, mezquina en su reali­dad cotidiana, quebranta el alma del joven peregrino que, instruido por el maestro Adamas en el culto de la Antigüedad grie­ga, en la que sólo germinaron verdaderos hombres, recorre Grecia en busca de sus antiguas glorias, y no halla sino crueldad e indiferencia. Hay en él la ansiedad dolorosa de la inútil búsqueda, cuando encuen­tra a Alabanda, endurecido también por el desprecio hacia la humanidad degenerada o el sufrimiento que este mismo desprecio provoca en él. Alabanda está encantado con la juventud ardiente y dolorida de Hiperión, e Hiperión por la dolorosa frialdad del hombre maduro que conoce el mundo y ya no tiene ilusiones. Pero Alabanda ha de seguir su desencantado destino, e Hiperión, presa del desconsuelo, se refugia en casa del anciano Notara; allí encuentra a Dio- tima (v.) y brota la flor maravillosa de su pasión, entretejida del mismo exaltado amor que ambos sienten por la Naturaleza, y la fiebre ideal que devora a Hiperión devorará también a Diotima, porque ella acoge en su corazón toda la inquieta pena de su amado para ser digna de padecer con él.

Pero Hiperión no halla la paz; su implaca­ble sed de gloria, su necesidad de acción, no expresada, lo impelen de nuevo lejos hacia un sueño de belleza irrealizable. Dio­tima, abrasada en el fuego de su inextin­guible pasión, languidece de amor hasta morir. Hiperión busca la gloria en la gue­rra de los griegos contra los turcos, al lado de Alabanda, a quien ha vuelto a encon­trar, y está ebrio de esperanza y fe. Pero el primer asedio victorioso le desengaña: siente la más amarga desesperación en me­dio del saqueo inhumano y feroz a que se entregan sus propios soldados, ebrios de sangre. Hiperión quisiera dejarse morir, pero Alabanda lo salva con su vigilante afecto y lo induce a volver a Diotima para olvidar en su abandono al amor la última desilusión de su ideal quebrantado; él, Alabanda, que ama sin esperanza a Diotima, partirá para no turbar la felicidad de los amantes. Sólo cuando Hiperión está a pun­to de embarcarse y regresar, llega a él la noticia de la muerte de Diotima. Después de una amarga carta a Notara en que con­fiesa, acusando a sus locos ideales, haber matado a su amada, con el corazón exacer­bado se refugia en alemania donde la ruda incomprensión encona más su dolor; de ma­nera que huye en busca de un olvido deso­lado hacia la naturaleza, que finalmente le habla, revelándole el alma indestructible del mundo, la armonía más allá de toda disonancia, la misteriosa conciliación de todo contraste en el Todo. Hiperión es un libro doloroso palpitante de trágica poesía, que se eleva en notas sublimes cuando el alma del protagonista parece quebrantarse bajo el peso del sufrimiento.

Su valor con­siste en la riqueza y la intensidad (tal vez casi morbosa) del sentimiento; reside en aquella exaltación que le hace describir la guerra grecoturca de 1770 con una dolo- rosa realidad de alucinación, mientras él se hallaba tan lejos de aquellos campos de batalla; está en el sombrío trastorno, que da a su sentido del dolor acentos, que acaso llamaríamos presagios de aquella locura en cuyas tinieblas vivió el autor los últimos cuarenta años de su vida. Pero si el dolor conduce a Hiperión de placer en placer (no hay para él otro compañero de viaje), Höl­derlin tiene por la naturaleza y la belleza una adoración exclusiva, apasionada, casi religiosa; por la naturaleza y en la natura­leza él palpita, vive y cree en una vida íntima y profunda que de los restos de esta nuestra forma terrena se desaprisiona­rá para fundirse en el Todo y vibrar en él al unísono con la eterna armonía del uni­verso. Por este lado, aunque su concepción se exprese en una forma totalmente poéti­ca y nada filosófica, Hölderlin abre el ca­mino al idealismo romántico que hará de la Unidad Absoluta, adivinada en el sueño poético del Hiperión, la creadora de toda la realidad, cósmica y espiritual.

G. Alliney