Historia Cómica de los Estados e Imperios de la Luna, Héctor Savinien Cyrano de Bergerac

[Histoire comique des États et Empires de la Lune]. Libro de Héctor Savinien Cyrano de Bergerac (1619-1655), escrito hacia 1649. Ima­gina el autor que, volviendo una tarde en compañía de algunos amigos después de una excursión campestre, se entregaron todos a hacer graciosas hipótesis sobre la natu­raleza del astro que desde el alto firma­mento ilumina el camino. El autor afirma, suscitando la hilaridad de todo el grupo, que la Luna es un mundo, según la opinión de algunos antiguos y de Copérnico y Kepler. De regreso a su casa, encuentra sobre su mesa el libro de Cardano, abierto precisamente en la página en que el filósofo habla de dos viejos que se le presentaron una tarde afirmando ser habitantes de la Luna. Impresionado por tan extraña coin­cidencia, comienza a pensar en la posi­bilidad de un viaje lunar y fabrica un apa­rato muy sencillo consistente en un gran número de vejigas llenas de rocío y atadas alrededor del cuerpo. El sol, con su calor, comienza a atraerlas, como hace con las nubes, y de este modo le arrastra a él mismo hacia las alturas, transportándolo a un mundo que, al pronto, no reconoce y que es precisamente el de la Luna. Los ha­bitantes lo consideran una especie de mono y lo tratan como tal. Finalmente uno de éstos le confiesa que es el demonio de Só­crates, se hace su protector y le defiende de mil maneras contra una parte de la población, que se ha dividido en dos bandos: una favorable y otra hostil a Cyrano. Y es él precisamente quien, levantándolo como un huracán y llevándolo sujeto entre sus brazos, lo vuelve a la Tierra, haciéndole atravesar rápidamente todo el espacio.

Dos aspectos hay que distinguir en el libro: de aventuras uno, y filosófico el otro, o más bien polémico: ambos, cómicos y satíricos. El hallazgo de las alondras que caen desde lo alto ya asadas al ser heridas por un arcabuz que tiene este poder; el de los ver­sos que se dan como moneda a los posaderos; el de los olores con que se nutren los habitantes de la luna; el del idioma de los nobles formado por sonidos semejantes a los de nuestra música, figuran entre los rasgos más sabrosos y cómicos de este ex­traño viaje. Por otra parte, son notables las numerosas disquisiciones en torno a la inmortalidad del alma, a la existencia de Dios, al origen del mundo, y a otros pro­blemas morales y religiosos, no todas igual­mente interesantes y claras. En Cyrano se nos presenta, por una parte, el observador del nuevo pensamiento del siglo, el dis­cípulo de Gassendi, el hombre que, en nom­bre de la nueva ciencia y de la nueva filosofía, se yergue contra el viejo mundo escolástico.

Y a esta orientación mental de Cyrano responden indudablemente las pá­ginas sobre el orgullo de nuestra especie, que cree que la naturaleza ha sido creada para su uso y provecho; o aquellas otras en que el autor afirma la superioridad de la juventud sobre la vejez y en las que resuena la voz del hombre del Renacimien­to, ávido de vida; o aquellas en que el de­monio demuestra al rey y a los jueces la inutilidad de obligar a Cyrano a renegar de sus ideas. Mas, por otro lado, hay en Cyrano una postura indudablemente más personal, que se revela, por ejemplo, cuando se habla de la posición erecta del hombre que parece lamentarse, mirando al cielo, contra Aquél que lo ha creado; o cuando, elevándose por encima de su tiempo, el es­critor critica el eterno elemento irracional que hay en el hombre, hablando de la gue­rra, concebida de modo tan diverso por nosotros y por los habitantes de la Luna. La obra, tan luminosa por sus muchas pá­ginas de fresca e intensa comicidad y por la juvenil audacia de su pensamiento, no siempre es igualmente límpida y armoniosa.

Da la impresión de ser el trabajo de un pensamiento en gestación, que aún no ha llegado al completo dominio de sí mismo; de ahí que algunas partes del libro apare­cen un tanto confusas, no comparables con la armoniosa perfección de los Viajes de Gulliver (v.) de Swift y de ciertos cuentos satíricos de Voltaire. A los Estados e Im­perios de la Luna (o Viaje a la Luna) pu­blicados poco antes de la muerte del autor, después de 1859, Cyrano dio una continua­ción; Historia cómica de los Estados e Im­perios del Sol [Histoire comique des États et Empires du Soleil], incompleto y con abundantes lagunas, publicado en 1662. Con una curiosa máquina aerostática de su in­vención, Cyrano se eleva hasta el Sol, don­de, entre otras maravillas, aprende la feliz vida de las aves en su perfecta ordenación política. Encuentra a Campanella, que le cuenta cómo los filósofos son los únicos de entre los hombres que conservan en el Sol, después de la muerte, el ser y la vida que tuvieron en la tierra. Otros detalles recuer­dan más de cerca la Ciudad del Sol (v.) de Campanella. [Trad. española de Nicolás Estévanez bajo el título Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y del Sol (París, 1902). Trad. del Viaje a la Luna por Torcuato Tasso Serra (Barcelona, 1902); de la Historia cómica o Viaje a la Luna y de la Historia cómica de los Estados e Impe­rios del Sol por J. Chabás y Martí (Madrid, 1924), reimpresa en Buenos Aires, 1942].

F. Àmpola

Historia Cómica, Anatole France

[Histoire comique]. Novela de Anatole France (François-Antoine Thibault, 1844-1924), publicada en 1903, que se nos presenta, en su árida bre­vedad y conceptuosa elegancia, como una de las obras más características de este re­finado escritor. La historia es «cómica» por­que ocurre en el mundo de los actores có­micos, de los comediantes del teatro del Odeón, en París. La primera dama joven, la bellísima Felicitas Nanteuil, deliciosa criatura, toda instinto y gracia, exquisita­mente egoísta y pasablemente ignorante, se encuentra indecisa entre las pretensiones de su compañero de arte, Chevalier (un pobre hombre sucio, generoso, violento y desgra­ciado, al que se ha entregado casi por com­pasión) y el amor del joven y brillante diplomático Roberto de Ligny. La intriga se desarrolla en una serie de escenas y de incidentes graciosamente pintorescos, juz­gados con penetrante ironía y comentados por las filosóficas y paradójicas considera­ciones de un viejo médico, Trublet, llama­do el doctor Sócrates, que es, en cierto modo, «testigo» de los acontecimientos, y, junto a Constantin Marc, un inteligente es­critor de provincias, es como el portavoz del propio France.

Chevalier, desesperando de poder reconquistar a la mujer, se sui­cida en presencia de Felicitas y de Ro­berto, arrojando su maldición sobre el amor de ambos. La muchacha, supersticiosa e impresionable, sufre tal sacudida nerviosa que desde entonces vive en continuas alu­cinaciones, presa de una verdadera enfer­medad para la que nada valen los conse­jos del buen doctor Sócrates, y que la in­hibe de entregarse al amor de Roberto, ha­cia el cual, sin embargo, se siente atraída con instintiva violencia. La tragedia es mantenida por France voluntariamente en los límites, propios de su arte, de un juego irónico bordado con desconcertantes filosofemas y desenvuelto con refinada maestría, en un estilo acerado y centelleante de in­genio. Pero, por el propio contraste, aflora de sus páginas una sugestiva amargura que llega a tonos casi fatales, y atestigua una vez más las raras cualidades de este escritor tan célebre y tan discutido.

M. Bonfantini

Es elocuente, fino, elegante. Es el triunfo del eufemismo. Pero carece de inquietud; se le agota a la primera lectura. No creo mucho en la supervivencia de aquello so­bre lo que todos están de acuerdo desde el principio. (A. Gide)

Se amó en seguida una lengua que se podía gustar sin pensar demasiado sobre ella, que seducía por una apariencia de na­turalidad, y cuya limpidez a veces dejaba indudablemente transparentar un pensa­miento angosto, pero no misterioso… Hay en sus libros un arte consumado para des­florar las ideas y los problemas más graves. Nada detiene la mirada, si no es la mara­villa de encontrar alguna vez algo que la detenga. (Valéry)

En Fielding y en Thackeray hay más luz que calor, pero el calor es suficiente para hacer de ellos novelistas. De Anatole Fran­ce no se puede decir otro tanto. (J. W. Beach)

Historia como juicio y como acción. (B. Croce)

Historia como Sistema y del Imperio Romano, José Ortega y Gasset

Dos ensayos de José Ortega y Gasset (1883-1955). El primero se publicó en inglés en 1935 (en el volumen Philosophy and History, homenaje a Cassirer (dirigido por Klibansky, Oxford University Press); el segundo es una serie de artículos publicados en La Nación de Bue­nos Aires, en 1940; el libro apareció en Ma­drid en 1942. Historia como sistema es uno de los escritos más importantes de su autor, una exposición breve y muy densa de todo un capítulo de su sistema filosófico. Se ini­cia con una serie de tesis sobre la vida humana, entendida como realidad radical, en la cual aparecen todas las demás; la vida nos es dada, pero no nos es dada he­cha, sino que tenemos que hacérnosla y por eso es quehacer; y estos quehaceres no nos son impuestos, sino que hay que imaginarlos, inventarlos y decidirlos. Ortega introduce la noción de creencia (véase Ideas y creencias): el suelo de nuestra vida está constituido por un repertorio de creencias en que se está. Analiza el sistema de creen­cias del hombre occidental y la crisis que han experimentado; por ejemplo, la fe en la ciencia se ha quebrantado; la razón de ello es el fracaso que la ciencia ha tenido en los problemas humanos, mientras ha te­nido éxitos extraordinarios en la investiga­ción de la naturaleza.

El error ha consis­tido en tomar como «fracaso de la razón» lo que ha sido sólo el fracaso de una forma de razón — la razón abstracta o física — en lo humano; hay que dilatar el concepto de razón: «el fracaso de la razón física deja la vía libre para la razón vital e histórica» (véase Meditaciones del Quijote, 1914, y El tema de nuestro tiempo, 1923). La na­turaleza es una gran cosa compuesta de muchas cosas menores, cuyo carácter común es ser, es decir, poseer una estructura o consistencia fija y dada; ahora bien, la vida humana no es una cosa, no tiene en ese sentido naturaleza, y hay que pensarla con otras categorías y conceptos; todo el pen­samiento occidental está cargado de eleatismo y de la convicción de que lo real es lógico y consiste en identidad; el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia; no es cosa alguna, sino un drama; tiene que hacerse a sí mismo, no en el sentido de crearse, porque la vida me es dada, pero tampoco en el de realizarse simplemente, porque tiene que determinar lo que va a ser. La vida es un gerundio y no un par­ticipio: un faciendum y no un factum. El yo de cada hombre es su proyecto vital. Y las posibilidades entre las que el hombre elige no le son regaladas, sino que tiene que inventarlas en vista de las circunstan­cias, lo único que me es dado; el hombre es novelista de sí mismo, original o pla­giario; y como entre esas posibilidades ten­go que elegir, soy libre por fuerza, no pue­do renunciar a mi libertad, por carecer de identidad constitutiva. Lo mismo que se ha hecho una geometría no-euclidiana, hay que elaborar un concepto no-eleático del ser para pensar la vida humana, realidad in­finitamente plástica; mientras el cuerpo y la psique del hombre, su «naturaleza», ape­nas han variado, a la vida humana le han acontecido variaciones sustanciales, porque la sustancia de la vida no es ninguna cosa, sino su argumento.

La vida no se puede pensar más que mediante conceptos «oca­sionales», que anulen su identidad, cuya significación concreta sea distinta en cada circunstancia — como ocurre a los concep­tos «yo», «éste», «aquí», «ahora», etc. —. La vida es la de cada cual. Ahora bien, la vida se va determinando a medida que va sien­do, y lo que hemos sido actúa sobre lo que podemos ser. Y no sólo el pasado personal, sino el colectivo, es decir, la historia. Si hay pasado, lo hay en un presente; el hom­bre no es, sino que va siendo, es decir, vive; sólo se entiende en función de lo que le ha pasado: hace algo porque antes hizo otras cosas; sólo se revela lo que es el hombre ante la razón histórica. «La historia es ciencia sistemática de la realidad radi­cal que es mi vida»; hay que ir de las ideas parciales de la razón a su noción más am­plia y profunda. Razón es «toda acción in­telectual que nos pone en contacto con la realidad, por medio de la cual topamos con lo trascendente». El hombre necesita una nueva revelación; cuando le queda sólo su desilusionado vivir, descubre en lo que le ha pasado, en la historia, la sustantiva ra­zón, la revelación de una realidad más allá de las teorías. Esta razón histórica, que es ratio, logos, riguroso concepto, fluidifica los hechos para llevar a su fieri, a su hacerse: ve cómo se hace el hecho.

Del Imperio ro­mano es un análisis de la realidad social, hecho al hilo de la historia del Imperio romano. Los dos conceptos capitales que Ortega maneja son los de concordia y li­bertad, para mostrar cómo la sociedad es siempre una pugna dramática entre sociabilidad e insociabilidad, un equilibrio en­tre sociedad y disociación. De ahí una teo­ría del Estado en sus varias formas — como «piel», como «aparato ortopédico», etc. — y una profunda interpretación de la historia de Roma.

J. Marías

Historia Civil del Reino de Napoles, Pietro Giannone

[Istoria civile del regno di Napoli]. Obra de Pietro Giannone (1676-1748), pu­blicada en 1723. Como indica el título, la obra se propone seguir el desarrollo inte­rior de la vida de Nápoles desde la época romana a los tiempos del autor, es decir, «todo lo que pertenece a la forma del go­bierno, tanto política como temporal, ecle­siástica y espiritual». A través del estudio de la legislación, de las instituciones civiles y políticas y de las costumbres, el autor sitúa en primer plano los conflictos entre el Estado y la Iglesia. Partidario del estado laico, Giannone hace una vivaz exposición de la política eclesiástica, y expone con rara maestría su crítica de las instituciones papales. Comparando el Cristianismo primi­tivo con la Iglesia de Roma, saca la con­clusión de que el poder temporal de los Papas no es de naturaleza divina, sino que su autoridad procede de hechos jurídicos meramente humanos. A la democracia de los jesuitas el autor opone otra democracia de carácter estrictamente civil; y, mientras aquéllos invocaban la soberanía del pueblo para legitimar el poder de los Papas, Gian­none invoca la soberanía del pueblo para legitimar el poder del Príncipe, a quien, en su opinión, había sido delegado el mis­mo poder. La obra, que ya en sus tiempos despertó una amplia resonancia y costó a su autor el destierro y más tarde el mar­tirio, constituye aún hoy un documento de gran importancia para estudiar el desarro­llo del derecho público y de la nueva con­ciencia política, que brotaban a través de la experiencia del Estado absoluto. Es tam­bién muy notable, desde el punto de vista historiográfico, ya que inaugura un nuevo método en la crítica histórica, o, mejor dicho, aplica las nuevas doctrinas publica­das por Vico en la Ciencia nueva (v.) ha­ciendo de la historiografía la ciencia de aquel mundo humano, cuyas leyes e íntima racionalidad había indicado Vico.

A. Répaci

Historia Breve, Nicéforo

Es la más extensa e importante de las obras históricas de Nicéforo, patriarca de Constantinopla (m. 829). Siguiendo el orden cronológico, narra la historia del Im­perio bizantino desde la muerte del empe­rador Mauricio hasta el matrimonio de León IV, o sea, desde el año 602 hasta el 769. Son interesantes los datos que el au­tor da acerca de los búlgaros, acerca de su antiguo asentamiento en las proximidades de la laguna Meótida, antes de que, al­canzado el Danubio, entraran en lucha con Bizancio. En general, se concede mayor importancia a las revoluciones, guerras, do­naciones a iglesias, disidencias y luchas re­ligiosas, acontecimientos de la capital y del palacio imperial, que a los hechos y evo­luciones políticos. El autor, que se dirige a un vasto público para el que naturalmen­te la política ofrecía menos interés que los acontecimientos locales y las luchas reli­giosas, escribe en estilo claro y llano, ca­rente de figuras e imágenes retóricas. La obra no parece haber tenido mucha difusión.

L. Banti