Historia de Italia Bajo los Bárbaros, César Balbo

[Storia d’Italia sotto i barbari]. Obra de César Balbo (1789-1853), publica­da en Turin en 1830. No es más que el co­mienzo de la historia de Italia desde 476 a 1789, concebida por el autor en trece períodos, de los que la parte terminada com­prende dos, desde 476 a 568 y desde 568 a 774. Sobre la base de las fuentes ya co­nocidas por Muratori, Balbo reconstruyó la historia de las invasiones y de la domina­ción de Odoacro, de los godos, de los bi­zantinos, de los longobardos: período en el que Italia cae en la servidumbre sin reac­ciones, en el que más lenta que en nin­guna otra parte se fue extinguiendo en ella la luz de Roma. Al precipitarse Europa en la barbarie, Italia continuó siendo la maes­tra de lo poco que quedaba de industria y de doctrina. Pero el historiador, dominado por la idea de la independencia nacional, considera una desventura la fascinación su­perviviente del nombre imperial de Italia, «porque siempre invocado y resucitado, in­faustamente resucitaron sus calamidades». Aparte de la inspiración política y del in­terés por el Medievo, la obra no entra toda­vía en la corriente general romántica, sino que continúa con la difusa y anecdótica narración de los hechos y con las conside­raciones moralizadoras de la vieja histo­riografía, reservando breve espacio a las noticias concernientes a la vida social, la legislación, la cultura. Queda muy por de­bajo de las siguientes obras historicopolíticas más conocidas y más interesantes del mismo autor.

P. Onnis

Historia de Italia, Francisco Guicciardini

[Storia d’Italia]. «La historia de los acontecimientos italia­nos, desde el paso de Carlos VIII rey de Francia hasta el año 1526» es la obra maes­tra de Francisco Guicciardini (1483-1540), y una de las obras más significativas de toda la historiografía italiana.

Fue publicada por primera vez en Florencia en 1541, en veinte libros. Agnolo Guicciardini, nieto del autor, en la carta dedicatoria a Cosme I, gran du­que de Toscana, aseguraba que como Mes- ser Francisco ya había muerto «molto pri­ma che alla sua età non pareva si convenisse», había dejado «esta obra imperfecta y sus cuatro últimos libros» estaban «más bien esbozados que terminados, y por esta razón» no se habían publicado hasta en­tonces. El libro tuvo grande y merecido éxito, tanto que hubo que preparar una nueva edición, que vio la luz en Florencia en 1561, impresa por Lorenzo Torrentino, y, al año siguiente, apareció una edición veneciana hecha por Sansovino, con una biografía de Guicciardini. Siguieron inme­diatamente otras tres ediciones venecianas, tanta era la petición de este libro: la de 1563, hecha por fray Remigio Florentino, la del año siguiente con notas de Picedi y la de 1567 hecha también por fray Remigio y precedida también de una biografía del autor. Las ediciones han continuado siendo numerosas, lo cual testimonia el éxito que siempre acompañó a esta obra mayor de Guicciardini, y que es indicio de la cre­ciente admiración que a mediados del si­glo XIX impulsó a Giuseppe Canestrini a publicar las obras menores del autor, entre ellas las Consideraciones en torno a los dis­cursos de Maquiavelo (v.), que unidos a los ya conocidos Recuerdos políticos y ci­viles (v.) dieron a los estudiosos la clave del pensamiento político de Guicciardini, mostrando en qué se apoyaban los funda­mentos de su obra de historiador.

Guic­ciardini fue «durante toda su vida ejerci­tado en cosas grandísimas y gravísimas», tales como el gobierno de grandes ejércitos y de provincias extranjeras; así es que, como observador eminente, «le fue fácil comprender muchas cosas mientras que en otras intervino él mismo y trató muy directamente»; además de esto fue «diligentísimo investigador de las memorias públi­cas, no sólo de Florencia, donde siempre se ha tenido de ellas diligente cuidado, sino también de muchas otras ciudades que por la autoridad de que gozaba le fueron abier­tas». Sin embargo, no reside en esta riqueza de detalles y en la exactitud como infor­mador el mayor mérito de la obra. El his­toriador, con aquella mirada a la que pa­rece que nada podía escapar, caminó li­bre y seguro por entre la vasta trama de los acontecimientos, que desde la llegada de Carlos VIII (1494) se extiende hasta el saqueo de Roma (1527) y a la caída de las libertades florentinas (1530); y el estilo es como se lo dicta el alma, consternada ante tantas desventuras. Ni aun el fin de la obra, que termina con la glorificación de la casa de Médicis y las bodas de Catalina, sobrina del papa Clemente VII, con Enri­que, hijo de Francisco I de Francia (1532), logra desvirtuar el aire de obscura tragedia que envuelve y domina toda la narración.

En ese sucederse de «atrocísimos acciden­tes» dos cosas sobre todo se le presentan al autor como objeto de meditación moral: la inestabilidad de las cosas humanas y la desconsiderada política de los príncipes de Italia, ciegamente discordes y ligados a los «egoísmos presentes». Con este hosco cua­dro de luchas y miserias, contrasta la re­presentación luminosa y consoladora de la prosperidad de Italia antes de los «aluvio­nes extranjeros», en donde campea regu­ladora y serena la figura de Lorenzo de Médicis, cuya equilibrada política, dirigida por una aguda intuición de las condiciones reales de la península, encuentra en Guic­ciardini un admirado historiador. Sin em­bargo, no es posible confundir aquellas pá­ginas con la literatura encomiástica, propia del Renacimiento italiano. Aquí no hay nada elogioso. Parece que los acontecimien­tos hablen por sí, concatenados e ilumina­dos por una mirada atenta y segura. Muerto el Magnífico, cesó la floreciente y ponde­rada actividad, comenzando la tragedia de Italia. El anuncio de aquella muerte (3 de abril de 1492) fue dado con el tono de quien anuncia una desventura pública. Los cri­terios historiográficos que inspiran esta obra famosa los expuso Guicciardini en los Re­cuerdos políticos y civiles, de los que ema­na la tristeza resignada y escéptica que deja al lector inteligente admirado, pero insa­tisfecho. De la Historia de Italia existen ahora dos buenas ediciones: la de Alessandro Gherardi hecha por Sansone (Florencia, 1919), y la que en los «Clásicos italianos» de Laterza hizo Costantino Panigada (Bari, 1932).

G. Franceschini

Guicciardini: la primera cabeza política de los italianos; superior a Maquiavelo, aunque la mayor parte crean lo contrario. (Giordani)

Guicciardini es, entre los modernos, el único historiador que ha conocido mucho a los hombres; filosofaba cercano a los acontecimientos ateniéndose al conocimien­to de la naturaleza humana, en lugar de atenerse a cierta ciencia política, separada de la naturaleza del hombre y casi siempre quimérica, de la que comúnmente se sirven aquellos historiadores, máxime los ultra­montanos y ultramarinos, que han querido discurrir en torno a los hechos, no contentándose, como hacen la mayor parte, con narrar los hechos sin pensar en nada más. (Leopardi)

Escribió los acontecimientos de su tiempo, acaecidos en parte delante de sus ojos, narrándolos tan extensamente, con tal vigor de pluma y tal profundidad de juicio, que queda su Historia como uno de los más bellos monumentos del espíritu humano. Su frase es larga, densa, a veces un poco pe­sada; pero procede a la manera del hombre vivo, que aunque tenga malas piernas anda expedito. Conocedor a fondo de la natura­leza humana, traza retratos eternos de todos los personajes de su tiempo: retratos verdaderos, simples, vigorosos. A todos estos méritos, une un tono de tristeza y amar­gura, como de hombre cansado de las in­numerables miserias que ha visto, y a mi parecer también un tono demasiado áspero (y la historia debe conservarse tranquila y serena), pero que no ofende, porque como ocurre con la profunda severidad de Tá­cito, se siente en él la tristeza del hombre honrado. (Thiers)

Toda esta historia trae a la mente la magnificencia y la majestad de Livio, en tanto que una serie de retratos, tomados del natural con la mano segura del anatómico y del artista, casi le añaden vigor a lo Tá­cito. Merece sin duda Guicciardini, en esta obra, mayores alabanzas como pensador que como escritor: son manifiestas las fatigas que le cuesta conseguir el estilo, retocando o rehaciendo, hasta dejar la obra en mala posición cuando se compara con la no afec­tada naturalidad y la espontaneidad de sus escritos históricos inéditos. (Symonds)

Guicciardini fue el primer historiador serio que rompió con la historia local, tra­tando de modo universal la historia de la unidad geográfica. Entre los historiadores que se pueden contar como sus precursores, ninguno lo iguala… Él es el primer verda­dero historiador que libera a la Historia de los ligámenes con un estado determinado. Él da por primera vez una visión exacta de la política internacional. (Fueter)

Desde el punto de vista del vigor inte­lectual, es el trabajo más importante que ha salido de una mente italiana. Lo que le interesa no es la escena, la parte teatral o poética, sobre la que hacían sus ejercicios retóricos Giovio, Varchi, Giambullari y los demás historiadores. Mira los hechos más maravillosos y conmovedores con cierto des­dén, como de hombre que ha visto ya de­masiadas cosas y no se asombra ni se con­mueve de nada. No tiene simpatías ni anti­patías, no tiene ternuras ni indignaciones, y tampoco tiene programas o conceptos pre­vios sobre los resultados generales de los hechos o sobre la suerte de su país. Su in­telecto claro y tranquilo se encierra en sí mismo, y lo que lo turbe o lo desvíe entra de fuera… Tiene Guicciardini de común con Maquiavelo el desprecio por la superficie: le interesa el estudio del ser, el estudio de lo que está debajo y no se ve. (De Sanctis)

Historia de Inglaterra, Thomas Babington Macaulay

[History of England]. Obra histórica de lord Thomas Babington Macaulay (1800- 1859). Los dos primeros volúmenes de la obra fueron publicados en 1848, los otros dos en 1855; el quinto fue preparado y dis­puesto para la imprenta por la hermana del autor, lady Trevelyan, y publicado póstumamente en 1861. Si en el primer capítulo se traza someramente la historia inglesa de la época de la dominación romana hasta la restauración de los Estuardos, en los veinticuatro largos capítulos que siguen, la historia se hace mucho más detallista, na­rra extensamente los hechos y describe las condiciones políticas y sociales de Ingla­terra bajo Jacobo II, luego bajo Guillermo de Orange y la reina Mary, y, por fin, bajo Guillermo III y hasta los primeros años del siglo XVIII. La historia, según las intencio­nes del autor, había de abrazar el período de la revolución de 1688 hasta la’ muerte de Jorge III. La obra tuvo un éxito com­parable únicamente a las de Scott, Dickens y a las novelas en verso de Byron. La venta de los volúmenes tercero y cuarto batió en los Estados Unidos todos los precedentes, excepto el de la Biblia.

Sin embargo, no puede decirse que el veredicto de la pos­teridad sobre los méritos de la obra esté acorde con el de los contemporáneos. Hom­bre político, espíritu batallador, diputado «whig» primero, luego par de Inglaterra, Macaulay da muestras, incluso al evocar acontecimientos lejanos, de un apasionado espíritu partidista: se ha dicho que en su historia hay demasiada luz y muy poca sombra, que los hombres y las cosas están presentados según las simpatías o antipatías políticas del autor, apóstol del liberalismo. Sin embargo, lo que hace que todavía hoy resulte atractiva la historia de Macaulay, es su estilo brillante, variado, invectivo y de fácil y seguro efecto. [Trad. española de la Historia de la Revolución de Inglate­rra por M. Juderías Bender y Daniel López (Madrid, 1882, 4 vols.) y de la Historia del reinado de Guillermo III por Daniel López (Madrid, 1886, 6 vols.)].

M. Borsa

Toda su Historia está caracterizada por un profundo sentido de la forma narrati­va; se sucede, del principio al fin, con magistral precipitación. Cada elemento en­cuentra su razón de ser: caracteres poco satisfactorios, descripciones superficiales y reflexiones sin interés, son tachas de poca monta, pues no constituyen más que esta­dos sucesivos en el desarrollo de la narra­ción; forman parte del conjunto, del plan fascinador, siempre variable, de este per­fecto caleidoscopio. ¿Una obra de arte? Sí, no se puede negar: el filisteo también fue un artista. Y, en efecto — rudo, cuadrado y perpetuamente fecundo —, helo allí en el Parnaso.   (Strachey)

Su noble y duradera cualidad en nuestra literatura, es ésta: que sentía verdadera­mente una pasión abstracta por la Historia; un cálido, sincero y poético entusiasmo por las grandes cosas en cuanto tales; un ar­dor y un ímpetu hacia los grandes libros, las grandes batallas, las grandes ciudades, los grandes hombres. Sentía los grandes nombres, se servía de ellos como de trom­petas… Es notable observar que este romanticismo de la historia, en lugar de hacerlo parcial e indigno de crédito, fue lo único que le hizo moderadamente justo. Su razón era completamente parcial y fantás­tica. Pero su fantasía era equilibrada y to­lerante. (Chesterton)

Historia de Grecia, Ernst Curtius

[Griechische Geschichte]. Obra en tres volúme­nes, publicada en Berlín entre 1857 y 1861. La narración de la historia de la Grecia Antigua, desde sus orígenes hasta la ba­talla de Queronea del 338, de Ernst Curtius (1814-1896), es una de las pocas historias del siglo pasado que conservan un gran valor. El autor, que tenía un profundo conoci­miento directo de los países cuya historia narraba, puso como fundamento de ésta su original concepción de la prioridad y preeminencia de las poblaciones jónicas del Asia Menor y de su cultura sobre las po­blaciones y sobre la cultura dórica, en la que su maestro O. Müller había visto la manifestación primera y más genuina del helenismo. A esta afirmación, en aquel tiem­po revolucionaria, Curtius llegó sobre todo a través de un feliz análisis de las tradi­ciones míticas y religiosas del pueblo grie­go. En general (y esto constituye el defecto principal de la obra, imputable, más que al autor, al nivel de la investigación histó­rica de su tiempo), el factor político y eco­nómico queda descuidado, en tanto que toda la atención recae sobre las manifesta­ciones estéticas, éticas y religiosas.

El meo­llo de la civilización y de la historia grie­ga es para Curtius la religión: en Delfos, sobre todo, cuando confluían y se compene­traban armónicamente las aportaciones de las estirpes dóricas y jónicas, se formula­ba la ley que daba verdadera unidad al mundo griego, estimulando la formación de una moral y de un arte comunes a todos los griegos, y dirigiendo la expansión grie­ga en el Mediterráneo. En el resto, esto es, en la interpretación de los acontecimientos de la edad histórica, el autor, que se eleva sobre los estudios de su tiempo por el ca­lor de su admiración hacia Grecia y su cul­tura y por su sensibilidad estética, no su­pera los puntos de vista tradicionales, como se ve en el hecho de hacer terminar la his­toria griega con la sumisión de Atenas a Macedonia. El significado del helenismo no había sido todavía descubierto (lo fué por Droysen), y para Curtius los héroes continúan siendo Pericles y Demóstenes, que dominan respectivamente el segundo y el tercer volumen de la obra. Atenas está en el centro de la Historia griega. No se va­loran en su justa importancia los problemas de la vida política griega fuera de Atenas, ni siquiera a las personalidades como Filipo de Macedonia, que debía preparar Gre­cia para la conquista del Oriente y romper las angostas barreras de la vida griega, convirtiéndola en civilización universal. [Trad. por el Dr. Alejo García Moreno (Madrid, 1888)].

A. Passerini

Historia De Grecia, George Grote

[History of Greece]. Tratado histórico del inglés George Grote (1794-1871). La primera edición apareció en doce volúmenes entre 1846 y 1856, la quinta, definitiva, en 1888 en diez volú­menes (Londres). Es una de las grandes obras históricas del siglo pasado, sólida por la amplitud de su investigación y por la armonía de su exposición; cuando apareció, se la juzgó como superior a todas las an­teriores, y aún hoy resulta fundamental para el conocimiento de la historia y de la vida griegas. La obra abraza todo el pe­ríodo que se extiende entre los primeros tiempos de la Grecia legendaria (los mitos de los Titanes, de Zeus, las influencias tracia y egipcia, las leyendas heroicas de Japeto, de Minos, de las guerras contra Tebas, contra Troya, etc.) hasta Alejandro (sojuzgamiento de Grecia, campañas asiá­ticas, su muerte), y comprende la historia de las colonias en Sicilia, en la Magna Grecia, Masalia, etc. La parte más impor­tante es el análisis claro y apasionado de la democracia ateniense, de su nacimiento después de las guerras persas, de su flore­cer hasta la campaña de Queronea. Para Grote, la primera razón de la gloria de la república ateniense reside en su constitución democrática, en la posibilidad de discutirlo todo sin preocupaciones, en la li­bertad de palabra.

El genio griego, desenvolviéndose prodigiosamente en medio de otros pueblos que permanecieron estacio­narios, halló su perfecta expresión en Ate­nas, que resume en sí el significado de toda la historia de la Hélade. De particular im­portancia son también los capítulos sobre la cuestión homérica; la rehabilitación de los sofistas, considerados como hombres cultos que se proponían la educación polí­tica de sus conciudadanos, y por fin, el examen de las doctrinas platónicas y socráticas. La obra, elocuente, concebida con un espíritu de liberalismo que no disimula la tendencia del autor hacia el positivismo inglés, se caracteriza por la convicción del valor absoluto del estado liberal, por su simpatía por la expansión de la fuerte re­pública ateniense, por su fe en la cultura. Parece, sin embargo, insuficiente el estu­dio de los movimientos económicosociales, y también perjudica a la obra el reducir la exposición de la historia griega al breve período del florecimiento de Atenas.

G. Martinelli