Historia de Italia, Francisco Guicciardini

[Storia d’Italia]. «La historia de los acontecimientos italia­nos, desde el paso de Carlos VIII rey de Francia hasta el año 1526» es la obra maes­tra de Francisco Guicciardini (1483-1540), y una de las obras más significativas de toda la historiografía italiana.

Fue publicada por primera vez en Florencia en 1541, en veinte libros. Agnolo Guicciardini, nieto del autor, en la carta dedicatoria a Cosme I, gran du­que de Toscana, aseguraba que como Mes- ser Francisco ya había muerto «molto pri­ma che alla sua età non pareva si convenisse», había dejado «esta obra imperfecta y sus cuatro últimos libros» estaban «más bien esbozados que terminados, y por esta razón» no se habían publicado hasta en­tonces. El libro tuvo grande y merecido éxito, tanto que hubo que preparar una nueva edición, que vio la luz en Florencia en 1561, impresa por Lorenzo Torrentino, y, al año siguiente, apareció una edición veneciana hecha por Sansovino, con una biografía de Guicciardini. Siguieron inme­diatamente otras tres ediciones venecianas, tanta era la petición de este libro: la de 1563, hecha por fray Remigio Florentino, la del año siguiente con notas de Picedi y la de 1567 hecha también por fray Remigio y precedida también de una biografía del autor. Las ediciones han continuado siendo numerosas, lo cual testimonia el éxito que siempre acompañó a esta obra mayor de Guicciardini, y que es indicio de la cre­ciente admiración que a mediados del si­glo XIX impulsó a Giuseppe Canestrini a publicar las obras menores del autor, entre ellas las Consideraciones en torno a los dis­cursos de Maquiavelo (v.), que unidos a los ya conocidos Recuerdos políticos y ci­viles (v.) dieron a los estudiosos la clave del pensamiento político de Guicciardini, mostrando en qué se apoyaban los funda­mentos de su obra de historiador.

Guic­ciardini fue «durante toda su vida ejerci­tado en cosas grandísimas y gravísimas», tales como el gobierno de grandes ejércitos y de provincias extranjeras; así es que, como observador eminente, «le fue fácil comprender muchas cosas mientras que en otras intervino él mismo y trató muy directamente»; además de esto fue «diligentísimo investigador de las memorias públi­cas, no sólo de Florencia, donde siempre se ha tenido de ellas diligente cuidado, sino también de muchas otras ciudades que por la autoridad de que gozaba le fueron abier­tas». Sin embargo, no reside en esta riqueza de detalles y en la exactitud como infor­mador el mayor mérito de la obra. El his­toriador, con aquella mirada a la que pa­rece que nada podía escapar, caminó li­bre y seguro por entre la vasta trama de los acontecimientos, que desde la llegada de Carlos VIII (1494) se extiende hasta el saqueo de Roma (1527) y a la caída de las libertades florentinas (1530); y el estilo es como se lo dicta el alma, consternada ante tantas desventuras. Ni aun el fin de la obra, que termina con la glorificación de la casa de Médicis y las bodas de Catalina, sobrina del papa Clemente VII, con Enri­que, hijo de Francisco I de Francia (1532), logra desvirtuar el aire de obscura tragedia que envuelve y domina toda la narración.

En ese sucederse de «atrocísimos acciden­tes» dos cosas sobre todo se le presentan al autor como objeto de meditación moral: la inestabilidad de las cosas humanas y la desconsiderada política de los príncipes de Italia, ciegamente discordes y ligados a los «egoísmos presentes». Con este hosco cua­dro de luchas y miserias, contrasta la re­presentación luminosa y consoladora de la prosperidad de Italia antes de los «aluvio­nes extranjeros», en donde campea regu­ladora y serena la figura de Lorenzo de Médicis, cuya equilibrada política, dirigida por una aguda intuición de las condiciones reales de la península, encuentra en Guic­ciardini un admirado historiador. Sin em­bargo, no es posible confundir aquellas pá­ginas con la literatura encomiástica, propia del Renacimiento italiano. Aquí no hay nada elogioso. Parece que los acontecimien­tos hablen por sí, concatenados e ilumina­dos por una mirada atenta y segura. Muerto el Magnífico, cesó la floreciente y ponde­rada actividad, comenzando la tragedia de Italia. El anuncio de aquella muerte (3 de abril de 1492) fue dado con el tono de quien anuncia una desventura pública. Los cri­terios historiográficos que inspiran esta obra famosa los expuso Guicciardini en los Re­cuerdos políticos y civiles, de los que ema­na la tristeza resignada y escéptica que deja al lector inteligente admirado, pero insa­tisfecho. De la Historia de Italia existen ahora dos buenas ediciones: la de Alessandro Gherardi hecha por Sansone (Florencia, 1919), y la que en los «Clásicos italianos» de Laterza hizo Costantino Panigada (Bari, 1932).

G. Franceschini

Guicciardini: la primera cabeza política de los italianos; superior a Maquiavelo, aunque la mayor parte crean lo contrario. (Giordani)

Guicciardini es, entre los modernos, el único historiador que ha conocido mucho a los hombres; filosofaba cercano a los acontecimientos ateniéndose al conocimien­to de la naturaleza humana, en lugar de atenerse a cierta ciencia política, separada de la naturaleza del hombre y casi siempre quimérica, de la que comúnmente se sirven aquellos historiadores, máxime los ultra­montanos y ultramarinos, que han querido discurrir en torno a los hechos, no contentándose, como hacen la mayor parte, con narrar los hechos sin pensar en nada más. (Leopardi)

Escribió los acontecimientos de su tiempo, acaecidos en parte delante de sus ojos, narrándolos tan extensamente, con tal vigor de pluma y tal profundidad de juicio, que queda su Historia como uno de los más bellos monumentos del espíritu humano. Su frase es larga, densa, a veces un poco pe­sada; pero procede a la manera del hombre vivo, que aunque tenga malas piernas anda expedito. Conocedor a fondo de la natura­leza humana, traza retratos eternos de todos los personajes de su tiempo: retratos verdaderos, simples, vigorosos. A todos estos méritos, une un tono de tristeza y amar­gura, como de hombre cansado de las in­numerables miserias que ha visto, y a mi parecer también un tono demasiado áspero (y la historia debe conservarse tranquila y serena), pero que no ofende, porque como ocurre con la profunda severidad de Tá­cito, se siente en él la tristeza del hombre honrado. (Thiers)

Toda esta historia trae a la mente la magnificencia y la majestad de Livio, en tanto que una serie de retratos, tomados del natural con la mano segura del anatómico y del artista, casi le añaden vigor a lo Tá­cito. Merece sin duda Guicciardini, en esta obra, mayores alabanzas como pensador que como escritor: son manifiestas las fatigas que le cuesta conseguir el estilo, retocando o rehaciendo, hasta dejar la obra en mala posición cuando se compara con la no afec­tada naturalidad y la espontaneidad de sus escritos históricos inéditos. (Symonds)

Guicciardini fue el primer historiador serio que rompió con la historia local, tra­tando de modo universal la historia de la unidad geográfica. Entre los historiadores que se pueden contar como sus precursores, ninguno lo iguala… Él es el primer verda­dero historiador que libera a la Historia de los ligámenes con un estado determinado. Él da por primera vez una visión exacta de la política internacional. (Fueter)

Desde el punto de vista del vigor inte­lectual, es el trabajo más importante que ha salido de una mente italiana. Lo que le interesa no es la escena, la parte teatral o poética, sobre la que hacían sus ejercicios retóricos Giovio, Varchi, Giambullari y los demás historiadores. Mira los hechos más maravillosos y conmovedores con cierto des­dén, como de hombre que ha visto ya de­masiadas cosas y no se asombra ni se con­mueve de nada. No tiene simpatías ni anti­patías, no tiene ternuras ni indignaciones, y tampoco tiene programas o conceptos pre­vios sobre los resultados generales de los hechos o sobre la suerte de su país. Su in­telecto claro y tranquilo se encierra en sí mismo, y lo que lo turbe o lo desvíe entra de fuera… Tiene Guicciardini de común con Maquiavelo el desprecio por la superficie: le interesa el estudio del ser, el estudio de lo que está debajo y no se ve. (De Sanctis)