Historia de la Lógica en Occidente, Karl Prantl

[Geschichte der Logik im Abendlande]. Obra del filósofo alemán Karl Prantl (1820-1888), publicada en Leipzig en cuatro volúmenes en 1858-70 y reimpresa en 1937. La investigación comprende, desde los orí­genes de la lógica griega, a través de Pla­tón, Aristóteles, la filosofía estoica, neoplatónica y sus elaboraciones en la esco­lástica medieval, hasta el siglo XVI. Se trata, por tanto, de la lógica formalista conceptual, cuyo fundamento especulativo Prantl reconoce en la dirección racionalista- dogmática del pensamiento antiguo y en la teoría del concepto de que ésta deriva, la ley del desarrollo sobre la evolución de aquélla según su implícita dialéctica, el principio de determinación en la estructu­ra del lenguaje. Prantl, que como otros grandes historiadores de la filosofía alema­na deriva de la escuela hegeliana, toma de ésta su interpretación especulativa de la lógica formal. Pero extiende mucho más allá su validez, en cuanto que identifica la estructura del lenguaje con la del pensa­miento, concibiendo las determinaciones formales de éste como correspondientes a las de la realidad. Así es que está historia de la lógica formal parece carecer de su­ficiente fundamento crítico, ni en ella que­da claro — a pesar de los escritos teóricos del autor sobre problemas particulares lo- gicognoseológicos (Reformgedanken zur Lo­gik : Zur Kausalitátsfrage) — cómo habría podido resolver los problemas de la rela­ción entre la lógica formal y el pensamien­to concreto científico y filosófico de la edad moderna, del propio desarrollo de la ló­gica formal en el sentido de la logística y de la lógica matemática, de su relación con la lógica trascendental kantiana y con la lógica ontologicodialéctica hegeliana. Con todo esto, por el amplio y cuidado análisis de las fuentes, por la riqueza de la infor­mación, por la claridad expositiva y la agu­deza interpretativa, es todavía hoy funda­mental para los estudios lógicos.

A. Banfi

Historia de la Marina de los Estados Unidos de América, Fenimore Cooper

[History of the Navy of the United States of America]. Obra del novelista norteamericano James Fenimore Cooper (1789-1851), edi­tada en dos volúmenes en 1839. Es trabajo de compilación muy vasto y minucioso, en el cual, sin embargo, emergen a trechos las dotes de narrador de Cooper y su capa­cidad de trazar a grandes líneas un cuadro histórico bastante complejo. La escasa e irregular escuadra de los insurgentes en la guerra de la Independencia, con sus va­riables vicisitudes, constituye el germen del que surgirá mucho más tarde una marina de guerra americana regular. Como aquella escuadra tuvo notable eficacia en perjudi­car el comercio transatlántico de Inglate­rra y obstaculizar los movimientos de los transportes militares de la madre patria, justamente se atribuye a aquellas pocas na­ves casi corsarias una parte del mérito por el éxito de la campaña y por su feliz con­clusión, en 1783, con la declaración y el reconocimiento de la independencia. La nueva República no se apresuró, por otra parte, a crearse una marina de guerra re­gular, porque había de enfrentarse con gra­ves e inmediatas dificultades financieras y también por innata desconfianza de los an­tiguos colonos hacia las actividades milita­res de todo género.

Sin embargo, cuando el rey de Argel, en 1785, y Jusuf Caramanli, soberano de Trípoli, en 1801, pusieron im­puestos a los buques mercantes americanos e hicieron prisioneras a parte de sus tripulaciones, la exigencia de una acción de gue­rra comenzó a dejarse sentir. En 1794 se obtiene la primera ley del Congreso, que autoriza al Gobierno a construir y armar una flota regular de seis fragatas. La guerra de Trípoli duró tres años, con alterna suerte, y el bloqueo de la ciudad no consiguió el resultado favorable que habían esperado los norteamericanos. El sucesivo conflicto con Inglaterra (1812-15) confirma a los di­rigentes de la Confederación en la necesi­dad de desarrollar las fuerzas navales, las cuales adquieren mayor amplitud y regula­ridad organizadora. La obra de Cooper se termina con la historia de este conflicto. El ardiente patriotismo de Cooper no le impide mostrar objetividad en el relato de estas vicisitudes y luchas, ni falta en él una notable sensibilidad para los problemas na­vales en general. Muchas páginas del tra­bajo, sin embargo, tienen un carácter meramente cronístico.

C. Pellizzi

Historia de la Marina Pontificia en la Edad Media, del 728 al 1499, Alberto Guglielmotti

[Storia della Marina Pontificia nel Medioevo dal 728 al 1499]. Tratado del padre Alberto Guglielmotti (1812-1893), publicado en Floren­cia en 1871. La obra, que comienza con la constitución del dominio temporal de los Papas, no se limita a proporcionar noticias que se refieran estrictamente a la marina, como tipos de navíos, instrumentos náuticos, artillerías, formación de escuadras, construc­ción y fortificaciones de puertos, etc., sino que se extiende a los sucesos más importan­tes del Estado romano, en los cuales to­maron parte activa las escuadras papales. Así, son narradas y estudiadas las luchas con los sarracenos y con los musulmanes, quienes, entre el 778 y el 1016 desolaron la provincia de Roma y buena parte de las regiones costeras de la Italia peninsular; las expediciones de castigo en África, la contribución a las Cruzadas, las repercu­siones de la lucha con el Imperio (Federico Barbarroja y Alejandro III, el asedio de Ancona), las luchas con la República vene­ciana, la participación en las interminables y feroces guerras con los turcos (empresas de los Caballeros de Rodas, sangrientas ba­tallas en el Prepóntida, Esmirna y Negroponto), las repercusiones del cisma de Oriente con las correrías de las armadas pontificias por el Tirreno infestado de pi­ratas, la caída de Constantinopla, los efí­meros desquites sobre los turcos en Cons­tantinopla, en las islas del Archipiélago, Chipre y Lesbos, las relaciones de la Corte vaticana con los sultanes, etc.

La obra llega hasta el 1499, año que para Guglielmotti señala el fin de la Edad Media. Como complemento, el mismo autor publicó su­cesivamente los volúmenes: Mario Colonna en la batalla de Lepanto; La guerra de los piratas; Historia de las fortificaciones en la playa romana; últimos hechos de la es­cuadra romana de Egipto a Corfú. El con­junto fue reeditado entre 1886 y 1893 por la «Stamperia Vaticana» en una edición de diez volúmenes con el título general: His­toria de la Marina Pontificia. Aun cuando no exenta de defectos, debido al tono apo­logético, la obra es la más extensa que so­bre el tema existe en lengua italiana.

G. Martinelli

Historia de la Literatura Rusa

Lenta en su desarrollo antes del siglo XIX, la literatura rusa tuvo tardías sistematiza­ciones historicoestéticas de obras y de au­tores. No faltan, sin embargo, tentativas de biografías racionales ni antologías de es­critores: por ejemplo, la selección de los «libros verdaderos y mentirosos» en el lla­mado Libro cirílico de 1644, el Ensayo de un vocabulario histórico de los escritores rusos de N. Nóvikov en 1772, y la Noticia sobre algunos escritores rusos publicada en 1768 en alemán, en Leipzig [Nachricht von einigen russischen Schriftstellern], y en 1771 y 1774 en francés en Liorna [Essai sur la littérature russe, contenant une liste de gens de lettres russes qui se sont distingués depuis le règne de Pierre le Grand]. Sobre el autor de esta última obra se ha discutido mucho, pero no hay duda de que fue un ruso. La duda podía surgir de que en dicho período varios alemanes se ocupaban de la literatura rusa, como A. L. Schlotzer y Jakob Stáhlin, en dos volúmenes de la Biblioteca rusa para el conocimiento del actual estado de la literatura en Rusia [Russische Bibliothek zur Kenntniss des gegenwártingen Zustandes der Literatur in Russland] (1772-1787). Entre fines del si­glo XVIII y el tercer decenio del XIX, es decir, cuando empezaron a aparecer las primeras tentativas de historia literaria sis­tematizada, surgieron también otras selec­ciones de escritores y de obras: recordare­mos entre las principales la de V. S. Sopikov publicada de 1813 a 1821 con el título En­sayo de bibliografía rusa, que, compren­diendo todas las obras impresas desde la invención de la imprenta hasta 1813, ofre­cía un repertorio precioso también para la literatura; la de V. G. Anastasevič, catá­logo de la biblioteca del editor y librero Smirdin, que, sin embargo, se dispersó más tarde; la de N. Karamzin y P. Beketov de 1801-1803, titulada Panteón de los autores rusos.

Prescindiendo de ensayos de menor importancia, la primera tentativa de expo­sición de la literatura rusa fué debida a N. Grec, Ensayo de breve historia de la li­teratura rusa, de 1822, que sirvió de base a la Historia de la literatura eslava según todos los idiomas [Geschichte der slavischen Literatur nach alien Mundarten], del gran filólogo checo Šafařík, publicada en 1826. En el decenio siguiente y en confor­midad con los programas escolares, se pu­blicaron varios manuales de historia litera­ria, pero fue más importante el impulso dado por algunas obras independientes co­mo la Historia de la literatura rusa antigua de M. A. Maksimovich (1839), los Ensayos de literatura rusa de N. A. Polevoi (1839) y el Ensayo de historia de la literatura rusa de A. V. Nikitenko (1845), limitado este úl­timo a un primer volumen de introducción. De escaso valor intrínseco, estas tentativas de sistematización tuvieron cierta impor­tancia porque reflejaron el cambio de orien­tación; es decir, no sólo se empezó a ex­poner hechos, sino a buscar el desarrollo interno y sus relaciones, cosa importante en un período en que perduraba la lucha entre Clasicismo (v.) (o pseudoclasicismo) y Romanticismo (v.) y empezaba a afirmarse el Realismo. Es romántico Polevoj en el sentido «popular-nacional» del movimiento, y lo es también Nikitenko en un sentido más estético, a lo Schlegel, sobre todo en lo que respecta a la historia literaria, pues es el primero que plantea el problema de su autonomía metodológica. Aun sin tratarse intencionadamente de una historia literaria, dio sobre ella dos ensayos notables Vissarion Grigorevič Belinskij (1811-1848), en dos momentos distintos de su carrera de crítico, en Fantasías literarias (1834) y en la serie de artículos sobre Pushkin (1846).

En éstos, Pushkin está presentado como el punto de llegada histórico de todo un des­arrollo que, expuesto para explicar su vér­tice, se presenta en conjunto como una his­toria literaria propiamente dicha desde la mitad del siglo XVIII en adelante. La im­portancia de estos ensayos estaba sobre todo en que ponían fin, por decirlo así, al caos que hasta entonces existió en el cam­po crítico profesional, ya que las mejores afirmaciones historicoestéticas habían sido el resultado de las actitudes críticas de los artistas (por ejemplo, los poetas A. S. Push­kin y D. V. Venevítinov). Es interesante advertir aquí que el decenio que separó las Fantasías literarias de los ensayos sobre Pushkin constituyó para Belinskij un de­cenio de crisis teóricas, con el paso del schellinghismo al socialismo, pero la afirmación hecha en las Fantasías de que Rusia no tenía una literatura, encontraba con­firmación en los artículos sobre Pushkin que hablaban de una literatura aún en sus inicios, pero con fenómenos grandiosos y diversísimos, como Pushkin y Gogol. Pero, si no había una literatura por lo menos hubo en Rusia grandes escritores, y la historia literaria de Belinskij tuvo como caracte­rística la puntualización de las grandes per­sonalidades, desde Deržavin hasta Gogol, desde un punto de vista historicoestético. Naturalmente, aquello no podía satisfacer en el campo de los historiadores, porque si una literatura rusa, en el sentido de Be­linskij, estaba todavía en formación, los fenómenos de la época que él llamaba pri­mordial e inconsciente, anterior a Pedro el Grande, no carecían de importancia his­tórica— ni, como se vio más tarde, estéti­ca — y merecían ser destacados como parte de la evolución espiritual del pueblo ruso. Ello explica que se volviese pronto a las primeras tentativas de historiografía del siglo XVIII dedicadas a la literatura antigua y a la literatura popular en relación tam­bién con los estudios históricos e historico- jurídicos (las obras históricas de S. Solov’ëv, la obra de K. D. Kavelin y los tra­bajos de los eslavófilos).

Así fué como, a partir de 1840, se hicieron por una parte ensayos de historia literaria sistemática como el de A. P. Miljukóv sobre la His­toria de la poesía rusa que de 1847 a 1864 tuvo tres ediciones, y el de S. P. Ševyrëv, Historia de la literatura rusa, predominante­mente de la antigua, publicada en 1858-60 y casi inmediatamente traducida al italiano y publicada en Florencia en 1862; por otra parte los estudios de poesía popular de F.I. Buslaev: Ensayos históricos de litera­tura y arte rusa popular (1861) y Poesía popular, Ensayos históricos (1887) y de N. S. Tichonravov (1832-1893), editor de los siete volúmenes de Anales de la literatura rusa y de la antigüedad rusa y de nume­rosas obras antiguas, entre las cuales están las obras dramáticas rusas de fines del si­glo XVII y principios del XVIII y de in­numerables ensayos que, reunidos, forman una historia casi completa de la literatura rusa desde sus orígenes hasta finales del siglo XVIII, según el método llamado historicopositivo, seguido también por A. N. Pypin (1833-1904), a quien Rusia debió la primera gran Historia de la literatura rusa desde los orígenes hasta Gogol. Fue ésta la primera toma de posición sistemática de la crítica historicopositiva, que tuvo tam­bién en Rusia, en lo que respecta a la lite­ratura, sus orígenes en Taine. Pypin em­pezó criticando, antes aún de escribir su historia de la literatura, la escuela llamada del «arte puro» en un artículo sobre el En­sayo de historia de la poesía rusa de Miljukóv. Pero es preciso recordar que, fuera de los límites de la historia literaria en sentido específico, el positivismo literario se había desarrollado en la crítica: Pypin desarrolló, por decirlo así, sus ideas en el examen de la actividad de los críticos y no sólo de la de Belinskij, sobre el que escribió una amplia monografía, sino tam­bién de Černyševsky y Dobroljubov, dando a su propia tendencia criticohistórica un tono liberal frente al democraticorrevolucionario de los dos críticos estudiados.

No menos importante, desde el punto de vista historicoliterario, por la tendencia de Py­pin, fueron por ello sus trabajos Caracte­rísticas de las opiniones literarias de 1820 a 1860, El movimiento social en Rusia bajo Alejandro I y la Historia de la etnografía rusa. El método historicopositivo de Pypin y Tichonravov estaba destinado a mantenerse por largo tiempo en la historiografía literaria rusa; hay, sin embargo, que se­ñalar que él no fue el único y que 2I examen de las diversas historias de la lite­ratura que, especialmente en forma de ma­nuales, vieron la luz entre 1860 y el fin de siglo, revela muchos otros. Por su número y espíritu, estos manuales fueron una ca­racterística de la segunda mitad del siglo. Recordamos los mejores: Historia de la lite­ratura rusa antigua y moderna (1863-1868) de A. D. Galachov, perteneciente a la es­cuela estética, y por ello blanco de los ata­ques de Tichonravov; Historia de la litera­tura rusa (1886-1891) de I. Ja. Porfiriev, de espíritu conservador religioso, en especial una magnífica recopilación de materiales, especialmente en el campo de los apócrifos, de los versos espirituales populares y de las leyendas; las dos obras de P. N. Polevoy, la primera de 1871, Historia de la literatura rusa en ensayos y biografías, la segunda del 1900, Historia de la literatura rusa de los tiempos más antiguos hasta nuestros días, fruto tardío, sobre todo esta última, de la escuela historicopositivista o historico- cultural, con carácter más divulgador que científico, junto a obras de más elevado tono científico, pero incompletas, como las dos de P. V. Vladimirov, Introducción a la historia de la literatura rusa, de 1896, y La antigua literatura rusa del período de Kiev de los siglos X y XIII, de 1901. En el mismo período (fines del siglo XIX y principios del XX) por razones contingen­tes, ensayos de compendios historicoliterarios fueron dados por los rusos en el ex­tranjero: por ejemplo, las lecciones que el príncipe Sergej Volkonskij dio en Chicago en 1896 y las que el príncipe anarquista Petr Kropotkin pronunció en Boston en 1902. Por otra parte, había empezado ya la publicación de Historias de la literatura rusa por obra de extranjeros, como la de A. von Reinholt [Geschichte der russischen Literatur von ihren Anfängen bis auf die neueste Zeit], de 1886, de orientación historicoinformativa.

Esta orientación, por otra parte, fue característica de casi todas las obras del género, de modo que la historia de la literatura rusa, desde un punto de vista criticoexegético. había que buscarla, a fines del siglo XIX, en el curso de la misma tal como se había reflejado en la crítica, especialmente después de Belinskij. Entre las dos corrientes principales que fueron dibujándose, la preponderantemente estética y la primordialmente social, fue esta última la que dominó, no siempre, sin embargo, según las concepciones de la fun­ción social de la literatura representada por Belinskij. De la función social de la lite­ratura fueron intérpretes V. N. Majkov (1823-1847) y Apollón Grigoriev (1822- 1864), pero ambos como adversarios de Be­linskij. El primero pudo dar sólo pocos en­sayos de su concepción de la historia lite­raria como historia de la sociedad en for­mas artisticoliterarias, pero el segundo en sus numerosos estudios, ya de carácter ge­neral como Las bases de la crítica orgá­nica, El desarrollo de la idea de nacionali­dad en la literatura rusa posterior a Pushkin, Realismo e idealismo en la literatura rusa, Ojeada a la literatura rusa desde la muerte de Pushkin, La literatura rusa a mediados del siglo XIX, ya de carácter espe­cial sobre Lermontov, Gogol, Nekrasov, el primer Tolstoi y, especialmente, sobre Ostrovskij, dio una historia propiamente dicha de un largo período, basada en una con­cepción original, conservadora a los ojos de los revolucionarios radicales por sus raíces en la vida del pasado y su negativa de ver en el arte sólo un siervo de la vida, pero aceptable universalmente por su demostra­ción de que los artistas reflejan lo que es la vida, es decir, lo que forma la atmósfera de la época, deteniendo los varios momentos del continuo fluir de la vida en formas eter­nas.

Pero la lucha social y política de la época era, a mitad del siglo, y siguió siéndolo a continuación, demasiado áspera para que dichas concepciones pudiesen sa­tisfacer, y los críticos que dieron mayor material exegético desde el punto de vista social para una historia de la literatura fueron los críticos radicales, un N. G. Černyševskij (1828-1889), un N. A. Dobroljubov (1836-1861) y un D. I. Pisarev (1840- 1868), el primero seguidor de Feuerbach en la enunciación de los principios de su crí­tica en Relación estética entre el arte y la realidad, donde, como por otra parte en los ensayos que siguieron, la finalidad del arte estaba indicada como reproducción de la vida, pero con inclusión en esta repro­ducción de un juicio sobre los fenómenos, principio posteriormente desarrollado por N. A. Dobroljubov, cuya crítica, partiendo del principio que la literatura está al ser­vicio de la sociedad, acabó por ser una serie de ensayos «a propósito de…», es decir, a propósito de los problemas sociales plan­teados por las obras artísticas, por ejemplo, por una novela de Turguenev o de Gončarov o por un drama de Ostrovskij; y, por fin, llevado a sus últimas consecuencias que pudiéramos llamar de autonegación por Pisarev, de modo que la crítica acababa siendo iconoclasta y propagandista a la vez. Sea como sea, dicha crítica contribuyó a la formación de la historia de la literatura rusa de modo relevante, determinando la fisonomía genéricamente «positivista» que ya conocemos y que no resultó negadora de valores estéticos, pese a La destrucción de la estética de Pisarev y sus artículos negativos respecto a Pushkin.

También el «populismo» fue positivista, pero supo va­lorar justamente los problemas estéticos y si un P. L. Lavróv (1823-1900) prefirió, cuando le era preciso elegir, la ideología a la forma, ello no le impidió ponerse siem­pre en guardia contra la confusión entre finalidades artísticas y finalidades publici­tarias ni preferir estéticamente Pushkin a Nekrasov ni insistir sobre la unidad de la «forma elegante» y del «significado inter­no». Tuvo mucho en común con Lavróv, N. K. Michajlovskij (1842-1904), que se ocupó más que aquél de problemas litera­rios, declarándose desde el principio discípulo de Černyševskij y Dobroljubov y contrario a los excesos de Pisarev, pero luego, en la aplicación historicocrítica del principio que el artista debe, no sólo re­producir la realidad, sino dar una valora­ción desde el punto de vista de los propios ideales, desterró una concepción propia de la acción del arte sobre los sentimientos. De las ideas de Lavróv y de Michajlovskij partió A. M. Skabičevskij al escribir su Historia de la literatura rusa moderna, de 1893, durante muchos años uno de los com­pendios más difundidos en Rusia. También se difundieron muchísimo los ensayos de A. I. Kirpičnikov (1845-1903), uno dedicado a la literatura de la Edad Media rusa, en 1869, y el otro a los principales escritores de la segunda mitad del siglo XIX reunidos para dar la fisonomía de la época. Kirpičnikov fue un comparador de erudición excep­cional puesta al servicio de un método introductivo-comparativo, aplicado también por él a la continuación de una gran His­toria de la literatura universal empezada por N. F. Kŏrs y otros estudiosos de la época. De ideas liberales, representó la ten­dencia europeo occidental en la historia de la literatura a fines del siglo, que por otra parte fue la de todos los epígonos del po­pulismo: entre otros de E. A. Solov’ëv Andreevič (1866-1905), autor de Ensayos de historia de la literatura rusa del siglo XIX, de 1902, en contraposición con la corriente no sólo conservadora, sino reaccionaria, que encontró su representante en N. A. Engelgardt (n. 1866), autor de una Historia de la literatura rusa del siglo XIX (1902-1903), superficial y tendenciosa en los juicios, pero bastante útil para la búsqueda de informa­ciones y bibliografía.

A la tendenciosidad de tales obras se opusieron muy pronto, entre 1908 y 1916, cuatro grandes obras co­lectivas, por iniciativa de la casa editora «Mir» y de varios grupos de estudiosos. La primera fue la Historia de la literatura rusa a cargo de E. V. Aničkov, A. K. Borozdin y D. N. Ovsjániko-Kulikovskij, de la que se publicaron dos volúmenes, uno dedicado por entero a la literatura popular y otro a la historia de la literatura escrita desde sus orígenes hasta el final del si­glo XVIII (ambos ricamente ilustrados). La segunda fue la Historia de la literatura rusa del siglo XIX, a cargo de D. N. Ovs­jániko-Kulikovskij, A. E. Gruzinskij y P. N. Sakulin, en cinco volúmenes. La estruc­tura de esta obra es particularmente nota­ble: los fenómenos literarios están expues­tos en relación con los fenómenos sociales. Con dicho fin, la exposición está dividida en dos partes: una dedicada a las relaciones socialpolíticas, con cuatro ensayos históricos sobre las diversas épocas en que el siglo está dividido y, en dependencia con ellos, otros ensayos sobre las corrientes espiritua­les de determinada época (tendencias filo­sóficas, ideas sociales, ideologías) y sobre las corrientes y escuelas literarias; otra, dedicada a los escritores tratados singular­mente. en la mayoría de casos por espe­cialistas. La tercera obra fue la Historia de la literatura rusa del siglo XX (1890- 1910), a cargo de S. A. Vengerov, también dividida en dos partes: la primera, dedica­da a la llamada «Revalorización de todos los valores»; la segunda, a cada uno de los principales autores del período. Precio­sas son, tanto en ésta como en la prece­dente obra, las bibliografías, que nos de­muestran el importante trabajo de la crí­tica rusa tanto en torno a los escritos sin­gulares como en torno a movimientos y corrientes.

La cuarta de estas grandes obras colectivas fue una vuelta a la Historia de la literatura rusa hasta el siglo XIX a car­go de Cružinskij, uno de los especialistas que habían colaborado con Ovsjániko-Kulikovskij en la preparación de la dedicada al siglo XIX. Sólo conocemos, sin embargo, el primer volumen publicado en 1916 y creemos que puede considerarse que la pu­blicación se detuvo en él. En este primer volumen dedicado a La literatura anterior a Pedro el Grande, es decir, hasta fines del siglo XVII, encontramos los nombres de los mejores especialistas en la materia en aque­lla época; sólo recordaremos los más espe­cíficamente historiadores de la literatura y del idioma ruso antiguo: M. N. Speranskij, A. A. Šachmatov, A. S. Archangelskij, A. S. Orlóv. Del primero tuvo ya antes de la revolución y en los primeros años des­pués de ella, amplia fama la Historia de la literatura rusa antigua, curso pronunciado en la Universidad de Moscú (tercera ed., Moscú, 1921); del segundo, lingüista de fama mundial, hay que recordar el Ensayo sobre el período más antiguo de la historia de la lengua rusa, de 1915, y el Ensayo so­bre la lengua literaria rusa contemporánea (cursos universitarios, publicados después de su muerte, en 1925); del tercero, las tres obras fundamentales: La literatura de la Rusia premongólica, de 1903; El teatro de la Rusia anterior a Pedro el Grande, de 1884, y Cultura y literatura en el estado moscovita; del cuarto, en fin, el mayor de los discípulos de Tichonravov, los numero­sos trabajos sobre cuentos antiguos, sobre la Administración de la casa (v.). sobre el Canto de Igor (v.), etc., que reunidos for­man una de las más interesantes historias de la literatura rusa que el autor llama «medieval» en lugar de «antigua» en el conjunto comparativo que sirve de base a la mayoría de sus obras. Los estudios de literatura antigua y medieval estuvieron en gran auge en el período anterior a la re­volución: la obra fundamental del período fue la de V. A. Keltujala, Curso de historia de la literatura rusa desde sus orígenes has­ta el siglo XVIII, cuya primera parte, de­dicada a la literatura antigua, apareció en 1906 (segunda ed. en 1913) y la segunda en 1911.

Marxista en sus principios, Kel­tujala no disfrutó, sin embargo, del favor de la crítica marxista, que le reprochó sus incertidumbres metodológicas. Pero estas in- certidumbres fueron patrimonio común de todos los historiadores de la literatura rusa, incluso después de la revolución, y se re­procharon titubeos incluso a V. M. Istrin, un seguidor de Tichonravov, que de sus numerosísimos trabajos especializados lle­vados a cabo entre 1893 y 1906 sacó en 1922 el Ensayo de la literatura antigua rusa del período premoscovita (siglos XII-XIII), y a N. K. Gudzij, iniciador de un método historicofilológico que está en la base, ade­más de otros trabajos, de una Historia de la literatura rusa antigua que es de las me­jores entre las recientes (tercera ed., 1945). Los estudiosos de la literatura rusa antigua deben también a Gudzij un precioso com­pendio bibliográfico al que recurrir para los trabajos más recientes: Die altrussische Literaturgeschichte in den Jahren 1914-1926 en «Zeitschrift für slavische Philologie», 1928, V. 1-2. Como hemos hecho con el período precedente, después de haber re­cordado las principales historias de la lite­ratura, hemos de señalar ahora los trabajos críticos e históricos dedicados a movimien­tos literarios o a escritores, que, en su conjunto, sirven de preparación a los gran­des tratados históricos. Hemos de referirnos inevitablemente a los repertorios biblio­gráficos, limitándonos a señalar solamente algunas de las obras de carácter más espe­cíficamente historicoliterario. Así, los di­versos trabajos de V. N. Peretc, publica­dos de 1900 a 1930, sobre la historia del teatro ruso y ucraniano antiguo, las inves­tigaciones, acompañadas de ediciones de materiales sobre la antigua literatura rusa y ucraniana de los siglos XVI-XVIII y especialmente los ensayos sobre la historia del estilo poético en Rusia.

Así, las dos grandes empresas de S. A. Vengerov, que han quedado, sin embargo, en los inicios, El diccionario criticobiográfico de los es­critores y científicos rusos (de los inicios de la cultura rusa hasta nuestros días), del que fueron publicados, entre 1889 y 1897 cinco volúmenes que comprenden incom­pletas las tres primeras letras del alfabeto ruso: A, B, V, y varios materiales, y Las fuentes del Diccionario de los escritores rusos, obra de la que se publicó, en 1900, el primer volumen, de Aaron a Gogol. Ven­gerov fue una de las mayores figuras en el campo historicoliterario entre 1880 y 1920; además de las dos obras citadas hay que recordar muchos trabajos críticos suyos (en­tre- otros, sobre Belinskij, Goncarov, Gogol) reunidos en Ensayos sobre la historia de la literatura rusa más reciente, de 1897, y una famosísima profesión de fe sobre El carác­ter heroico de la literatura rusa, de 1911. La actividad de los historiadores de la li­teratura en Rusia ha sido siempre muy am­plia en el campo de los estudios particula­res y metodológicos, como los de A. N. Veselovskij y A. A. Potebnja, con los que puede relacionarse la escuela llamada «for­malista», que en el primer decenio después de la revolución emprendió una revisión total de la historia de la literatura rusa, pero hubo de interrumpirla por no ser or­todoxa en el cuadro de la crítica literaria marxista. (Sobre este movimiento son im­portantes los siguientes compendios biblio­gráficos y exámenes sintéticos: V. Žirmunskij, Formprobleme in der russischen Literaturwissenschaft, en «Zeitschrift für slavische Philologie», 1925; I. y B. Tomasevskij, La nouvelle école d’histoire littéraire en Russie, en «Revue des études slaves», VIII, 3-4, 1928.

El movimiento for­malista no estuvo ligado directamente, co­mo pudiera creerse, a corrientes críticas neorrománticas; éstas no habían faltado, sin embargo, en Rusia, en relación con el des­arrollo de corrientes decadentes y simbo­listas que se opusieron, en el período 1893- 1910 aproximadamente, a la afirmación de un realismo cada vez más social con la co­rrespondiente acentuación de la crítica de contenido marxista, aunque no siempre or­todoxa. Por una parte, la pléyade de poetas decadentes y simbolistas, K. D. Balmont, A. Belyj, V. la. Brjusov, V. I. Ivanov, D. S. Merežkovskij, que teorizó su arte en estudios críticos e ideológicos sin los cua­les no es posible una historia de la lite­ratura rusa contemporánea; por otra, un V. L. Lvov-Rogačevskij, un A. V. Lunacarskij, un V. V. Vorovskij, un P. S. Kogan que, con mayor o menor adherencia a los principios, crearon la crítica literaria marxista, procediendo incluso uno de ellos, Lvov-Rogácevskij, a la recopilación, en los principios de la revolución, de una primera Historia de la literatura rusa marxista, mientras por aquellos mismos años un re­presentante de la corriente socialista revo­lucionaria antibolchevique, R. V. Ivanov-Razumnik, ya popularísimo desde 1906 por una Historia del pensamiento social, ruso que era más bien una interpretación litera­ria del pensamiento social, la volvía a pu­blicar como Historia de la literatura rusa, insistiendo en el carácter individualista de la creación literaria, cosa que ya había hecho, pero recalcando el carácter meta- físico de su idealismo individualista. A. L. Volynskij, en sus artículos contra Belinskij y los críticos radicales del «Sesenta», así como en su apología de Dostoyevski. Más que en ninguna otra literatura, historia y crítica literaria se han desarrollado en Ru­sia en estrecho contacto entre sí; esto se vio incluso después de la revolución, cuando, con ocasión del primer decenio, después a los veinte años, y luego, a los cuarenta de la revolución, se ha dado repetidamente, a la crítica literaria nacida y desarrollada en la revolución, forma de recapitulación his­tórica.

En estos cuarenta años se ha revi­sado en grandes cuadros de conjunto la li­teratura pasada y, con las necesarias reser­vas sobre el espíritu que las mueve, hay que reconocer el gran mérito de las recien­tes historia literarias de P. N. Sakulin, La literatura rusa. Compendio sociológico y sintético de los estilos literarios, de 1928, in­terrumpido, sin embargo, en Pushkin; de G. A. Gukovskij, La literatura rusa del si­glo XVIII, de 1939; de D. D. Blagoj, His­toria de la literatura rusa en el siglo XVIII, de 1946; de A. G. Cejtlin, La literatura rusa de la primera mitad del siglo XIX, de 1940. De una gran obra colectiva, por iniciativa y a cargo de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., sólo tenemos noticias, pero de su riqueza de resultados científicos así como de su orientación no podemos dudar, dado el carácter ya conocido por nosotros de la actividad de muchos de sus colaboradores. Conocerla servirá también a los extranjeros, aunque en Occidente no faltan obras recien­tes dignas de relieve, no sólo de carácter historicoinformativo, sino exegeticocrítico, obra de rusos o de europeos. Sólo recorda­remos las principales: en alemania, la de P. N. Sakulin, Die russische Literatur, en «Handbuch der Literaturwissenschaft», 1927; en Francia, la de M. Hofman, Histoire de la littérature russe depuis les origines jusqu’à nos jours, 1934; y la de V. Pozner, Panorama de la littérature russe contemporaine, de 1924; en Inglaterra y en América las de D. S. Mirsky: A History of Russian Literature, 1926, y Contemporary Russian Literature, 1926, y de G. Struve, Soviet Russian Literature, 1935; en Italia las de E. Lo Gatto, Storia della letteratura russa, en 7 volúmenes, aún no acabada, 1927-1944, y Storia della letteratura russa, en un vol., 4.a ed., 1948. [En España, el primer libro consagrado por entero al estudio de las letras rusas es el de la gran escritora galle­ga doña Emilia Pardo Bazán titulado La revolución y la novela en Rusia (Madrid, s. a.); pero la única historia de la litera­tura rusa escrita en español es la del escri­tor, ruso de nacimiento y argentino de adopción, Pablo Schostakovsky, autor de una excelente Historia de la Literatura Rusa. Desde los orígenes hasta nuestros días (Buenos Aires, 1945).

Existe traducción, además, de dos excelentes manuales extran­jeros sobre el tema: la Historia de la lite­ratura rusa del alemán Alexander Brückner, traducción del crítico catalán Manuel de Montoliu (Barcelona, 1929) y la Historia de la Literatura Rusa del eslavófilo italiano Ettore Lo Gatto, traducción, notas y biblio­grafía española por E. P. de las Heras (Bar­celona, 1952)].

E. Lo Gatto

Historia de la Literatura Latina

La Antigüedad no tuvo, de la litera­tura latina, en su desarrollo histórico, una visión ni crítica ni completa: el Canon de los poetas (v.) de Volcacio Sedigito, Las vi­das de los excelentes capitanes (v.) de Cornelio Nepote, de Suetonio, y la Crónica (v. la de Eusebio) de San Jerónimo, están es­critas predominantemente (si no de modo único, interesadas por la biografía) de for­ma que limitan la historia de la literatura a una serie de semblanzas de escritores, vis­tos, en el mejor de los casos, más en el aspecto anecdótico que en el marco his­tórico de la literatura. Por lo general las biografías se limitan a una reseña escolar de los títulos de las obras: las informacio­nes cronológicas son sumarias y, a veces, tan sólo con valor conjetural. Tentativas esporádicas para llegar a una visión más completa de la historia de la literatura la­tina realizaron Accio, en las Didascálicas (v.), Varrón en sus escritos filológicos, Ci­cerón en el Bruto (v.) y, a modo de di­gresión, Velleio Patérculo en las Historias (v.) y Quintiliano en las Instituciones ora­torias (v.).

En la Edad Media se intentó fundir el esquema dialogado de algunos tra­tados ciceronianos con las informaciones biográficas suetonianas y jerónimas. Cata­logados y divididos los autores en eclesiásticos y profanos, como había señalado en la enciclopedia bibliográfica de las Institu­ciones de las letras divinas y humanas (v.) Casiodoro, los eruditos continuaron com­pendiando sus fuentes. Entre los mejor in­formados y profundos merece citarse a Con­rado de Ihrschen (1070?-1150), autor de un Diálogo sobre los autores, o el Didascalión [Dialogus super auctores sive Didascalon], ocupándose ante todo de literatura cristia­na y tan sólo incidentalmente de la pro­fana. En plena Edad Media, tampoco el Humanismo laboró en la composición de una historia de la literatura latina, manteniéndose fiel al esquema biográfico, al cual se habían sumado, entre otros, Fran­cesco Petrarca con Los hombres ilustres (v.). El mismo Sicco Polenton (1376-1447), humanista veneciano y el primero entre los modernos italianos que compiló, en 1437, una historia de los Escritores ilustres de la lengua latina [Scriptorum illustrium latinae linguae libri XVIIIJ, no renunció a imitar a Petrarca, sino que lo siguió y lo incluyó narrando las vicisitudes de la latinidad des­de los orígenes hasta el 1300. Tan sólo un siglo después, en 1545, apareció una obra crítica, Diálogos sobre la historia de los poetas griegos y latinos [De historia poetarum tam graecorum quam latinorum dialogi], escrita por Giglio Gregorio Giraldo (1478-1552).

Del esquema biográfico de ins­piración suetoniana se volvía así a la tratadística de derivación ciceroniana, tanto en la forma dialogada como en la exposi­tiva; a esta segunda categoría perteneció el fundamental ensayo de Gerhard Johann Vossio (1577-1647), titulado Los historiado­res latinos [De historiéis latinis libri III\, con el que en el año 1627 se iniciaba, aun­que limitándose a la historiografía griega y latina, el método conjetural y compara­tivo, concediendo honores de crítica y luz de historia no sólo a los textos que se ha­bían conservado íntegros, sino también a los que aparecían mutilados. De esta forma se orientan los estudios sobre el clasicis­mo hacia la investigación de fragmentos, hacia la literatura de los descubrimientos, hacia el catálogo de las cosas y de los nombres notables y el repertorio de palabras significativas, haciéndose necesario el co­nocimiento sistemático y la exploración, no sólo de todos los códices manuscritos, sino también de todas las obras que se habían escrito sobre el clasicismo; la Biblioteca latina [Bibliotheca latina] de Giovanni Al­berto Fabricius (1668-1736) emprende en 1707 el cometido de ofrecer al lector una reseña bibliográfica del clasicismo. Con esta cantera de noticias resulta más factible a los mejores estudiosos escribir historias li­terarias, como Orígenes, infancia, adolescen­cia, virilidad, inminente vejez, vigorosa ve­jez y senilidad ociosa y decrépita de la lengua latina [De origine et pueritia, de adolescentia, de virili aetate, de imminente senectute, de vegeta senectute, de inerti ac decrepite senectute linguae latinae, 1720- 17501 de G. N. Funcius, y las Cuestiones ro­manas, o aspecto de la historia de las le­tras romanas [Quaestiones Romanae sive idea historiae litteratum romanorum, 1718], de Falster.

El despertar de las nacionalidades y el declinar de la lengua latina como lengua científica universal, dieron como re­sultado que con el siglo XVIII se cerrase la historiografía literaria romana en lengua latina, manteniéndose el uso de la lengua muerta solamente para breves escritos de análisis, investigación, conjetura filosófica y que, en casos raros y con escaso resulta­do, se extendiese a la composición de obras completas y voluminosas. La historia de la literatura latina, tal como hoy se escribe y concibe, es el fruto de aquel fermento de ideas que produjo en todos los terrenos cul­turales el Romanticismo, que, oponiéndose a la visión humanística de la latinidad, sistematizó la literatura clásica en una je­rarquía de valores, colocando en la cima a los poetas originales, sencillos, primitivos, que florecieron más en Grecia que en Ro­ma, y en el trasfondo a los prosistas, his­toriadores, eruditos, juristas y oradores de los que Roma ofreció una extraordinaria floración. Es fundamental, como punto de partida para toda la valoración romántica, la historia de Fr. August Wolf (1759-1824) Historia de la literatura latina [Geschichte der römischen Literatur, 1787], a la cual siguieron también en lengua alemana las obras de J. Ch. Bahr (Geschichte der rö­mischen Literatur, 1828), la de Reinhart Klotz, Manual de Historia literaria latina [Handbuch der lateinischen Literaturgeschichte, 1846], la de G. Bernhardy, Funda­mentos de literatura romana [Grundriss der römischen Literatur, 1830].

Al primer Ro­manticismo germánico, extravagante y re­volucionario, siguió una forma más reflexi­va de historiografía literaria, que substituía las grandes síntesis por minuciosos análi­sis, penetrantes y sutiles. El tránsito de una a otra forma de filologismo histórico está marcado por Bernhardy, quien en las su­cesivas ediciones de su obra fue sistema­tizando cada vez más mecánicamente la literatura latina en categorías que partien­do del supuesto cronológico tienden a lo sistemático. Por otro lado, la historiografía no podía permanecer insensible a todo aquel fermento de estudios que, por medio de muchas y responsables revistas y de las recientes obras, particularmente imponen­tes en cuanto a amplitud y doctrina, pro­ponían nuevas soluciones y visiones nuevas a los problemas de latinidad: así, E. Munk y O. Seyffert (Geschichte der römischen Literatur, 1875-1877) y R. Nicolai (Geschich­te der römischen Literatur, 1881), interpre­tando el espíritu prusiano, en auge en aque­llos años, como el carácter estrictamente antirromano de la historiografía mommseniana, insistían constantemente en la pe­culiaridad retoricoescolástica de la literatura latina, como un fenómeno sin originalidad, mera imitación del griego. El romanticismo filológico alemán alcanzó su más perfecta expresión de sistematización aparentemente orgánica, pero áridamente preconcebida y programática, con W. S. Teuffel (Geschich­te der römischen Literatur, 1862), al cual se deben las codificaciones rígidas y fasti­diosas de los géneros literarios, por las cua­les cada autor viene a ser diseccionado se­gún sus diversas actividades, sin apreciarlo en la integridad de su obra artística.

Si­guiendo la línea marcada por Bernhardy, más que la de Teuffel, Martin Schanz es­cribió su monumental obra (Geschichte der römischen Literatur, 1898), que sigue sien­do, todavía hoy, después de numerosas edi­ciones y modificaciones, la más difundida y la mejor informada de las historias de la literatura latina, si bien de ella no intere­sen tanto los juicios, poco personales, de otra parte, como la clara, ordenada y pers­picaz exposición objetiva de los documentos literarios. Cabe incluso decir que el si­glo XIX había otorgado la ciudadanía ale­mana a la historia de la literatura latina, y no tan sólo a la historiografía general, sino también a la particular de los com­pendios y resúmenes (H. Bender, Grundriss der römischen Literatur, 1890; M. Zoller, Grundriss der Geschichte der römischen Literatur, 1891; F. Aly, Geschichte der rö­mischen Literatur, 1894; H. Joachin, Ges­chichte der römischen Literatur, 1891; W. Koff, Geschichte der römischen Literatur, 1892; Th. Birt, Römische Literaturgeschich­te, 1894; de la literatura cristiana y medie­val, A. Ebert, Geschichte der christlichlateinischen Literatur, 1889; M. Manitius, Geschichte der lateinischen Literatur des Mittelalters, Munich, 1919-1931, vol. III; O. Bardenhewer, Geschichte der altkirchlichen Literatur, 1943; de la poesía: O. Ribbeck, Der römische Tragödie, 1875; Ges­chichte der römischen Poesie, 1887; L. Müller, Ueber die Volksdichtung der Römer, 1894, y de la historiografía antigua: C. Wachsmuth, Einleitung in das Studium der alten Geschichten, 1895; H. Peter, Die geschichtliche Literatur, 1897; F. Leo, Die griechische-römische Biographie, 1901; so­bre la prosa: Norden, Die antike Kunstprosa, 1898.

Frente a estas obras en lengua ale­mana, son pocas y de escasa importancia las aparecidas en lengua francesa: F. Schoell, Histoire de la littérature romaine, 1815; P. Albert, Histoire de la littérature romai­ne, 1884; A. Jeanroy y A. Paech, Histoire de la littérature latine, 1892; P. Moríais, Histoire de la littérature latine, 1892; E. Nageotte, Histoire de la littérature latine, 1894; P. Thomas, La littérature latine, 1894; C. Lamarse, Histoire de la littérature lati­ne, 1901; R. Pichón, Histoire de la littérature latine, 1903; M. Pellisson, Histoire sommaire de la littérature romaine, 1903, y mere­cen señalarse las de lengua inglesa: G. A. Simcox, A History of Latin Literature, 1883; A. S. Wilkins, Roman Literature, 1890; G. Midleton y T. R. Mills, Student’s Companion to Latin Authors, 1899; J. W. Mackail, Latín Literature, 1899; H. N. Fowler, His­tory of Roman Literature, Í899, y en otras lenguas. En tal floración de historias lite­rarias latinas no participó Italia hasta la segunda mitad del siglo, abandonando muy a disgusto la lengua latina, que todavía daba buena señal de existencia con la Storia critica delle lettere latine [Historia cri­tica litterarum latinarum] de T. Vallauri. La substitución de la lengua clásica por la nacional fue también en Italia un resultado del Romanticismo literario y político, aun­que tardío, contemporáneo de las últimas guerras de la independencia y la unidad.

El polígrafo César Cantú, bajo la bandera del liberalismo, inició la serie de historias literarias latinas con su Storia della letteratura latina (1864). Más doctos y mejor informados fueron A. Vannucci (Studi storici e morali sulla letteratura latina, 1886), F. Ambrosoli (Letteratura greca e latina, 1878), E. Bindi (Letteratura latina, 1875), O. Occioni (Storia della letteratura latina, 1886); y seguidamente, Scritti di letteratura latina, 1891), G. Tamagni y D’Ovidio (Storia della letteratura latina, 1874), F. Ramorino (Letteratura romana, 1888), G. Vitelli e Mazzoni (Manuale de letteratura latina, 1898), G. Giussani (Letteratura romana, 1899). Habiendo llegado tarde y sin acabar de adherirse formalmente al movimiento renovador del Romanticismo, dio poca fe de vida durante todo el siglo XIX, no opo­niendo a las monumentales historias litera­rias latinas creadas en alemania más que unos pocos y mediocres manuales, en su mayoría compuestos con datos tomados de obras germanas, cuando no eran traducidas éstas al pie de la letra. Pero el nuevo siglo que apuntaba enriquecido con una expe­riencia historicoliteraria derivada de la práctica de la literatura moderna y que tomaba como base modelos de crítica y maestros de estética, proporcionó a Italia nuevo impulso e incremento, de forma que si no llegó a crear una historia analítica del tipo de la de Stanz, opuso, sin embargo, a las nuevas historias extranjeras (entre las que ocupa el primer lugar, por la novedad de su orientación y claridad de visión, la de F. Leo, Geschichte der rcmischen Literatur, 1913) toda una serie de nuevas his­torias literarias que, diversas por su inten­ción y su orientación, manifiestan haber lo­grado la mayoría de edad del espíritu crí­tico italiano aplicado a la latinidad.

Las obras de A. G. Amatucci (Storia de la lette­ratura latina, 1912), de G. Curcio, de igual título, 1920; la de V. Ussani (Storia della letteratura latina nell’età repubblicana e augustea, 1929); la de N. Terzaghi (Storia della letteratura latina da Tiberio a Giustiniano, 1939), la de A. Rostagni (La lette­ratura di Roma repubblicana e augustea, 1940) y, ocupando sin parangón la altura máxima, porque está alentada por un elevadísimo espíritu, la Storia della letteratura latina, de Concetto Marchesi (Messina, 1935, 6.a ed., 1944), por no citar las historias manuales de menor importancia y de inten­ción didáctica, proclaman el interés que Italia aporta a la historia de la literatura latina.

F. Della Corte