Historia del Arte en la Antigüedad, Georges Perrot y Charles Chipiez

[Histoire de l’art dans l’antiquité]. Obra monumental publicada en París, en primera edición, en 1881-1893; en segunda, el 1914, y que quedó incompleta por falle­cimiento de sus autores, el arqueólogo Georges Perrot (1832-1914) y el arquitecto Charles Chipiez (1835-1901). El plan inicial com­prendía el estudio arqueológico de las civilizaciones egipcia, asirio-babilónica, per­sa, del Asia Menor, griega, etrusca y ro­mana. Los diez volúmenes publicados al­canzan solamente al período arcaico del arte griego. A pesar de estar incompleta y pese, por otra parte, al actual progreso de los estudios arqueológicos, la Historia del arte en la antigüedad continúa siendo hoy fundamental para el estudio de la arqueo­logía preclásica, tanto por el rigor del mé­todo científico y por el cúmulo de infor­maciones de primera mano como por la abundancia del material ilustrativo (en con­junto, 4.714 grabados). La obra fue. elabo­rada en colaboración: el arquitecto Chipiez se ocupó especialmente de todo lo concer­niente a la arquitectura y el material ilus­trativo, salvo para los tres últimos volúme­nes, aparecidos después de su muerte; estos últimos volúmenes corresponden por entero a Perrot. Para cada período se ofrece pri­meramente una visión general sobre los caracteres de la cultura cuyas manifesta­ciones artísticas son objeto de estudio; los capítulos siguientes están dedicados a la arquitectura, a la que se reserva una am­plia parte, a la escultura, pintura y artes industriales; termina con un examen crítico de la cultura artística estudiada, precisan­do el significado de ésta y sus límites, en relación con las culturas precedentes, con­temporáneas y sucesivas: de este modo, siguiendo la orientación metodológica típica del siglo XIX, los elementos formales, téc­nicos e ilustrativos de la obra se ponen en relación con la historia de la cultura. En cuanto a la multitud de reconstrucciones ideales de monumentos, obsesión particular de Chipiez, se observa que, en general, se trata de hipótesis fundadas en la selección cuidada y sagaz de un vastísimo material; ello no impide que, con frecuencia, se adop­ten soluciones arbitrarias, como en la re­construcción del templo de Salomón. La materia está distribuida, en los diez volúme­nes, del modo siguiente: 1. ° Egipto; 2. ° Cal­dea y Asiría; 3. ° Fenicia y Chipre; 4. ° Judea, Cerdeña, Siria y Capadocia; 5. ° Persia; 6. ° Micenas; 7. ° La Grecia de la epopeya. La Grecia arcaica; 8.° La Grecia arcaica: Escultura; 9.° La Grecia arcaica: Glíptica, Numismática, Pintura y Cerámica; 10.° La Grecia arcaica: La cerámica ateniense.

A. Pica

Historia del Arte Durante el Renacimiento, Eugène Müntz

[Histoire de l’Art pendant la Renaissance]. Obra del historiador del arte francés Eugène Müntz (1845-1902), pu­blicada en París en tres volúmenes desde 1888 a 1895, y dirigida principalmente a considerar el arte italiano del Renacimien­to en relación con la cultura y la vida so­cial.

La primera parte de la obra está de­dicada a los primitivos, o sea a los artistas del siglo XV y a sus precursores, y consta de seis libros. El primero tiene por objeto el mecenazgo en las diversas Cortes prin­cipescas italianas y el surgir de las es­cuelas regionales. El segundo estudia los elementos constitutivos del primer Renaci­miento, esto es, la tradición, que se identi­fica en el influjo del arte antiguo; el rea­lismo (categoría en la cual entran el es­tudio directo de la naturaleza, los nuevos conocimientos en perspectiva y anatomía, y los asuntos y motivos ofrecidos por la vida contemporánea); los métodos de educación y de organización práctica de la actividad de los artistas. Los libros restantes tratan respectivamente de arquitectura, desde Brunelleschi a Bramante; de la escultura, de Donatello a Verrocchio; de la pintura, de Masaccio a Mantegna; de las artes deco­rativas y contienen, además de considera­ciones generales acerca de los asuntos, la técnica y el estilo, noticias biográficas y descripciones de las obras de los mayores artistas. Sobre un análogo esquema y den­tro del cuadro histórico del Renacimiento, tradicional desde Vasari en adelante, están construidas la segunda y la tercera partes, dedicadas una a la Edad de Oro o segundo Renacimiento — desde el advenimiento de Lorenzo el Magnífico, de Leonardo y de Bramante hasta la muerte de Rafael y de León X (1520) — y la otra hasta el final del Renacimiento.

Éste cae en la segunda mitad del siglo, cuando desmaya aquel recuerdo de tradición clásica y de nueva inspiración realista en que consiste, según el autor, la esencia del Renacimiento como fenómeno específicamente italiano. Por la misma es­tructura de la obra, resulta clara la pre­ocupación del autor por mostrar la estrecha dependencia, en sentido positivista, de las manifestaciones artísticas de su ambiente (v. Filosofía del arte en Italia de Taine). Este defecto inicial es agravado por la es­casa sensibilidad de Müntz para los valores estilísticos individuales; por consiguiente, la valoración historicocrítica de cada una de las personalidades individuales llega a fal­tar, abrumada por una copiosa mole de noticias extrínsecas a la valoración por sí misma. El mérito mayor de la obra consiste, pues, sólo en su abundante documentación erudita obtenida a menudo mediante direc­tas investigaciones de archivo.

G. A. Dell’Acqua

Historia del Arte Cristiano en los Ocho Primeros Siglos de la Iglesia, Raffaele Garrucci

[Storia dell’arte cristiana nei primi otto secoli della Chiesa]. Vasto reperto­rio debido al jesuita Raffaele Garrucci (1812-1885), publicado entre el 1878 y 1881. El primer volumen en seis libros contiene la parte teoricoiconográfica y estudia varios aspectos del arte cristiano (sus orígenes, tradiciones paganas, prácticas de la Iglesia primitiva, edificios religiosos, etc.), del hom­bre (el desnudo en las pinturas cristianas, los trabajos de mosaico, esmalte en negro labrado, etc.), del símbolo (detallada y especialmente en lo que se refiere al reino vegetal y animal, real y fantástico); de la personificación (de elementos naturales, de ideas abstractas, de seres incorpóreos); de los tipos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento (en que se investiga la ausencia de representación del crucifijo y de sus substitutos en el arte cristiano primitivo, y la iconografía y el martirio de Pedro y Pablo, etc.). En la segunda parte del primer volumen, «Anales», se hace la historia o crónica del arte cristiano, desde el nacimiento de Cristo hasta el siglo IX, en seis libros, con rica erudición.

El volumen, nutrido de material original en par­te, de descubrimientos hechos en la vasta mina de la Patrística, de apreciaciones fun­dadas en un conocimiento profundizado de la Antigüedad clásica y cristiana, contiene el pensamiento y los resultados de la ex­periencia de Garrucci. Siguen cinco volúmenes en que se describen y explican las pinturas, los mosaicos, los sarcófagos y las esculturas, funerarias o no, ilustrados con más de quinientas planchas que ofrecen más de dos mil asuntos. No son raras las obras de arte descubiertas, por el autor, también en viajes al extranjero, y frecuen­tes sus ideas originales contrapuestas a las corrientes, hasta a opiniones de G. B. de Rossi. Hoy, después de más de ochenta años, esta obra monumental conserva su valor debido a su rica ilustración, la cual, sin embargo, como todos los dibujos de línea, tiene el defecto de no ofrecer al arqueólogo ni al historiador elementos bastante preci­sos para un estudio a fondo. Limpia de mixtificaciones y falsificaciones se resiente qui­zá del ardor febril y de la ambición des­mesurada de quien osó componerla sin ayuda de nadie.

G. Pioli

Historia del Arte Desde los Primeros Tiempos Cristianos Hasta Nuestros Días, André Michel

[Histoire de l’Art depuis les premiers temps chrétiens jusqu’à nos jours]. Extenso manual de historia del arte, publicado en París, a partir de 1905, bajo la dirección de André Michel (1853-1925). Terminado en 1929, con la colaboración de otros cuarenta investigadores, en su ma­yoría franceses, abarca el total desenvolvi­miento del arte europeo desde fines de la Antigüedad clásica en adelante. Los ocho tomos en que está dividida la obra (en con­junto comprende diecisiete volúmenes de texto y uno de índice) están dedicados res­pectivamente al arte cristiano, desde sus principios al período románico; a la for­mación, expansión y evolución del arte gó­tico; al realismo en el arte europeo y a los comienzos del Renacimiento; al Renaci­miento en Italia y su difusión en los países latinos; al Renacimiento en alemania y en los países del Norte y a la formación del moderno clasicismo; al arte europeo en los siglos XVII y XVIII; y al arte en Europa y sus irradiaciones en las dos Américas, durante el siglo XIX y comienzos del XX. Cada uno de los volúmenes, provisto de una extensa documentación gráfica y bibliográ­fica, está subdividido en partes, libros y ca­pítulos, encomendados a autores distintos.

A pesar de este criterio especialista, im­puesto por el gran desarrollo moderno de la historia del arte y por la imposibilidad de que un solo investigador dominase todas las ramas de la disciplina, la obra tiene un carácter unitario, merced a la acción coor­dinadora de Michel, a quien se deben el plan general y varios capítulos de intro­ducción y conclusión. Metodológicamente, la Historia del Arte no ofrece una fisonomía bien definida; en general, prevalece en ella una orientación ecléctica, que si bien ado­lece todavía de las fórmulas y teorías del positivismo tainiano, deja un margen bas­tante amplio a tendencias historiográficas más modernas y fecundas. Es una obra de síntesis que intenta ilustrar en sus prin­cipios, caracteres y desenvolvimiento «todas las formas y combinaciones de formas su­geridas a los artistas en el transcurso del tiempo, por la sucesión de los programas sociales, la diversidad de los problemas y de las soluciones técnicas, la evolución de los ideales, del sentimiento y de la visión — sin cesar renovados — de la naturaleza y de la vida»; la Historia de Michel debe considerarse como una clara y ordenada expo­sición resumida, desde un punto de vista francés, de los modernos conocimientos en la materia, más que como una interpreta­ción original orientada de acuerdo con un riguroso criterio de método, de la histo­ria del arte europeo. Los capítulos dedica­dos al arte italiano, redactados con clari­dad, aunque no exenta de parcialismo, pueden considerarse superados en parte por los más recientes estudios.

G. A. Dell’Acqua

Historia del Arte de la Antigüedad, Johannes Joachim Winckelmann

[Geschichte der Kunst des Altertums). Es la obra principal de Johannes Joachim Winckelmann (1717-1768), editada en Dresde en diciembre de 1763, con fecha de 1764, diez años después del viaje del gran ar­queólogo por Italia; viene a ser el resu­men de todos sus conocimientos, funda­mental para el gusto neoclásico, para la estética idealista y para la sucesiva historia del arte.

Habiéndose formado en un am­biente dominado por una fuerte reacción contra las formas barrocas e incluso con­tra el clasicismo académico francés domi­nante hasta entonces, Winckelmann se erige en el primer representante de la polémica sustentadora del culto a la Antigüedad, y expone sus teorías en una forma absolutista y dogmática. La famosa obra se puede di­vidir en tres partes: en la primera (Li­bros I, II y III) el autor perfila la historia del arte en los pueblos orientales: egipcios, fenicios, persas y etruscos. En la segunda, que es la más importante (Libros IV-VIII) traza una historia del arte griego, cuya superioridad explica por la perfección de la naturaleza del pueblo, debida a la cultura y a las condiciones climatológicas de Grecia. Winckelmann, que atribuye al arte griego un valor ejemplar para todos los tiempos, une a esta teoría determinista un concepto místico de la belleza: «Solamente mediante el estudio del arte griego llega­remos a determinar lo bello», dice, y con­tinúa: «La belleza es uno de los misterios de los que vemos los efectos y que todos sentimos, pero nadie ha conseguido dar una idea bien determinada de ella». Y más adelante: «El concepto de la belleza huma­na se hace tanto más perfecto cuanto más posible se hace pensar conforme y de acuerdo con el Ser Supremo». De donde el arte debe tender «a la unidad» y a la «simpli­cidad», porque unidad e indivisibilidad son los atributos del Ser Supremo. De aquí de­riva el famoso principio que se convertirá en dogma del arte neoclásico: la «impasi­bilidad», es decir, la falta de individuación y de pasión, principio que Winckelmann ve aplicado en la estatuaria griega.

Tal idea está justificada históricamente por el hecho de que el gran arqueólogo conoce solamen­te pocos testimonios del arte griego, y siem­pre a través de la mediación del arte ro­mano. La «serena grandeza» y la «impasi­bilidad» son, por consiguiente, los supremos atributos del arte griego; no obstante, si­tuado frente a la exigencia de la expresión, Winckelmann ha de admitir que «la belleza sin expresión sería insignificante, y que la expresión sin la belleza resultaría desagra­dable». Es deseable que ambas se influ­yan recíprocamente, dando lugar a una ar­monía en la que la belleza frene la ex­presión y que el autor denomina «gracia». Siguen, en el tratado, las reglas de la es­cultura. Después de haber examinado los cánones de Mirón y Policleto, de Lisipo y Vitrubio, Winckelmann considera el de Mengs y se adhiere a él. Por último, divide el arte en cinco períodos: el «estilo antiguo» (arcaico); el «viejo estilo» (arte de Fidias); el «bello estilo» (que va de Praxiteles a Li­sipo y Apeles, y en el que el arte adquiere mayor gracia); la «decadencia» (arte ale­jandrino) y el «final». Recoge así la tra­dición que habían desarrollado Vasari y Bellori, y el desarrollo del arte griego se convierte para él en un esquema universal ajustado a todas las edades, estableciendo un paralelo con la pintura italiana, en el que el estilo sublime está representado por Rafael y Miguel Ángel. En los últimos li­bros de su Historia describe Winckelmann el arte romano, que él considera como un apéndice o continuación del arte griego. La crítica estética moderna ha puesto de re­lieve repetidamente los errores teóricos de Winckelmann: su idea abstracta de la be­lleza absoluta, su visión de la obra de arte subordinada a la realidad de la naturaleza y su teoría de la evolución de los estilos; y ha reconocido también una limitación crí­tica en aquella exaltación de la «fase clá­sica» del arte griego que vino a impedir a la consiguiente arqueología ochocentista la comprensión del arcaísmo y del helenismo.

No obstante, la grandiosidad histórica de Winckelmann se mantiene en pie. En opo­sición a la arqueología antigua, que se ba­saba en gran parte sobre noticias literarias, la obra de Winckelmann es la de un reno­vador que instaura la observación de los monumentos descritos con atención metódica y paciente, y con ello crea la autén­tica ciencia arqueológica. Por otra parte, por haber opuesto a la historiografía bio­gráfica anterior, el estudio, no de las perso­nalidades de los artistas, sino la historia de la evolución de las formas, ha sido con­siderado como el fundador de la historia del arte en el siglo XVIÍI, dominada precisa­mente por el concepto evolucionista y de los estilos. Debemos reconocer a Winckelmanfl, además de esta gloriosa posición de historiador y de científico, el fervor apos­tólico de su culto por la Antigüedad, que permitió formar el gusto de toda una época y comunicar eternamente desde sus páginas aquel ideal de cultura y de arte.

F. Wittgens