Las Historias de Garibaldi, Ricarda Huch

[Die Geschichten von Garibaldi]. Obra de Ricarda Huch (1864-1947). En principio habían de ser tres, pero sólo se escribieron dos: La defensa de Roma [Die Verteidigung Roms], aparecida en 1906, y La lucha por Roma [Der Kampf um Rom], aparecida en 1906; la tercera historia que había de tratar de la vejez de Garibaldi nunca fue escrita.

El pri­mer volumen, La defensa de Roma, com­prende los acontecimientos de la república romana desde 1849 hasta la muerte de Anita en el pinar de Rávena; el segundo volumen, La lucha por Roma, comprende todos los preparativos y la ejecución de la campaña de los Mil en el Reino de las Dos Sicilias, en 1860, los acontecimientos en las Marcas y en Umbría y la tentativa de Aspromonte. En el primer volumen, junto a Garibaldi, el protagonista, es también importante la figura de Mazzini, pero la acción es una sola y uno solo el lugar, augusto y solemne, donde se desarrollan los acontecimientos : Roma, en realidad sólo una parte de Roma, el Janículo; en el segundo volumen, junto a la figura de Garibaldi, pululan muchísimas otras, y los acontecimientos y lugares (casi toda Italia, desde Liguria a Sicilia, del Piamonte a las Marcas, de Caprera a Calabria) son varios y dispersos, aun comprendiendo que todos los pensamientos del protagonista, Garibaldi, y todas sus acciones apuntaban, por caminos distintos y lejanos, a un único objetivo: Roma.

La ventaja, pues, del pri­mer volumen sobre el segundo es una mayor unidad de tiempo, de lugar, de acción e in­cluso de personajes, aunque también en el primero el coro de personajes menores es muy amplio; pero gira siempre en torno a los dos protagonistas o, mejor, en torno al protagonista principal, Garibaldi. Las carac­terísticas, la acción, la atmósfera formada por el coro de las escuadras de garibaldinos, llegadas a Roma de todos los rincones de Italia, constituyen la parte más logra­da del libro: los retratos rápidos, valien­tes, trazados con cuatro rasgos, pero hábiles, de algunas figuras (Manara y Masina, Monaldi y Mameli, etc.) no sólo ofrecen una señal segura del congénito vigor de la es­critora de esta forma de arte narrativo e histórico (ya ejercitada en los dos célebres volúmenes sobre el Romanticismo, apare­cidos algunos años antes y que más tarde se manifestará aun mejor en la Gran Gue­rra en alemania v.), sino que convienen enteramente al género, libre y amplio, ni novela, ni poema, ni obra histórica por completo, sino una mezcla de los tres — llamado por los alemanes «Dichtung» —, que era congénito al temperamento de la escritora, en el cual el interés por el ele­mento biográfico (o autobiográfico), la pasión y el deseo de objetividad, la tragedia y el idilio, los retratos de caracteres y las dis­cusiones ideológicas, coexistían activamente.

Ante el relieve del coro de personajes me­nores, las figuras de los dos protagonistas se desvanecen un poco: la de Mazzini, por vivas y profundas que sean sus frases y dramáticos los debates con su antagonista, no sale de cierta zona de idealismo un poco nebulosa; la de Garibaldi, más que continui­dad y desarrollo, tiene momentos de fuerte relieve, pero estáticos, de cuadro o de es­tatua, y algo teatrales. El segundo volumen no posee la unidad de lugar, ni de tiempo, ni de personajes del primero. El inmenso coro de todas las figuras históricas, que se mueven en todas partes de Italia, no gira en torno a Garibaldi. En la primera parte la tela es demasiado amplia, los hilos se tejen demasiado rápidamente, los cien per­sonajes están señalados con trazos demasiado veloces. Pero cuando empieza la verdadera acción, el desembarco en Sicilia, especial­mente en ciertos momentos de descanso y reflexión (por ejemplo el encuentro de Ga­ribaldi con Fray Pantaleón y luego con otro monje), Huch encuentra de nuevo la intimidad lírica de su arte.

En cambio, en la tercera parte, después de la toma de Nápoles, el volumen se desperdiga de nuevo en la variedad de los acontecimientos y de los personajes; pero hay que decir que precisa­mente después de la marcha triunfal, cuan­do Garibaldi sufre la amargura de las des­ilusiones, cuando al héroe «triumphator» su­cede el héroe «patiens», su figura se libera de cierta rigidez estatuaria, se hace más humana y simpática. En cuanto al estilo, en el primer volumen el exceso de entu­siasmo lírico y el peligro de las grandes tiradas retóricas hacen más apreciables las páginas donde el estilo se modera y obje­tiva en la valentía de los retratos rápidos y por las exigencias del ritmo narrativo; en cambio, en el segundo volumen, la excesiva acumulación de acontecimientos y de per­sonajes, la aridez algo mecánica con que se sigue a unos y a otros, hace que la obra me­jore en los momentos de pausa, o cuando Garibaldi está solo en Caprera. Pero tanto en el primero como en el segundo volumen el secreto de la viveza de estas páginas re­side en la simpatía sincera y congénita que Ricarda Huch sintió por el Resurgimiento italiano, en el que vio un movimiento polí­tico, social y casi religioso, el renacimiento de un pueblo, pero sin el mito de la fuerza ni del poderío, denominadores comunes de los derechos de otros pueblos.

B. Tecchi