El Hogar, Octave Mirbeau

[Le Foyer], Comedia fran­cesa en tres actos de Octave Mirbeau (1850- 1917), escrita en colaboración con Thadieu Natanson, representada en 1908 y publicada un año después, con la inserción de un acto suprimido para simplificar la acción escénica. El barón Courtin, senador, aca­démico y autor de varios estudios sobre el Imperio con la intención de restaurar la dinastía napoleónica, es presidente de una sociedad de beneficencia llamada «El Ho­gar» y dedicada al cuidado de los expósitos. No hace más que hablar de sus concepcio­nes humanitarias y geniales, pero poco a poco va en aumento la sospecha de que haya malversado el dinero de la sociedad con especulaciones de bolsa, y que además llega a maltratar a las jovencitas que le son confiadas.

Mientras tanto, su esposa Teresa es la amante de un amigo de la familia, Robert d’Auberval, mientras que’ el rico Biron intenta reanudar una antigua relación con la procaz mujer. Los asuntos van de mal en peor para el senador, que se ve al borde del escándalo y, por el temor de perderlo todo, incita a su esposa a pedir ayuda a Biron. Pero éste va contra la hipocresía de la institución caritativa y ofrece a la mujer marcharse juntos en un crucero por el Me­diterráneo. Por último, todo se arregla gra­cias a nuevos manejos del barón, que se hace ayudar por los cooperadores, se afirma de nuevo como presidente y levanta nueva­mente su institución, tan benéfica y ejem­plar para la humanidad.

La comedia, acre­mente satírica y mordaz, muestra el despre­cio característico de Mirbeau hacia las falsedades sociales, condenando violentamente las numerosas torpezas doradas de la alta sociedad en detrimento del pueblo que su­fre y trabaja. Discutida ante los tribunales por ultraje a las instituciones (en cuanto pone en entredicho a un senador y a un académico), conserva su validez de docu­mento histórico, si bien no la eficacia inci­siva de Los negocios son los negocios (v.) del mismo autor.

C. Cordié

El Historicismo y sus Problemas, Ernst Troeltsch

[Der Historismus und seine Probleme]. Obra del teólogo y filósofo alemán Ernst Troeltsch (1865-1923), publicada en Tubinga en 1922. Se interrumpió ya con el primer libro, dedi­cado al «Problema lógico de la filosofía de la Historia»; pero pueden considerarse como continuación las recopilaciones de ensayos y discursos publicadas después de su muer­te. El historicismo y su superación [Der Historismus und seine Ueberwindung, Ber­lín, 1924] y El espíritu alemán y la Europa occidental [Deutscher Geist und Westeuropa, Tubinga, 1925]. En estas obras de carácter histórico, más que en las teológicas y filosóficas, está el nervio del pensamiento de Troeltsch. La obra sobre el historicismo pasa revista a la evolución de la filosofía de la historia en el siglo XIX. Después de haber fijado, como punto de partida, la distinción entre historia y naturaleza, método histórico y naturalista, «historicismo» y «naturalis­mo», indaga el problema del juicio histórico y las diversas tentativas, desde Kant a Hegel, Schopenhauer, Nietzsche y Bergson, de unir el momento historicoindividual con el eticouniversal. Pasa luego al concepto de desarrollo histórico, desde la dialéctica hegeliana a la marxista, desde la dinámica histórica del positivismo a la que llama la «metafísica positivista neorromántica» italia­na y francesa, Croce y Bergson. Por fin, trata de señalar los rasgos de una «sistema­tización» de la historia europea, en la que examina, en sus problemas de espacio y de tiempo, el problema del «europeísmo» y el de una periodización objetiva. En la con­cepción historiográfica de Troeltsch, el indi­viduo está considerado en función de las grandes «individualidades colectivas», pue­blo, clase, época, etc. La investigación his­tórica es investigación de lo esencial, en el múltiple fluir de los acontecimientos; y su medida es el tiempo «histórico», que no es el tiempo de las ciencias naturales, sino un tiempo que no se deja calcular ni seccionar, que funde el pasado, el presente y el futuro en un continuo devenir. En su polémica contra la periodización rígida y abstracta de la historiografía tradicional, la obra de Troeltsch tiende hacia una decidida reacción contra los métodos naturalistas introducidos por el positivismo en la ciencia histórica.

F. Valsecchi

Histórica Relación del Reino de Chile, Padre Alonso de Ovalle

Obra clásica del jesuita chileno Padre Alonso de Ovalle (1601-1651), publicada en Roma en 1646. Ovalle estudió en el Co­legio de San Miguel de Santiago y en Cór­doba de Tucumán, habiéndose distinguido como un alumno aplicado y tesonero. El P. Ovalle llegó a Roma a fines de 1643, y en vista del desconocimiento que había en Europa acerca de Chile, se consagró a escri­bir su renombrado libro, que editó en 1646. Es una obra escrita en un castellano per­fecto, con gran primor estilístico y bellas descripciones del suelo natal y de su paisaje. Allí se habla de la fertilidad incomparable de la tierra chilena, de su preciosa e im­ponente cordillera, de sus costas pobladas de sabrosos peces y mariscos, de sus ríos, volcanes y lagos. También pinta con paleta coloreada y gran poesía las fiestas y costum­bres de los criollos, las ceremonias religiosas y el lujo de los habitantes de Santiago en el siglo XVII. Hasta hoy se considera la His­tórica Relación como la más destacada mues­tra del castellano que produjo el humanismo jesuita en su apogeo. Es un libro de cabe­cera para todos los chilenos, y figura como autoridad lingüística en la primera edición del Diccionario de la Real Academia Espa­ñola de la Lengua. El Padre Ovalle murió en Lima, cuando regresaba a Chile de su visita a Europa, en el año 1651.

E. A. Latcham

Historia y Literatura, Ferdinand Brunetiérs

[Histoire et littérature]. Recopilación de ensayos críticos de Ferdinand Brunetiérs (1849-1906), publi­cada en París entre 1884 y 1886. Está divi­dida en tres series y comprende investiga­ciones eruditas y análisis de obras maestras literarias. Los escritos conservan un interés bastante desigual: lo mismo tratan de auto­res clásicos, como Fléchier y Voltaire, Ra- cine y Fénelon, que discuten problemas como el latín y la enseñanza secundaria o presentan un manual alemán de geografía. Le falta al autor un tono de ensayista que construye sobre los asuntos más diversos el mundo de su pensamiento. En los cuarenta estudios, que van de Madame de La Valliére a Hugo y Lamartine, del Príncipe de Condé a los Parnasianos, domina una tendencia de naturaleza sustancialmente retórica y huma­nista: la de aproximarse a las figuras más representativas del pasado para captar la voz íntima y valorarla refiriéndola a bases inexpugnables, las del gusto, la tradición y el racionalismo francamente «franceses». De ese modo los análisis de las obras están subordinados a una construcción casi com­pletamente intelectualista, entre problemas morales y justificaciones «católicas».

Juzgan­do el pasado a la luz de un pensamiento que quiere ser sólido y seguro, Brunetiére se vuelve alguna vez árido e injusto, por el hecho mismo de no conceder a la poesía su valor originario de creación y tratar de valo­rar la historia pasada a través de una concepción rígida y abstractamente utilita­ria. Algunos ensayos informativos y llanos muestran cierto garbo al discutir el «mal del siglo», el «personaje simpático en la lite­ratura», la «casuística de la novela» o el «genio en el arte». En conjunto, son las divagaciones de un universitario que sobre cualquier tema quiere emitir su juicio y subrayar algunas de sus ideas predilectas, la bondad de la tradición y la necesidad de una expresión literaria nítida y segura, que no deforme la vida en sus valores funda­mentales. Con todo, sin alcanzar una verda­dera unidad ni situarse entre las obras más representativas de la crítica moderna, la recopilación conserva cierto mérito por la variedad de asuntos y por la feliz presenta­ción de algunas figuras del pasado.

C. Cordié

Evidentemente hoy es menos leído que Sainte-Beuve. Para leerlo como se debe, con interés y provecho, es preciso amar su estilo, tan singular, tan personal bajo sus aparien­cias de imitación del siglo XVII, un estilo no sólo oratorio, sino hablado, gesticulado, que conserva vivas y palpitantes las pasio­nes, las manías de los autores, un estilo di­námico que, apuntando con el índice, va siempre al asalto de alguien o de algo. (Thibaudet)

Historia y Demostraciones sobre las Manchas Solares y sus Accidentes, Galileo Galilei

[Istoria e dimostrazioni intorno alie macchie solari e loro accidenti]. Obra dedicada a Filippo Salviati y publicada a cargo de los Lincei en 1613, que com­prende tres cartas de Galileo Galilei (1564- 1642) a Marco Welser, relativas a sus obser­vaciones sobre las manchas solares. Tales observaciones datan del otoño de 1610. En abril del año siguiente, Galileo, en Roma, enseñaba con el telescopio las manchas al cardenal Bandini y a sus huéspedes. En enero de 1612 fueron publicadas en Augsburgo tres cartas dirigidas a Welser por el jesuita Cristóbal Scheiner, profesor en Ingolstadt, con el nombre de Apelles, en las que éste, declarándose descubridor de las manchas solares, daba cuenta de sus obser­vaciones y proponía explicarlas con la hipó­tesis de enjambres de estrellas que rodaban alrededor del Sol, oscureciendo de vez en cuando su disco luminoso. Entretanto, Ga­lileo había seguido adelante con sus obser­vaciones, por medio de un dispositivo espe­cial del telescopio, y en una carta a Cesi, de mayo de 1612, anunciando su contestación a Scheiner, afirmaba que las manchas «son contiguas a la superficie solar, donde se generan y se disuelven continuamente… y son llevadas rodando por el mismo sol, que en el curso de un mes lunar da una vuelta completa sobre sí mismo, con una revolución parecida a la de los planetas, es decir, desde Occidente hacia Oriente, en torno a los polos de la eclíptica; la cual novedad dudo de que quiera ser el entierro o más bien el último y extremo juicio de la pseudofilosofía».

La primera carta de Galileo a Welser, datada en el mismo mayo, se inicia con una llamada al valor de la experiencia contra la hipótesis metafísica aristotélica de la perfección de los cielos, y continúa confutando paso a paso el escrito de Apelles y su teoría de los enjambres de estrellas. Pero, a mediados de agosto, debido a una mayor precisión en sus observaciones, Galileo está en condiciones de determinar, en una segunda carta a Welser, cómo se for­man, se modifican y se disuelven las manchas solares, totalmente semejantes a masas atmosféricas de vapores. El único movi­miento que en ellas parece uniforme y cons­tante hay que atribuirlo al mismo cuerpo del sol; constante es también la zona de la esfera solar en la que aparecen las manchas.

Las dos cartas ya estaban listas para ser publicadas cuando se imprimió un nuevo trabajo de Scheiner: Disquisición más atenta del misterioso Apelles alrededor de las man­chas solares y de las estrellas que giran en torno a Júpiter [Apellis latentis post tabulam de maculis solaribus et stellis circa Jovem errantibus accuratior Disquisitio]. En las tres cartas que lo forman, el autor, confirmaba su hipótesis con nuevas observa­ciones. Esto dio ocasión para una tercera carta de Galileo, en la que, continuando la confutación de dicha hipótesis, añadía el descubrimiento de puntos luminosos o focos brillantes junto a las manchas y moviéndose con ellas, como prueba de su adherencia a la superficie solar. La importancia de estas cartas de Galileo es muy grande en la his­toria de la ciencia: no solamente se inicia con ellas el estudio sistemático de la consti­tución del cuerpo solar, sino que se intro­duce también un elemento de primer orden en defensa del sistema de Copérnico.

El principio de la incorruptibilidad de los cielos se ve comprometido desde sus cimientos, ya que el sol parece tener unas variaciones to­talmente parecidas a las del mundo elemen­tal: se descubre el movimiento de rotación solar y se plantea el problema preciso de la relación entre él y el de la revolución de los planetas, y con tanta mayor evidencia cuan­to la zona de las manchas solares en la esfera del astro del día corresponde a la de las eclípticas de los planetas en la esfera celeste. Galileo tiene plena conciencia de la importancia de sus cartas, hasta el punto de decir que quiere escribirlas en lengua vul­gar para que las puedan entender todos, incluso los profanos, que, aun sin compren­der nada de lógica y metafísica, tienen ojos para ver e inteligencia para entender. Con­firma así el carácter racional del nuevo saber científico y se convierte en campeón y educador de la nueva sabiduría humana para las nuevas clases ansiosas de cultura. Aquí empieza la campaña de Galileo en abierta defensa del sistema de Copérnico, como centro y síntesis del nuevo rumbo del saber y base para una nueva conciencia libre y activa de la humana civilización. A las cartas sobre las manchas solares se remon­tarán, en efecto, las primeras acusaciones: en ellas el copernicianismo no aparece como una hipótesis matemática, sino como una teoría física confirmada por la experiencia.

A. Banfi