Homo Ludens, Johan Huizinga

Ensayo crítico del escri­tor holandés Johan Huizinga (1872-1945), compuesto en alemán y publicado en Amsterdam en 1939. Es la «búsqueda de una definición de los elementos de juego de la civilización», basada en el ideal de una cul­tura que alcanza un nivel propio de vida y se levanta por encima de los aconteci­mientos y de la brutalidad de las pasiones. Si el estudio del ducado de Borgoña en Otoño de la Edad Media (v.) gira en torno a la consideración del tipo del «perfecto caballero» y las reminiscencias medievales frente a la nueva organización de la socie­dad, y si la figura de un sabio que vive fuera de las luchas muestra, en Erasmo (1924), el valor de la interioridad del pen­samiento y la más independiente religiosi­dad, este Homo ludens contrapone un nuevo modelo de civilización a los mitos del «homo sapiens» y del «homo faber». La sociedad nace de las tensiones sociales como una flor delicada: es la convención, la creación refi­nada, el «juego». Fuera de toda necesidad intrínseca, el arte y la política, el amor y las conveniencias engendran la obra, el ges­to, la palabra, en una efusión serena y armó­nica que lleva en sí misma sus leyes.

Noble juego el del Estado borgoñón, delicado y grave conflicto con la sociedad y la Refor­ma, el de Erasmo: y no obstante, en esta situación se manifiesta su característica in­comunicable y original. Esta investigación de conjunto, basada en un amplio conoci­miento de las fuentes históricas y de los documentos literarios, ilustra toda una ac­titud historiográfica: pesimismo en la consi­deración y valoración de los acontecimien­tos, expresado en una forma de sutil escep­ticismo que explica las ideas de Huizinga sobre la edad contemporánea y su posición de hombre de cultura que, al igual que su gran compatriota de Rotterdam, nunca toma una posición definida. El libro recoge un gran número de ejemplos y observaciones respecto a los elementos en juego, que sobre­viven hasta nuestros días en el lenguaje y en la poesía, en la pintura y en el derecho, en la guerra y en la ciencia, en la filosofía, en el deporte y en el amor. Las mismas edades históricas son examinadas «sub specie ludi», e incluso la política actual está vista como una gran partida de juego que ofrece soluciones inesperadas y que, dentro de tantas discusiones, hace entrar a cada uno dentro de su propia intimidad moral.

La obra, aunque dejando ver el lado dilettante de su formación filosófica es, no obs­tante, una colección de pensamientos signi­ficativa, porque justifica una visión del mundo, producto de una actitud unitaria y racional. Por esto hay que entender por «juego» el elevado dominio de las pasiones en una forma más elevada de vida y de es­tilo, casi como la obra de un invisible y potente Ariel sobre un salvaje Calibán. Y sólo en estas formas desinteresadas de civi­lización queda, en el tiempo, el signo del trabajo y de la lucha de tantos siglos, como en el símbolo de una pirámide egipcia y en un teorema geométrico, adquisiciones defi­nitivas de una sociedad mejor, aunque aque­jada de los mismos errores y las mismas contradicciones que las diversas pasiones hacen surgir en la vida de los individuos y de los pueblos.

C. Cordié

Homo, Giovanni Cena

Colección de sonetos del italiano Giovanni Cena (1870-1917), publicada en 1907, en la cual al poeta del sentimiento (v. Madre) sucede un poeta que medita sobre la precaria condición de las cosas terrenas y la antítesis entre la mortalidad de lo creado y la -grandeza de las aspiraciones humanas.

En la primera parte, «Las edades del hom­bre» [Le età dell’uomo»] son vividas como historia desde el nacimiento hasta la muer­te. Naturalmente, su contenido es autobio­gráfico, a lo menos en los puntos de par­tida de sus reflexiones: el misterio del ser está sugerido la primera vez por la muerte de sus hermanos y los primeros terrores nocturnos. Luego, después de las primeras melancolías de infancia, las primeras alegrías de la adolescencia y las primeras adverten­cias del misterio de la muerte. El paso del tiempo es una forma continua del morir, y basta la menor cosa para advertirlo: el dejar la escuela, el primer amor, el amor más grande satisfecho y finalmente la pa­ternidad, el declinar de la propia vida, el crecimiento de la vida ajena y la vejez. La edad del hombre está punteada en el tiempo por muchos hechos pequeños inad­vertidos al principio, hasta que la poesía ha descubierto su misterio. En estos sen­timientos y sus diversas manifestaciones se inspiran el resto de la colección. El «amor que nace del accidental aunque fatídico en­cuentro con la mujer («Ma che un giorno quell’anima restia/amor sospinga a cercar gli occhi tuoi/allor ti sentirai re della vita»), es puro y feliz sólo en el casual y momen­táneo olvido de la muerte. En los «Episodi» [«Episodios»], sólo a través de los cuales se revela la vida. Cena ayuda su autobiografía con la imaginación.

Un huérfano en presen­cia del sueño mortal del hombre; una ma­dre abandonada y un hijo, que se suicidan; la iniciación de un jovencito en el amor culpable y otros diversos temas constituyen los momentos por los cuales el hombre se asoma al misterio de las cosas. La «Patria», la «Naturaleza», el «Misterio», la «Humani­dad», el sentido del «Universo», son los principales impulsos de poesía que dan el título a las restantes partes del libro. La inspiración de Cena no es, en Homo, tan fuerte como en Madre, porque la reflexión filosófica apaga a veces el ardor lírico que es la mejor cualidad de este poeta. Su arte tiende, sin embargo, en esta colección, a alcanzar aquella expresión superior que ha­bía de tentar a una noble figura dé artista, el cual no podía detenerse indefinidamente en el tono discursivo y marginal de sus primeras colecciones. El elemento emotivo queda como la mejor cualidad de la poesía de Cena.

R. de Grada

Homilías, San Gregorio Magno

Las homilías del gran papa (540-604), dirigidas especialmente al pueblo rudo e inculto, para que corroborase su fe y se entregase a prácticas de penitencia en un siglo en que Italia caía en la barbarie, pueden dividirse en dos grandes partes: las Homeliae in Evangelia y las Homeliae in Ezechielem prophetam.

Las primeras son 40, y consti­tuyen un conjunto de discursos pronuncia­dos en 591, recopilados en 593 y dedicados a Secundino, obispo de Taormina. Veinte de ellas fueron pronunciadas por el mismo San Gregorio ante el pueblo reunido en las igle­sias, y las veinte restantes fueron leídas por su notario. En la primera homilía, pronun­ciada en la segunda dominica de Adviento, en la basílica de San Pedro, inmediatamente después de elevado al solio papal, San Gre­gorio comenta un pasaje de San Lucas (XXI, 25, 32) en el que el evangelista refiere el discurso de Jesús a sus discípulos sobre el fin del mundo: la humanidad se dirige hacia su fin y los signos son evidentes: guerras, pestilencias y terremotos se producen como jamás conoció la historia, y por ello San Gregorio llama la atención a los especta­dores sobre los terrores del juicio final, sobre los deberes de la penitencia e ilumina amo­rosamente de esperanza el corazón de los buenos que, sometidos a la voluntad de Dios, se presenten a su juicio arrepentidos de las culpas cometidas. En otra homilía, pronunciada en la solemnidad de la Pascua, vuelve sobre el tema del juicio final, y con palabras inflamadas habla del día terrible en que Aquél que tan humildemente resu­citó de la muerte, aparecerá tremendo entre los varios órdenes de ángeles.

Una de las más importantes homilías sobre los Evan­gelios es la decimoséptima, dirigida a los obispos en la Basílica de Letrán, donde el papa habla de los deberes de un predicador de la palabra de Dios y de las malas .costum­bres de los sacerdotes de su época. Insiste en decir que el sacerdote ha de predicar no para conseguir mercedes temporales, sino para conquistar el premio eterno, y reprocha a los oyentes que no hacen nada por las almas de los fieles. La enseñanza moral no está siempre en correspondencia con la ex­hortación ni con los preceptos; en este pri­mer grupo de Homilías encontramos, por primera vez, un ejemplo no tomado de las Escrituras, sino sacado directamente de la vida; también en esto San Gregorio constituye un puente de paso entre la edad antigua y el medioevo, presentando leyendas y relatos de todas clases, de los que harán gran uso los predicadores del primer Rena­cimiento para despertar el terror en el auditorio. Las Homeliae in Ezechielem prophetam, en cambio, son una explicación ale­górica de la profecía de Ezequiel intercalada con instrucciones de carácter teológico y moral. San Gregorio hubiera querido expli­car, para complacer el deseo de los fieles, todo el libro, pero el fragor de las luchas de los bárbaros, llamándolo a otras activi­dades, interrumpió su obra. Sólo escribió el comentario de los tres primeros capítulos, parte del cuarto y del 40.°, recopilados en dos libros; uno de doce capítulos, dedicado al Obispo Mariniano, y el otro, de diez, dedicado a sus compañeros de claustro.

El comentario es alegórico y abundan las apli­caciones prácticas. San Gregorio insiste en la necesidad de las obras buenas y de la práctica de la virtud; traza la diferencia entre la vida activa y la contemplativa, y fija los caracteres de una y otra; se extiende sobre la utilidad de las lecturas y de la predicación de las Escrituras, y se detiene a menudo para hablar de los deberes de los buenos pastores de almas. Dios llama «ex­plorador» («speculator») a quien envía a predicar y le da este nombre para que se sitúe en la altura de la mente, observe desde lejos lo que sucede y obtenga su título de la virtud de la acción. En estas Homilías se comentan las visiones dramáticas, las pará­bolas y las figuras de Ezequiel, en quien arde la luz de infinitos incendios, donde se agitan extraños monstruos, y compara las páginas de la Escritura a las trágicas horas que atraviesa Roma e Italia. Era en junio del 593: el ejército de Agilulfo llegaba a las puertas de la Urbe cual terrible amenaza. La voz serena y dulce del Papa, con acentos estremecidos y con elevadas imágenes poé­ticas, da aliento y vigor a la historia que vive. La decimoctava homilía del libro segundo es rica en cálidos acentos dramáticos, especialmente donde dice que en todas par­tes se contemplan desgracias y se oyen gemidos; y, continuando su discurso, San Gregorio se lamenta de que en los campos no queden labriegos, que lo que queda del género humano se vea cada día abruma­do por la desgracia y que no tengan fin los azotes de la justicia de Dios, pues que tantos castigos son insuficientes; acentos épicos ad­quieren sus homilías en las que se lamenta de la condición a que ha quedado reducida la misma Roma, antaño señora del mundo.

B. Bonfiglio

Homilías, San Juan Crisóstomo

Rica y famosa serie de discursos que valió a su autor, Juan de Antioquía (344 ó 347-407), el sobrenombre de Crisòstomo o Boca-de-oro. Los críticos dividen su actividad oratoria en dos momentos: el de Antioquía, donde Juan fue ordenado diácono en 381 y luego sacerdote, en 386, y el de Constantinopla, donde fue elegido obispo en 397. De la numerosísima serie de oraciones de San Juan no todas han llegado hasta nosotros y algunas son ciertamente apócrifas. Entre las Homilías más antiguas nos han llegado 21 sermones, llamados «de las estatuas», dirigidos al pueblo de Antioquía, pronun­ciados en un momento bastante doloroso para la ciudad, gravemente perseguida por orden imperial, a consecuencia de una re­vuelta; aparece en ellos toda la fuerza de la palabra de San Juan, que participa pro­fundamente en el dolor de su pueblo, mien­tras encuentra en la seguridad de la fe la fuerza y la autoridad para elevarse como consejero y maestro suyo.

También otras homilías de San Juan arrancan de acon­tecimientos de la época y celebran a már­tires cristianos y personajes contemporáneos suyos; pero las más numerosas versan sobre las Sagradas Escrituras; cerca de un cente­nar sobre el «Antiguo Testamento», entre ellas dos grupos sucesivos, uno de seis y otro de 67 homilías, sobre el Génesis (v.) y una serie sobre los Salmos (v.), más de 400, diversamente distribuidas, sobre el «Nuevo Testamento». Pero donde mayormente se revela la fuerza expresiva de San Juan es en las 88 homilías sobre el Evangelio (v.) de San Mateo. No faltan en la producción de San Juan los puntos teológicos y polémi­cos, especialmente dirigidos contra los ju­díos, los anomeos, los marcionitas, los ma- niqueos, los no vacíanos; destaca sobre todo en las oraciones de contenido moral: se dirige con amor a los humildes, a los pobres, a los esclavos, condena la riqueza excesiva y predica la caridad; en la exégesis adopta el método antioquiano, que, al contrario del alejandrino, no abusa de la alegoría sino que da mayor importancia al sentido literal. El idioma y el estilo, sobre todo en las oraciones de Antioquía, se aproximan a la pureza ática; discípulo de Libanio, San Juan conocía a fondo los artificios de la retórica, que domina con gran maestría, aunque sin proponerse nunca un fin literario, completa­mente entregado a su finalidad moral, alta y profundamente sentida.

Entre las oracio­nes pronunciadas en Constantinopla, en ge­neral menos cuidadas que las precedentes, se recuerdan especialmente las que versan sobre los Hechos (v.), los Salmos y las Evi­tólas a los Tesalonicenses (v.); algunas rela­tivas a hechos de su tiempo, en los que San Juan intervino activamente, iluminan la misma vida del autor y ponen de relieve su fuerza de ánimo, el ardor con que tronaba contra cuanto le pareciese impío e injusto, sin preocuparse del peligro a que se expo­nía personalmente. El interés personal con­tribuye a menudo a dar a estas oraciones un «pathos», un dramatismo mayor que el de las más clásicas y mesuradas oraciones de Antioquía. Famosísima y característica es, bajo este punto de vista, la homilía sobre el tema del Eclesiastés (v.) «Vanitas vanita- tum, omnia vanitas», la primera de las dos contra Eutropio, el cónsul protegido por la Emperatriz Eudoxia, que había apoyado su elección a obispo pero después le había atacado en todos sentidos y ahora se veía obligado a solicitar su protección. Se han suscitado dudas sobre la autenticidad de la segunda de estas oraciones y de otras del último período de la actividad de San Juan en Constantinopla, relativas a su conflicto con la Emperatriz Eudoxia; algunas son, ciertamente, apócrifas; otras están interpo­ladas; sin embargo, su interés histórico es muy grande; también ellas, igual que las demás, revelan la personalidad del gran obispo, uno de los más profundos moralistas y el máximo orador de la Iglesia cristiana antigua. [Trad. española en Obras traduci­das al castellano por una sociedad de teólo­gos y humanistas (Madrid, 1893)].

C. Schick

Homilías, Orígenes

Maestro de la escuela catequética, estudioso infatigable, exégeta lleno de recursos y de sutilezas, Orígenes (1859-254?) fundió sus múltiples actitudes en sus Homilías sobre pasajes bí­blicos. Los traductores latinos de Orígenes, San Jerónimo y Rufino, dan a estos sermones el nombre de «homiliae» o «tractatus». Po­seemos un gran número de ellas, íntegras ó fragmentarias, sobre todo en las Cadenas. Todos los libros del Pentateuco ofrecieron a Orígenes temas para sus homilías. En la versión parafrástica de Rufino poseemos diecisiete homilías sobre el Génesis (v.), trece sobre el Éxodo (v), trece sobre el Levítico (v.) y veintiocho sobre los Nú­meros (v.).

Los libros históricos del «An­tiguo Testamento» sirvieron también de base para numerosas homilías, aunque hay que considerar que sobre dichos libros Orí­genes no sólo escribió homilías. Veintidós homilías de Orígenes sobre Job fueron adap­tadas al latín, según testimonio de San Jerónimo, por Hilario de Poitiers. Sólo que­dan dos exiguos fragmentos. También en latín, en la versión de Rufino, subsisten nueve homilías de Orígenes: cinco para el salmo 36, dos para el 37 y dos para el 38. San Jerónimo las ha conservado en versión latina, debidamente reformada, pues, como es sabido, San Jerónimo hizo-todo lo posible para que Orígenes legase al mundo occiden­tal, liberado de sus doctrinas ultraespiritualistas, catorce homilías sobre Ezequiel (v.). Siempre según testimonio de San Jeró­nimo, el Evangelio de San Mateo (v.) ofre­ció temas para, al menos, 25 homilías de Orígenes, y el de San Lucas (v.) dio asunto para 39 homilías como mínimo. Las Cadenas nos conservan fragmentos de las homilías sobre las Epístolas de San Pablo y particu­larmente sobre la primera de las Epístolas a los Corintios (v.) y la Epístola a los Gala- tas (v.).

La abundancia de fragmentos que subsisten de la predicación bíblica de Orí­genes en las Cadenas es prueba de la enorme influencia ejercida por el gran exégeta y maestro alejandrino sobre toda la tradición mística y asceticorreligiosa de la Edad Me­dia cristiana. Siguiendo los testimonios de San Jerónimo sobre Orígenes, hemos de con­siderar que las homilías del exégeta alejan­drino no fueron todas siempre y exclusiva­mente dedicadas a asuntos y consideraciones bíblicos. San Jerónimo nos habla de una homilía de Orígenes en torno a la paz, de una homilía de exhortación dirigida a una tal Pionia, de otra sobre el ayuno y de dos sobre monógamos y trígamos; pero de toda esta parte de la producción de Orígenes no se conserva el menor fragmento.